Después de Moser empezó el récord a degradarse. Pistards como Graeme Obree y Chris Boardman, en una pugna dual, se lo fueron repartiendo con unas bicicletas cada vez menos parecidas a bicicletas
Filippo Ganna, en busca del récord, el sábado.Marcel BieriAP
Filippo Ganna le he hecho un favor al ciclismo al devolverle al récord de la hora un prestigio, y con él una dignidad, que se había ido diluyendo hasta, prácticamente, desaparecer. En los viejos tiempos esa plusmarca la habían ostentado los mejores e
Hazte Premium desde 1€ el primer mes
Aprovecha esta oferta por tiempo limitado y accede a todo el contenido web
La sexta etapa del Torneo Interclubs del Vinalopó, una prueba ciclista popular disputada este pasado sábado en el municipio alicantino de Villena y sus alrededores, dejó 128 abandonos de un total de 180 participantes, algo que coincidió con el anuncio de un control antidopaje que se iba a realizar en la línea de meta.
La prueba contaba con un recorrido de 91 kilómetros y 1.273 metros de desnivel, pero después de que se expandiera el rumor entre el pelotón de que había un control antidopaje en la línea de meta a todos aquellos que terminaran la prueba hubo varios pinchazos y caídas que provocaron algunos abandonos, hasta 128 en una carrera que sólo terminaron 52 ciclistas.
Tal y como adelantó la revista Ciclo21, el segundo clasificado de la carrera, Álvaro Marzà, deslizó en una publicación en redes sociales que "el control antidoping es igual a pinchazos y retiradas" y afirmó que "no es una fórmula matemática, pero sí la pura realidad", por lo que pidió tomar medidas ante "este chiste".
Tras ello, el propio Torneo Interclubs Vinalopó se enorgulleció en un comunicado de ser un evento "que defiende el ciclismo limpio y justo" y señaló que están "comprometidos con la lucha contra el dopaje", porque es "esencial para mantener la integridad del deporte y proteger la salud de los ciclistas".
"El dopaje es una trampa que da a los ciclistas que lo utilizan una ventaja injusta sobre aquellos que compiten de forma limpia. No solo es una falta de respeto hacia el deporte y sus valores, sino que también puede tener graves consecuencias para la salud de los ciclistas que se dopan", destacó el texto.
Así, la competición dijo "adherirse a las estrictas normas antidopaje de la Unión Ciclista Internacional (UCI)" y subrayó que "todos los participantes en el evento están sujetos a controles antidopaje aleatorios, tanto antes como después de la carrera", organizados y controlados por la Comisión Española para la Lucha Antidopaje en el Deporte (CELAD).
Por ello, agregaron que el dopaje no tiene cabida en el ciclismo y apoyaron a aquellos que compiten "de forma limpia y honesta" para "proteger la integridad del ciclismo".
«Teníamos un plan excelente». Cuando Jonas Vingegaard comprobó cómo Tadej Pogacar le volvía a rematar, con una autoridad abrumadora, en la última rampa del Col de la Loze, el mismo puerto pero por diferente vertiente donde un par de años atrás él había torturado al genio esloveno, una muesca de resignación asomó en el rostro del danés. La nobleza de un hombre derribado que lo ha intentado todo. Amenazaba el granizo, que pronto rompió en el cielo de los Alpes, y las temperaturas, a más de 2.300 metros de altitud, se volvieron invernales en pleno julio.
Un rato después, bien abrigado, con una cara estupenda y una sonrisa imborrable tras cinco horas de sacrificio sin tregua, el líder soltaba piernas en el rodillo mientras se hacía selfies. Era consciente de que no sólo había salvado el día clave, había sentenciado su triunfo final. Ya apenas le aguarda otro esfuerzo hoy mismo camino de La Plagne (en una etapa recortada 35 kilómetros según anunció la organización a las 23:00 h.: un brote de dermatosis nodular contagiosa que afecta a un rebaño ubicado en el Col de Saisies y que hace que por solidaridad con los ganaderos, no se suba ese puerto- para rematar su cuarto Tour. Su ventaja es tal (la volvió a aumentar, nueve segundos más la bonificación, hasta los 4:26) que hasta un día menos bueno se podría permitir. «Pero si la etapa es como la de hoy... estoy más tranquilo».
Hay obras maestras que no tienen que ver con los alardes, ni siquiera con las victorias, sino más bien con la capacidad de controlar los instintos, con la sangre fría. «Amo ganar, pero lo más importante es conservar este jersey», vuelve a repetir quien no logró alzar los brazos en las tres últimas etapas de montaña, ni en Superbagnères (Arensman), ni en el icónico Mont Ventoux (Paret-Peintre) ni ayer en el Col de La Loze (enorme Ben O'Connor, su segunda victoria en el Tour) al que tenía tantas ganas, todas las etapas coronadas por las escapadas. Pogacar ha aprendido de sus errores pretéritos. Luce madurez a sus 26 años, en su sexto Tour, el que le hace admitir sin rubor su cansancio mental, preguntarse a sí mismo qué hace aquí «después de tres semanas» de agonía. «Luego, sientes cómo la gente te grita en la carretera y piensas que no se está tan mal. Sobre todo si tienes buenas piernas. Intento disfrutar», reconoce.
Sin embargo, en una de las etapas más extremas que el Tour de Francia ha planteado nunca, Pogacar se vio en una situación crítica cuando, a seis kilómetros de la cima de La Madeleine, el segundo puerto hors categorie de los tres del día, a 73 de la meta, el Visma Lease a Bike, uno a uno todos sus pretorianos a tirones (primero Van Aert, luego Benoot, Campenaers, Simon Yates, Kuss...) le había conseguido aislar de todos sus compañeros. Inmediatamente llegó el ataque de Vingegaard, que conservaba a Matteo Jorgenson por delante. Una estrategia estudiada, un guion que pretendía emular a episodios con el del Granon 2022. «Todo estaba bajo control. Han intentando todo en La Madeleine, pero no les ha servido para nada, mis compañeros me han defendido bien, hemos estado muy cohesionados. Veremos qué pasa mañana, es otro día muy duro», reconocía Pogacar.
Pogacar y Vingegaard, durante la ascensión al Col de la Loze.LOIC VENANCEAFP
Que se solapó a la rueda de su único rival, con suficiencia. Que no entró al trapo ni siquiera cuando, en el descenso, Jorgenson se lanzó 25 kilómetros como un kamikaze. El esloveno, siempre con un metro de margen sobre la estela de Vingegaard para evitar peligros, arriesgando lo justo, mantuvo la concentración. Y tampoco la perdió cuando, en el falso llano hasta el inicio de Courchevel, se produjo un extraño parón y el estadounidense se marchó por delante con O'Connor y Einer Rubio. Ese fue realmente el fracaso del Visma.
Pogacar nunca cayó en la tentación de mover ficha y por detrás le iba a llegar la ayuda de Marc Soler, Jonathan Narváez y Adam Yates. Para completar una ascensión final sin sobresaltos (a 23,3 por hora y de paso recuperar el liderato de la clasificación de la Montaña) y frustrar a Vingegaard. «Me sentí bien, el equipo estaba trabajando bien, lo intentamos pronto, pero desafortunadamente no pude recuperar el tiempo perdido con Tadej. Quiero agradecer de verdad a mis compañeros: todos apoyaron al 100% el plan que establecimos. Me motiva mucho cuando el equipo trabaja para mí», concedió un Jonas que ya no lo iba a volver a intentar hasta que quedaban dos kilómetros, más por honor que por convicción. «No estoy seguro de haber vivido nunca una etapa tan dura en el Tour. Ha sido realmente muy violenta».