Lo ha hecho a través de un emotivo vídeo a través de sus redes sociales. “Estos dos últimos años han sido difíciles, no he sido capaz de jugar sin limitaciones. Es una decisión que evidentemente es difícil, me ha llevado tiempo tomarla, pero en esta vida todo tiene un principio y un final y creo que es el momento adecuado para poner punto y final a una carrera larga y mucho más exitosa de lo que jamás me hubiera podido imaginar”, ha comentado.
Curazao, Cabo Verde, Jordania y Uzbekistán disputarán por primera vez un Mundial, Haití y Congo volverán 52 años después (Congo jugó en 1974 como Zaire), Iraq regresará tras jugar en México 86, Austria, Escocia y Noruega no estaban en uno desde Francia 98, República Checa desde 2006 y Bosnia, que volvió a dejar a Italia en tierra por tercer torneo seguido, ha conseguido billete 12 años más tarde. Son las ventajas de la ampliación de la Copa del Mundo a 48 selecciones, un detalle que ensancha el mapa de la edición y permite "una mejor representación del planeta", anunció FIFA en 2017, año de la decisión final. 104 partidos, antes 64, marcados por los tres, como mínimo, que disputará Irán en suelo estadounidense en plena guerra en Oriente Medio y que llena de incertidumbre la aproximación al evento.
"Irán jugará el Mundial y disputará sus partidos donde corresponde según el sorteo", anunció ayer Gianni Infantino, presidente de la FIFA, tras la petición de la Federación Iraní de trasladar sus partidos de la fase de grupos a México por la presunta falta de garantías de seguridad.
Hace un par de semanas, Donald Trump declaró que la selección de Irán era "bienvenida" al Mundial en Estados Unidos, pero añadía que no creía que fuera "apropiado" por "los riesgos del contexto actual". Si nada cambia, Irán jugará en Los Ángeles ante Nueva Zelanda y Bélgica y en Seattle contra Egipto. "La FIFA continuará apoyando al equipo para asegurar las mejores condiciones para preparar el Mundial. Espero con interés que transmitan un mensaje positivo al mundo", insistió ayer Infantino.
La escalada bélica en Irán y en los países del Golfo Pérsico ha dejado a Infantino, aliado de Trump en los últimos años, en una posición complicada. El presidente de la FIFA le entregó al máximo mandatario estadounidense el Premio FIFA de la Paz durante el sorteo de la fase de grupos, justo después de que Trump no ganara el Nobel. Un detalle más que mostraba la buena relación entre ambos, clave también para las buenas relaciones entre la FIFA y varios países de Oriente Medio.
En los estatutos de la FIFA no se contempla que un país organizador esté en guerra, pero en su artículo 3 se reclama que el organismo se compromete a respetar las normas internacionales en materia de derechos humanos y su artículo 4 defiende que todo ello debe hacerse "en la absoluta neutralidad política".
El ICE y el narcotráfico
Más allá de la guerra, el Mundial se enfrenta a la incertidumbre por los problemas internos de Estados Unidos y México. En el país de Trump continúan las protestas por las actuaciones del ICE, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas. Amnistía Internacional ha denunciado las "detenciones arbitrarias y en masa y la deportación de más de 500.000 personas en 2025".
"La oleada de detenciones y deportaciones ilegítimas, que ha batido récords, sólo ha sido posible mediante la erosión de las salvaguardias del debido proceso, y ha socavado los derechos a la libertad y la seguridad de cientos de miles de personas migrantes y refugiadas. Estas políticas han destrozado comunidades y han creado un clima de temor en todo Estados Unidos. El país está viviendo unos tiempos de incertidumbre que sin duda se extenderán a la afición que desee participar en las celebraciones de la Copa Mundial", señala Steve Cockburn, director de Justicia Económica y Social de Amnistía Internacional.
Existen prohibiciones expresas de viajar a los ciudadanos de Costa de Marfil, Haití, Irán y Senegal, que no podrán entrar al país a ver el Mundial salvo que tuvieran un visado válido antes del 1 de enero de 2026.
Sobre México, su problema es el narcotráfico. El gobierno ha movilizado a 100.000 agentes de seguridad, incluidos militares, en respuesta a los elevados niveles de violencia desde la muerte de El Mencho, el narco más buscado, tras un tiroteo con el ejército en el que fallecieron más de 20 miembros de la Guardia Nacional. Guadalajara, ciudad en la que se han vivido los momentos más peligrosos de las últimas semanas, recibirá cuatro partidos, uno de ellos de España, y el gobierno mantiene el uso de 24 aviones de vigilancia y 33 drones mientras Trump continúa amenazando con bombardear a los cárteles de la droga.
Unas situaciones que dejan el Mundial con demasiadas incógnitas, mientras la parte deportiva se centra en la ampliación a 48 equipos: son 16 de la UEFA (Europa) , 10 de la CAF (África ), 9 de la AFC (Asia, incluida la selección de Australia, que juega en esa confederación), uno de Oceanía (Nueva Zelanda), seis de Sudamérica y seis de la Concacaf (Norteamérica). Todo en cinco semanas de competición añadidas a un calendario ya de por sí exprimido y un título para que el que, parece, no hay favorito. España buscará la gloria.
La gimnasta americana Simone Biles conquistó su tercera medalla de oro en estos Juegos de París, en la categoría de salto femenino, tras haber logrado la medalla dorada por equipos el martes y el jueves también en la competición individual.
La estadounidense, que firmó dos vuelos insuperables, hizo 15.300 puntos en el ejercicio de suelo. Ejecutó el Biles II, el salto que lleva su nombre y que ninguna otra mujer se atreve a ejecutar. La brasileña Rebeca Andrade fue plata (14.966) y el bronce, para la también estadounidense Jade Carey (14.466).
Se trata del décimo metal olímpico para Biles, que confirma así su resurrección deportiva tras su retirada en los Juegos de Tokio por problemas de salud mental. Ganadora de 23 títulos mundiales a sus 27 años, Biles supera ya en títulos olímpicos a la leyenda de la gimnasia, la rumana Nadia Comaneci.
Biles es la segunda mujer que se corona dos veces en el salto con el oro. La otra fue Vera Casalavska, quien encadenó los títulos en 1964 y 1968. La gimnasta podría aumentar el total de medallas el lunes, si termina entre las tres primeras en barra de equilibrio y ejercicio de suelo.
Dice Eric Bruna, que cubre el tenis para el rotativo Le Parisien desde hace 24 años, que la nostalgia empezó con el adiós de Roger Federer en la Laver Cup de 2022, se acentúa ahora con la marcha de Rafael Nadal y dejará aún más rengos emocionalmente a muchos periodistas y aficionados cuando se marche Novak Djokovic, que tiene 37 años y no tardará en hacerlo. «Como comentó Nadal cuando acudió al homenaje a RogerFederer en Londres, con la jubilación del suizo se iba un poco del propio Nadal. Diría que con la salida del español también se va un poco de Djokovic».
Hay una generación de periodistas que han acumulado trienios siguiendo las andanzas del denominado Big Three y que difícilmente van a disfrutar del mismo modo de lo que venga, de lo que ya está aquí, léase Carlos Alcaraz y Jannik Sinner. «Tengo 52 años. Me he hecho mayor con ellos. Hay una relación de corazón con los tres. Seguro que Alcaraz y Sinner ganarán muchos títulos, pero dudo que veamos un período semejante a éste. Ha sido la época dorada del tenis».
Philippe Bouin, retirado desde hace tiempo, es un referente en el mundo del tenis y nos deleitó en L'Equipe con su visión incluso de años pretéritos a los protagonizados por estos tres jugadores que suman 66 títulos del Grand Slam. «Todo alrededor del juego de Rafa, de sus récords, de sus habilidades físicas y de su fortalezas, ha sido escrito millones de veces. Añadiré el que es para mí el mayor de sus logros: a pesar de su éxito y de la fama consiguiente, de la adoración que suscita en el mundo, ha sido capaz de permanecer como una persona normal a lo largo de toda su carrera. Uno de mis sobrinos pequeños es recogepelotas en Roland Garros y le adora por su amabilidad, tanto dentro como fuera de la pista. Es un complemento increíble a pesar de su fama mundial».
"Nos vamos poniendo viejos"
Benjamín Benzaquén, la voz de Radio ADN de Chile, con muchos torneos a sus espaldas, entre ellos 37 Roland Garros, se siente también personalmente concernido por la retirada de Nadal. «El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos, dice una canción que entonaba maravillosamente la gran Mercedes Sosa. Pasó, tan rápido pasó, que se nos hace una distancia muy grande con aquel junio de 2005, cuando lo vimos ganar su primer Roland Garros con aquellos pantalones pescadores, esa camiseta sin mangas, la vincha, el pelo largo, el ir y venir de una a otra punta de la cancha, sosteniendo los pelotazos que le ponía otro zurdo con más veteranía y experiencia que él llamado Mariano Puerta».
Hay una inclinación lógica a volver a la génesis de Nadal. Su final empuja la vista hacia un largo trávelin retrospectivo, a los momentos en los que sentó las bases de su carácter. «Fue un gladiador que trituraba rivales con la mente. Con su optimismo y capacidad competitiva desmoralizaba hasta al más optimista de todos. Más allá de su gran talento y su fuerza, lo que me maravilló de él fue que nunca se le pudiera dar por vencido hasta el último punto, por más abajo que estuviera en el score, él se encargaba de encender la luz de la esperanza. Humilló con su espíritu y con cada latigazo de drive acompañado por un grito intimidante. Ganar 14 veces en la tierra de París es una de la mayores hazañas de todos los tiempos en el deporte», agrega Sebastián Torok, especialista del diario argentino La Nación y de ESPN Latam.
Bruna también proclama su asombro ante tal registro en la arcilla del Bois de Boulogne, antes de elegir el mejor recuerdo de todo este tiempo concluido. «A lo largo de mi trayectoria profesional, no he visto nada que se pueda comparar con la final de Wimbledon 2008 frente a Federer. Reunió todos los ingredientes de un espectáculo sublime, incluido ese final en la noche, cuando apenas se veía la pelota, y cómo Nadal ascendió depués por la tribuna para saludar al Rey. Lo tuvo todo».
"Una forma de entender el juego"
«Era el jugador que necesitaba Federer para mejorar y subir un escalón más, porque al resto que intentaban jugar con su estilo los pasaba por arriba», apunta Benzaquén. «Nadal fue una barrera que impidió que el suizo siguiera arrollando a sus rivales de aquella época. Marcó un estilo y una forma de entender el juego, tanto en lo técnico como en lo competitivo, que no ha tenido parangón. Para nosotros, los argentinos, aunque uno viva en Chile, un zurdo nos trajo siempre remembranzas de un gran Vilas, pero también de un gran McEnroe. Nos daba la impronta de ese estilo único que tienen los zurdos».
Sugiere la imagen que acompaña este artículo conversar con Bruna sobre algunos trances de la renuente acogida que dispensó a Nadal el público galo. «Al principio a la gente le gustaba, porque lo ganaba todo, pero llegó un momento en el que empezó a ganar demasiado. De algún modo, en Francia mucha gente tiene debilidad por competidores como Poulidor, que suelen tener que conformarse con el segundo lugar. También influía la relación especial del público con Federer, a quien quería ver gana al menos un Roland Garros y veía cómo era Nadal quien se lo impedía un año tras otro».