Dos finales olímpicas perdidas no son cualquier cosa, no es algo que se vaya así como así de los pensamientos de un deportista profesional cuando la vida le ha dado la oportunidad de regresar al lugar de sus pesadillas, pero también de sus anhelos.
Lo han ganado todo, también Mundiales y Europeos, pero Londres y Tokio no se olvida.
En La Défense, es el partido de sus vidas. Aunque suene tópico.
Lo es para las jóvenes, lo es para las que cayeron hace tres años por primera vez, pero, sobre todo, lo es para las cuatro veteranas de un colectivo para la historia del deporte español. Pili Peña, Maica García, Laura Ester y Anni Espar. Su tercera final olímpica de cuatro oportunidades. También para Miki Oca. Y esta vez no está EEUU enfrente, con la que ya saldaron cuentas tras 11 años de derrotas en la primera fase. Igual que con los Países Bajos en esa semifinal taquicárdica en la que Martina Terré paró un penalti con el alma en la tanda.
Había sonrisas y rostros de confianza antes del comienzo, el trabajo hecho, la fe en sí mismas. También en Australia, la sorpresa del torneo, una rival que ya fue campeona olímpica en Sidney 2000, aunque que llevaba seis años sin derrotar a España. Pero el primer acto en La Défense fue áspero, como si en vez de en agua avanzaran en barro. Ambas porteras, Terré y Gabriella Palm, eran las absolutas dueñas de la piscina. Un tanto en escorzo de Paula Leitón desde la boya igualó el penalti inicial de Alice Williams, la misma que en el último segundo hizo el 2-2.
El turno de Bea Ortiz
Sin perder la paciencia, pero la selección estaba enredada en la tela de araña aussie. Estuvieron 11 minutos las de Oca sin marcar, cada ataque un naufragio. El momento crítico. Hasta que Maica García rompió la racha. El suyo fue el único gol de todo el segundo cuarto; Australia tampoco estaba para fiestas.
Pero tras el descanso, el cuchillo. Era la hora de la verdad, el momento tan esperado. Tomó las riendas Bea Ortiz, que enhebró tres goles de carrerilla, tres disparos que elevaron a España.
Las jugadoras de España celebran el oro.AFP
Ya nada las podía parar. Ni las remontadas pretéritas de una Australia que tampoco sabía lo que era perder en estos Juegos. Y eso que un gol sin ángulo, en el último segundo de la posesión, de Sienna Hearn, arrimó a las de Bec Rippon (6-7). Pero esta final la iban a ganar. Y de nuevo la heroína de La Défense, Bea Ortiz. Y después Maica, y Anni Espar. Y las lágrimas cuando todavía faltaban dos minutos y Terré seguían parándolo todo (hasta 15 intervenciones) y ya sabían que toda esta espera había merecido la pena.
En 1996, Miki Oca, el primer español ya en tener un oro olímpico como jugador y entrenador, había ganado un oro en Atlanta para el waterpolo nacional. Pero faltaban ellas, una selección que ya era leyenda y que en París 2024 lo corroboró a lo grande.
Después de ganar el Giro hace mes y medio, de las infatigables 19 etapas del presente Tour (17 defendiendo el maillot amarillo), de ascender sólo ayer el Col de Vars y la elevadísima Cime de la Bonette a 2.802 metros (lo más alto de una gran vuelta), Tadej Pogacar subió a 25,3 kilómetros por hora los 16.100 metros de Isola 2000 (7,1% de desnivel medio). A pesar de que no le hacía falta por su ventaja en la general. A pesar de que Matteo Jorgenson y los restos de la escapada del día estaban tres minutos por delante. A pesar de todo, lo hizo cuatro minutos más rápido que Miguel Indurain y Tony Rominger hace 29 años.
Lo logró engullendo rivales, como poseído, dejando demasiado atrás y demasiado pronto a Jonas Vingegaard, en 38 minutos y 13 segundos. En 1993, la única meta anterior en Isola, la subida fue un kilómetro menos, y el suizo y el español lo hicieron en 41:49, cuatro kilómetros por hora más lento. Y eso que Pogacar exploró sus límites -«me quedé un poco vacío en los dos kilómetros finales y cuando apeté para pasar a Jorgenson me dejó las piernas muertas», reconoció cuando le preguntaron por qué miraba tanto atrás al final- en esta ascensión que tan bien conoce. No sólo porque resida en Montecarlo, también porque, consciente de que todo se iba a jugar aquí, pasó el mes entero entre Giro y Tour recorriendo estos puertos una y otra vez. «Fue una concentración muy dura, sin jornadas sencillas ya que teníamos que subir todos los días. Mis compañeros y yo ya habíamos hablado de las ganas que teníamos de correr esta etapa, y la hemos hecho como habíamos dicho, marcando un buen ritmo hasta el momento en que he atacado. Ha sido perfecto», dijo el líder, que al fin se abrazó (primero con mascarilla, luego ya sin ella) con su novia, la ciclista Urska Zigart, en meta.
Pero fue precisamente ahí donde se produjo la imagen del día. El larguísimo y emocionante abrazo de Vingegaard con su esposa embarazada. Las lágrimas incontenibles tras el esfuerzo, brotando del siempre gélido danés, quizá recordando en esos instantes en los que ya era consciente de que no iba a enlazar su tercer Tour seguido, el calvario que atravesó tras su accidente en la Itzulia en abril para siquiera poder intentarlo. «Volví a ver a Trine y fue un momento duro. De una forma u otra, había muchas emociones que necesitaban salir», confesó quien ya está a más de cinco minutos en la general, una distancia enorme, similar a la 2021, cuando también quedó segundo tras el esloveno.
Pogacar, feliz por su victoria.Stephane MaheAP
«Supongo que estos dos últimos años seguidos sin vencer han encendido cierto fuego dentro de mí y quiero aprovechar al máximo este Tour», pronunció un Pogacar que, aunque perdió el maillot de la montaña en favor de Carapaz, sacó bandera blanca al fin y prometió tregua para la montañosa jornada del sábado. Con su tercera victoria de etapa de amarillo, logra una hazaña no vista en el Tour desde 1984, cuando Laurent Fignon se impuso de líder en La Plagne, Crans-Montana y Villefranche-sur- Saona.
Jonas, por su parte, reconoció que en su cabeza estaba atacar en «la Bonette, a unos 10 kilómetros de la cima», pero que sus piernas «no estaban ahí» y corrió «por el segundo lugar» con Evenepoel. Eso sí, el líder del Visma no quiso poner excusas: «No estoy decepcionado con la historia que hemos tenido en los últimos tres meses. Vine al Tour a ganar».
Lucas Sáez-BravoEnviado especial MálagaEnviado especial MálagaActualizado Jueves,
15
febrero
2024
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23:41Fue un Real Madrid sin chispa, un Madrid de...
Izan Almansa (Murcia, 2005) cumplió 20 años y ya recorrió medio mundo. El viaje personal y profesional de un chico predestinado, MVP de dos Mundiales en categorías de formación, comparaciones exageradas y expectativas disparadas. Y ahora, con algunos sinsabores y sin poder cumplir (de momento) el sueño NBA, de vuelta al punto de inicio. Fichado por el Real Madrid de Sergio Scariolo, club por el que ya pasó en cantera, también es pieza importante para la selección de Chus Mateo que este jueves (18.30 h., Teledeporte), en Copenhague, inicia su desafío hacia el Mundial 2027.
"Sí, ha ido todo muy rápido. Me han pasado muchas cosas en poco tiempo. Han sido muchos cambios. Un año en un sitio, el siguiente en otro... Por eso me viene bien esta situación. Asentarme en un lugar durante años, tener continuidad, para poder mejorar y trabajar en mi juego", confiesa el murciano a EL MUNDO desde la concentración de Guadalajara. Él es el único Euroliga de la primera convocatoria del nuevo seleccionador, una rareza auspiciada por las facilidades del Madrid que vio en su adquisición una apuesta de porvenir. "Estar aquí era lo mejor. Sergio fue seleccionador (con él debuto hace un año) y entiende mejor que nadie el compromiso que hay que tener con este equipo. No ha habido problema. Hubo conversaciones entre la Federación y el Madrid y Sergio decidió que viniera", admite un Izan que atraviesa una situación peculiar.
Por ejemplo, el pasado fin de semana. El viernes por la noche disputó 26 minutos en el duelo de la Liga U con el Real Madrid en Tenerife. El día siguiente voló a Granada y allí ayudó a la victoria de su equipo en ACB. "Está siendo intenso, sí. Mucha carga de trabajo", dice, consciente del momento de crecimiento y de que el espacio que le cuesta encontrar en la exigencia del primer equipo lo tiene en el filial.
Otro escalón en el desarrollo de un jugador aún en búsqueda de definición. Su dominio en categorías inferiores vino impulsado por su talento y también por su físico. Apostó por la vía EEUU, pero no a través de la NCAA, como casi todos ahora. "Cada uno ha tomado sus decisiones. Y yo no me arrepiento de mi camino. Creo que me ha ido bien". Se enroló en el proyecto Overtime, una academia apadrinada por figuras como Pau Gasol o LeBron James. Pero entonces las previsiones empezaron a bajar. Y no fue sencillo. "No te paras a pensar en lo que se dice de ti en el exterior. Mi entorno siempre me ha mantenido con los pies en el suelo. Lo importante mentalmente es aislarte, pensar en el trabajo, no en lo que se dice", recuerda.
Izan Almansa, durante un entrenamiento con la selección en Guadalajara.ALBERTO NEVADO / FEBMUNDO
Se embarcó rumbo a Australia, otro curso de aprendizaje con los Perth Wildcats -donde fue sancionado un mes tras dar positivo por cannabis: "No me afectó"-, y se plantó el pasado mes de junio en la Green Room del draft a la espera de que su nombre fuera elegido por alguna de las franquicias NBA. Y no fue así, ni siquiera en segunda ronda. "Fue una experiencia. Yo di lo mejor de mí, pero al final las cosas fueron como fueron. Todo es un aprendizaje", admite. Probó con los Sixers en la Liga de Verano y entonces llamó el Madrid, un contrato por cuatro temporadas. "Y no me lo pensé, la verdad. Era volver a casa, a un sitio como Madrid, con Scariolo, Sergio Rodríguez, Felipe Reyes... Era la mejor situación para mí".
Es el momento del siguiente paso profesional de Almansa, en Europa. Se toma cada entrenamiento en el Madrid como una lección y ni siquiera valora salir cedido. "Estar entrenando cada día con los mejores Euroliga es un gran crecimiento. Me hace mejorar mucho. Cada día contra Campazzo, Tavares, Llull... Me viene muy bien. Edy está muy encima de mí, hablo con él bastante. Con Garuba también. Y siempre está cerca Felipe Reyes, que nos ayuda a los grandes", relata de su día a día.
Que también está salpicado de otra evolución. La de su físico. Cuando Izan llegó este verano a Madrid no sólo llamó la atención por su cambio de look -"no tenía ningún motivo, simplemente me apetecía cambiar. Tenía el pelo muy largo ya"-, también por su delgadez. "Sin duda estaba más delgado. Desde el primer día, en lo que más trabajo es en el físico. Sólo para los entrenamientos contra Edy o Usman necesito más fuerza. He ganado cuerpo y peso. Calculo que unos 15 kilos desde agosto, con el gimnasio y la dieta", desvela.
Izan Almansa, con el Real Madrid.MARIANO POZO / ACB Photo
Porque en su robustez va su juego. ¿Pívot o ala-pívot? "La verdad es que aún no lo sé muy bien. Depende de cómo se desarrolle mi cuerpo. Y de lo que me pida el entrenador. Yo no tengo problema de jugar en el cuatro o en el cinco. Aunque, si pudiera elegir, quizá sí que prefiero el cinco, me siento más cómodo, me sale más fluido. Es lo que más acostumbrado estoy a hacer. Sigo trabajando mucho el tiro. Ahí está la diferencia real entre los dos puestos. Soy móvil, ágil... ahí no tengo problema. Cuando mejore el tiro de forma consistente es cuando podré jugar al cuatro", admite quien trabaja desde hace tiempo con Carlos Frade, ex del Alba de Berlín. Y ahora, en Valdebebas, con David Jimeno, el ex director de la cantera del Joventut que fichó Scariolo como parte de su cuerpo técnico.
Es la vuelta a la realidad de Almansa en busca de la promesa que sigue siendo. Ahí quedan esos veranos de gloria, oro en el Europeo Sub-18 de Turquía de 2022, el Mundial Sub-19 de 2023 y plata en el Mundial Sub-17 de Málaga de 2022. Ese grupo de júniors de oro que siguen compartiendo grupo de WhatsApp, que hacen soñar al baloncesto español. "Seguimos conectados. Es verdad que unos estamos en la ACB, otros en EEUU... Pero es muy bonito cuando de vez en cuando nos reencontramos. Es ese espíritu de la familia. Nos llevamos muy bien. Yo con los que más hablo son Hugo González y Rafa Villar", explica.