Recién salidos de los vestuarios, preparados para marcharse al hotel, Oriol Cardona y Ana Alonso atendieron a los medios de comunicación españoles como lo que ya son: campeón olímpico y medallista olímpica. En la estación de esquí de Stelvio, sede del esquí de montaña en los Juegos Olímpicos de Milán-Cortina 2026, la celebración fue tranquila, más emotiva que exaltada. Por un lado, su carácter: reservados ambos, incluso tímidos. Por el otro, su objetivo: el sábado afrontan la carrera de relevos y son los máximos favoritos para el oro.
“Los franceses querrán la revancha, pero el chute de hoy nos dará alas en el relevo”, reconocía Cardona, que ya tiene el palmarés completo: Juegos Olímpicos, Mundial, Europeo y Copa del Mundo. En los últimos años había estado tan concentrado en esta cita, tan entregado a ella, que no había querido pensar en lo que vendría después. “No había pensado en qué pasaría más allá de la carrera, en lo que significa, en lo que representa. Es un orgullo llevar un oro a casa después de tanto tiempo“, señalaba, en referencia al último campeón olímpico español en invierno, Paquito Fernández Ochoa, en Sapporo 1972.
La euforia, en cualquier caso, tendrá que esperar. “Hasta el sábado debemos estar concentrados, no celebraremos nada, no haremos nada fuera de lo normal”, añadía Cardona, que descartó cualquier tipo de festejo, ni siquiera un pequeño capricho después de la cena. La misma disciplina que mostró durante la final, donde no se concedió ni un respiro hasta la última curva. Fue entonces cuando echó la vista atrás, comprobó que ni el ruso Nikita Filippov ni el francés Thibault Anselment podían alcanzarle y se dejó llevar por la emoción.
Antes de ese momento cumbre, dejó la imagen de los Juegos: él subiendo las escaleras de dos en dos mientras todos sus rivales resbalaban por detrás. Puro dominio. “Ahí es donde me he sentido más fuerte. En los rombos me quedé un poco encerrado, pero sabía que en las escaleras podría apretar y lo he dado todo”, analizaba el campeón.
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Las lágrimas de Alonso
Cardona llevaba años entregado en cuerpo y alma a este sueño. Ya lo tenía. Ya lo era. “De alguna manera me he quitado un peso de encima”, admitió, consciente de la presión histórica que había cargado sobre sus hombros: nunca antes un español había llegado como favorito a unos Juegos de invierno, con todos los focos apuntándole. Cumplió más que de sobra.
Su templanza tenía réplica en Alonso, aunque en la esquiadora se leía una emoción más visible. Su bronce no era solo un bronce: era el final de cinco meses de sufrimiento desde que una furgoneta la atropelló cerca de Granada. Más allá de unas lágrimas en la meta, no exteriorizó demasiado lo que sentía por dentro, pero se podía intuir.
“He pasado momentos bastante duros. Además de la rodilla, tenía lesiones en el hombro y el tobillo y era totalmente dependiente: no podía cocinar, no podía ni ducharme. Sin toda la gente que me ha ayudado no hubiera salido adelante. En noviembre pensaba todos los días en dejarlo”, confesaba tras un logro que, en cualquier caso, solo debe ser el primero. El sábado, tanto Cardona como Alonso quieren más.






