Como si hubiera estado esperando este momento meses. «Se acerca lo que siempre me ha gustado», avisó Sergio Scariolo antes de viajar a Valencia, recordando no tan viejas gestas. Hasta ahora fue tiempo de sucesión de partidos, viajes, victorias, derrotas, vaivenes… Rutina. Hojas del calendario que arrancar hasta la primera hora de la verdad, el olor a napalm, la Copa del Rey. Un título que reconquistar. Y entonces, se desata la furia de un equipo construido a lo grande. [100-70: Narración y estadísticas]
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En el Roig Arena fue como si Mike Tyson saltara al ring. No hubo ni media duda en el Real Madrid, directo al mentón del Unicaja, el campeón, el mismo rival que el domingo pasado le había llegado a desconcertar en el Martín Carpena (18 arriba en la primera parte), pese a la remontada posterior. Quizá esa fue una de las claves, la fórmula de Ibon Navarro desvelada, el truco del prestidigitador de Copas. El caso es que, al descanso, su Unicaja estaba roto, en la lona. Frustrado. Maniatado. Sin rastro esta vez de Sulejmanovic, ni de Cobbs. Mucho menos de Duarte (secado Abalde). Se había quedado en 28 puntos, ante un oponente que se multiplicaba, como si tuviera súper poderes.
Fue primero el dominio de Tavares, que ya lo condiciona todo. Después el veneno de Trey Lyles, que te mata suavemente. Aceleró Theo Maledon y un parcial de 14-0 dejó tiritando al campeón (la final ganada a los blancos en Las Palmas también estaba en la mente de muchos, la revancha como acicate), tan diferente al que fue. Llegó el momento de la reinvención malagueña, piezas perdidas en el mercado (Kameron Taylor, Osetkowski, Tyson Carter, Yankuba Sima…), otros cuantos lesionados (Tillie, Tyson Pérez, Kravish…) y una búsqueda del origen que no siempre es sencilla.
Al comienzo del segundo acto intentó reaccionar Unicaja, un triple de James Webb, otro de Kalinoski… Pero el Madrid defendía, reboteaba y corría. Se sentía cómodo. Inabordable. Como aviones. Estiró aún más la cuerda de un marcador flagrante (50-26 llegó a mandar). Hasta en pista apareció, cual Cid, un Alberto Díaz lastrado físicamente, con el que nadie contaba. Cualquier cosa para intentar la reanimación.
El mismo Real Madrid al que se le señalaba por su inconsistencia defensiva. Por encajar 100 puntos un día sí y otro también. Hasta a su gurú de la zaga, Luis Guil, se puso en cuestión allá por enero. Ver para creer, aunque la evolución necesitará ser refrendada, más pronto que tarde este mismo sábado ante el amenazante Valencia Basket. Con un puñado de argumentos ofensivos más que este Unicaja y el apoyo de las tribunas.
La segunda parte no cambió la tónica. Unicaja se había esfumado. No le quedaba ni orgullo en el fondo de su mochila. Sin acierto, pero también sin ánimos. Perdía balones ante un Madrid que disparaba flechas, que no iba a soltar la presa. Deck, Hezonja y Llull elevaron todavía más la distancia, sonrojante ya (69-34). Ya todos pensaban entonces en el descanso del día después, las semifinales uno, las heridas el otro, con tanto camino aún en la temporada este Unicaja. El Roig Arena hacía la ola mientras los dos rivales intercambiaban canasta esperando al final. Porque la fiesta de la Copa nunca para. Y la máxima fue de esas que hacen desempolvar los libros de los récords (94-57).
Todo había sido del Madrid: el rebote, el control, el acierto, la energía. Sólo Kramer y Alex Len se quedaron sin anotar. Apenas James Webb y Balcerowski se salvaron en los andaluces.







