Un grupo de ladrones asaltaron en la noche del jueves al viernes el domicilio en la capital francesa del portero italiano del París Saint Germain Gianluigi Donnarumma, al que atacaron junto a su pareja.
El sitio de información de sucesos Actu17 reveló que los delincuentes forzaron la puerta de la vivienda, que se encuentra en el distrito VIII, una de las zonas más exclusivas de la ciudad, agredieron a los dos miembros de la pareja y se dieron a la fuga con un botín estimado inicialmente en unos 500.000 euros.
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Los ataron y los mantuvieron secuestrados. Más tarde, fueron a refugiarse a un hotel próximo a su domicilio, en el que los empleados avisaron a la policía.
El internacional italiano de 24 años y su compañera fueron luego conducidos a un hospital para ser examinados.
Según Actu17, los ladrones también ataron previamente al portero del edificio para cometer el robo.
Nada de lo que ocurrió en las entrañas del Arena AufSchalke desde que Georgia puso un pie en los octavos de la Eurocopa es casual. Todo tiene, buscado o no, un simbolismo que va más allá del balón. Estos futbolistas son un emblema para las nuevas generaciones de un país orgulloso que quiere, como en el campo, conquistar a Europa. El aldabonazo en Alemania, venciendo a Portugal y enfrentándose a España, es una metáfora de que quieren colocarse en todos los mapas.
Cuando Saba Lobjanidze enfiló, altavoz en mano, el largo pasillo de la zona mixta, lo seguían Mekvabishvili, Kvekveskiri y se fueron sumando jugadores al grito 'Sakartvelo'. No era un cántico de jugadores eufóricos que, hasta hace apenas un año, casi eran desconocidos si los encontraban por las calles de Tiflis. Era un grito patriota. Para los georgianos no existe Georgia sino Sakartvelo, «la tierra de los kartvelianos», los habitantes del Reino de Kartli que ocupó parte del actual territorio hasta el siglo XV. Allí hunden sus raíces estos jugadores que ni siquiera superan la treintena y que, por eso, han establecido un vínculo directo con la juventud del país.
Comparten inquietudes, sueño europeísta y orgullo nacional, porque como quienes salen a las calles a manifestarse, ellos tampoco se esconden. «El camino de Georgia pertenece a Europa. ¡El camino europeo nos une! ¡Hacia Europa!», afirmaba Kvaratskhelia en febrero cuando la UE abrió las puertas a la adhesión de Georgia. «¡El camino y el futuro de Georgia pasan únicamente por Europa!» decía Giorgi Mamardashvili, el nuevo ídolo, que ya es imagen de marcas como Emporio Armani o Pepsi.
«Como tres Champions»
«No he conocido un jugador con más sentimiento patriótico que él, lo lleva muy dentro», cuenta José Manuel Ochotorena, entrenador de porteros del Valencia y formador del mejor guardameta del torneo. «Cada cosa buena que hace piensa en lo importante que es para su país. Con la clasificación era el hombre más feliz del mundo. Como si hubiera ganado tres Champions. Cuando volvió a Valencia me contó que la noche del partido ante Grecia que les llevó a la Eurocopa casi no puede entrar en su casa de la gente que le esperaba», relata a EL MUNDO.
Y es que este grupo que dirige Willy Sagnol es mucho más que una suma de deportistas. Son ídolos por lo que hacen en el campo, donde sólo el luchador Ilia Topuria en el ring les gana en popularidad, y fuera. Pocos tienen un recuerdo de la invasión rusa que les arrebató dos provincias, Abjasia y Osetia, pero todos saben que no quieren vivir bajo la suela de esa bota de la que se libraron tras la caída de la URSS. «Cuando yo llegué en 2011 había aún ambiente de guerra y estos chicos conocen las dificultades que ha vivido su gente, la pobreza y las condiciones de vida que aún están muy por debajo de las de Europa occidental. Para todo el mundo era impensable que consiguieran esto», cuenta Carles Coto, que fue jugador del Dinamo de Tiflis durante tres temporadas. Fue junto a Xisco Muñoz, Alex García o Andrés Carrasco uno de los pioneros en «españolizar» el fútbol en Georgia. Ellos pusieron una semilla que luego germinó. «Jugadores como Kvaratskhelia, Mamardashvili o Mikautadze son un ejemplo de que tener lazos con Europa hace crecer», apunta el ex futbolista.
Eso es precisamente lo que piensa buena parte de la población y de los jugadores, a los que les gusta mostrarlo. En el vestuario entonaron 'Samshoblo' (Patria), una canción folk publicada después de la guerra con Rusia y hoy himno proeuropeo.
«dejadnos mostrar nuestra fuerza»
Después, en esa especie de conga por los pasillos del estadio de Gelsenkirchen a la que se unió Mikautadze -pero no el tímido Kvaratskhelia ni Mamardashvili, en el control antidopaje-, siguieron lanzando mensajes en el mismo sentido: «Estamos aquí, dejadnos mostrar nuestra fuerza, estamos juntos».
Los futbolistas georgianos festejan su pase a octavos.AFP
Mientras, las banderas de Georgia seguían ondeando en manos de los aficionados que, desde las escaleras de acceso a la grada, esperaban a ver salir a su héroes. Ellos les responden. Algunos se posicionaron contra la Ley de Transparencia sobre la Influencia Extranjera, la llamada 'Ley rusa' que pretende controlar la actividad de «agentes extranjeros» en el país, lo que supone de hecho una restricción de libertades, entre ellas las de expresión y todas las que posee en colectivo LGTBI.
Esa propuesta viene avalada por el partido Sueño Georgiano, liderado por el oligarca Bidzina Ivanichvili, considerado el dirigente en la sombra del país, que ayer anunció que donará más de 10 millones de dólares al equipo nacional de fútbol por la proeza de la clasificación para octavos. Se trata de una prima mayor que la que recibiría España si termina campeona. Falta saber si estos jugadores la aceptan o queda en los fondos de la Federación, menos beligerante.
Ahora espera España, pero ellos disfrutan y hasta unen a su fiesta en su base de Velbert, cerca de Dortmund, a otro conocido luchador, Merab Dvalishvili. Eso sí, con el corazón a 4.000 kilómetros. «Me han enviado vídeos de cómo está celebrando la gente y es increíble», contaba Giorgi Kochorasvili tras el partido. Antes de la Eurocopa, el anhelo del jugador del Levante era darle una alegría su pueblo, «que lo está pasando mal». Ya lo han conseguido.
Estoy cansado de escribir sobre le épica de la derrota. El Atleti pierde de manera cruel, tecleas desde la grada una columna sobre el sentido de pertenencia, el coraje y el corazón, recoges los aplausos fáciles y hasta el siguiente disgusto. Es un truco barato porque perder es poético a veces, pero normalmente es una puta mierda. Si convertimos cada derrota en una epopeya lo único que hacemos es edulcorar la realidad. Y la realidad es que el equipo de Simeone ha visto escapar (o casi) dos torneos en cuatro días.
El primero, con ese doble toque que es cuestión de fe y yo soy ateo, sí aceptaba elogio y emoción. El segundo, con un Atleti caótico desde el 2-0, lo que merece es autocrítica. Los últimos 20 minutos, en el campo y en el banquillo, son inexplicables. Pero lo que ambos sí merecen es tristeza.
"¿Cómo puedes estar triste por un partido de fútbol?" es una de las frases más estúpidas jamás pronunciadas y todos los aficionados de cualquier equipo la hemos escuchado mil veces. Esa absurda superioridad moral que reprocha que te afecte un juego, un problema ficticio, cuando hay tantas tragedias en la vida real. Precisamente por eso, almas de cántaro. La tristeza es maravillosa cuando duele y se va, cuando permite sentir sin dejar cicatriz, cuando lloras con lágrimas de fogueo.
El fútbol te da eso como te lo dan el cine, la música o la literatura, lo que pasa es que tiene peor prensa. Nunca me cansaré de llorar viendo a Roy Batty asumir que es hora de morir, la expresión de Jim Carrey mientras escucha las cintas en Olvídate de mí, a Keira Knightley y Mark Ruffalo hacer lo que deben y no lo que merecen en Begin Again, el hermoso final de The Leftovers, a Sean Connery cayendo del puente en El hombre que pudo reinar, a Rick dejando escapar a Ilsa.
Pretendo reencontrar en las lecturas de mis hijos la primaria emoción de las muertes de Dumbledore y Boromir, de Ártax hundiéndose en el Pantano de la Tristeza, de Piggy pagando la deshumanización del resto en El señor de las moscas. Y no pasa una semana en que no necesite estremecerme con Johnny Cash sangrando el Hurt de Trent Reznor, con Jota desesperado por Florent en Línea 1, con los altos edificios que tiemblan y evocan el 11-S en Jesus, Etc. de Wilco. Y nadie me lo reprochará.
El fútbol, pese a quien pese, ofrece lo mismo. Sufres y disfrutas con la extraña sensación, entre el dolor y el confort, de saber que por real que resulte no es grave, que se pasará en unos días y podrás recurrir a ella siempre que quieras. Necesitamos sentir tristeza, no vivir en ella. "¿Cómo puede afectarte un partido?", insisten. No es que pueda, es que quiero. Y me encanta.