¿Se puede ir del infierno al cielo en seis días? La asombrosa resurrección de Paolo Rossi en España’82

¿Se puede ir del infierno al cielo en seis días? La asombrosa resurrección de Paolo Rossi en España'82

Prato es una ciudad próxima a Florencia de belleza oculta tras el apodo «La Manchester de la Toscana» por su industria textil. Allí nació en 1956 Paolo Rossi, que con los años bien podría haber recitado aquello de «yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí…». La suya fue una peripecia futbolística sin igual, con abrupta caída de la cima a la sima para regresar de forma imprevista y fulgurante con tres partidos en seis días que le colocaron para siempre en el Olimpo de los grandes.

Hijo de futbolista fallido, fue un niño fan de Kurt Hamrin, exquisito extremo sueco de la Fiorentina. Jugó en el Santa Lucía de Prato hasta que con 12 años entró en el San Michele Cattolica Virtus, de Florencia, de donde a los 16 lo captó la Juventus, birlándoselo en sus propias barbas a la Fiorentina. Era un extremito fino y frágil. Con 19 años le cedieron al Como, en la Serie A. Jugó poco por problemas de menisco, el equipo descendió, y entonces la Juve acordó con el Vicenza, de la Serie B, un curioso contrato en régimen de copropiedad. Allí el entrenador, Giovanni Fabri, le colocó en punta. Le faltaban estatura para el cabeceo y cuerpo para el choque (1,74 y 66 kilos), pero era escurridizo, veía el gol y, por decirlo todo, el titular estaba lesionado. Fue un hallazgo: marcó 21 goles y el Vicenza subió a la Serie A. En la siguiente temporada marca 24, se proclama capocannoniere y el seleccionador, Enzo Bearzot, le lleva al Mundial Argentina1978, pese a que no ha tomado parte en la clasificación. Italia hará un gran papel, será la única selección que gane a la campeona, Argentina, con un gol de Bettega en perfecta pared con Rossi. Terminará cuarta. Rossi, que hizo tres goles, vuelve consagrado y con el apodo de Pablito, ocurrencia de Giorgio Lago, desde Il Gazzettino de Venecia.

Para saber más

La Juve intenta recuperar su mitad, no hay acuerdo y se acude a la solución de ‘sobres cerrados’. Giampiero Boniperti, presidente de la Juve, escribe la cantidad de 875 millones, que cree suficiente, pero Giusy Farina, su homólogo del Vicenza, se descuelga con 2.600 millones, cantidad que escandaliza a Italia, y se lo queda. En la 1978-79 marca 15 goles, pero el Vicenza desciende y, como Pablito no era jugador de Serie B, se lo cedió al Perugia para la 1979-80. Allí llevaba 13 goles en 28 partidos cuando se hundió el suelo bajo sus pies.

El domingo 23 de marzo de 1980 la policía irrumpió en varios campos para detener a 32 futbolistas de la Serie A y la Serie B. A los suplentes, en el descanso; a los sustituidos, nada más salir del campo; a los que jugaron el partido completo, al final. Todo simultáneo. También se detuvo a bastantes directivos. En total fueron 44 arrestos. Tremendo.

Ocurrió que el propietario del restaurante romano La Lampada, frecuentado por futbolistas del Lazio, y el frutero que le proveía, de nombres Alvaro Trinca y Massimo Cruciani, habían incitado a los jugadores clientes a amañar apuestas en el Totonero, réplica clandestina e ilegal del Totocalcio, equivalente a nuestra quiniela. El núcleo inicial de laziales fue captando jugadores de otros clubes en un efecto mancha de aceite. Trinca y Cruciani pagaban por anticipado con dinero adelantado por la mafia, pero no siempre los resultados salían como los complotados habían prometido y se les empezó a montar una pelota con sus prestamistas. Los jugadores les decían que a veces no era tan fácil, que haría falta más dinero para implicar a otros… Trinca y Cruciani les amenazaron con revelar todo, incluso iniciaron filtraciones a la prensa, hubo una encuesta, fueron citadas hasta 48 personas entre directivos y futbolistas, pero no prosperaba y los jugadores hablaban de fantasía periodística. Hasta que Cruciani, harto y agobiado por sus prestamistas, fue a la policía y cantó La Traviata.

Italia organizaba la Eurocopa ese verano, así que el caso exigía una sentencia rápida y severa en un país que toma la guerra como un juego y el fútbol como una guerra, y la justicia deportiva fue expeditiva. A cuatro clubes se les descendió a la Serie B, entre ellos el Milan, cuyo presidente y portero, Felice Colombo y Enrico Albertosi, una gloria nacional, fueron suspendidos de por vida. Los otros 32 jugadores encausados se repartieron 50 años de suspensión. A Paolo Rossi le cayeron tres por amaño de un Avellino-Perugia que se quedarían en dos tras apelación. Sólo él, Lionello Manfredonia y Bruno Giordano reaparecerían tras la sanción. Para el resto fue el fin.

Le repescó la Juve, pero no podía jugar ni amistosos. Pasó la 1980-81 en blanco y sólo pudo reaparecer a tres jornadas del final de la 1981-82 en el campo del Udinese, donde la Juve ganó 1-5 con un gol suyo. Jugó dos partidos más y terminó la Liga, ganada por la Juve. Bearzot, que le quería en el inminente Mundial de España, le hizo jurar que no había delinquido y después le dijo: «Te haré redescubrir el amor al fútbol y el clamor del público».

Portada de la Gazzetta sobre el escándalo del Totonero.E. M.

Y, en efecto, le metió en la lista, no sin escándalo, pues dejó fuera al capocannoniere de la Roma, Roberto Pruzzo, capocannoniere del año. También faltó Evaristo Beccalossi, del Inter, así que el equipo viajó a España con mucha prensa en contra. Le tocó el grupo A, en Galicia, con Polonia, Perú y Camerún. Bearzot blindó al equipo en el parador de Pontevedra, con limitaciones a la prensa, y un partido de preparación en Braga contra el filial, ganado por un magro 0-1, desató las críticas. El presidente de la Federación, Federico Sordillo, declaró: «Si sé que iba a ver esto me hubiera ahorrado el viaje». A ello siguió el tradicional escándalo por las primas, cuestión que llegó hasta el Parlamento del país. Se les acusó de pedir el triple de lo que pedían.

Italia debutó con un 0-0 ante Polonia, con tiro al larguero de Marco Tardelli. Digamos que fue un empate tolerable, pero no los otros dos: 1-1 ante Perú y 1-1 ante Camerún. Hubo titulares del tipo: «Camerún somos nosotros», «Bearzot, ¿no te da vergüenza?», «¡Azzurri, despertaos!». Antonio Matarrese, presidente de la Lega Calcio, dijo: «Si bajo al vestuario me lío a patadas en sus culos». Un periodista bromeó con la amistad entre Rossi y Antonio Cabrini, que compartían habitación, diciendo que «se quieren tanto que no sé quién es el chico y quién la chica», lo que fue tomado por la tremenda en la prensa de otros países y desató una tormenta. El grupo decretó un silenzio stampa, de riguroso estreno. Sólo hablaría, por imposición de la FIFA, el capitán Dino Zoff, de natural lacónico. Bearzot sí habló cada día, tratando con flema de poner paz.

Italia pasó con los mismos puntos que Camerún, que también empató los tres, sólo que tuvo un agregado de 2-2 y Camerún de 1-1. Ese gol más les clasificó como segundos. La primera fue Polonia por su 4-1 a Perú.

La segunda fase se jugaba en grupos de tres, de los que el campeón iría a la semifinal. A Italia le correspondían Argentina y Brasil, en Barcelona. Se la daba por eliminada. Rossi no había marcado; se le consideraba un peso inútil.

Pero, sorpresa general, Italia ganó a Argentina 2-1 en el viejo Sarriá. Fue el día del célebre marcaje de Claudio Gentile a Diego Maradona; la web de la FIFA le adjudica 23 faltas, cantidad inverosímil. Fueron seis, según SofaScore, y 23 el número total de faltas de Italia, de las que ocho las sufrió Maradona. En el 56′ marca Tardelli y en el 67′ Cabrini, un medio y un lateral aparecidos en ataque por sorpresa. Argentina se vuelca, pero no marca hasta el 87′, en un golpe franco de Ramón Díaz que pilla a Zoff colocando la barrera. Es 29 de junio. Italia tiene seis días hasta su partido con Brasil y prefiere regresar a Pontevedra tras una victoria que consideran doble: sobre Argentina y sobre la prensa propia. Pero Paolo Rossi sigue sin marcar.

El 2 de julio Brasil gana a Argentina 3-1 en el Camp Nou y la elimina, confirmándose como gran favorito con ya cuatro victorias y un marcador agregado de 13-3. Italia vuelve a Barcelona para enfrentarse el día 5 a la verdeamarela, a la que ha de ganar o ganar. El empate clasifica a los brasileños. Eso sí: Brasil llega con sólo tres días de descanso; Italia ha tenido seis.

El delantero, en el partido contra Brasil.E. M.

Y Rossi explota. En un efecto bote de ketchup se desquita con tres goles. Partido gigantesco con este desarrollo: 1-0, Rossi, 8′; 1-1, Sócrates, 12′; 2-1, Rossi, 25′; 2-2, Falcão, 68′; 3-2, Rossi, 74′. Pablito ha vuelto: primer gol, cabeceando picado un centro de Cabrini; segundo, robando un mal pase y batiendo a Waldir Peres; tercero, cazando un rebote tras córner. En el 88′, Zoff salva ante un tiro de Oscar. Italia elimina a Brasil. Matarrese baja exultante al vestuario, pero Zoff le expulsa. Il Corriere della Sera se desdice: «Brasil somos nosotros».

Tres días después, el 8, Italia se enfrenta a Polonia, sin Zbigniew Boniek. Rossi marca los dos goles. El 11 se juega la final en el Santiago Bernabéu ante Alemania. En el palco, el rey Juan Carlos I y el presidente italiano Sandro Pertini celebran sin protocolo. Rossi marca el 1-0; Tardelli el 2-0; Alessandro Altobelli, el 3-0. Alemania marca el gol de la honrilla en el 83′ por medio de Paul Breitner, que ni celebra.

Paolo Rossi, Pablito, en la cumbre. Campeón del mundo, máximo goleador con seis tantos, mejor jugador del torneo y Balón de Oro de France Football ese año. Todo gracias a seis goles en seis días inolvidables para él y para el fútbol italiano.

Dejaría la Juve con 138 partidos y 44 goles, dos Ligas, una Copa y una Recopa, para cerrar su carrera con una temporada en el Milan (26 partidos y tres goles) y otra en el Hellas Verona (27 y siete). Cerró con 341 partidos y 134 goles en clubes, más 48 y 20 con la selección. Se perdió un tercer Mundial, México 1986, por lesión, aunque fue convocado. Trabajó en Sky en marketing deportivo, lo que me permitió charlas con él desde mi puesto en Canal +, de las que guardo dos ideas firmes: su protesta constante de inocencia y una convicción manifestada en muchas ocasiones: «Jamás, por bien que se hagan, se pueden acercar los entrenamientos al ritmo y la exigencia de la verdadera competición».

Fue comentarista en los principales canales italianos durante mucho tiempo, hasta su muerte en Siena, con 64 años, a causa de un cáncer de pulmón. Está enterrado en Perugia.

Una carrera y una vida cortas y azarosas, pero suficientes para hacerse eterno.

kpd