Una vida huérfana de sobresaltos fácilmente será feliz, pero a veces hay derrumbes y reconstrucciones y la felicidad espera igualmente después. Que se lo digan a María Pérez. En 2018, cuando era una niña, fue campeona de Europa y el futuro era suyo. La marcha, a sus pies. Las medallas, los contratos, incluso la fama. Pero luego vinieron los problemas estomacales, el cáncer de su mujer y varias descalificaciones porque su técnica ya no le valía a los jueces. Y tuvo que reinventarse. Hasta este domingo. Cinco años después de su primer éxito, Pérez se proclamó campeona del mundo de los 20 kilómetros marcha y entregó a España su segundo oro en Budapest.
Sus lágrimas sobre la mismísima línea de meta mostraban que el proceso fue duro, también que tuvo sentido. Tan rotunda fue su superioridad que Pérez pudo dedicar los últimos 500 metros a celebrar; a chocar la mano de todo el público; a escoger qué bandera española ondear; a besar a su mujer, Noe Morillas, presente en Budapest; a dar las gracias a su entrenador, Jacinto Garzón; a entrenar en meta lenta, muy lenta. Una gozada. Luego rompió a llorar como una niña, tanto que había pasado. Sólo cuando ya entraron la australiana Jemima Montag, plata, y la italiana Antonella Palmisano, amiga suya, la española se recuperó y cumplió con el protocolo: las fotos, las preguntas.
Aparece la estadounidense Emma Navarro en el precioso Media Theatre del All England Club, la sala para las ruedas de prensa en Wimbledon, y un detalle destaca en su camiseta. «Look at that», advierte un periodista de su país. La marca que la viste, Fila, no es lo más visible en su equipación, un sponsor aparece más grande: CreditOne Bank. Otros tenistas cuentan con el apoyo de bancos, pero nadie tiene tantísimo apoyo. Porque Navarro no es la imagen de la entidad. Es la dueña. O mejor dicho lo será. Su padre, Ben Navarro, compró el 100% de la entidad en 2005 y hoy, gracias a su negocio con las tarjetas de crédito subprime en Estados Unidos, amasa unos beneficios netos anuales de más de 450 millones de dólares.
La herencia de Emma Navarro se calcula en 3.800 millones de dólares y la convierte en la más rica del circuito con diferencia. Por comparar, los patrimonios de Novak Djokovic, Rafa Nadal y Roger Federer sumarían conjuntamente unos 1.500 millones, según la revista Forbes. Navarro no está en el tenis por dinero, no, seguro que no, y eso le otorga cierto mérito.
¡Porque sin la motivación que concede la necesidad, Navarro ha construido una carrera que estos días está en pleno despegue. A sus 23 años, después de ganar la Division I de la NCAA con la Universidad de Virginia y de empezar en el circuito WTA desde abajo -la última temporada llegó a disputar 88 partidos-, entró en el Top 20 del ranking antes de Wimbledon y en el torneo londinense es la revelación.
«Me costó mucho creer en mí»
Con una actitud exageradamente calmada y un juego muy completo -si acaso le falta mejorar el saque- en segunda ronda derrotó a Naomi Osaka y este domingo venció a la segunda favorita, Coco Gauff, con facilidad. Este martes, mientras Carlos Alcaraz se enfrenta a Tommy Paul por un puesto en semifinales (sobre las 16.00 horas, Movistar), ella hará lo propio ante Jasmine Paolini.
Alberto PezzaliAP
«Le debo mucho a mi padre. Es el hombre más inteligente que conozco y me ha transmitido mucho conocimiento y sabiduría», comentaba Navarro al ser cuestionada por su familia, aunque también reconocía que ese éxito empresarial le presionó en sus inicios: «Me conformaba con ser una jugadora universitaria decente o ni tan siquiera eso. Me costó mucho creer en mí misma y darme cuenta que podía ser profesional. Soy perfeccionista y siempre pienso que no soy suficientemente buena».
Dueño de clubes y torneos
A sus 23 años, su holgura económica y la presión por alcanzar la gloria pueden explicar su ascenso tardío, aunque su camino era más llano que otros. Estudiante de internado y tenista porque su casa de veraneo tenía una pista, su debut en el circuito llegó en 2018 a través de una invitación para el WTA 500 de Charleston, propiedad de su padre. A Navarro nunca le faltaron los mejores entrenadores -su progenitor también compró el club donde practicaba- ni mucho menos el dinero para poder viajar a todos los torneos menores posibles. Como le ocurre a su compatriota Jessica Pegula, también hija de multimillonario, lo único que necesitaba era pasión. Y ahora ésta ya es innegable.
«Estoy disfrutando mucho del torneo, quiero volver a jugar ya. Me gusta centrarme en cada partido sin mirar más allá, sin pensar en hacer algo más grande. Esa mentalidad creo que me ayuda», explica quien el próximo lunes ascenderá como mínimo al número 14 del mundo y se convertirá en la enésima representante del dominio yankee del tenis femenino. Con Gauff, Pegula, Danielle Collins o Madison Keys, está ella, ya inscrita para los Juegos de París y con el futuro a sus pies. Su cuenta bancaria ya rebosa, ahora sólo le falta llenar sus estanterías.
JAVIER SÁNCHEZ
@javisanchez
Montmeló
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