El Barça tiene nuevo entrenador. Tras la destitución de Roger Grimau el pasado 8 de junio por no cumplir con las expectativas, el club ha anunciado la contratación de Joan Peñarroya como nuevo técnico para las próximas temporadas.
El catalán, de 55 años, asume el cargo después de haber sido destituido en octubre por el Baskonia. A lo largo de su trayectoria, Peñarroya ha dirigido un total de 323 partidos en la Liga Endesa y cuenta con un saldo de 171 victorias y 152 derrotas. Un perfil, por lo tanto, muy diferente al de su antecesor que afrontó su primera experiencia en la máxima categoría ascendiendo desde el filial.
Entre sus éxitos más notables figuran su ascenso con el MoraBanc Andorra y las dos Ligas de Campeones y la Copa Intercontinental conquistadas con el San Pablo Burgos en 2020 y 2021. Aun así, sus últimas dos experiencias en Valencia y Baskonia no han sido fructíferas.
En Vitoria, pese contar con dos temporadas firmadas, fue despedido a finales del pasado octubre. Su juego atractivo tampoco sirvió para clasificar al equipo para el ‘play-off’ de la anterior temporada, cuando terminó cediendo terreno ante el Zalgiris Kaunas.
Son pinceladas, llenas de dificultad todavía, pero no dejan de ser los primeros pasos de los llamados a protagonizar el porvenir del baloncesto español. Hugo González, Mario Saint-Supery, Izan Almansa... los talentos del mañana se dieron una alegría de presente, una victoria laboriosa y poco lucida ante Bélgica en León, un partido sin historia (la selección ya tiene billete para el Eurobasket) pero que alguien recordará cuando estos chicos sean estrellas. [59-52: Narración y estadísticas]
Fue una segunda parte de orgullo. Los veinteañeros tienen carácter. El mismo que han ido mostrando en sus etapas de formación, en esas categorías inferiores que cada verano inundan de medallas el baloncesto nacional. Especialmente Hugo González (nueve puntos en 16 minutos) y Saint-Supery (cuatro asistencias, cinco robos...) fueron protagonistas de una tarde espesa, defendieron, corrieron, se lanzaron contra la cerradísima defensa belga y batallaron contra un lamentable arbitraje FIBA que tuvo la desfachatez de acabar expulsando a Scariolo por una doble técnica. La reacción fueron ellos, una alegría de la España del futuro.
Porque la primera parte había sido otro episodio de pura frustración ofensiva. Si algo se pone en evidencia en esta España tan mermada, de puñados y puñados de ausencias, es la espesura en ataque, la incapacidad de generar puntos con solvencia. Scariolo no se cansa de exponer la falta de responsabilidades en ataque y de protagonismo del jugador nacional en sus clubes. No hay puntos en sus manos. Al descanso se quedaron en 22 (11 por cuarto) ante Bélgica, como si sus cincos, Tumba y Bolavie fueran gigantes en la zona.
Yusta, ante Bélgica.J.CasaresEFE
Apenas un triple y demasiada espesura. Ante un rival que no es nada del otro mundo y que también sufrió ante la defensa de España. A falta de fluidez, trabajo y esfuerzo. Eso no se negocia y este puñado de chicos jóvenes llamados a ser el futuro de la selección lo tienen claro.
La selección no podía seguir en ese nivel. Espabiló sin duda a la vuelta de vestuarios, acudiendo a la energía, al coraje, con tipos, casi niños, como Saint-Supery y Hugo González tomando las riendas. Esa agresividad se tradujo en puntos, en dominio y en las primeras ventajas ante una Bélgica que tiraba y tiraba. Y que de vez en cuando acertaba, especialmente Mwema.
El comienzo del acto final resultó definitivo. Cuatro tiros libres de Hugo y dos canastas seguidas de esta nueva versión estilizada de Joel Parra, que no deja de ser un veterano en estas ventanas. Como López-Aróstegui, capitán y máximo anotador.
A pesar de anotar apenas dos triples, de perder balones, de conceder 21 rebotes ofensivos, España ganó.
La España de los meritorios es el ejemplo de Pierre Oriola, un veterano que llevaba cinco años olvidado de (y por) la selección, que acude a la llamada con la misma dosis de ilusión que de liderazgo. Algo parecido se podría decir de Ferran Bassas o de Oriol Paulí. Esta España de tipos para los que no hay hueco en la Euroliga ni tampoco en las Américas, es el descaro de Álvaro Cárdenas, un base del que nadie parecía saber nada. Los puntos de Jaime Fernández y Francis Alonso... Y, sobre todo, el soplo de aire fresco que ha traído Chus Mateo con su llegada. [66-86: Narración y clasificaciones]
"No escucharéis una excusa", pronuncia el seleccionador, al que ni las ausencias ni las lesiones apartan de su objetivo (hubo recuerdo para los caídos de gravedad, Great Osobor y Miqui Salvó). De hacer de su España un equipo reconocible, competidor, bravo. Todo eso que se vio en las dos primeras victorias y se corroboró en el más difícil todavía, ante la invicta Ucrania en su exilio de Riga. La selección de Chus Mateo es un torrente de baloncesto. Es un equipo al que da gusto ver. Que disfruta y hace disfrutar.
La segunda parte de España en el Xiaomi Arena fue una obra maestra. Una declaración de intenciones. Un baño de baloncesto colectivo para dar otro paso más hacia el Mundial de Qatar. Pese a que muchos (o la mayoría) de los que lo lograron no vayan a estar allí.
Jaime Fernández, ante Ucrania.Alberto NEvado / FEB
Y eso que a la selección le costó entrar en el partido. Horario extraño, pabellón desangelado y un rival incómodo. La frialdad exterior, cubierta Riga de la nieve que no ha dejado de caer en todo el invierno, se trasladaba a la cancha. Donde Fran Guerra fallaba canastas solo bajo el aro y Santi Yusta, que no deja de ser el claro referente, cometía también algún error difícil de explicar. Tampoco ayudó la segunda falta de Oriola en un abrir y cerrar de ojos. Ucrania, con sus gigantes y sus tiradores, con Kovliar y con su juego físico y el apoyo del poco público del exilio en las tribunas, se sentía definitivamente más cómoda.
Y cosechó las primeras ventajas (23-17), ante el carrusel de cambios de Chus Mateo, intentando dar con la tecla. Fue ahí cuando, del fondo del banquillo, surgió la primera solución ofensiva. Porque a España le costaba un mundo cada canasta, con cero amenaza en la pintura y poco perímetro. Fue Ferran Bassas, uno de esos veteranos que siempre han estado dispuestos en cada llamada de la selección, el que emergió con poderío.
Con el descaro de haber estado siempre bajo el radar, sin ir más lejos esta misma temporada, donde salió del Andorra rumbo al Baxi Manresa, para demostrar que le sigue quedando mucho baloncesto. No acudía a una Ventana desde hacía tres años y, sin complejos, espabiló a la selección con tres triples sin fallo y alguna asistencia que era como oxígeno para un equipo bloqueado. Fue un 0-8 de parcial que permitió a España igualar y, a pesar de las incomodidades, evitar más dudas.
La mejor España, sin embargo, estaba a la vuelta de vestuarios. Y qué España. Con Oriola y Paulí, y una pareja tan móvil, agresiva y con puntos en las manos como Cárdenas y Jaime Fernández, la selección encontró su ADN. Intensidad, diversión, frenesí desde la defensa. Fue madurando a Ucrania, sintiéndose cómoda. Más pujanza ahora desde el banquillo, un triple del especialista Alex Reyes y otro (el cuarto sin fallo) de Bassas. Era un festival que coronó Francis Alonso desde el perímetro. Cerró entonces un cuarto al que nadie debió poner fin, un parcial de 1-21 para dejar tiritando al Xiaomi Arena, el escenario de la fase final del último Eurobasket.
Ya no había dudas, España estaba en modo avión. Festejaba cada acción defensiva, dominaba el rebote, tenía acierto (15 de 27 en triples) y no dudaba. La segunda parte de Oriola había sido una master class. Ucrania, desesperada, tendrá que buscar la revancha el lunes en Oviedo.