Un mensaje en la red social X (antes, en mejores tiempos, Twitter) desató el sábado las polémicas. Rezaba así: “Confirmado: en el partido Baskonia-UCAM de la Liga ACB, prórroga incluida, ha actuado un solo jugador nacido en España, Dani García, del UCAM. Ha jugado un total de 9 segundos”.
Las opiniones son para todos los gustos: si el baloncesto es bueno, no importan las nacionalidades, por un lado; por otro, la situación ha degenerado tanto, que
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La duda era cómo iba a reaccionar. Y entre la desconfianza y la rabia, el Real Madrid eligió lo segundo. Que el dolor de la derrota en la final de la Euroliga, tan reciente como las 72 horas que apenas habían pasado desde Berlín, fuera el "combustible" que pedía Campazzo. Porque fue precisamente el argentino el que elevó las revoluciones, de principio a fin, el que contagió al resto, un torbellino que se llevó por delante al Barça en el primer partido de semifinales. [97-78: Narración y estadísticas]
Campazzo (20 puntos, 10 asistencias), que no siempre en el pasado se había encontrado cómodo ante Ricky, firmó una noche suprema. Ni rastro ya en su mente del Panathinaikos, de las puñaladas de Sloukas, de esa horrible segunda parte que les costó la corona. O quizá estaba todo ahí y ese fue su acicate, con el que conectó a todos, especialmente a Tavares (18 puntos y 15 rebotes). Si el anuncio de su renovación es cuestión de horas, él lo festejó mostrando que sigue siendo el pívot más dominante de Europa.
El Barça acudía más descansado desde que el pasado jueves eliminara al Tenerife en cuartos. Pero salió a la expectativa, siempre a remolque de los designios del rival, con tan poca personalidad como acierto, dominado completamente en el rebote. Sin nadie dispuesto a convertirse en héroe y, para colmo, desesperado con un arbitraje algo errático.
Willy Hernangómez y Tavares, en el WiZink.Ssergio PérezEFE
Nada más amanecer se comprobó el ansia local, una agresividad de cuchillo entre los dientes, ocho canastas en la pintura de un Barça que achicaba agua, a la espera de que amainara la tormenta. Entre el Facu y Tavares habían anotado los 15 primeros puntos blancos y luego llegó la conexión del base con Hezonja, otro con propósito de enmienda, incluso en la defensa sobre Jabari Parker, bien mentalizado por Paco Redondo en los minutos previos. Porque el croata empezó al cuatro, con Causeur en el quinteto y Eli Ndiaye, el titular de la Final Four, fuera esta vez. Una canasta del Chacho cerró el primer acto con la máxima (24-14), aunque el Barça iba a reaccionar a la vuelta, con la irrupción de Da Silva y su energía (un parcial de 2-11 hasta que regresaron a pista Campazzo y Tavares).
Los de Grimau incluso se habían puesto por delante tras un técnica a Llull, que protestó una falta clarísima a Tavares que obviaron los árbitros (luego compensarían con una antideportiva a Satoransky). La noche en el WiZink era ya electrizante, todo un clásico, aunque fuera en la rareza de unas semifinales, algo que no ocurría desde 1995.
Yabusele abrochó la primera parte con una canasta imposible sobre la bocina y, tras el paso por vestuarios, Musa se subió al partido, Campazzo siguió a lo suyo y el Madrid asestó un parcial de 17-2, puro rock and roll, que pareció decantar la batalla (máxima de 23, 61-38) demasiado pronto.
Pero el Barça se empeñó en no darlo todo por perdido y el Madrid, como le ocurrió en el Uber Arena, mostró algo de su falta de consistencia, sus pequeñas desconexiones mentales, como el cabreo de Hezonja esta vez. Pero la distancia era grande y Llull clavó cuatro triples seguidos tan asombrosos que sólo alguien como él es capaz de hacer algo así. Fue la guinda que elevó al WiZink y terminó de hundir al Barça. El viernes, segundo asalto.
Es cuestión de tiempo. O eso al menos asegura Chus Mateo, labrando su nuevo Real Madrid, acoplando a los fichajes y echando de menos (cómo no) a los que se fueron. El Partizan de Obradovic sufrió la versión más parecida de lo que este equipo quiere llegar a ser. Especialmente en la segunda mitad, donde los blancos no extrañaron ni a Tavares. [93-86: Narración y estadísticas]
Porque el gigante, desenfocado, se cargó temprano de faltas. Y Mateo encontró a un tipo empeñado en no dejar pasar las oportunidades. Eli Ndiaye es hoy por hoy el mejor fichaje del Madrid. El africano, que pronto podrá jugar con España, cada vez es más sólido en su baloncesto. Junto a un extraordinario (otra vez) Campazzo fueron demasiado para un Partizan que también es todavía un equipo sin cohesión.
Campazzo había repartido ocho pases de canasta en la primera parte de un partido que, a priori, no iba a disputar por sanción. Pero el perdón (cautelar aún) por su pérdida de papeles hace una semana en Múnich iba a ser la redención -más oportuna todavía tras la lesión de Andrés Feliz, que se marchó de la pista sin poder apoyar su pie derecho- de este Madrid "raro" (Hezonja dixit), en busca de un rumbo y una identidad que todavía tardará semanas en llegar.
De momento, las urgencias van en el ensamblaje colectivo, en una capacidad defensiva que no aparece (más de 90 puntos de promedio encajados en los cinco primeros duelos de la temporada) y en la adaptación de los nuevos. Ante el Partizan, la primera victoria del año en Euroliga y la tercera en total del curso, lo primero siguió sin aparecer demasiado, pero tanto Serge Ibaka como Rathan-Mayes (Feliz se lesionó y Garuba sigue con molestias) mostraron grandes pinceladas de lo que pueden aportar.
Tavares tapona a Lundberg, del Partizan.Kiko HuescaEFE
El inicio no fue demasiado esperanzador, pese al ímpetu de Ndiaye, una de las mejores noticias de este nuevo Madrid, y el despliegue de Hezonja. El Partizan de Obradovic campaba a sus anchas en el WiZink, anotando con facilidad (seis triples en el primer acto), aprovechando la indolencia en la zaga de Musa.
Pero Campazzo, que no había partido como titular, lo empezó a arreglar todo. Conectó con Deck y desestabilizó al Partizan. Después Ibaka se hizo dueño de la pintura y una canasta del congoleño sobre la bocina dejó al Madrid con ventaja al descanso.
A la vuelta se iba a empañar con la falta de concentración de Tavares, dos faltas más (4) en menos de tres minutos. Fueron momentos de zozobra, de baloncesto sin dueño, de más errores que aciertos. El Partizan, pese a un gran Sterling Brown, no se lo terminaba de creer. Y esas dudas siempre las aprovecha el Facu, que estiró la ventaja con otro puñado de asistencias (una maravillosa por la espalda a Deck) y un triple.
En el inicio del acto final, con Ndiaye de cinco, Llull de base, Musa arreglando sus males anteriores y Rathan-Mayes acertando con su cuarto triple sin fallo, el Madrid demarró (83-66 después de un 15-0) para no pasar más apuros. Carlik Jones lo intentó a la desesperada, pero no encontró más aliados en los de Belgrado, que volvieron a perder en su visita a España, como la semana pasada en Vitoria.
Saber competir en el momento oportuno es una de las cualidades más apreciadas y 'caras' en cualquier colectivo deportivo. Cuando Chus Mateo pedía "paciencia" en un curso con más derrotas y días grises de lo acostumbrado, no era hablar por hablar. Él sabe que no maneja los lujos de antaño pero también que posee ganadores. Un tesoro. Y, cuando se ha visto con el agua al cuello, han reaccionado. A base de victorias. Un Bilbao Basket con más bajas en la pintura de las recomendadas para visitar el Palacio pagó esa buena onda de los blancos. [88-70: Narración y estadísticas]
Fue un duelo con dos protagonistas claros. O tres, porque la pincelada de Sergio Llull siempre merece ser destacada. Sus 11 puntos (tres triples) a la vuelta de vestuarios fueron los que acabaron 'matando' al Bilbao. Aunque en la zona fue donde estuvo realmente su calvario. Tavares (completando unos días de absoluta plenitud) y el mejor Serge Ibaka desde que volvió al Madrid fueron demasiado.
Si al descaso parecía que no iba a ser una tarde tranquila, el Madrid, en el que no comparecieron ni Hezonja ni Bruno Fernando, acabó dando descansos a sus pilares y minutos a los menos habituales. Es su séptima victoria consecutiva (no pierde desde el 6 de marzo, en la cancha del Panathinaikos), la 13ª de carrerilla en ACB (donde cada vez es más líder) y no cae en el Palacio desde hace un año.
La semana europea más importante en mucho tiempo fue resuelta con angustia y victorias clave por el Real Madrid, al que aún le falta rematar para seguir en la lucha por no bajarse de la Final Four. El jueves ante el París Basketball y otro viaje a Belgrado (Partizan), para cerrar. Pero la ACB no para. Y, aunque cómodo en el liderato, le toca seguir avanzando. El próximo domingo, por ejemplo, visita el Palau. En mitad de esa guerra se plantó en el Palacio un Bilbao Basket con poca presión (aunque no se puede despistar aún demasiado por el descenso).
Y resultó el tercer inicio a fuego del Madrid. Como una buena costumbre. Si al Armani le hizo un 12-3 y al Estrella Roja un 0-14, los de Jaume Ponsarnau se llevaron un 11-2 que hizo que el técnico catalán mandara a sus cinco titulares al banquillo a la vez, un cambio de partido de cadetes. Que iba a surtir efecto.
Triples
El golpe de arranque se había apoyado en la plenitud que luce últimamente Edy Tavares. Enfrente tenía al joven Bagayogo, aquel chico que arrebató a Ricky Rubio el récord de precocidad de la ACB (debutó con 14 años) y que ha vivido después un calvario de lesiones. Y el dominio del caboverdiano fue total, seis puntos y cuatro rebotes en un suspiro y los blancos arrollando con la intensidad de Garuba y la amenaza ofensiva de Musa.
Pero pronto bajó ese ardor blanco. De forma un tanto preocupante. Hubo minutos para los menos habituales, para Ndiaye, Hugo González, Ibaka y Rathan-Mayes, pero el Bilbao, que se presentó sin sus dos pívots más importantes (Marvin Jones y el gigante Hlinason), se vino arriba a base de triples, su arma menos habitual. A la vez que el Madrid cometía pérdidas y fallaba lanzamientos, los de negro se metieron en la batalla de lleno hasta tal punto que una canasta de Pantzar les puso por delante.
De esa igualdad quedó poco tras el descanso. El mazazo de Llull y la tiranía en la pintura. Primero Tavares, que lleva cinco partidos volando. Al Bilbao le hizo 11 puntos, ocho rebotes y cuatro tapones (27 valoración) en 16 minutos. Y después un Ibaka que viene contado cada vez menos pero que se reivindicó a lo grande con 19 puntos, seis rebotes y tres tapones.