Magnier, imparable en el sprint, suma su segunda etapa en el Giro

Magnier, imparable en el sprint, suma su segunda etapa en el Giro

En la tercera etapa, entre Plovdiv y Sofia, de 175 kms., despidió Bulgaria, un bello país, el Giro con una volata clásica, masiva brutal entre los poderosos sprinters en liza. De ella salió vencedor, por una cuarta, Paul Magnier, ese francés nacido hace 22 años en Laredo (Texas). El otro gran Paul, junto a Seixas, del ciclismo galo.

Superó a Jonathan Milan y Dylan Groenewegen. El italiano se vio perjudicado al transitar por una zona del adoquinado final con numerosas rendijas. La bicicleta le dio algunos saltos que, probablemente, impidieron que culminase su obra. Magnier, vencedor también de la primera etapa, resolvía así a su favor una jornada un tanto sorprendente.

Aún no había terminado el director de carrera de bajar la bandera cuando Diego Pablo Sevilla, otra vez él, saltó en busca de puntuar en la única dificultad de la jornada, un puerto de 2ª a, más o menos, mitad de trayecto. Lo acompañaron Alessandro Tonelli, su compañero del Polti, y Manuele Tarozzi, del Bardiani. No habían salido los maltrechos Yates, Buitrago y Vendrame.

Todo el mundo iba tranquilo. Los escapados porque eran conscientes de que el pelotón no les dejaría llegar muy lejos. Y el pelotón porque sabía que los fugados no le obligarían a un esfuerzo extra. Una “entente cordiale” consistente en que la diferencia no superase nunca los tres minutos. La primera hora y media de carrera, en un terreno llano, con frecuentes y largas rectas y un asfalto perfecto, se cubrió a 41 por hora. Un ritmo cómodo para unos y otros.

La carretera empezó a empinarse poco a poco, como desperezándose. A los fugados les dio tiempo de sobra, con Sevilla en cabeza, para coronar ese puerto de 2ª, el Borovets Pass, a 71 kms. de la meta. Cumbres más altas, todavía canosas en primavera, observaban mirando hacia abajo. El puerto, tendido, 9,2 kms. al 53% de media y con un pico del 11%, no descolgó a los velocistas. Sólo De Lie, doliente, sostenido moralmente por dos camaradas, penaba por detrás.

Todo parecía seguir el libreto prescrito. Pero los kilómetros pasaban, el pelotón sesteaba y los escapados no desmayaban. De pronto, tirios y troyanos se dieron cuenta de que la meta no estaba tan lejos. A los del grupo, al que habían vuelto De Lie y los suyos, les entraron las prisas. A los fugados, se les encendió la ilusión. Súbitamente, una etapa anodina y decidida de antemano a favor de los hombres rápidos se volvió apasionante e incierta.

Los últimos kilómetros fueron de una emoción absoluta. Retorciéndose de fatiga, destrozados, los escapados apuraban, agónicamente, sus posibilidades. Todas todavía, ninguna en realidad. Sucumbieron como héroes a 400 metros de la llegada. Otra escena representativa de la grandeza y la crueldad del ciclismo.

Guillermo Silva retuvo el rosa y Sevilla puede que siga, como la muñeca de la canción infantil, vestido de azul hasta el viernes, con el Blockhaus, el primer coloso de la carrera en su camino (y en el de todos). El Giro descansa un día y ya se traslada a Italia para disputar el martes una etapa corta (138 kms.) entre Catanzaro y Cosenza.

Benvenutto.

kpd