Una vida huérfana de sobresaltos fácilmente será feliz, pero a veces hay derrumbes y reconstrucciones y la felicidad espera igualmente después. Que se lo digan a María Pérez. En 2018, cuando era una niña, fue campeona de Europa y el futuro era suyo. La marcha, a sus pies. Las medallas, los contratos, incluso la fama. Pero luego vinieron los problemas estomacales, el cáncer de su mujer y varias descalificaciones porque su técnica ya no le valía a los jueces. Y tuvo que reinventarse. Hasta este domingo. Cinco años después de su primer éxito, Pérez se proclamó campeona del mundo de los 20 kilómetros marcha y entregó a España su segundo oro en Budapest.
Sus lágrimas sobre la mismísima línea de meta mostraban que el proceso fue duro, también que tuvo sentido. Tan rotunda fue su superioridad que Pérez pudo dedicar los últimos 500 metros a celebrar; a chocar la mano de todo el público; a escoger qué bandera española ondear; a besar a su mujer, Noe Morillas, presente en Budapest; a dar las gracias a su entrenador, Jacinto Garzón; a entrenar en meta lenta, muy lenta. Una gozada. Luego rompió a llorar como una niña, tanto que había pasado. Sólo cuando ya entraron la australiana Jemima Montag, plata, y la italiana Antonella Palmisano, amiga suya, la española se recuperó y cumplió con el protocolo: las fotos, las preguntas.
El invierno de 1974 fue un desastre para el hostelero italiano Carlo Cinque: el posible final de un sueño. Enamorado de la costa al sur de Nápoles, unos años atrás había comprado un terreno cerca de una acantilado y había abierto allí un hotel, Il San Pietro di Positano, pero aquel invierno un desprendimiento de piedras amenazó su suerte. ¿Y su establecimiento se iba directo al mar? Podía abandonar el proyecto ante la inseguridad, pero hizo lo contrario: lo amplió de 33 a 55 habitaciones, lo convirtió en un resort de cinco estrellas y en el espacio que había generado el desprendimiento construyó una de las pistas de tenis más bonitas del mundo.
«Hay que bajar unos 70 metros del hotel a la pista a través de unas escaleras, pero no hay duda que es una pista preciosa», asume el periodista y fotógrafo estadounidense Nick Pachelli, que acaba de publicar un libro, The Tennis Court, en el que narra más de 200 historias como esa de pistas de tenis por todo el mundo que él mismo visitó entre la verano de 2022 y la pasada primavera. Dos años de viajes en busca del lugar más recóndito, más bonito, más singular, donde jugar al tenis.
El Tennis Park Lommerrik de Rotterdam, en Países Bajos.NICK PACHELLI
Por ejemplo, en el libro -de momento sólo editado en inglés- aparece una pista construida por un matrimonio en Bunabhainneadar, un pueblo remoto en la remota isla escocesa de Harris. Por ejemplo, la sede abandonada de la Federación de Ucrania en Ispín, a las afueras de Kiev. Por ejemplo, una pista para refugiados entre un maizal en Kyegegwa, una zona rural de Uganda. Por ejemplo, las cuatro pistas del club de la isla Waiheke, en Nueva Zelanda, y sus muchos loros. O por ejemplo, la pista que cada julio se dibuja sobre la arena de la playa de la Ribera, en Luanco, en Asturias, cuando baja la marea.
«La de Luanco es una de mis pistas favoritas del libro, es muy original y es precioso ver la pasión con la que se vive el torneo que se juega allí cada verano», describe Pachelli en conversación telefónica con EL MUNDO después de muchas visitas a España. Como fotógrafo profesional siguiendo el circuito ATP, estuvo en el Mutua Madrid Open y el Trofeo Conde de Godó, pero en su obra también apareció otros lugares de España: el Club del Sol en Mijas, el Real Club de Tenis de San Sebastián, el Real Club de Tenis Betis de Sevilla y su amarillo, la Rafa Nadal Academy o el Mallorca Country Club de Mallorca, el Reial Societat de Tennis Pompeia de Barcelona o el Club de Tenis Puente Romano de Marbella.
Más de 5.000 llamadas
«Hace dos años un amigo mío me preguntó por qué no publicaba un libro exclusivamente de tenis y se me ocurrió la idea de las pistas. En el tenis es difícil ahora sacar un libro distinto y pensé que éste lo era. Cuando llegué a un acuerdo con una editorial [Hachette], contraté ayudantes para llamar a gente relacionada con el tenis por todo el mundo y encontrar las pistas más raras, las más importantes a nivel tenístico o las que tuvieran las mejores historias detrás. Hicimos más de 5.000 llamadas, investigamos, miramos mucho Google Maps y al final llegamos a la selección definitiva», recuerda Pachelli que confiesa un secreto: en la mitad de las más de 200 pistas fotografiadas se ha dado el gustazo de jugar. Junior brillante, con beca como tenista para una universidad estadounidense, una lesión le obligó a escoger un oficio y tiró por el fotoperiodismo. «Ahora sólo soy un amateur más, aunque me encanta participar en competiciones como los torneos de UTR [una app como Playtomic]», comenta y se atreve con su selección personal.
La pista del Sportchalet Murren, en Suiza.NICK PACHELLI
Si tuviera que escoger pista, jugaría en Luanco, en el Club de Tennis Dansk de Copenhague, en la sueca Bastad, donde se disputa un ATP 250, o en el Sportchalet de Murren, un pueblo de los Alpes suizos. «El libro desafía la percepción del tenista como un deporte elitista. Hay lugares exclusivos, como el All England Club, pero también pistas públicas, accesibles, abiertas a quien quiera jugar», finaliza el estadounidense.
"No soy la misma, soy otra persona", proclamaba Ana Peleteiro con otra medalla al cuello, un bronce en el Mundial indoor de Glasgow; en sus 28 años ya hay toda una vida. Una madurez que corrió peligro dos veces, aunque ella nunca lo consideró así. La primera, hace mucho, cuando fue adolescente prodigio y pudo perderse en la fiesta de Madrid. La segunda, hace nada, cuando ya era medallista olímpica y se quedó embarazada. Hace un año y tres meses nació su hija, Lúa, y muchos, incluso sus propias adversarias, consideraron que ya no volvería entre las mejores.
En otras disciplinas del atletismo -por no hablar de otros deportes- hubo madres campeonas, pero su especialidad, el triple salto, exige tanta elasticidad, tanta levedad, tanto rebote que el desafío era complicado. Peleteiro lo sabía. Y, como en la adolescencia cuando supo alejarse de las distracciones, volvió a salir victoriosa.
"Me retiraron hace 14 meses, pero la Peleteiro está de vuelta. Nada se regala en la vida y este es el resultado de mucho esfuerzo. Hay atletas madres que han sido ejemplos para mí porque recién parida, con la cesárea, yo también lo veía negro. Cogí fuerzas y me dije que yo también podía hacerlo", comentaba la española que vivió su éxito a flor de piel con Lúa y su marido, el también saltador Benjamin Campaoré, animándola desde las gradas del Emirates Arena.
De hecho por él Peleteiro apareció en la pista escocesa con un dorsal distinto al habitual, su apellido ya no estaba sólo: esta vez se podía leer Peleteiro-Campaoré. "Somos una familia. Mi madre está desbancada, pero esto es un gesto de amor a mi familia política porque mis suegros son un pilar fundamental en mi vida, ellos nos ayudan a conciliar", explicaba Peleteiro.
Mucho nivel
Con el bronce en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 como metal más brillante, este domingo la española consiguió su sexta medalla internacional -ya fue bronce en el Mundial indoor de 2018, por ejemplo- y para ello necesitó la segunda mejor actuación de su vida. En Glasgow, de entrada brincó hasta los 14,67 metros y luego incluso se fue más allá, los 14,75 metros, pero el oro y la plata estuvieron lejos. Pese a la ausencia de su amiga, la venezolana Yulimar Rojas, dominadora de la disciplina en la última década, la dominiquesa Thea Lafond superó los 15 metros -15,01 metros- y la cubana Leyanis Pérez Hernández se quedó cerca (14,90).
Por esa competencia para mantenerse en el podio en los Juegos Olímpicos de París de este verano, Peleteiro necesitará un poco más, estirar de sus propios récords, pero ha demostrado que ya está preparada. "Hay que hacer un pasito más, no estoy aún ahí. Iván [Pedroso, su entrenador] me dice que sí pero me falta un poco de trabajo", confesaba la saltadora elevada a líder absoluta del atletismo español.
El bronce de Diame
Su éxito fue un resorte para una selección en depresión después de lo vivido en el Mundial e incluso en los días previos. En diferentes grados y formas, la sanción a Mo Katir, la lesión de María Vicente y la descalificación de Asier Martínez hundieron los ánimos y desde Peleteiro todo fue distinto. Horas después de su logro, su compañera de entrenamientos, Fátima Diame se colgó otro bronce, éste en la final de longitud. Íntima amiga suya, tanto que comparten habitación en los campeonatos, la progresión de Diamé era hasta ahora muy distinta a la de Peleteiro. De 27 años, la saltadora se había mantenido en una segunda línea internacional hasta que la temporada pasada decidió ponerse a las órdenes de Iván Pedroso. Ahí cambió su trayectoria.
De quedarse siempre en las rondas previas a ser finalista -sexta- en el último Mundial de Budapest y de ahí al podio este domingo en el Mundial indoor. Talentosa siempre, le faltaba confianza y control y ya los tiene. Fallaron luego Mariano García en los 800 metros y Mario García Romo y Adel Mechaal en los 1.500 metros, pero Peleteiro ya había asegurado una celebración.
«Cuando recibí el golpe, no me enteré. De repente, me encontré en el suelo y, al levantarme, me di cuenta que tenía la cara dormida, una sensación muy rara. Pero realmente no sentía un dolor extremo. Pensaba que no era grave, ni tan siquiera me mareé, salí por mi propio pie. Estaba en shock. Cuando llegué al hospital de la Vall d'Hebrón ya me vino».
El pasado 26 de enero, Eric Vargas jugaba un partido más, uno como otro cualquiera. Capitán del Voltregà de la OK Liga, la primera división española de hockey patines, se enfrentaba al Igualada y todo iba sobre ruedas, con 0-2 a su favor en el marcador, cuando le sobrevino la mala suerte. A falta de 6:57 minutos para el descanso, un rival, Guillem Llorens, de 19 años, le pegó una tarascada a la bola con tanta fuerza y tan poco control que acabó en la cara de Vargas. En todo el pómulo derecho. ¡Pam! El impacto silenció al público del pabellón de Les Comes en Igualada, pero la rápida reacción del afectado, que se marchó por su propio pie, tranquilizó a los presentes. No sabían que lo peor estaba por llegar.
«Se me puso la cara lila, toda hinchada y hubo que esperar a que bajara para la operación. Fue desagradable. El golpe fue tan fuerte que me desenganchó la mandíbula de los pómulos y me arrancó la nariz de cuajo. Estuve cuatro horas y media en el quirófano y me tuvieron que poner cinco placas para arreglarlo todo. Ahora tengo los pómulos y la nariz fijadas por debajo por placas. Por suerte me abrieron por debajo del labio y no me han quedado cicatrices. Si no te lo cuento, no sabes lo que me ha pasado», recuerda Vargas, que también tiene algún diente roto, pero reconoce que «es lo de menos».
"Ya he comenzado a masticar un poco"
Desde el bolazo no ha vuelto a comer sólido y ha tardado en recuperar el habla. Pese a todo se reconoce «afortunado» porque un poco más arriba, cerca de la zona cerebral, las consecuencias podían haber sido fatales. «Para lo que fue, mi recuperación ha sido rápida. De hecho ya he comenzado a masticar un poco e incluso a hacer un poco de deporte, por supuesto sin impacto», asegura satisfecho.
¿Ha hablado con el jugador que chutó ese bolazo?
Sí, sí, me pidió disculpas y yo las acepto, por supuesto. Hay jóvenes que chutan muy fuerte sin saber muy bien hacia dónde. Él sólo la enganchó mal y yo me puse en medio de manera instintiva. Si no llego a estar yo, esa bola sale del pabellón.
A sus 34 años, Vargas meditaba dejar el hockey patines al acabar esta temporada, pero después de lo ocurrido esperará. Quiere retirarse sobre la pista y además el Voltregà, su equipo desde los siete años, anda en apuros. El equipo, que llegó a ganar tres Copas de Europa en 1966, 1975 y 1976, está tonteando con el descenso y no quiere dejarlo en ese mal momento. Aunque necesite una máscara para jugar, volverá a hacerlo en unas semanas, cuando ya se haya recuperado plenamente. Eso sí, de ponerse el casco y la visera, ni hablar.
Como ya pasó hace cinco años con otro bolazo en la cara, en aquella ocasión a Roger Bars, jugador precisamente del Igualada, el debate sobre el uso del casco volvió en las últimas semanas al hockey patines, sin una conclusión clara. La bola pesa 155 gramos y puede alcanzar velocidades de hasta 110 km/h: el riesgo es evidente. En categorías de formación es obligatorio un casco integral, con visera de protección, pero los adultos todavía juegan sin protecciones.
"No creo que un casco hubiera aguantado"
«El problema es que no hay material específico del que te puedas fiar. Por ejemplo, los porteros juegan con casco, pero no hay ninguno homologado y a veces tienen que usar precinto para que no se abra. Hay cascos con viseras de los que utilizan los niños que se rompen por el medio. En un chute como el que recibí, no creo que que un casco hubiera aguantado», supone Vargas con un importante apoyo fuera de las pistas.
Asesor financiero en el Banco Mediolanum de Vic, su jefe es un compañero en el Voltregà, Jordi Burgaya, y estos días le ha echado una mano con el trabajo. «Tampoco quiero que ahora parezca que el hockey patines es un deporte peligroso. Yo llevaba jugando desde los siete años y hasta ahora nunca me había pasado nada. Estaba a punto de retirarme sin un rasguño», finaliza ya en plena rehabilitación para volver a coger el stick, olvidar lo sufrido y poner un buen cierre a su carrera.