¿Qué tienen en común Madonna, Arnold Schwarzenegger, Sting, Will Smith, Peter Thiel, Howard Stern y Toni Nadal? Que juegan al ajedrez por internet. Humphrey Bogart y Stanley Kubrick también lo habrían hecho si hubieran podido. El juego milenario, que
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La carrera de Julio Granda es única en muchos sentidos. Es habitual verlo citado como «el gran maestro campesino», pero la expresión no le entusiasma «por sus implicaciones peyorativas, sobre todo en inglés». Lo cierto es que Julio nació en Camaná (Perú) el 25 de febrero de 1967 y que era el tercero de siete hermanos. Todos dormían en la misma habitación, casi amontonados. «Pobres no éramos», puntualiza. «No teníamos luz ni agua corriente, pero comida no faltaba». «Era una vida de campo un poco dura, porque éramos muchos, pero yo fui un privilegiado desde el comienzo. A mí me alimentaban y me vestían mejor gracias al ajedrez».
Su talento también le permitió viajar, ganar dinero y convertirse dos veces en campeón del mundo. Lo más sorprendente es que, pese a todos sus éxitos y a su predisposición natural, nada le gusta en la vida más que trabajar la tierra, a la que ha regresado y a la que se siente unido de una forma casi espiritual.
A Julio lo conocen casi todos en el mundo del ajedrez, donde es una persona muy querida, aunque también admite sus pecados y lo difícil que le ha resultado no reincidir. Enseguida contaremos alguno. Estudiar tampoco fue nunca su especialidad. Apenas ha preparado un par de partidas en su vida; se le podría comparar con alguna estrella del fútbol (deporte que le gusta), como Mágico González. Granda dice que sólo ha leído un libro de ajedrez y que lo hizo por aburrimiento, sin utilizar un tablero auxiliar para seguir las partidas, que reproducía en su cabeza. Es parecido a jugar a la ciega, con los ojos vendados.
Campeón mundial a los 13 años
Granda ganó el Mundial sub-14 de 1980, en México, casi 40 años antes de triunfar también en el Mundial de Veteranos, en 2017. Se trata de un doble hito insólito en su país. Hasta tal punto tuvo repercusión que de niño lo recibió en el Palacio del Gobierno el presidente de la República, Fernando Belaúnde.
Otra circunstancia única es que Julio alcanzó su mejor puntuación Elo después de cumplir los 50. De algún modo, no había desarrollado todo su potencial en sus mejores años. El suyo es un caso digno de estudio, ese estudio que a él nunca lo supo seducir. El gran maestro peruano, que valora la humildad por encima de cualquier otra cualidad, habla con EL MUNDO a lo largo de varios días, en el torneo Leyendas y Prodigios de Madrid (donde el niño Faustino Oro logró su primera norma de gran maestro), en una clase magistral organizada por el Club V Centenario, de San Sebastián de los Reyes, y en el Festival Salamanca Cuna del Ajedrez Moderno. Esta última cita supone su regreso a su «ciudad adoptiva». «Viví aquí 10 años gracias a mi amigo Javier Sanz, ex campeón de España, lamentablemente fallecido».
Granda se autodefine como ajedrecista jubilado, pese a la actividad tan intensa del último mes, que incluye varias lecciones magistrales más, una de ellas en Londres, el nacimiento de su nieta y un poco de turismo por Italia. De vuelta a su ciudad natal, seguirá conectado con el campo, dará clases por internet y tratará de construirse una casa biosostenible.
Jugar antes de saber leer
Julio se enganchó al ajedrez «de pura casualidad». «Mi padre sabía jugar, pero lo había dejado. Entonces, vino el duelo entre Bobby Fischer y Boris Spassky y lo primero que hizo fue conseguir un tablero para enseñar a mis hermanos mayores. Yo tenía cinco años y no sabía leer ni escribir, pero enseguida me llamó la atención. Mis hermanos no querían que aprendiera, pero la curiosidad me enseñó. Y ahí empezó la historia. Uno de mis hermanos se burlaba de mí cuando me ganaba y eso me enervaba. Me hizo bien, porque me permitió darme cuenta de dónde me equivocaba. Y así fue como los superé muy rápido».
Granda y Oro, durante el torneo de Madrid.F.M.B.
A los seis años, Julio ya era el campeón de su casa, pero quedaba mucho trecho por recorrer. «Hubo varias circunstancias favorables», recuerda. «En Arequipa había un bibliotecario que era jugador de primera categoría y, como no iba nadie a la biblioteca, la convirtió en un club de ajedrez. Gracias a Fischer había una afición tremenda».
El ajedrez no daba dinero, pese a todo, al menos en los primeros años, y después de alguna mala cosecha, su padre se planteó seguir con el sueño del pequeño campeón. «Yo no le dije nada a él, pero sí a mi madre: si papá no quiere enviarme a Arequipa, yo me voy a pie. Son 180 kilómetros, pero creo que lo dije con tal determinación que parece que mi papá vendió un torete y siguió la historia».
Las luces de la ciudad
Gracias a eso ganó el Mundial, lo recibió el presidente y se tuvo que ir a Lima para prosperar. «Pero claro, a un joven al comienzo le atraen las luces de la ciudad». Julio Granda recurre a otro deportista peruano para explicar su propio caso. «No si te suena el Cholo Sotil, que falleció el año pasado. Era un icono de nuestro fútbol que jugó en el Barça y en el Perú lo estigmatizaron. La gente tiende a poner en un altar a sus ídolos, pero el ser humano no es nada, desde mi perspectiva. Sotil llegó joven a Barcelona, sin nadie. "Me gasté la plata", dijo después. Se compró un Ferrari, se iba por las Ramblas y todo lo que conlleva eso. Tal vez yo no llegué a tanto porque ganaba menos dinero».
¿Julio Granda también habría caído en esa vida, si hubiera podido?
«Yo tuve dinero, al menos para un joven, y obviamente me lo gastaba. Pero me ayudó de una manera natural el haberme criado en el campo. Tenía cierta disciplina natural, por llamarlo así. Eso me frenó un poco, pero un joven hace lo que el mundo te ofrece. Es la tendencia natural».
«Tengo bastantes dudas como pareja y como padre. Lamentablemente, el ser humano tiene que pasar por eso para aprender».
Luego está su relación con la húngara Susan Polgar, varias veces campeona del mundo, quien contaba en un libro reciente cosas no demasiado bonitas sobre el gran maestro peruano. «Las relaciones son complicadas y uno tiene que ser autocrítico. Creo que no actué bien», admite Granda.
¿Fue una mala jugada? «No sé si diría eso, pero cuando uno tiene una relación, tiene que ser honesto y probablemente yo no lo fui. Uno debería hacer las cosas bien, pero no siempre se hacen. Y cuando hay relaciones que afectan a otra persona, evidentemente, uno tiene que ser muy autocrítico». ¿Ha cometido más errores así en la vida? «Continuamente. Es como cuando juegas una partida mala y luego dices: ¿cómo hice esta barbaridad? Entras en alguna inercia poco conveniente. Tengo bastantes dudas como pareja y como padre. Lamentablemente, el ser humano tiene que pasar por eso para aprender. Lo complicado es que muchas veces, aprendiendo, vuelves a reincidir. Eso es lo que me decepciona».
Dueño de una memoria prodigiosa, Granda encadena anécdotas en las que participan otras leyendas del tablero. Podría seguir durante horas, pero en cuanto tiene ocasión vuelve a hablar de la tierra. «Es una vida especial y yo agradezco mucho esa conexión. Mi infancia transcurrió en el campo y ahora vivo en el campo. Mi gran deseo era volver a mis raíces. En realidad, me considero un horticultor orgánico», añade en un último jaque a la descubierta.
El ajedrez clásico puede ser apasionante incluso cuando la partida acaba en tablas. Después de tres empates consecutivos sin demasiadas emociones, la séptima partida del Mundial que se celebra en Singapur, la más larga hasta la fecha, fue un espectáculo vibrante del que sale reforzado el campeón. Ding Liren estuvo contra las cuerdas, con muy poco tiempo en su reloj y tratando de sostener una posición que parecía a punto de resquebrajarse. En esos instantes, el gran maestro chino afinó y resistió de forma heroica. Modesto, aseguró después que estuvo a punto de rendirse cuando vio alguna de las jugadas de Gukesh. También dijo que «encontró» los recursos defensivos justo cuando los necesitaba, aunque en el tablero eso no sucede por casualidad.
Gukesh, que no ocultó su decepción, lo tenía todo a su favor, salvo la tenacidad de un rival que además fue valiente, aunque algunos lo critiquen por lo contrario. El indio no supo o no pudo rematar, pero no cometió apenas errores durante más de cinco horas y 72 movimientos. «Fue más difícil de lo que esperaba», admitió. También dijo que es frustrante no ganar una partida que se pone tan de cara, pero volvió a ser positivo y aseguró sentirse «satisfecho por haber superado a su rival».
Estamos en el ecuador del duelo, con empate a 3,5 puntos. Recordemos que Ding Liren, vigente campeón, ganó la primera partida y luego perdió la tercera. El resto han sido empates. El gran maestro indio era favorito antes de llegar a Singapur, pese a tener solo 18 años, y vio más cerca que nunca el sueño de convertirse en el campeón más joven de la historia. Le quedan otras siete partidas para culminar su hazaña.
Espectáculo en el tablero
La séptima fue emocionante porque Gukesh presionó y su rival no se arrugó. Cada uno usaba sus armas, más afiladas de lo que parece. No es sensato pensar que hayan cambiado su estilo como reacción a las críticas, no siempre justas, después de solo tres empates. En otros mundiales hemos visto sucesiones de tablas mucho más largas. En Singapur, salvo en una ocasión, el indio siempre ha buscado la victoria con blancas y el campeón tiene un certificado médico para no presentar batalla cuando no se siente con ánimo.
La apertura elegida por el aspirante fue inteligente. Encontró una idea interesante y sacó del libro a su oponente, que en la séptima jugada ya había gastado 35 minutos de los 120 que tienen los jugadores para hacer los primeros 40 movimientos. La gestión del reloj es su asignatura pendiente.
Los aficionados e incluso los grandes maestros se preguntan a veces por qué un ajedrecista capaz de jugar una partida entera en un minuto dedica veinte o incluso media hora a una sola jugada. Otros querían saber en qué piensa Gukesh cuando cierra los ojos recostado en su sillón, mucho más cómodo y grande que el de su oponente. El indio es aficionado a la meditación, mientras que Ding parece perderse en disquisiciones filosóficas. Comer o no comer un peón, esa es la cuestión más frecuente a la que se enfrenta. En general, decide con arrojo y se lo zampa. El campeón es un hombre herido, pero no se esconde.
En esas largas pausas para el espectáculo, los dos finalistas calculan como posesos. Son capaces de profundizar hasta niveles insondables para otros humanos, casi como las máquinas. La mayor diferencia entre ambos parece de preparación. Gukesh da la sensación de llegar mejor armado en los planteamientos, aunque esta vez también tuvo que improvisar desde bastante pronto.
Dudas en el remate
Cuando llegó la hora de rematar, quizá el indio vio algún fantasma y se quedó algo paralizado. Su ventaja era evidente, pero él necesita tenerlo todo bien atado, sin dejar nada al azar. Lo malo para sus intereses (y una suerte para la humanidad) es que en ajedrez a veces las posiciones son demasiado complejas y hace falta suplir esa incertidumbre con sentido práctico. Es lo que le falta a Ding a menudo, aunque en la última partida afectó también a Gukesh.
Tras algunos titubeos, el indio le lanzó por fin hacia la victoria, aunque ya con los relojes prácticamente igualados. Ambos tenían menos de un minuto por jugada y todo era dificilísimo. En esos instantes, el porcentaje de precisión descendió, como es natural, pero en contra de lo que sugieren los detractores, este Mundial se caracteriza por un índice elevadísimo de exactitud. Solo Vishy Anand, el padre ajedrecístico de Gukesh, había estado a esa altura en el pasado. Es interesante que Anand le ganara en 2008 la corona a Kramnik, justo quien más ha censurado a los finalistas en Singapur.
En los momentos decisivos, con los relojes temblando, Gukesh y Ding se enredaron un poco, pero las pequeñas imprecisiones culminaron con la maldición de la jugada 40, que pagó Ding Liren. A lo largo de la historia son incontables los sueños rotos justo en ese movimiento, el último del primer control de tiempo. El chino movió nervioso y paró el reloj cuando solo le quedaban 7 segundos. Justo a tiempo, pero no había tomado la mejor decisión.
Le quedaba por delante un final con aspecto de tortura. En ese momento, ambos jugadores reciben 30 minutos y un regalo añadido, 30 segundos cada vez que mueven. El ritmo es algo más relajado, pero ya era tarde para volver atrás.
Condenado a sufrir y de nuevo con menos tiempo, salvo en los últimos instantes, el campeón se resistió con una capacidad de sufrimiento admirable. El aspirante buscó mil vueltas para atravesar la muralla china, dispuesto a reescribir la historia. Después de 72 movimientos, sobre el tablero solo permanecían los dos reyes exhaustos y un alfil blanco, insuficiente para dar mate. Tablas de reglamento, espectaculares, de las que hacen afición. Queda por delante la segunda mitad del Mundial, con Ding fortalecido y Gukesh convencido de sus posibilidades.
FEDERICO MARÍN BELLÓN
@FedericoMarin
Actualizado Lunes,
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