Es lunes 21 de agosto de 2023, son las 21:57 y hace un par de horas que ha caído la noche sobre Budapest. Se celebra la final de los 100 metros femeninos. Es 21 de agosto y Usain Bolt ha cumplido 37 años, los mismos que en diciembre cumplirá Shelly-A
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Temporada 2024-25. Con el eslalon gigante femenino arrancó el esquí en el tradicional feudo tirolés austriaco de Sölden. El triunfo de Mikaela Shiffrin en la primera manga pareció anunciar el 98º de la estadounidense, una cifra casi impensable. El segundo asalto, sin embargo, contempló una actuación extrañamente floja de la reina rubia del circo blanco. Mikaela, sin punch ni el necesario pulso, acabó quinta en la general final, por detrás incluso de su compatriota Katie Hensien.
El triunfo, el segundo en Sölden y el 28º de su carrera, sonrió a la expresiva y enérgica italiana Federica Brignone. La acompañaron en el podio la fiable neozelandesa Alice Robinson y la austriaca Julia Scheib, en su primer podio en la Copa del Mundo y de regreso de distintas lesiones. Fue baja de última hora Lara Gut, la mejor en gigante la temporada pasada, a causa de molestias en una rodilla, que le vienen de la pretemporada en Sudamérica. Prefirió no arriesgar.
Esperar la victoria número 100 de Shiffrin (29 años), que sin duda llegará más temprano que tarde redondeando un historial todavía creciente, es el principal atractivo de una campaña que tiene al suizo Marc Odermatt en la cima masculina, y a su país en lo más alto del escalafón de naciones, por delante de Austria, el otro gigante alpino. Ese viejo duelo entre naciones, con otras entrometiéndose de modo estimulante en el duopolio, pertenece al mejor catálogo del esquí histórico.
Mikaela, casada este verano con una de las grandes estrellas del circuito, el noruego Alekxander Aamodt Kilde, está cerca también, en eslalon, de su noveno Globo de Cristal. Un récord que superaría el compartido con ocho de Ingemar Stenmark en eslalon y en gigante, y Lindsey Vonn en descenso. La temporada está presidida, en la primera quincena de febrero, por los Mundiales de Saalbach (Austria). Las finales de la Copa del Mundo las acogerá, ya en marzo, la estación estadounidense de Sun Valley (Idaho).
El calendario masculino comienza asimismo en Sölden. Y, como el femenino, en una excesiva pausa, se trasladará, ya muy entrado noviembre, a Levi (Finlandia).
Los Tres Mosqueteros, una literaria referencia humana, eran cuatro. Pero la "Santísima Trinidad", un futbolístico recordatorio divino, eran, efectivamente, tres en el Manchester United: Bobby Charlton, George Best y Denis Law. Tres Balones de Oro. Ya fallecidos los dos primeros, acaba de desaparecer físicamente el tercero. Fueron perecederos en el mundo real, pero inmortales en el mitológico del fútbol. La "Holy Trinity" tiene una estatua en los exteriores de OId Trafford.
Denis Law era escocés, nacido en Aberdeen, donde ha muerto a los 84 años. Vino al mundo en el seno de una familia humilde y numerosa de pescadores. Sus primeras botas, regalo de un vecino, las tuvo a los 15 años. En los últimos tiempos había perdido las facultades cognitivas y, según el comunicado de su familia, "ahora está en paz". Formó con Charlton y Best un trío icónico, uno de los más grandes de todos los tiempos en cualquier equipo de cualquier país.
Rápido, regateador, técnico y valiente en una época de defensas 'terroríficos', era un 10 goleador, el tercer máximo en la historia del siempre prolífico United (237 dianas), tras Wayne Rooney (253) y el propio Charlton (249). Con Escocia, con la 'Tartan Army' anotó 30 goles, los mismos que Kenny Dalglish, en 55 partidos. Asociado a la mejor historia del United y sir Matt Busby, fue campeón de Europa en 1968, dos veces de Liga (1965 y 1967), una de la FA Cup (1963) y dos de la Supercopa (1965 y 1967).
La estatua de los grandes del Manchester United: George Best, Denis Law y Sir Bobby Charlton antes del encuentro de la Liga de Campeones ante el Copenhague.Dave ThompsonAP
Ganó el Balón de Oro en 1964, por delante de Luis Suárez y Amancio. El único escocés en lograrlo. Había empezado su carrera en el modesto Huddersfield Town. Larguirucho, desgarbado, lejos del fortachón arquetipo del futbolista británico de los 50, no llamó la atención. Lo salvó el instinto de Bill Shankly, mánager entonces del club. Pero no pasó al Liverpool, sino, efímeramente, al Manchester City, en el que marcó 21 goles en 44 partidos. Y de allí al Torino por 110.000 libras, un récord para los traspasos de la Premier al calcio.
El catenaccio imperante en Italia le impidió brillar. Regresó en 1962 a Inglaterra, pero no al City, sino al United, que trataba de rehacerse de la tragedia aérea de 1958. Con los Busby Boys alcanzó la cima. Tras 11 años con los Red Devils, cruzó la frontera local para regresar al City en su último año como profesional. El United, el club de su vida, rozaba el descenso a la First Division, la segunda categoría del fútbol de las Islas.
Y por esas cosas del destino, a Law le correspondió enviarlo a las catacumbas. Un gol suyo de tacón lo condenó. Cabizbajo, no lo celebró y tras ese partido colgó las botas. Nunca hubo mejor ni, también, más triste momento.
Evgeniya Chikunova tendría que haber estado en la final de los 200 braza. Y quizás la habría ganado. Después de todo es la plusmarquista mundial. Pero, además, es rusa, una razón olímpicamente excluyente en las actuales circunstancias bélico-políticas. Chikunova, de 19 años, nacida, como Putin, en San Petersburgo, no forma parte del magro contingente de compatriotas, 15 en todos los deportes, que han sido autorizados para acudir a París como «atl
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