Cuando el Levante destituyó a Julián Calero, nadie entendió que el club eligiera a un desconocido portugués de 45 años para pelear la permanencia. Seducían más los nombres de Luis García Plaza o de Sergio González, ambos con pasado granota, ante el reto mayúsculo e imprescindible que afrontaba el club. El Levante no solo necesita estar en Primera por orgullo deportivo, sino que su supervivencia pasa por los ingresos de la máxima categoría. Era extraño que, durante casi un mes, el máximo accionista del club, José Danvila, hubiera estado buscando un relevo que acabó con Luis Castro (Moreira de Cónegos, 1980) sentado en el banquillo de Orriols.
Castro era un desconocido en LaLiga, una apuesta que se antojaba arriesgada porque, además, venía de haber sido destituido en el Nantes pocas semanas antes. Había que bucear en su currículum para encontrar los motivos por los que se le entregaba el futuro del Levante. Eran suficientes, pero lo que convenció fueron los siete puntos que ha sumado, el cambio en el juego del equipo y, sobre todo, la fe que ha transmitido al vestuario, que él mismo verbalizó: “Si no creyera en la salvación, no estaría aquí”.
A punto estuvo de decir rechazar la propuesta de Danvila, pero le convenció “porque me habló al corazón”. “Mi vida y mi personalidad están muy cerca de lo que se vive en el Levante. Empecé entrenando a chicos de cinco años, vengo del pueblo y no es fácil llegar a este nivel”, dijo en su presentación. Por eso exige “morir por el club”. “Tenemos que ser un poco audaces y querer más. Pienso que mi forma de jugar, que es ofensiva, más la identidad del club puede mezclar muy bien para lo que necesitamos conseguir”, advirtió.
No tardó en demostrarse que así era. Ganó el Sevilla en el Pizjuán, empató con la Real Sociedad y venció al Elche. Hasta plantó cara al Real Madrid en el Bernabéu de una manera muy digna para un equipo anclado en la cola de la clasificación. Todo con el único fichaje del centrocampista Ugo Raghouber, cedido por el Lille. Al resto, les ha convencido. “Ha hecho creer al vestuario que la salvación es posible”, advierten desde las entrañas del Ciutat de Valencia.
La clave está en su trato con el jugador. “Debe entender por qué está en una determinada posición. Para mí, una de las cosas más importantes es que no solo comprendan el concepto, sino que crean en él. Si no entienden por qué hacen algo, nunca lo ejecutarán al 100%“, advertía en una entrevista.
El mejor ejemplo es Carlos Álvarez, el futbolista más talentoso del Levante al que ha arrimado al área. “Tiene que estar cerca del juego y en zonas decisivas”, justifica. El juego más ofensivo, de posesión y verticalidad y, por supuesto, los puntos son las razones por las que el portugués ha disipado las dudas.
Quien conocía su trayectoria ya lo veía capaz y más aún de manejar el talento. Comenzó a entrenar en la cantera del Benfica y por su vestuario pasó lo mejor: el central Antonio Silva, el goleador Gonçalo Ramos y el centrocampista Joao Neves. En 2022, a los tres los hizo campeones de la Youth League, la competición juvenil de la UEFA para las canteras de los equipos Champions. No era la primera final para las águilas, pero sí el único título que tienen.
Ese éxito hizo que el Dunkerque de la segunda división francesa le llamara para salvar al equipo de un descenso que parecía inevitable. Era un milagro que se mantuviera en Ligue 2. Perdió los primeros cinco partidos, pero hubo una reunión en el vestuario para lanzar una advertencia: antes que destituir al entrenador, echarían a toda la plantilla. Y la amenaza funcionó.
Con el Dunkerque no solo obró ese milagro, sino que al año siguiente lo llevó a pelear el ascenso hasta el playoff, que le ganó el Metz, y a ser el equipo revelación de la Copa de Francia. Dejó en el camino al Brest y al Lille y se plantó en semifinales ante el PSG. Hizo sudar al equipo de Luis Enrique para remontar un 2-0 que habían logrado al descanso.
La proeza le valió la llamada del Nantes, que lo fichó sin darle refuerzos tras desmantelar la plantilla, los resultados no llegaron y fue sustituido a principios de diciembre por el marroquí Ahmed Kantari. Apenas dos semanas estuvo en el paro cuando lo rescató el Levante para confiarle su futuro.






