Rafa Nadal podría acabar, a principios de julio, jugando en Hamburgo, Gstaad o Bastad, o la semana siguiente, en Umag o Kitzbuhel. Construir un calendario con rivales de nivel ahora mismo es complicado, pero después de su derrota este lunes ante Alexander Zverev, el ganador de 22 Grand Slam lo tiene claro. «Quiero jugar los Juegos Olímpicos aquí y después ya veré si sigo», aseguró y así contestó a la pregunta: ¿Y ahora qué?
Una percepción ambicio
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El mismísimo Novak Djokovic, campeón de campeones, inclinado ante Carlos Alcaraz. El rey ha muerto, viva el rey. En la Rod Laver Arena, escenario de muchas de sus hazañas, el tenista más laureado de la historia reconoció a su sucesor y aceptó el traspaso. Djokovic fue Djokovic más allá de su edad, pero Alcaraz fue Alcaraz. La final del Open de Australia de este domingo fue una bella batalla intergeneracional que se resolvió con la victoria del español por 2-6, 6-2, 6-3 y 7-5 en tres horas de juego.
A Alcaraz ya no le queda tierra por conquistar: campeón en los cuatro Grand Slam, ahora solo le resta seguir y seguir y seguir. Tiene 22 años; el horizonte es infinito. En la cuenta histórica suma siete majors, un dato que ya deslumbra, como también lo hacen sus más de 3.000 puntos de ventaja como número uno. Pero en la pista las sensaciones son todavía más incuestionables. Únicamente una lesión o la súbita pérdida de la ilusión se presentan como motivos de una derrota. De otra forma, ¿quién le va a parar?
Un Djokovic "imposible"
Djokovic fue quién era durante media hora. Hace unas semanas, con el estreno de 2026, hubo un trend en redes sociales que proponía regresar a 2016: colgar una foto de aquel año, recordarse entonces. El serbio se lo tomó muy en serio. En su primera final de Grand Slam en más de un año apareció con la concentración, la puntería, la potencia y la velocidad de quien se sabe ante una última oportunidad. Para Alcaraz era un partido importante, quizá el más importante del año. Para Djokovic era un partido para lo que le resta de vida. Si ganaba, qué mejor momento para despedirse. Los sacrificios realizados para llegar hasta aquí -de los dolores a los disgustos, pasando por los días lejos de sus hijos- se los iba a hacer pagar a su rival.
Por eso, en el primer set llevó el tenis a la perfección. Todos sus saques tenían intención, todas sus derechas quemaban, todos sus reveses acababan en la línea. Tomando todos los riesgos posibles, solo cometió cuatro fallos en todo el parcial. "Es imposible", lamentaba Alcaraz en conversación con su equipo, y tenía razón. "¡Novak, Novak, Novak!", gritaba el público de la pista central del Melbourne Park, y el actual número uno se veía en una situación inusual: superado en tierra hostil.
Asanka Brendon RatnayakeAP
La solución fue doblar la apuesta. Alcaraz tenía que ser Alcaraz. Y lo fue. Ante Djokovic, el español suele mostrar demasiado respeto. Ya le pasó en citas anteriores, como en la final de los Juegos Olímpicos de París: sea por fascinación infantil, sea por pura admiración entre iguales, la figura que tiene enfrente le genera más nervios que Jannik Sinner, ya no digamos cualquier otro adversario. En esa primera media hora, Alcaraz cayó en la precipitación y se dejó hacer. Pero después reaccionó con la ayuda de su equipo.
Alcaraz encuentra su tenis
Su actual entrenador, Samu López, le dio un consejo extraño, contraintuitivo, que nadie entendía. "Dale más spin", pedía el técnico: más efecto, más altura, menos velocidad. Con Djokovic abrasando cada bola, ofrecerle golpes más lentos sonaba a suicidio, porque seguiría imponiendo su ritmo. Pero Alcaraz hizo caso y todo cambió. El ajuste le permitió dar un paso atrás, alargar los intercambios, asumir menos riesgos y, poco a poco, con más margen de error, fue encontrando su juego.
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Con cada punto, con cada juego, Alcaraz se sentía más cómodo en la pista, hasta llegar a disfrutar. La aparición de su dejada fue una revelación. Y pronto fue él quien alcanzó la excelencia, especialmente con la derecha y en los intercambios largos. Hubo varios puntos para el recuerdo, como un passing shot que Djokovic le clavó por fuera de la red y que el español alcanzó a devolver de manera incomprensible, casi milagrosa. El segundo y el tercer set transcurrieron como quiso el actual número uno: breaks tempranos y sin sobresaltos.
Resistencia hasta la extenuación
Pero para derrotar a Djokovic hay que hacerlo muchas veces. En su semifinal ante Sinner también estuvo contra las cuerdas, con dos sets en contra, y fue capaz de remontar para hacerse con el triunfo. Alcaraz había visto ese partido. Vaya si lo había visto. Y sabía lo que le venía encima. Rafa Nadal, presente en el palco, podría haberle dado algún consejo. En el cuarto set, el ganador de 24 Grand Slams resistió hasta la extenuación. En el primer juego llegó a salvar seis bolas de break: era un aviso. Luego aguantó, aguantó y aguantó.
El saque de Alcaraz solo estuvo en duda en una ocasión, pero qué ocasión. Retumbaban los ánimos a Djokovic desde el público australiano y cualquiera habría temblado. Pero el español forzó el error de su rival y luego, solventada la situación, se reía. ¡Se reía! Estaba en la 'zona Alcaraz': de aquellos nervios del principio a este placer en el desenlace. Ya en el último juego antes del tie-break, consiguió la rotura que tanto había costado y celebró por los suelos su primer título del Open de Australia. El séptimo major, el pleno de plenos. Sus números son deslumbrantes, pero las sensaciones lo son aún más.
Al acabar, JoelEmbiid bailaba solo en mitad de la pista el Freed from Desire para provocar el abucheo del público de la Arena de Bercy, miles de aficionados franceses que le detestan porque abandonó a su selección para irse a jugar con Estados Unidos. El Dream Team hacía como si no hubiera pasado nada, gestos triunfantes, golpes en el pecho, gritos, muchos gritos, pero en realidad había vivido su peor trance en unos Juegos Olímpicos desde las finales que le enfrentaron a España. En las semifinales de París 2024, Serbia empujó al conjunto yankee ante el precipicio a base de triples y para salir de allí éste tuvo que trabajar, que sudar, que ponerse a currar (95-91).
LeBron James, que vivió el gran desastre en aquellas semifinales de Atenas 2004 ante Argentina, estuvo cerca de pasar por lo mismo: un fracaso en su debut y otro en su despedida. Pero esta vez está mucho mejor acompañado. Pese a que su desventaja llegó a ser de 17 puntos, pese a que entró en el último cuarto 13 puntos por debajo, Estados Unidos defendió con uñas y dientes en el tramo final y sacó adelante la situación. Quedarán en el recuerdo los 35 puntos de Stephen Curry, tirador superlativo -nueve de 14 en triples-, pero fue incluso más importante como leyendas como él mismo, James o Kevin Durant encogieron a un rival crecidísimo.
Los triples de Serbia
No era el plan porque nunca es el plan. Las estrellas yankees no vienen a los Juegos Olímpicos a esforzarse como si estuvieran disputando unas finales de la NBA y sólo lo hacen si están obligados. Como siempre, Estados Unidos salió a jugar un All-Star: sin defensa, sin una idea de juego, espectáculo, puro espectáculo. Lo ofreció Curry, con 17 puntos en los primeros ocho minutos y algún baile de los suyos. Al quinto triple, de hecho, se giró antes que entrara para chocar la mano a sus compañeros del banquillo. "¡Oooooooh!", se asombraba la afición parisina, que iba contra el USA Team, pero que no podía dejar de maravillarse con alguno de sus movimientos. El problema para el firmamento NBA era que delante tenía un equipo de verdad.
PAUL ELLISAFP
Desde la seriedad atrás, Serbia fue construyendo una ventaja que llegó a los 17 puntos (25-42, min.14) a base de mucho acierto exterior. Era una idea brillante, otra más de su entrenador Svetislav Pesic: sólo Nikola Jokic podía chocar por dentro que Embiid o Anthony Davis así que todo iba por fuera. Triples, triples y más triples, de Bogdan Bogdanovic, Aleksa Avramovic, de cualquiera. Al descanso, Serbia se fue con un 10 de 19 desde la línea de 6,75 metros y en consecuencia con una ventaja considerable (43-54). Desde la primera línea de sillas, Pau Gasol miraba el partido con su mujer, Catherine McDonnell, y su hija, Elisabet Gianna, y posiblemente pensaba: "Esto ya lo he vivido yo".
El despertar yankee
Estar por delante de Estados Unidos en cualquier momento no garantiza el éxito, pero el conjunto balcánico sostenía y sostenía la distancia (63-76 al final del tercer cuarto). Con su carácter, tan propio -Bogdanovic pasó todo el partido encarándose con LeBron James-, mantenía su plan hasta el final. Si Curry volvía a entrar en trance, ningún problema. Si Embiid empezaba a hacerse fuerte en la zona, ningún problema. Serbia incluso resistía al mareo de su líder, Jokic, que apenas encontraba el camino al aro. Para seguir con la racha en los triples, siempre alrededor del 50% de acierto, aparecían Vasilije Micic, Marko Guduric o Ognjen Dobric y así se llegaba al último cuarto.
Después todo cambió. En los últimos 10 minutos, los mitos se hicieron terrenales y empezaron a aislar, a empujar, a frenar a los tiradores balcánicos. Con los veteranos en la cancha, James, Durant y Curry, Estados Unidos, ¡Qué defensa! Serbia, que hasta el momento había sido letal, dejó de meter los triples y estuvo tres minutos sin anotar (del 77-84 al 84-84). Ahí ya lo tenía muy difícil. Ahí ya lo tenía imposible. Sus dos referentes, Jokic y Bogdanovic, lo intentaron, pero con 93-91, Curry sentenció con dos tiros libres. Después todos los jugadores estadounidenses vacilaban y Embiid lo llevaba más allá, bailando en mitad de la pista, pero el susto había sido serio.
El año anterior, Carlos Alcaraz se marchó de Melbourne con el ánimo por los suelos, desmoralizado por una derrota en cuartos ante Alexander Zverev donde apenas mostró su tenis. Ayer no fue así. Ante Novak Djokovic perdió en la misma ronda del Open de Australia por 4-6, 6-4, 6-3 y 6-4, pero fue un aprendizaje, más que una decepción: en el futuro no le volverá a pasar. Desde que acabó el encuentro, incluso antes, Alcaraz entendió que había caído en la trampa en la que muchísimos otros cayeron antes, que se había dejado enredar. A sus 21 años, un error perdonable.
Al salir de la pista Rod Laver, el español se subió a la bicicleta estática del gimnasio para soltar la mente, recibió el consuelo del equipo del propio Djokovic -empezando por su nuevo entrenador, Andy Murray- y se metió en la ducha. Fue una ducha larga. Había perdido por culpa del juego psicológico, ya lo sabía, pero necesitaba digerirlo. Después, antes de abandonar el recinto y volar de vuelta a España, aceptó ante los medios de comunicación lo ocurrido.
"Estaba controlando el partido y en el segundo set le he dejado volver. Ha sido mi gran error. Tenía que haberle llevado al límite y no lo hice. Luego empezó a sentirse mejor y fue más agresivo. Yo tuve mis oportunidades, pero casi todos los puntos importantes cayeron de su lado", analizó el actual número tres del mundo, que no perderá el puesto pese al tropiezo: se va con los puntos que vino.
El momento Djokovic
En la primera hora de partido, Alcaraz fue superior a Djokovic. Su derecha gobernaba, disfrutaba de las dejadas. Ya se intuían algunos problemas con su segundo saque, pero el resto de sus golpes eran decisivos. Con todo a su favor, el español conseguía el primer break, el primer set y se abalanzaba hacia la victoria cuando Djokovic mandó parar. Como muchas otras veces, reclamó un tiempo muerto médico para curar unas molestias en el aductor de la pierna izquierda, se marchó al vestuario y obligó a una pausa de 10 minutos. Al volver ya todo era distinto. Los intercambios se acortaron, se ralentizaron, se trastabillaron y Alcaraz no supo reconstruirlos.
"Cuando he visto que Novak tenía problemas físicos, ha sido como si dejáramos de jugar al mismo nivel. Parecía que iba a ser más fácil y me he centrado en no cometer errores. Por eso he dejado de golpear la bola como antes. Después ha sido muy difícil volver", confesaba el español, que participó de las dudas. ¿Realmente Djokovic estaba herido? Los precedentes invitaban a la suspicacia, más con el rendimiento del serbio en el último tramo del encuentro.
DAVID GRAYAFP
Sobre la pista, después de su celebración, el vencedor de 24 Grand Slam aseguró que se reservaba los detalles de su dolencia porque sigue en competición, que se hubiera retirado si hubiera perdido el segundo set, que los medicamentos habían hecho efecto justo después y que sólo el viernes en las semifinales ante Zverev podrá comprobar si está al 100%. "No digo que haya hecho show, pero en el segundo set se le veía con problemas y en el tercero y el cuarto no se veía nada. No creo que se hubiera retirado si hubiera perdido el segundo set. Un tenista que piensa en retirarse no juega así después", opinó Alcaraz que proclamó que la derrota le haría mejor. "Me voy con la cabeza alta", aseguró.
Ahora, en Doha, más cemento
En los próximos días deberá analizar en profundidad y aprender del partido, del enredo de Djokovic y también de su mala racha en superficie dura. Pese a su historial en el resto de 'grandes', en la pista dura 'aussie' sigue sin disputar unas semifinales, un vacío que se une a sus problemas en los torneos indoor del final de la pasada temporada. En pretemporada ha mejorado su saque para intentar ser más peligroso, pero necesita mejorar más si quiere dominar.
Para ello, este febrero competirá en el ATP 500 de Doha nuevamente sobre cemento en lugar de marcharse a Brasil y Argentina para disputar sus torneos de tierra batida. Será la preparación ideal para los Masters 1000 de Indian Wells y de Miami de marzo y, al mismo tiempo, un incentivo económico. El torneo qatarí ha aumentado de categoría -de ATP 250 a ATP 500- y para ello ha propuesto una bolsa de premios que ha hecho que se apunten también Jannik Sinner, Djokovic o Daniil Medvedev.