La verdad es que Suiza fue más pragmática y en el primer tiempo le propinó una lección de fútbol moderno, rapidez y presencia. Encima ni siquiera Luis Enrique había preparado los saques de esquina, con ese fenómeno que es Akanji, que ya se lo ha llev
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El baloncesto del Unicaja va de rock and roll, de un frenesí tantas veces incontenible para el rival. Es como si Ibon Navarro inyectara adrenalina en sus pupilos, que sólo sienten su plenitud al galope. Cuando se detienen, dejan de ser ellos, como si no se reconocieran en parado. Aguardan ya los malagueños rival en semifinales de Copa, el torneo que inauguró su tiempo de rebeldía y éxito hace dos años en Badalona. Derrotaron a un Joventut que aguantó lo que pudo con valentía, acierto y un espléndido Sam Dekker.
Elevar las expectativas también genera angustias. Todos señalan a Unicaja, la palabra favorito en su apellido, el único capaz de discutir el binomio Madrid-Barça, y no por efecto sorpresa, sino por sus propios talentos. Ganó la Supercopa, fue el mejor equipo de la primera vuelta, cuatro títulos en dos años... Pero también sabe lo que es fallar, como el año pasado en su Copa del Carpena. O en las últimas semifinales ACB contra el Murcia. La presión.
De ahí su empeño, su salida poderosa (21-13), sólo empañada por la falta de puntería, apenas dos triples en toda la primera mitad. Un hándicap que hizo despertar al Joventut cuando los verdinegros enhebraron cinco triples consecutivos al comienzo del segundo acto, cuando se pusieron por delante con el impulso de Dekker y la sabiduría eterna de Tomic.
El descanso sirvió de toque de atención para el Unicaja. Volvió a amanecer eléctrico, una salida de vestuarios que fue un sopapo para el Joventut, un golpe en la mesa, incapaz la Penya de contener a un rival que ahora sí acertaba desde el perímetro, que no daba respiro con sus transiciones que parecen alocadas y sin sentido y, sin embargo, son parte de un plan perfectamente diseñado. El plan del químico Ibon.
Tyson Pérez, agarrado por Dekker, en la lucha por un rebote.Angel Medina G.EFE
El primer demarraje (71-58) fue justo cuando Dekker se tuvo que ausentar por un golpe en la cabeza. El Joventut se tambaleaba como un púgil sonado. Al mínimo despiste tenía a cinco tipos volando sobre sus cabezas, una canasta en contra en su casillero y una distancia que ya superaba la veintena. Cuando volvió de la cura su referente ya era demasiado tarde.
Como siempre ante Unicaja, no se trata de frenar a alguna de sus muchas estrellas. Suele ser un labor coral la suya. Esta vez fue Osetkowski el mejor (18 puntos, siete rebotes), pero otros cuatro más superaron la decena -Tyson Pérez, Taylor, Carter y Perry- y los 12 participantes anotaron, con el equipo en 100. Pero la afición andaluza cantaba a Alberto Díaz, el alma de la defensa, el capitán y el corazón.
Yo no me acuerdo de Juanito llorando pero los futbolistas han llorado siempre. Lo que pasa es que ahora lloran por motivos diferentes. Antes dejaban escapar lágrimas de impotencia por una derrota inmerecida, o de rabia ante un tangazo arbitral, no pocas veces de alegría una vez rota la presa de la tensión.
En esta Eurocopa hemos visto llorar a muchos -quizá a demasiados teniendo en cuenta que son estrellas del fútbol y no asfaltan carreteras en ag
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