El maillot verde obstaculizó el intento de Eenkhoorn en los primeros kilómetros, pero el pelotón no fue capaz de atrapar a un cuarteto en el que venció al límite el danés del Soudal, escapado desde el comienzo
Asgreen, ganador por delante del pelotónDaniel ColeAP
El Tour abandonó los Alpes decisivos con la sensación de que todo se acabó, aún con el shock de las exhibiciones para la historia de Jonas Vingegaard, del hundimiento de Tadel Pogacar. En la primera de las etapas de transición camino de los Vosgos, del final el sábado en Le Markstein, estaba pregonado un desenlace al sprint. Pero no iba a ser así. Como un castigo del destino al deshonroso gesto de Jasper Philipsen, ocurrió lo que nunca pasa: triunfó la fuga. Kasper Asgreen venció en Bourg en Bresse, apenas unos metros por delante de los lobos del pelotón. [Narración y clasificaciones]
Es el tercer triunfo de etapa del danés en el Tour, experto en clásicas, triunfador en Flandes hace dos años. Y el primero de la presente edición de un Soudal Quick Step de capa caída. Encabezó un cuarteto de héroes en el que destacó el trabajo siempre infatigable de Victor Campenaerts. El pelotón, despistado y mal organizado -ahí la labor de estorbo de Alaphilippe y LeClerq, compañeros de Asgreeen, fue clave- se quedó con la miel en los labios, encabezado por Philipsen.
Suyo había sido el horrible movimiento que marcó la jornada y que merece sanción. Ocurrió pasado el ecuador de la carrera, con ya dos escapados por delante. Al dúo que formaban Kasper Asgreen y Jonas Abrahamsen trataban de unirse otros valientes, pero eso no parecía convencer a los equipos de los sprinters, que pretendían un día controlado. El neerlandés Pascal Eenkhoorn buscaba junto a su compañero Campenaerts, de un Lotto que no ha ganado aún en este Tour, enlazar con los de delante y entonces, lo vergonzoso, el propio Jasper Philipsen de verde, saltó a por su rival con maneras de matón.
Se puso a su par y llegó a intimidarle, intentando que abortara la misión, bloqueándole. La imagen, triste, del día. No lo iba a lograr (ni tampoco después su quinta etapa de este Tour), pues poco después, junto con el noruego Abrahamsen, se unieron a la pareja de carrera y llevaron un bonito pulso con el pelotón. Siempre moviéndose con ventajas cortas, entraron en los últimos cinco kilómetros con 14 segundos, 11 a cuatro de meta, ocho a tres… No hubo forma. Esta vez vencieron lo valientes, con Asgreen en cabeza, seguido por Eenkhoorn y Abrahamsen.
Como si fuera una clásica, como si de la Milán-San Remo se tratara, las tres cotas antes de la meta de Boulogne sur Mer dejaron ya la postal de una etapa preciosa, puro espectáculo aún sin daños considerables en la general. Fue el extraordinario zarpazo de Mathieu Van der Poel el que se llevó un triunfo de pura agonía, en un sprint de quilates, pues le precedieron nada menos que Tadej Pogacar y Jonas Vingegaard. El amarillo de Jasper Philipsen lo hereda su compañero, dos de dos en este Tour para el Alpecin Deceunick. [Narración y clasificaciones]
Es el segundo triunfo de etapa en la Grande Boucle para el nieto de Poulidor tras el logrado en el Mûr-de-Bretagne hace cinco años, también por delante de Pogacar, también en la segunda etapa, también el que le colocaba entonces de líder. Es otra muesca más en el asombroso palmarés de un ciclista único, que acabó rendido en el asfalto tras exprimir vatios en los 500 empinados metros finales, los que completó a 56,9 km/h. Fue un sprint de un pelotón ya mermado por los vaivenes anteriores, valiente siempre el Visma, atentísimo esta vez sí Evenepoel.
De los que optan a los puestos nobles de la general, sólo Carlos Rodríguez y Ben O'Connor se dejaron 31 segundos. Aunque Pogacar y Vingegaard arañaron seis y cuatro de bonificación. Enric Mas, tan seguro de sí mismo como el sábado, es ya sexto.
Todo son nervios en el comienzo del Tour, las opciones intactas aún, el pelotón apenas sin bajas (el sábado cayeron Filippo Ganna y Bisenger, para empezar). En la salida inédita de Lauwin-Planque, la lluvia, intensa, encendió el caos, autobuses atascados y un retraso de 15 minutos en la salida. Era la etapa más larga de la presente edición, casi 210 kilómetros llenos de trampas, con el viento como elemento desestabilizador mientras se acercaban a la costa norte, a Boulogne sur Mer, allá donde ganaron Sagan, Zabel o Van Poppel.
Hasta en la temprana fuga del día, con un cuarteto formado por Armirail, Van Moer, Fedorov y Leknessund, hubo caídas, los dos últimos al suelo en una curva. Apenas llegaron a los tres minutos de diferencia máxima y luego, mientras el sol amagaba con salir, el pelotón, especialmente Alpecin al mando, los tuvo controlados. Calma tensa a la espera de esos últimos 30 kilómetros, con tres colinas pero especialmente con el viento como amenaza, con la lección de Lille como aviso.
Hasta el primero de los repechos, el de Haut Pichot (poco más de un kilómetro, pero al 9%), se llegó entre más tensión, con bronca hasta en el sprint especial: Jonathan Milan reprendió de mala manera a Girmay. La fuga murió a falta de 50 kilómetros, acudió una calma que fue electrizándose hacia la cota. Ahí tomó el mando Van Aert y luego Wellens, dos gregarios fuori classe, seguidos a rueda por sus líderes, atentísimos Vingegaard y Pogacar. A los que no afectó el enganchón entre Milan y Geraint Thomas que partió momentáneamente el pelotón.
En las dos últimas subidas más rock and roll, Vauquelin siempre con el colmillo. El francés fue uno de los seis integrantes de un grupo que se formó en Saint Etienne au Mont, en el que no estaba Roglic. No hubo continuidad y sí más amagos, como el del propio Vingegaard bajando la Cote d'Outrean. Con Narváez y Almeida cerrando el intento final de Lipowitz, Van der Poel fue el más listo y el más fuerte en el desenlace.
Aquella mañana en la playa de Fuentebravía, en el Puerto de Santa María, la carrera con Jaime, el pequeño de sus tres hijos, no había sido como las demás. "Joder, me ganaba con seis años. Estaba reventado", revisita Tomás Bellas (Madrid, 1987) en voz alta al instante preciso en el que todo cambia para siempre, en el que uno se da cuenta de que algo, de verdad, no va bien. Las vacaciones familiares en Cádiz el pasado mes de julio tornaron en pesadilla, en una sucesión precipitada de acontecimientos. Noches de sudoración descontrolada, "como un animal", inflamación de ganglios, tos, una visita de urgencia al hospital y un ingreso sin tiempo que perder. "A los pocos días nos confirmaron todos los presagios. Tenía un linfoma", recuerda el base, 14 temporadas en la ACB, el salto inicial del otro partido de su vida.
El 10 de mayo de 2024 Tomás, sin saberlo, se había vestido de corto por última vez. "Ganamos al Valladolid. A un entrenador que me echó de Fuenlabrada, que le tenía ganas... Bueno, no es mal colofón", saca pecho con media sonrisa melancólica. Repartió ocho asistencias, disfrutó y se despidió del Fernando Martín dándose el gusto de un baile más: la siguiente temporada seguiría en el Fuenla, uno de los clubes de su vida, al que ayudaba en su retorno a esa Liga Endesa en la que él disputó 466 partidos. "Nada mal para un tipo normal que no levanta el 1,80", reivindica una carrera que "ha sido la hostia". Ya en pasado, confirmada su retirada, pese a "estar ya sin enfermedad en el cuerpo". "Eso no quiere decir que este curado. El alta no te lo dan hasta que pasan 10 años", explica.
Tomás repasa con EL MUNDO su batalla de los últimos meses sentado en la mesa de reuniones de su empresa familiar, en Las Rozas. La que fundó su padre hace 32 años y en la que ahora le acompañan sus cuatro hermanos. A la que volvía cada verano unas semanas para echar una mano, para hacer gala de sus estudios universitarios. Un jugador profesional. Ya le ha crecido el pelo, aunque aún le acompaña una boina, nueva seña de identidad. Llegó a perder nueve kilos. Está volviendo al deporte, al crossfit, y va tachando de su lista las cosas que apuntó que no podía dejar de hacer. Esquiar, tirarse en paracaídas, viajar con sus hijos, ver en directo un Partizán-Estrella Roja (lo hizo este mismo viernes, en Belgrado)... Porque el final era una posibilidad. "Te pones en el peor escenario, claro. Y piensas: 'Mi vida ha sido fantástica, no tengo un solo pero a los 37 años", pronuncia con crudeza.
Tomás Bellas, en su empresa familiar en Las Rozas.ANTONIO HEREDIA
El sopapo fue inesperado. "Cuando me dicen, 'tienes un linfoma', yo estaba con mi padre en la habitación del hospital. Así, de frente. Es difícil describir las sensaciones. Intentas no llorar [se emociona, "ahora me cuesta"]. Intentas hacer ver a todos que estás bien. Porque creo que yo he sufrido, pero mucho más los que están alrededor", cuenta. El 19 de agosto recibió la primera sesión de quimioterapia en el Puerta de Hierro. "Hay cuatro estadios y yo estaba en el cuarto. Fue un tratamiento súper fuerte. Una bomba para mi organismo. Mi médula no estaba preparada, tuve un problema en el pericardio porque tenía el corazón encharcado, la quimio te inmunodeprime: cogí fiebre, varias semanas ingresado...", relata un infierno físico y mental del que escapó también con velocidad, como siempre deambuló por la cancha. "Antes del segundo ciclo, a finales de septiembre, me hicieron una prueba de Pet Tac y vieron que no tenía enfermedad. Había sido efectivo. Me dieron dos más, de refuerzo. El último, a mediados de noviembre", celebra.
"Estoy convencido de que el deporte me ha ayudado muchísimo. Para coger el toro por los cuernos. Era como un partido, había un objetivo y sabía que iba a tener que esquivar balas. Gran parte es actitud. El baloncesto me ha enseñado a saber sufrir, a que no siempre hay una recompensa inmediata, a gestionar las emociones...", relata un tipo al que no le cuesta admitir que nunca tuvo "pedigrí", pese a que con 12 años ya estaba en la cantera del Real Madrid.
Tomás Bellas.ANTONIO HEREDIA
El hándicap de la altura siempre le acompañó. Fue a la vez su acicate. Como las miradas de sospecha: "Ser infravalorado forja tu carácter". "Nunca fui a una selección. Es mi espina clavada, lo reconozco. Me podían haber llamado, sin lugar a dudas. Hay gente que ha estado con mucho menos nivel que yo", se queja, consciente también de que no ayudó su forma de ser -"mi carácter. Yo no soy una ovejita a la que dirijas"-, para bien y para mal, es su otra gran seña de identidad. Ha habido pocos guerreros con más ardor en la cancha que Tomás Bellas, pesadilla para los rivales, pretoriano de los entrenadores en sus cuatro equipos ACB (Gran Canaria, Zaragoza, Fuenlabrada y Murcia), desde Pedro Martínez hasta Sito Alonso, pasando por Aíto García Reneses, Jota Cuspinera, Luis Guil... "Era una mosca cojonera. 'Joder, hoy me toca contra Bellas', decían los rivales. He tenido peleas con todos. Yo siempre fui a muerte. Hacía en la cancha lo que nadie quería hacer", admite de unas batallas que ahora son anécdotas de amistad con sus ex rivales, los que le han abrumado con mensajes de apoyo e interés.
¿Cómo llega un niño bajito de Las Rozas a la elite? "Todo es más o menos positivo en función de las expectativas que tengas. Las mías ni de lejos eran estar 14 años en la ACB, casi 500 partidos, más competición europea, haber jugado la Summer League de Las Vegas... y un denominador común: he jugado muchísimos minutos", se enorgullece de una trayectoria que empezó por su padre, entrenador en equipos femeninos, guardián de sus primeros entrenamientos en el patio de su casa. En infantil ya estaba en el Madrid, pero a los 18 jugaba en Primera Nacional en el Torrelodones, "entrenando a las nueve de la noche con abogados, dentistas, pintores...". Quería centrarse en sus estudios universitarios y en su novia. Y por eso rechazó, ahora ríe, hasta a Pablo Laso. "Me quería en Cantabria tras una pretemporada, se quedó alucinado", recuerda.
Tomás Bellas.ANTONIO HEREDIA
Pero le llamó el Cáceres de Piti Hurtado, destacó en LEB Oro, y después le surgió la oportunidad "de una vida". Saltar a la ACB con el Gran Canaria. Se acogió a aquel decreto 1006 que hizo famoso Alberto Herreros. "Con Pedro Martínez fue un máster de cinco años, diario. Con una exigencia bárbara. Pero es lo que me permitió estar tantos años en la liga". Tras seis temporadas en Las Palmas, sale a Zaragoza, la otra cara del baloncesto, "peleando por no bajar, impagos... No fue muy agradable. Remar y remar". "De ahí a Fuenlabrada. Decido acercarme a casa por el tema de la empresa, la familia...". Y después Murcia, "una segunda juventud". Tras tres cursos, repliega, otra vez el negocio familiar como prioridad, y Tomás, Paola y Jaime, claro. Pero mantiene el gusanillo del deporte de elite en su vuelta a Fuenlabrada. "Ha sido la hostia. Mi carrera ha sido la hostia", repite.
Cuando le sobrevino la enfermedad, Bellas, siempre celoso de su intimidad, no quiso hablar públicamente demasiado. Se centró en la recuperación, se fue despidiendo del baloncesto al que no sabe si volverá como entrenador o director deportivo quizá y del que, por ahora, sólo echa de menos lo bueno, "competir, el vestuario...". "Si me llega a pasar más joven, probablemente hubiera intentado volver. Pero ya no está en mis planes", dice. Ahora cuenta el proceso por primera vez. En unos días, en Gran Canaria, recibirá un homenaje durante la Copa del Rey, en el "club de su vida", en el que fue capitán. "Todo esto ha sido una lección de vida. Me ha retirado del baloncesto, pero no de la vida. Te hace cambiar las prioridades. Antes te preocupabas porque no metías dos canastas y ahora porque estás vivo".
En la cima del Mont Ventoux, el icónico paisaje lunar que reina en la Provenza, como un monstruo en el horizonte, visible desde decenas de kilómetros, el espigado Valentin Paret-Peintre, cintura de avispa, pone su nombre entre lágrimas. La victoria de una vida, orgullo francés en este Tour que ansiaba un triunfo local y exploraba sus propias miserias, ahora que se cumplen 40 años de la última corona de Bernard Hinault. En el Mont Ventoux también Tadej Pogacar y Jonas Vingegaard prolongan su interminable duelo, como condenados para siempre a estar cerca, a desafiarse hasta que uno quede en pie. [Narración y clasificaciones]
Fue una subida como un thriller, como un calvario, con la batalla por delante por la victoria, con Enric Mas en cabeza, sólo, soñando, sufriendo, más de 10 kilómetros, hasta que despertó sin un gramo de fuerza en sus piernas (acabó séptimo). Con Ben Healy y Paret-Peintre, tan livianos, barbudos, dos hipsters con poco más de 100 kilos entre ambos, golpeándose con ataques continuos, nerviosos, inquietos, como escaladores de antaño. Hasta que un inesperado Van Wilder, compañero del francés, salió de la nada y fue determinante en los últimos metros, donde también se había presentado Santiago Buitrago, para que el Soudal del arruinado Remco Evenepoel celebrara un triunfo que vale por 10.
Y más atrás, amenazantes, Jonas y Tadej. Agresivo el danés, más pleno que en los Pirineos. Conservador el esloveno, menos potente. Lejos los escapados del día, el Visma puso ritmo desde abajo, primero Van Aert, luego Kuss. Pogacar se quedó sin compañeros, ni rastro de Narváez. Y, a falta de ocho kilómetros, aún zona boscosa, probó por primera vez Vingegaard. Que repitió dos kilómetros después, cuando Benoot le echó una mano. Y una tercera, tras el impulso de Campenaerts. Todas contrarrestadas por el líder, siempre sentado.
A falta de dos, Pogacar atacó y también respondió con solvencia Vingegaard. Sólo en los últimos metros, para otra muesca mental, el esloveno puso otro par de segundos de ventaja.
Enric Mas y Alaphilippe, en la escapada.ANNE-CHRISTINE POUJOULATAFP
A Enric Mas, tan decaído en otro Tour más, tan lejos del Top 10 y hasta de cualquier opción de victoria de etapa hasta ahora, intenciones proclamadas tras sus primeros desfallecimientos, se le había presentado, al fin, una oportunidad de esas únicas. Atentísimo en los cortes del día, todo llano hasta las faldas del coloso, lo estuvo aún más para plantarse en el sexteto que iba a iniciar la subida con un minuto y medio de adelanto sobre otro grupo de 30 y casi siete con el pelotón, que comandaba el UAE con pocas ambiciones, aparentemente, de llevar a Pogacar hacia el triunfo en el lugar icónico.
Mejor aún el balear anticipándose con colmillo, atacando a falta de cuatro kilómetros a Thymen Arensman, el más peligroso de sus compañeros, el ganador en Superbagnères, al que acompañaba Julien Alaphilippe. Ya sólo le quedaba un calvario, pero qué calvario. En solitario hacia la cima del Gigante de la Provenza, rampas pedregosas, paisaje lunar. Allá donde Tom Simpson perdió la vida en 1967, donde Chris Froome corrió a pie desesperado en 2013, donde otros españoles coronaron en cabeza (Julio Jiménez, Gonzalo Aja y Juanma Gárate), donde hace cuatro Vingegaard se presentó al mundo dejando de rueda a Pogacar. La cima que exploró Petrarca en 1336. Hacia todos esos mitos y leyendas cabalgó el balear.
Que se quedó en la orilla, porque los menudos escaladores le atraparon. Porque Paret-Peintre, ganador el año pasado de otra bonita etapa de montaña en el Giro (Bocca della Selva) aprovechó una oportunidad maravillosa a casi 2.000 metros de descarnada altitud.