Vladímir Putin ha tenido recientemente un par de alegrones de dispar calibre, pero significativos cada uno en lo suyo. Como consecuencia de la situación en el Estrecho de Ormuz, Donald Trump autorizó el viernes, aunque se trate de una “medida limitada y a corto plazo”, la compra de petróleo ruso. Pocos días antes, Varvara Voronchikhina se convertía en el primer deportista ruso, hombre o mujer, que, después de 12 años, y desde un podio, miraba ondear la bandera de su país y escuchado su himno. La joven de 23 años se colgó el oro en el eslalon supergigante, categoría de esquí de pie, en los recién clausurados Juegos Paralímpicos de Milán-Cortina.
A partir de los Juegos de Invierno de Sochi2014, la corte de Putin cayó en desgracia. A causa del dopaje de Estado y, más tarde, de la invasión de Ucrania, los deportistas rusos (y bielorrusos) dejaron de ser considerados como tales para pasar a competir en calidad de neutrales, sin bandera ni himno propios.
El himno y la bandera rusos son los mismos que los de la fenecida Unión Soviética. Sólo se cambiaron algunas partes de la letra del himno, en las que fueron eliminadas las referencias a Lenin y el comunismo. Cuando se desplomó la URSS en 1991, no se convirtió Rusia en un país nuevo. En la nostalgia y la rabia siguió siendo el viejo. No tan grande como para reproducirlo, pero sí lo suficiente como para imitarlo.
El Comité Olímpico Internacional (COI) mantiene el veto a una nación tramposa y agresora. El Paralímpico, en cambio, la acoge en su regazo, con la bendición del Tribunal de Arbitraje Deportivo. Un contraste derivado en contrasentido y rematado en contradicción. El COI impidió, en los Juegos “normales”, a un piloto ucraniano de skeleton competir con un casco, llamado “de la Memoria”, en el que figuraban imágenes de 24 compatriotas deportistas muertos en una guerra que dura ya cuatro años. No quiso politizar el evento en atención a la regla 50 de la Carta Olímpica, que prohíbe ese tipo de gestos. El Comité Paralímpico sí lo ha hecho al blanquear, siquiera temporalmente y en una competición “especial”, a un país al margen del orden internacional.
El oro de Voronchikhina, que nació rusa y no soviética, fue muy celebrado en los propagandistas medios estatales y oficiales. También se lo colgó Putin, que nació soviético y soviético morirá.





