Tras la marcha de Roglic, el equipo de Vingegaard y Van Aert arrebata al Bora al prometedor ciclista, octavo de la última Vuelta.
Uijtdebroeks, en la imagen de su equipo.Bora
hab”Seguimos a Cian desde su juventud. Cuando surgió la oportunidad de ficharle a partir del 1 de diciembre, no lo dudamos”. La última perla del ciclismo belga forma parte ya del mejor equipo del mundo. En el Jumbo-Visma, que a partir de enero se llamará Visma-Lease a bike, correrá Cian Uijtdebroeks.
Un movimiento clave para el equipo neerlandés, que incorpora al joven de 20 años, octavo en la última Vuelta a España (séptimo en el Angliru, quinto en el Tourmalet…), su primera grande, y ganador más joven de la historia del Tour del Porvenir en 2022. “Estoy encantado de unirme al equipo Visma-Lease a Bike. Ha demostrado ser un equipo líder en los últimos años. Y fue absolutamente excepcional en 2023, ganando las tres grandes vueltas. Es un hono aprender de Jonas, Wout y Sepp. Tengo muchas ganas de empezar”, ha manifestado Uijtdebroeks.
Además de incorporar al escalador, el Jumbo roba a un rival directo. Porque Cian tenía un año más de contrato con el Bora hansgrohe, destino precisamente de Primoz Roglic, la gran baja amarilla. “Encaja perfectamente en nuestro equipo. Quiere desarrollarse en todos los ámbitos. Estamos contentos de que nos haya elegido a nosotros y a nuestro enfoque”, explica Merijn Zeeman, director deportivo del Jumbo, en el comunicado oficial del equipo neerlandés. “La atención se centrará en la mejora y el crecimiento. Puede aprender de nuestros mejores corredores como Jonas Vingegaard, Wout van Aert y Sepp Kuss. Vemos a Cian como el futuro líder de nuestro equipo”, agrega. El contrato del belga es hasta 2027.
Mientras otros batallan en eliminatorias repletas de igualdad, polémicas e incertidumbres, el Real Madrid ya aguarda camino de Berlín, en su 10º Final Four de los últimos 13 años, la tercera de carrerilla. Allí defenderá su corona tras un tremendo camino en Europa, coronado en el Buesa Arena, donde cerró por la vía rápida la serie ante un bravo Baskonia. Murieron los de Dusko Ivanovic con las botas puestas, desplegando osadía, talento y la energía que les quedaba hasta que chocaron con la mejor versión de Tavares, con el temple de Campazzo, los puntos de Yabusele y la magia de Sergio Rodríguez. [98-102: Narración y estadísticas]
Fue una pelea mayúscula en Vitoria, una noche de guardias bajas y baloncesto eléctrico, de 200 puntos y 29 triples. Mandó el Baskonia casi siempre y resistió el Madrid sus embestidas, hasta el zarpazo final, encendido por el Chacho y culminado por Campazzo. Aunque nada sería lo mismo sin esas dos defensas finales de Tavares, sus cuatro tapones, sus 13 rebotes... Tan pleno que ni un minuto dejó a su compinche Poirier en la segunda mitad, pese a los buenos apuntes previos.
La primera parte fue ya un estupendo augurio, un festival ofensivo, un correcalles sin dueño, un intercambio de golpes que convenía más al Baskonia. Al descanso, los de Ivanovic, desbocados, habían anotado 56 puntos y el Madrid les seguía la estela como podía. Con la lengua fuera, incómodo cuando su defensa no funciona y su rebote no domina, aturdido ante tanta carrera, ante tanto lanzamiento frenético.
Sergio Rodríguez, defendido por Chiozza.L. RicoEFE
El Baskonia estaba dispuesto a morir matando, consciente de lo que supone un 2-0. Porque alargar la faena, dar una alegría al Buesa y mostrar algo de ese 'carácter', no sólo le vendría bien en el ahora. Su lucha por entrar en el playoff ACB y salvar la temporada está más que viva. Y necesita elementos que le reafirmen. Partió más agresivo en defensa, más concentrado en el rebote y con su acierto habitual.
Fue en el segundo acto (tras un parón demasiado largo por un problema en el marcador) cuando, por primera vez en la serie, se vio poderoso, 10 arriba con Marinkovic y Markus Howard como ejecutores y Miller-McIntyre como dueño del tempo, ocho asistencias en la primera mitad. Hizo 34 puntos en ese tramo, en el que tuvieron que salir Poirier y Deck (su defensa sobre Howard...) y, sobre todo, Sergio Rodríguez, al rescate. El Chacho no se achica cuando el juego pierde el control. Dos triples, cuatro asistencias... Gracias a él se mantuvo el Madrid con vida pese a su desastre defensivo.
A la vuelta no mejoraron demasiado las cosas para el Madrid, porque Marinkovic no bajaba su ritmo anotador, triples como flechas a la paciencia blanca. Otra vez haciendo la goma, aunque sin dejarse llevar del todo, parciales de ida y vuelta y Tavares intimidando en la pintura. En realidad, era un partidazo, una estupenda noche de excesos en el Buesa.
Un triple de Deck, la primera canasta del último round, puso al fin por delante al Madrid (73-75), una larga persecución sin perder los papeles. Pero faltaba por aparecer (del todo), Markus Howard: volvió a encender el Buesa con siete puntos consecutivos. Iba a ser el último alarde local, exhaustos ya los de Ivanovic, sin poder responder al arreón final blanco, una estocada mortal en las manos mágicas del Chacho y sus pases.
Fue un parcial de 0-13, con dos triples de Llull, pero, principalmente, con la sabiduría de Sergio Rodríguez. Como la temporada pasada, de nuevo a punto en el momento clave. Howard se empeñó en lo que parecía ya imposible, aunque iba a empujar hasta la orilla. Apareció entonces Campazzo con la puntilla, como un poco antes lo había hecho Yabusele. Y Howard, como Miller-McIntyre, se estrelló con la enormidad de Tavares. El Madrid de Chus Mateo está en Berlín y, a la vez, recuperó el liderato de la ACB tras la derrota del Unicaja en Tenerife.
Ben Healy, un ciclista distinto, generoso, agresivo, siempre al ataque, es el nuevo líder del Tour. Un irlandés que es un portento, que ya se estrenó hace unos días en Vire Normandie, y que lo dio todo esta vez cuando la distancia de la fuga le dio para soñar con el maillot amarillo. La primera toma de contacto con la montaña, en el angustioso Macizo Central, resultó un estupendo juego de estrategias, con el Visma Lease a Bike de Jonas Vingegaard tensando la cuerda. No tuvo premio en la general, con un Tadej Pogacar que ni se inmutó, pero sí en la etapa, rematada por Simon Yates. [Narración y clasificaciones]
El ganador del último Giro no perdonó en la última de las ascensiones, implacable en el Mont-Dore. A un escalador de su talla y experiencia le dejaron el triunfo en bandeja y eso que la escapada era de quilates. A sus zarpazos no pudieron responder ni Ben O'Connor ni Arensman. Healy, que entró tercero, pagó el tremendo esfuerzo que hizo por labrar un liderato que saboreará con calma durante el día de descanso del martes.
La victoria para Yates y el liderato para Healy. Los favoritos aplazaron la batalla hasta las dos últimas cotas, cuando el Visma lanzó ráfagas de reconocimiento. Consiguieron aislar a Pogacar, novedad, pero no batirle. Al ataque final del esloveno sólo respondió, con suficiencia, el propio Vingegaard. Llegarán a los Pirineos con 1:17 de distancia.
Ben Healy festeja su liderato del Tour.Thibault CamusAP
Más que una etapa fue una tortura, 163 kilómetros de vaivenes, atravesando en Macizo Central a base de cotas, hasta ocho, siete de ellas de segunda categoría, lo inédito. 4.400 metros de desnivel acumulado, como una jornada alpina o pirenaica cualquiera: en concreto, sólo hay tres en esta edición más extremas.
Así, bajo la canícula, desde la salida de Ennezat, avanzó el día nacional francés, con una fuga tan numerosa como de renombre. Entre los 30 iniciales llamaba la atención comprobar a dos compañeros de Vingegaard (Campenaerts y Simon Yates), lo que obligó a trabajar siempre al UAE en el pelotón. Un equipo ya sin Joao Almeida, que también vio como Sivakov pronto anunciaba que no estaba para demasiado, con el gigante Nils Politt siempre al comando.
Después de las tres primeras subidas, la fuga ya se quedó en la mitad. Ahí seguía Pablo Castrillo, que se había pegado un buen apretón para entrar de inicio. Pero también Lenny Martínez, que acumuló puntos para vestirse con el maillot de la Montaña. O el amenazante Ben Healy, líder virtual mediada la jornada, cuando la diferencia aumentó hasta superar los cinco minutos. Era su día.
El martirio paulatino pregonaba un desenlace con conclusiones importantes. Por delante, donde ya paladeaban tanto la victoria de etapa como un posible liderato para Healy, se quedaron en seis unidades en la ascensión no puntuable previa a los últimos dos puertos. No pudo ya Castrillo engancharse a esa fuga de la fuga. Pero, por detrás, también comenzaban los fuegos artificiales, justo cuando Benoot espabiló el ritmo y los Visma lanzaron aguijonazos como de reconocimiento, primero Kuss, después el propio Jorgenson, respondiendo el propio Pogacar en primera persona.
Hasta el Mont-Dore, la cima más alta del Macizo Central (1.885 metros), donde la batalla no resolvió todavía demasiadas dudas. Aunque Yates puso su nombre (su tercera victoria en el Tour, tremendo palmarés), será el pequeño Ben Healy el que será recordado este 14 de julio.
En las 29 curvas de herradura del Colle delle Finestre, en sus ocho kilómetros finales de grava sin asfaltar, allá donde hace siete años Chris Froome dejó para la historia una de las exhibiciones más grandes que recuerda el ciclismo moderno, allá, entre Val di Susa y Val Chisone, en los Alpes Cocios, se resolverá el Giro de Italia que nadie acertó a predecir. Camino de Sestriere, ni Primoz Roglic, ni Juan Ayuso, serán dos latinos los que se desafiarán al sol en una de las subidas más bellas y míticas de Europa, 18 kilómetros en total de sufrimiento y pasión.
Isaac del Toro, tanta frescura que cuando le preguntan dice que aquello de Froome en 2018, ese ataque a 80 kilómetros de meta para arrebatar el rosa precisamente a un Simon Yates que sigue en la pelea (tercero en discordia, a 1:21 del liderato, aunque ayer no dio muestras de fortaleza), fue «mágico, apasionante», aunque entonces él era un niño de 14 que soñaba en el desayuno con las grandes gestas de ciclistas que llegaban de Europa, un país, el suyo, ahora apasionado pero sin tradición.
Y el retador Richard Carapaz, 43 segundos de desventaja (dos más perdidos en Champoluc por la bonificación), que se sabe ante una de las últimas opciones de su vida de sumar otra grande (a unir al Giro de 2019), pues estos jóvenes ambiciosos no dejan ni las migajas. Y desafía en la llegada del Valle de Aosta, donde no pudo soltar al Torito, pese a su ofensiva con todo en la quinta ascensión del día, Antagnod: «Mañana (por hoy) será un día diferente. Será algo más largo, más serio. Todos sabemos la dureza que tiene. Todavía queda mucho».
Cima Coppi
No fue un viernes de valientes, pero será un sábado sí o sí para ganar o perder, más de 200 kilómetros desde Verrès, con dos puertos de previa antes de la Cima Coppi (el puerto más alto por el que transitan los ciclistas durante cada edición de la Corsa Rosa), el Finestre que subirá el Giro por quinta vez en su historia, y la meta en Sestriere, a más de 2.000 metros de altitud.
Del Toro salvó el penúltimo día de montaña -la victoria fue para Nicolas Prodhomme, quien resistió desde la numerosa y permitida escapada del día- con una solidez que ya está empezando a dejar de sorprender. Se siente pleno, como si la presión no le afectara, 11 días ya con la maglia rosa. Como si calaran en él los mensajes que le manda desde la distancia su amigo y mentor Tadej Pogacar. Le preguntan si, de sentirse con fuerza, será capaz incluso de atacar en Finestre para coronar su hazaña con una victoria. Y el chico, con un gorro de lana del UAE Team Emirates para resguardarse de un frío que no hace en Champoluc, se queda callado 20 segundos, mira a un lado y a otro, esboza una media sonrisa que desata las carcajadas de los enviados especiales y no pronuncia palabra. «No me asustaré por lo que venga este sábado. Es genial estar en esta posición», celebra después el niño de rosa, que no deja de agradecer a su equipo y bromea con los periodistas: «Tengo las mismas opciones que tenía cuando empecé el Giro. ¿Tú me veías en rosa o no? [niega] Veremos mañana».
Entre México y Ecuador, entre el joven Del Toro y el veterano Carapaz, entre dos latinos que no entraban en ninguna de las quinielas. El Giro en Roma hablará castellano aunque haya estado maldito para los españoles. Pero antes hay que sobrevivir a Le Finestre.