Mujer y judía, bajo una dictadura comunista: la redención de Susan Polgar a través del ajedrez

Mujer y judía, bajo una dictadura comunista: la redención de Susan Polgar a través del ajedrez

“Mucha gente no quiere escucharlo, pero las mujeres y el ajedrez no encajan. Lo siento, están indefensas frente a un hombre. Es pura lógica”. Garry Kasparov no anduvo fino cuando respondió así en una entrevista para Playboy, pero aún no conocía a las hermanas Polgar. Judit, la menor, llegó al top 10 masculino, pero fue Susan, la mayor, quien allanó el camino, rompió el muro comunista y destrozó el techo de cristal. Si no llegó aún más lejos fue porque se lo impidieron por todos los medios.

Llama la atención la escasez de resentimiento en Rebel Queen (Grand Central Publishing), el libro de memorias que acaba de publicar Susan Polgar, de momento no traducido al castellano. El subtítulo, La Guerra Fría, la misoginia y la creación de un gran maestro, no basta para condensar la sucesión de zancadillas y traiciones, la mayoría de fuego amigo.

Todo empezó cuando dos estudiantes de Magisterio acordaron el experimento Polgar. Laszlo convenció a Klara para probar que los genios se fabrican y, dentro de la pequeña muestra, logró un éxito tremendo: tres de tres. Sofía, la mediana, fue la única que luego eligió el arte, aunque pudo ser la mejor, como demostró en 1989 en el llamado saqueo de Roma. Un año antes, en otro asalto épico, las hermanitas arrebataron el oro olímpico a las soviéticas, hasta entonces invencibles. Tenían 12, 14 y 19 años.

Zsuzsa (Budapest, 1969) fue la prueba piloto, con el ajedrez y las matemáticas como materias centrales, sin descuidar el resto, donde siempre iba por delante de su curso. La jugadora habla siete idiomas, por ejemplo, pero el Gobierno se oponía a la educación a distancia.

Tampoco le permitían jugar torneos masculinos y, como castigo a su rebeldía, le negaron el pasaporte azul, imprescindible para viajar. Susan, cuyos cuatro abuelos conocieron el horror de Auschwitz, asegura que se enfrentaba a un régimen hostil, a la prensa de su país y al odio antisemita. Tenía cuatro años cuando visitó su primer club, en Budapest. “Creo que os sorprenderá”, insistía su padre ante las burlas. En cuanto la sentaron frente al tablero, todo cobró sentido. Entendió por qué en ajedrez no importa la edad, el sexo o el color de piel y se sintió “especial y poderosa”.

Portada del libro.E.M.

En sus primeros torneos, Susan solía acabar invicta frente a rivales de cualquier edad. Ni siquiera se molestaba cuando los chicos no sabían perder, pero no esperaba el siguiente mazazo. La Federación exigió que dejaran de hacer “lo que estuvieran haciendo” y el país entero cuestionó el experimento. La prensa denunciaba el abuso infantil. “Cualquier cosa, menos quitarme el ajedrez”, suspiraba la chiquilla. Cuando arrasó en el torneo escolar de Budapest, no la dejaron participar en el nacional y amenazaron a su padre con tirarlo por las escaleras, quitarle la custodia o llevarlo a la cárcel. “Hungría era aún una dictadura comunista, donde ser excepcional iba contra los principios básicos. Nadie podía recibir un trato especial, menos aún una niña judía”, dice la protagonista.

En su primera salida al extranjero, con 12 años, sufrió un intento de ataque sexual, durante el Europeo sub’21, en Yugoslavia. El trauma dejó huella, pero ese año ganó el Mundial sub’ 16 en Inglaterra. De vuelta a casa, su madre tuvo problemas laborales y la prensa seguía implacable. Era “un boicot soterrado, al estilo comunista”. Un ejemplo: para lograr el título de GM femenina, hacen falta tres “normas” o grandes resultados. Logró siete, pero la federación siempre “olvidaba” enviar los datos.

Su padre se borró del Partido Comunista, algo delicado para un profesor. “Fue el acto más puro de coraje que he visto nunca”, escribe su hija con admiración. En esa época empiezan a recibir amenazas en el buzón y sus amigos no entienden por qué ella no transige con los torneos femeninos. Prisionera tras el telón de acero, solo podía estudiar. Sus padres empiezan a invitar a casa a maestros extranjeros, en un apartamento de 60 metros que parecía el camarote de los Hermanos Marx.

La Federación húngara dio otra vuelta de tuerca y pidió a la FIDE que quitaran a su jugadora el Elo, obtenido “de forma ilícita”. Lo cierto es que era muy alto. Con 15 años, Susan igualó a la sueca Pia Cramling en el número uno. La FIDE decide no mucho después algo insólito: regalar 100 puntos Elo al resto de jugadoras. “La URSS no podía tolerar que una niña superara a la campeona mundial, Maia Chiburdanidze”, escribe.

La liberación

Además del pasaporte azul, le negaron jugar en Hungría, sin prever que el resto del mundo empezaría a preguntar. Al final, Zsuzsa volvió a viajar. Cambió su nombre para evitar errores y de país por motivos más serios, tanto que recibió nuevas amenazas. El ajedrez femenino estadounidense logró así sus primeras medallas, gracias a una jugadora que tenía todos los títulos posibles: la triple corona y el de Gran Maestro absoluto. El libro desvela incluso detalles de su vida sentimental, algo rarísimo en las autobiografías de ajedrecistas.

El golpe más duro fue quizá cuando le prohibieron jugar la fase previa del Mundial “masculino”. Tenía 17 años y era la primera mujer que se clasificaba. Una de sus abuelas, recuerden que pasó por Auschwitz, logró sacarla del pozo: “¿Crees que esto es duro? Tú no sabes lo que es duro”. “El ajedrez profesional sigue siendo un club de hombres, pero despejé el camino a mis hermanas y logré que fuera un poco más fácil para otras chicas”, resume esta jugadora de leyenda. Su carácter se resume en su actitud hacia Bobby Fischer, a quien los Polgar dieron cobijo, pese a su antisemitismo y machismo: “Las mujeres son débiles y estúpidas. Ninguna puede derrotarme ni con un caballo de ventaja”, dijo mal día. “¿Todavía crees eso?”, le preguntó Susan, solo para darse el gusto de escucharlo rectificar.

kpd