En Eatica, la clínica de la zona alta de Barcelona donde lleva ingresada un año y medio, Anna Guirado habla con EL MUNDO del trastorno de la conducta alimentaria (TCA) que le ha cambiado la vida. Fue una de las mejores corredoras de montaña de España, toda una promesa, subcampeona del mundo sub-23 en 2021 y hoy no sabe muy cómo definirse.
«Tengo 24 años y llevo cuatro intentando superar esta enfermedad. Hasta hace poco aún quería ser deportista de
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«Cuando explico lo que hago siempre me cae el mismo chiste. Me dicen: 'Tú sabes que hay ascensores, ¿no?'. Y lo sé, lo sé. Pero yo los uso solo para bajar», cuenta Marc Toda, que acepta la guasa porque lo suyo tiene guasa. Es un corredor de rascacielos, un tower runner. Su afición consiste en viajar de país en país para subir a toda velocidad los edificios más altos a través de sus escaleras de servicio.
¿La Shanghái Tower, tercera torre más alta del mundo? La ha conquistado. ¿El One Penn Plaza de Nueva York, que acompaña al mítico Madison Square Garden? También. La Lotte World Tower de Seúl, la Torre de Kuala Lumpur... Edificios que exigen entre 1.000 y 3.400 escalones de ascenso. Da igual. Todos los ha trepado desde la base hasta la cima a un ritmo de vértigo. En el top 30 del ranking mundial de la especialidad -primer español de la lista- el próximo sábado será uno de los favoritos en la Subida Vertical al Gran Hotel Bali de Benidorm, la prueba con más solera del país: ya cumple 20 ediciones.
¿Por qué?
No lo sé, la verdad [Se ríe]. Siempre había jugado al baloncesto en el club de mi ciudad, Valls, y llegué a Primera Catalana, pero luego me pasé a las carreras de asfalto y de montaña. En 2006, un amigo participó en la subida de la Torre de Collserola en Barcelona y me impactó. Allí estaban los mejores del mundo del trail: Kilian Jornet, Agustí Roc... Me pareció muy llamativo. En 2013 me fui a vivir por trabajo a Kuala Lumpur, disputé mi primera carrera y al volver a España empecé a seguir el circuito mundial.
De la Torre Eiffel a Asia
La historia de las carreras de rascacielos es confusa, pues existen precedentes muy dispersos. En 1905 ya hubo una en la Torre Eiffel -la organizó la revista Les Sports y la ganó el ciclista Eugène Forestier- y una prueba en el Empire State en 1978 devolvió la modalidad a los medios, aunque la aparición de un circuito mundial tuvo un motivo más práctico. Con la proliferación de edificios altísimos en Europa y especialmente en Asia, los bomberos empezaron a competir entre ellos en sus instalaciones de servicio; eso derivó en carreras oficiales y, finalmente, en un tour. Desde 2009 existe una gira reglada que pasa por Estados Unidos, Tailandia, México, China, Polonia o España, con la prueba de Benidorm.
«Aquí tenemos la carrera del Hotel Bali y alguna más, en Barcelona o Asturias, pero en general en Europa hay poca tradición. El tower running está creciendo especialmente en Asia. Allí tienen muchos rascacielos y la gente vive en ellos, lo que les facilita entrenar», explica Toda, cuya situación es diametralmente opuesta. Vive en una casa de dos plantas en Valls, cerca de Tarragona, con solo 15 escalones para subir o bajar. «Es muy difícil porque aquí no tenemos edificios tan altos y los que podría utilizar, en Barcelona, no me dan permiso para hacerlo. Algún día sí he intentado entrenar en casa: estuve subiendo y bajando mis 15 escalones durante una hora, pero aquello no tenía ningún sentido».
Por amor al arte
El tower running es agónico por definición. Los corredores salen en contrarreloj, uno cada medio minuto, y deben marcar su mejor tiempo. No hay tácticas ni descansos: solo subir escalones al máximo durante 20, 25 o 30 minutos. Llega un momento en que el ácido láctico ya no permite que las piernas se muevan con fluidez y entonces entran en juego los brazos y la ayuda de las barandillas. Nadie llega arriba de una pieza. «Hay un momento en el que solo ves paredes y te mareas un poco. Siempre digo que me gustan más las carreras de montaña por los ritmos y los paisajes, pero las carreras de rascacielos tienen algo distinto», apunta Toda.
¿Y dan para vivir?
No, no, qué van. Si estás entre los cinco o los diez primeros del ranking te pagan el viaje , el alojamiento y el dorsal y puede salirte a cuenta si te llevas el premio. Pero para el resto es un hobby. Yo soy entrenador personal y de clases dirigidas, y el tower running es mi manera de viajar, de conocer mundo. Es una excusa. Solo busco disfrutar de la experiencia y recorrer el máximo de lugares posible.
«Gioco, Federer», cantó el juez de silla español Nacho Forcadell en el Masters 1000 de Roma de 2020 y nada extrañaría si no fuera porque el suizo no estaba en la pista; jugaba Novak Djokovic contra Dominik Koepfer. Nadie entre el público del Foro Itálico se percató, si acaso se aceptó como un despiste, pero en redes se viralizó. Los fans de Federer le aplaudieron, los seguidores de Djokovic se cabrearon y, entre el alboroto, una certeza: ser árbitro es duro, incluso en el tenis.
«Somos seres humanos y nos equivocamos. En aquel caso no afectaba al resultado, pero me sirvió para ver que ahora cualquier error se puede hacer destacar. Ya nada pasa desapercibido, siempre hay alguien atento», explica en conversación con EL MUNDO en Madrid antes de hacer las maletas de nuevo para dirigir partidos las próximas semanas en Buenos Aires, Acapulco o Indian Wells.
«Lo más difícil de nuestro trabajo es mantener la concentración. Hay partidos muy largos y nunca sabes cuándo va a pasar algo y vas tener que tomar una decisión importante. La mayoría de veces, si cometemos algún error es por falta de concentración», acepta Forcadell que a los 35 años ya está entre los jueces de élite de la ATP. Ha arbitrado en los cuatro Grand Slam, en la Copa Davis o en los Juegos Olímpicos. En el último Open de Australia, por ejemplo, tuvo que aguantar las quejas de Alexander Zverev en cuartos: una pluma de pájaro cayó sobre la pista, Forcadell mandó parar y al alemán no le pareció bien.
Darrian TraynorGETTY
"Quería ser árbitro de fútbol"
¿Cómo empezó?
De pequeño jugaba al tenis en el Club de Tenis Barcino junto a mis hermanas, pero era muy malo. No era un apasionado del tenis, yo realmente quería ser árbitro de fútbol. Pero un día en el club vi a Enric Molina [juez de silla entre 1997 a 2014], le pregunté y me explicó en qué consistía su trabajo. Me gustó mucho, sobre todo la idea de viajar. Y a los 16 me metí a juez de línea y, más tarde, de silla. Cuando acabé la universidad ya arbitraba partidos por el mundo así que nunca he tenido otro trabajo.
En 2019 tuvo una discusión con Federer, que ya es difícil. ¿Cuesta más dirigir un partido con alguien que ha ganado 20 Grand Slam?
En principio, no. Tomas una decisión, el jugador la protesta y le tienes que dar una explicación, sea el número uno del mundo o el número 300. Pero tampoco te voy a mentir. Aquel era el segundo partido de Federer que arbitraba y me puse más nervioso de lo que me pondría ahora. Como es normal, la experiencia te ayuda a mantener la calma en estas situaciones.
Antes de cumplir los 30 años, Forcadell arbitró una final grande, la del Torneo Conde de Godó de 2019 entre Dominic Thiem y Daniil Medvedev y desde 2020 es uno de los 7 jueces de silla que componen el equipo de ATP. De hecho, con un máster en Administración de Empresas, en los últimos meses se encarga de la gestión de los árbitros: organiza los calendarios, informa al resto de cambios de reglamento... «Tenemos libertad a la hora de escoger los torneos, aunque siempre hay que equilibrar, que haya jueces con experiencia en todos los eventos. No diría que tengo torneos favoritos, aunque el Godó es especial, también el Mutua», comenta.
"Se vive bien"
Según varias fuentes, los jueces de silla de la ATP tienen un salario de entre 70.000 y 80.000 dólares anuales. Un buen sueldo, aunque lejos de los 145.000 euros más extras que reciben los árbitros de la Liga, por ejemplo. «Se vive bien, aunque nuestro sueldo no es comparable con otros deportes de élite y tu calidad de vida depende del lugar dónde vivas. Ser juez es vocacional, lo haces porque te gusta, sobre todo al principio. Cuando empiezas te tienes que costear tú los viajes a los sitios para poder arbitrar», expone Forcadell.
¿Qué diferencia un partido bien arbitrado de uno malo?
Es subjetivo. Puedo pensar que lo he hecho muy bien, pero quizá un jugador no lo crea así. Nuestro trabajo es pasar desapercibidos. Pero siempre puede haber alguna queja, algún conflicto, y debemos resolverlo.
Ojo de halcón, video review... ¿Existirá un tenis sin jueces de silla?
Siempre hará falta una figura humana. Es como pilotar un avión: la tecnología se ocupa de mucho, pero debe haber una persona a los mandos. Con el arbitraje pasa lo mismo. Las máquinas nos ayudan y nos debemos adaptar, pero en un partido pueden ocurrir muchas cosas.
Al acabar, JoelEmbiid bailaba solo en mitad de la pista el Freed from Desire para provocar el abucheo del público de la Arena de Bercy, miles de aficionados franceses que le detestan porque abandonó a su selección para irse a jugar con Estados Unidos. El Dream Team hacía como si no hubiera pasado nada, gestos triunfantes, golpes en el pecho, gritos, muchos gritos, pero en realidad había vivido su peor trance en unos Juegos Olímpicos desde las finales que le enfrentaron a España. En las semifinales de París 2024, Serbia empujó al conjunto yankee ante el precipicio a base de triples y para salir de allí éste tuvo que trabajar, que sudar, que ponerse a currar (95-91).
LeBron James, que vivió el gran desastre en aquellas semifinales de Atenas 2004 ante Argentina, estuvo cerca de pasar por lo mismo: un fracaso en su debut y otro en su despedida. Pero esta vez está mucho mejor acompañado. Pese a que su desventaja llegó a ser de 17 puntos, pese a que entró en el último cuarto 13 puntos por debajo, Estados Unidos defendió con uñas y dientes en el tramo final y sacó adelante la situación. Quedarán en el recuerdo los 35 puntos de Stephen Curry, tirador superlativo -nueve de 14 en triples-, pero fue incluso más importante como leyendas como él mismo, James o Kevin Durant encogieron a un rival crecidísimo.
Los triples de Serbia
No era el plan porque nunca es el plan. Las estrellas yankees no vienen a los Juegos Olímpicos a esforzarse como si estuvieran disputando unas finales de la NBA y sólo lo hacen si están obligados. Como siempre, Estados Unidos salió a jugar un All-Star: sin defensa, sin una idea de juego, espectáculo, puro espectáculo. Lo ofreció Curry, con 17 puntos en los primeros ocho minutos y algún baile de los suyos. Al quinto triple, de hecho, se giró antes que entrara para chocar la mano a sus compañeros del banquillo. "¡Oooooooh!", se asombraba la afición parisina, que iba contra el USA Team, pero que no podía dejar de maravillarse con alguno de sus movimientos. El problema para el firmamento NBA era que delante tenía un equipo de verdad.
PAUL ELLISAFP
Desde la seriedad atrás, Serbia fue construyendo una ventaja que llegó a los 17 puntos (25-42, min.14) a base de mucho acierto exterior. Era una idea brillante, otra más de su entrenador Svetislav Pesic: sólo Nikola Jokic podía chocar por dentro que Embiid o Anthony Davis así que todo iba por fuera. Triples, triples y más triples, de Bogdan Bogdanovic, Aleksa Avramovic, de cualquiera. Al descanso, Serbia se fue con un 10 de 19 desde la línea de 6,75 metros y en consecuencia con una ventaja considerable (43-54). Desde la primera línea de sillas, Pau Gasol miraba el partido con su mujer, Catherine McDonnell, y su hija, Elisabet Gianna, y posiblemente pensaba: "Esto ya lo he vivido yo".
El despertar yankee
Estar por delante de Estados Unidos en cualquier momento no garantiza el éxito, pero el conjunto balcánico sostenía y sostenía la distancia (63-76 al final del tercer cuarto). Con su carácter, tan propio -Bogdanovic pasó todo el partido encarándose con LeBron James-, mantenía su plan hasta el final. Si Curry volvía a entrar en trance, ningún problema. Si Embiid empezaba a hacerse fuerte en la zona, ningún problema. Serbia incluso resistía al mareo de su líder, Jokic, que apenas encontraba el camino al aro. Para seguir con la racha en los triples, siempre alrededor del 50% de acierto, aparecían Vasilije Micic, Marko Guduric o Ognjen Dobric y así se llegaba al último cuarto.
Después todo cambió. En los últimos 10 minutos, los mitos se hicieron terrenales y empezaron a aislar, a empujar, a frenar a los tiradores balcánicos. Con los veteranos en la cancha, James, Durant y Curry, Estados Unidos, ¡Qué defensa! Serbia, que hasta el momento había sido letal, dejó de meter los triples y estuvo tres minutos sin anotar (del 77-84 al 84-84). Ahí ya lo tenía muy difícil. Ahí ya lo tenía imposible. Sus dos referentes, Jokic y Bogdanovic, lo intentaron, pero con 93-91, Curry sentenció con dos tiros libres. Después todos los jugadores estadounidenses vacilaban y Embiid lo llevaba más allá, bailando en mitad de la pista, pero el susto había sido serio.