Será la primera de muchas, porque pocos sprinters atesoran tal potencial. El presente y el futuro son de Jonathan Milan y sus casi dos metros. El gigante de Colmezzo al fin sabe que lo que es ganar una etapa del Tour de Francia, a sus 24 años, con el maillot verde que ya sí le pertenece. Lo logró con la fuerza que le caracteriza, forjada en la pista, con esas pedaladas que parecen martillazos, en la llegada calurosa a Laval y por delante de un Wout Van Aert que decidió aventurarse en un sprint, como solía. [Narración y clasificaciones]
El Tour dejó Bretaña con ansias de tregua. Lo mandaba el guion tras una semana inicial frenética y lo impulsaban la canícula y el viento en contra. Un fin de semana para los sprinters. También para lamer las heridas, como las de Joao Almeida, que completó la etapa con una costilla rota. Cuando todos quieren lo mismo… Casi todos. El Total Energies, equipo local e invitado, optó por la valentía y casi tiene premio.
Ganó Milan, su estreno en el Tour de quien ya acumula cuatro victorias en el Giro. Fue mérito propio, desplegando a golpe de cabezazos sus vatios. Porque sus compañeros del Lidl, que se pasaron toda la etapa tirando, le dejaron más bien solo en la recta de meta. Nadie le hizo cosquillas. Tim Merlier, quien le ganó en Dunkerque por milímetros, ni se presentó a la batalla, penalizado por un pinchazo un poco antes de la llegada a Laval.
Burgaudeau y Vercher, durante la escapada.LOIC VENANCEAFP
La Grande Boucle no olvida a sus mitos. Siempre hay guiños. Esta vez la salida de la etapa celebraba el legado de Louison Bobet, ganador de tres Tours de Francia consecutivos (1953, 1954 y 1955), desde su natal Saint-Méen-le-Grand. El bretón fue el primer campeón del mundo que subió a lo más alto del podio de París, logro que persigue este año Tadej Pogacar y que sólo consiguieron después Eddy Merckx (1972), Bernard Hinault (1981) y Greg LeMond (1990).
Fue justo tras el sprint especial de Vitré (todos son para Jonathan Milan) cuando los Total Energies intentaron revolucionar la jornada. Un ataque a dúo entre Burgaudeau y Vercher. Que llegó a tener 1:10 de ventaja a falta de 20 kilómetros. Fueron neutralizados a falta de nueve, cuando los equipos de los sprinters (Lidl, Alpecin, Bahrein…) afilaron el cuchillo. Antes hubo tiempo para los sustos, caídas sin consecuencias serias como las de Marc Soler, Rutsch o Neilands.
Ganó Milan, por delante de Van Aert y Groves, y ganó Italia. Que no es baladí. Llevaba seis años sin cantar victoria en el Tour, desde Vincenzo Nibali en Val Thorens, en 2019.
El domingo, rumbo Sur, camino de Châteauroux, otro día para los velocistas.
Como los malos estudiantes, el Real Madrid lo dejó todo para septiembre. Aprobó en la última oportunidad, aunque lo hizo con nota, una de las victorias más contundentes de la temporada, una paliza sin mucha épica ante el Bayern de Múnich. En la repesca evitó dramas recuperando las bases del baloncesto con el que había espabilado tras la Copa: dinamismo, energía, rebote, acierto y concentración. Y al mejor Mario Hezonja, el mismo que el martes ante el Paris Basketball fue una sombra de sí mismo. Ahora le aguardan a los blancos unos cuartos de final de traca contra el Olympiacos. [93-71: Narración y estadísticas]
Hacía 13 años que el Madrid no era expulsado antes de tiempo de la Euroliga, desde 2012 siempre al menos entre los ocho mejores (tres títulos por el camino) y esta vez apuró al máximo. Fruto todo de un curso de toboganes que le condujo al 'play-in' pese a ganar los últimos seis partidos de la liga regular. Ahí, de nuevo los vaivenes, una actuación horrible contra el París y una plácida anoche, en la que mostró la contundencia requerida ante un rival, eso sí, exhausto tras la prórroga con la que ganó al Estrella Roja el martes y que perdió a su referente, Carsen Edwards (segundo máximo anotador de la competición) apenas un rato antes de la batalla por unos problemas de espalda.
"Como una final", proclamaba Chus Mateo en la previa, intentando poner en valor lo que había en juego, la razón de ser de un club que esta misma Semana Santa se había visto expulsado de la Champions. Futbolero era el rival, aunque poco fiero se mostró el Bayern en el Palacio. Fue barrido porque el Madrid encontró la pausa y el acierto, el liderazgo de Campazzo, olvidó la ansiedad y no dejó resquicio después para que los alemanes tuvieran espacio para soñar con la remontada. Todo eso y mucho más necesitará ahora para dar la sorpresa ante el mejor equipo de la temporada regular, el Olympiacos, sin ventaja de campo (a partir del miércoles).
Desde el mismo amanecer se percibió el aroma de redención, de borrar todos los pecados cometidos apenas unas horas antes. Como una señal, Mateo introdujo a Hezonja en el quinteto inicial. Aquí tu escaparate para arreglar el desaguisado. Y el croata, al que le sobra el talento, respondió como se espera de él. Fue el referente, esta vez sí.
También ayudó que los blancos arrancaran acertando con ocho de sus primeros nueve triples. Todo eso ante el equipo que más amenaza desde el perímetro. Todos tiraban, todos metían. Se movía el balón y se corría la pista y el Bayern ni abría la boca. Hasta el individualismo de Dzanan Musa pasaba desapercibido ante el buen hacer de todos. Tras el golpe en la mesa, hubo unos minutos de dudas en el segundo cuarto, un intento de reacción alemán con Napier, pero de nuevo la carga de la caballería, las cabalgadas de Hezonja, que acabó con un triple sobre la bocina para poner la máxima antes del descanso (52-33), con el croata disparado entonces (15 puntos y cuatro rebotes).
El vendaval no había cesado. Como ante un boxeador tambaleante, el Madrid se lanzó a por el knockout, triples como directos al mentón del Bayern, casi siempre tras un pase extra, la floritura del baloncesto moderno. Con Campazzo como un director de orquesta, el equipo se divertía y la ventaja no dejaba de crecer: 67-43 tras triples de Abalde (firmó otra master class de seriedad y buenas decisiones) y el propio Facu.
El partido avanzó asumiendo ambos los inevitable. Los de Gordon Herbert, la eliminación. Los blancos, la línea retomada tras la final de Copa, esa mejoría que ahora tocará refrendar ante el viejo y temible enemigo Olympiacos de Vezenkov, Fournier, Milutinov y compañía.
Tour de Francia
Moûtiers - Bourg en Bresse
LUCAS SÁEZ-BRAVO
Enviado especial
@LucasSaezBravo
Bourg en Bresse
Actualizado Jueves,
20
julio
2023
-
18:22El maillot verde obstaculizó...
«Hola, soy Toni Kroos y quiero que me tatúes a mi perro». A Alejandro del Mazo (@delmazotattoo) le costó un buen rato comprobar que el whatsapp que acababa de recibir no era obra de algún amigo gracioso. Asimilado el encargo, poco después estaba concretando detalles con el futbolista alemán, recibiendo fotos de su brazo, «analizando cada poro de su piel», el tapiz donde iba a plasmar su obra. La existencia le estaba dando un vuelco al joven madrileño, que desde niño se recuerda dibujando «monigotes, monstruos, personajes de Star Wars». Tatuar a un futbolista es como exponer en el Louvre. Nueve días después, el Real Madrid disputó la ida de cuartos ante el Manchester City y cuando Kroos se disponía a botar un córner, ahí estaba, para todo el mundo, el tatuaje realista de Julius.
«Después, en cada abrazo de Kroos al ganar la Champions, todo el planeta tierra estaba viendo mi obra», sigue alucinando Delma, como le conocen sus amigos en Villaviciosa de Odón. A sus 32 años admite que le ha cambiado la vida. De aquel whatsapp tras un cúmulo de casualidades y regates del destino ha pasado poco más de un año y esta misma semana Fede Valverde ha desvelado todo su brazo derecho, jalonado de leones. Alejandro se ha convertido en el tatuador de las estrellas, la recompensa a años de formación para pulir un precoz don artístico, el del dibujo realista, del que es un referente, pues se desempeña con la perfección y el detalle de un orfebre. Impresiona cómo refleja hasta las gotas de sudor, para lo que utiliza con mucha sutileza tinta blanca.
Sentado en su cabina del Drama Tattoo, en Alcorcón, Alejandro repasa su vertiginosa historia de éxito. Hace no tanto «repartía pizzas y vendía maletas en Gran Vía». Su pasión, el retrato, no le daba para mucho más que para exponer sus obras a boli bic en el Auditorio de su pueblo. Hubo dos elementos que lo iban a cambiar todo para bien de su arte. Las redes sociales -«podía llegar a la gente que admiraba, trataba que esa persona famosa viera su retrato. A Connor McGregor conseguimos que le llegara. Me sentía realizado y feliz»-. Y los tatuajes. «Nunca quise ser tatuador. Unos amigos me animaron a hacerlo. Pero fue empezar y llegaron los resultados. Me daba dinero fácil y me resultaba sencillo. Tenía 20 años y trabajaba en curros de mierda», hace memoria.
Del Mazo, con las camisetas y fotos de alguno de los futbolistas a los que ha tatuado.Angel NavarreteMUNDO
Plasmar en piel ajena el rostro de un ser querido, de un antepasado o de una mascota conlleva una mochila de responsabilidad. «Además de la experiencia, tengo mi propia técnica. Lo visualizo todo por capas y uso mucha tecnología. La puedes acabar liando. La piel no siempre tiene las características que uno piensa y te frustra. Es un lienzo humano y hay un montón de cosas que pueden salir mal si no lo tienes todo controlado», admite.
A Kroos llegó a través del brazo de su peluquero, del tatuaje en el que reparó el alemán. «Le dijo que estaba buscando un tatuador de confianza en España y le gustó mi trabajo. Le dio mi contacto. Pero tardó un año en llamarme. Él (Toni) estaba esperando el momento idóneo, como buen alemán es muy cuadriculado. Tenían una semana de descanso en marzo de 2024, justo antes del partido de cuartos contra el City», cuenta Alejandro, que, llegado el momento, se recuerda «acojonado». «Yo estaba muy rayado por si no se le curaba bien. Fue una incertidumbre brutal. Nunca había tatuado a ningún deportista de elite. De normal tienes que dejar unos días sin actividad física por el tema de la sudoración, pero él tenía que entrenar al día siguiente. Le dije que me fuera contado, pero nada, ni un mensaje. Justo el día del partido salió con la camiseta corta y vi mi tatuaje impoluto. Fue como un alivio y empecé a flipar», relata.
Del Mazo, con Toni Kroos.@delmazotattoo
Fueron seis horas en la casa del alemán, donde hasta le invitó a cenar unos solomillos con judías verdes. Alejandro se permitió la osadía de cambiar la idea inicial de Kroos, que quería la huella de su perro recién fallecido. «Mi fuerte es hacer retratos. Al final fue elección mía, también el sitio. Sabía que él era el que sacaba los córners y el antebrazo era el lugar que más se iba a ver. No sólo en la tele, incluso en el FIFA», proclama.
Aunque fue un boom para él, hasta Valverde también llegó por obra del destino, de un retrato del propio uruguayo que había tatuado a un cliente: «De alguna forma lo invoqué». Mina Bonino, la mujer de Fede le contactó por Instagram y al poco se pusieron manos a la obra. Esta vez en sesiones cortas, desde finales de diciembre hasta esta última semana, desde el codo hasta el hombro. «Es un proyecto más grande y fuimos poco a poco. Así pasó más tiempo con él. Y me he ganado su confianza. Estamos viendo a futuro hacer otras cosas».
Alejandro del Mazo, tatuando a Fede Valverde.@delmazotattoo
También con Valverde hubo momentos de tensión. «Me pidió que no se viese el tatuaje, porque quería que fuese sorpresa, sólo enseñarlo acabado. Y por eso siempre juega con camiseta térmica. Pero en una conferencia de prensa salió con camiseta corta y se veía el león sin terminar. Era como ver los cimientos de una obra o el coche en el chasis».
La agenda de Del Mazo echa humo. «Luego he tatuado a Álvaro Rodríguez, que es uruguayo. Fede es su ídolo y son amigos. Le he hecho casi todo el brazo. También del Getafe a Uche. Y a Javi Sánchez, capitán del Valladolid», relata quien confiesa cómo se gana su confianza -«es como un diván y les acabas contando gilipolleces, les enseñas memes...», ríe- y su respeto: «Ponen su piel en mis manos, la dejo marcada de por vida con mi arte».
A Delma, que sueña con trabajar con Ilia Topuria, no le preocupa que muchos tatuadores «puretas» le critiquen. «El éxito depende de lo que cada uno considere como un logro. Yo sé lo que me hace feliz». Por eso nunca les pide dinero, prefiere la experiencia de convivir con sus ídolos y repercusión: «Subir contenido con ellos es más que suficiente. Hubo un Reel que llegó a los 30 millones de reproducciones».