Judit Polgar y lo que el documental ‘La reina del ajedrez’ no cuenta: del peso de Kasparov al papel de los padres

Judit Polgar y lo que el documental 'La reina del ajedrez' no cuenta: del peso de Kasparov al papel de los padres

La biografía de Judit Polgar pedía a gritos una película. La única ajedrecista que ha estado en el top 10 absoluto no es solo una deportista excepcional. Al igual que sus dos hermanas mayores, Judit es el fruto de un experimento. Polgar 3.0 es una creación artesanal de Laszlo y Klara, dos profesores húngaros que pretendían demostrar que los genios no nacen, sino que se hacen. La lotería genética estuvo de su parte, pero el resultado fue un éxito indiscutible. Tres de tres.

La propia Judit Polgar (Budapest, 1976) declaró en una entrevista que su vida le parecía mucho más interesante que la de Beth Harmon. La heroína de ficción pelirroja, como ella, se hizo inmensamente popular durante la pandemia, cuando ‘Gambito de dama’ alivió el confinamiento de millones de personas. Netflix ha vuelto a repetir la jugada con ‘La reina del ajedrez’, película dedicada a la vida de la ajedrecista.

En solo unos días desde su estreno, el pasado día 6, ‘La reina del ajedrez’ se ha colocado en el top 10 de títulos más vistos en todo el mundo. El documental de Rory Kennedy gustará a los aficionados y a quienes no distingan una torre de un alfil. Tiene ritmo, imágenes documentales de excepcional interés y el testimonio de todos los miembros de la familia Polgar, además del de Garry Kasparov y tres expertos bien seleccionados: la gran maestra femenina Anna Rudolph, también húngara, el GM Maurice Ashley y Dirk Jan ten Geuzendam, editor de la revista ‘New in Chess’.

La propia directora y guionista mostró su asombro ante el hecho de que no existiera ya una película sobre su biografiada. «Me quedé atónita con su carrera… Me sorprendió no conocer su nombre. Luego investigué su trasfondo y me enganché». Eso mismo le ocurrirá al espectador, porque el relato no aburre nunca, ni siquiera cuando explica los entresijos de alguna partida, aunque el material utilizado en las imágenes que no son de archivo -los relojes, sobre todo- no está a la altura. La mayor ventaja de la cinta es su personaje central: Judit no solo es real, sino que tiene dos hermanas, Susan y Sofia, que podrían ser objeto de otras dos películas. Por desgracia, Tevis no dejó escrita ninguna continuación de su ‘Gambito de dama’ y los intentos de contarnos nuevos episodios de la vida de Beth Harmon no han prosperado.

Errores y omisiones

Hechas las presentaciones y alabanzas oportunas, también se pueden señalar pequeños defectos en ‘La reina del ajedrez’, más allá del material descartado por causas naturales en la sala de montaje.

Para empezar, el guion está desequilibrado, por el peso de Garry Kasparov. Judit Polgar fue número uno del ajedrez femenino durante 26 años, desde los 12 hasta que se retiró, más tiempo que ninguna otra deportista. También superó el récord de Bobby Fischer como gran maestro absoluto más precoz de la historia, antes del impulso de la IA, y derrotó a todos los grandes campeones de su época. La película, sin embargo, despacha casi todos sus logros con algún rótulo informativo, mientras las imágenes se centran en su rivalidad con Garry Kasparov. Solo vemos las partidas que jugó (y en general perdió) contra el Ogro de Bakú.

El ardid narrativo es lícito. Kasparov ejerce de villano de la historia, le añade emoción. El exruso es mostrado como un genio prepotente y machista, que adquiere un protagonismo exagerado. Para empezar, él es quien nos explica en qué consiste el ajedrez. Es un ‘mansplaining’ de manual. Luego, tiene tiempo incluso de contarnos cómo aprendió a jugar. En los títulos de crédito se repite el festival. Para que comprendamos la gesta de una niña en un mundo masculino, vemos a Fischer, a varios hombres más jugando y a Garry, por supuesto, que parece el personaje central. La cámara se recrea en los ejercicios físicos del macho alfa y le cuesta apartar la mirada de su torso peludo.

Esta fascinación contrasta con la fugacidad de los planos dedicados a otros campeones, como Karpov, Anand y Topalov, con los que también jugó Polgar a menudo, y con mejores resultados. Esas batallas se omiten, como si carecieran de importancia.

Machismo recalcitrante

En la película, vemos a Fischer decir barbaridades sobre las mujeres («Son jugadoras espantosas. Supongo que no son tan inteligentes»), Viktor Korchnoi califica a Judit como «una jugadora de café» y el propio Kasparov dice que «no son capaces de sostener una lucha prolongada». Es cierto que luego rectifica, hasta cierto punto, y con el tiempo acepta a Judit como «uno de los nuestros».

Tan grave o más que las palabras pueden ser los gestos. En el Magistral de Madrid de 1994, donde Judit venció de forma inapelable, se dice que cuatro grandes maestros se negaron a darle la mano tras perder contra ella, pero se omiten los nombres con sobreprotectora piedad.

Educación en casa

La vida familiar de los Polgar está presente a lo largo del metraje, pero también se olvidan detalles cruciales. Los padres no fueron visionarios irresponsables, aunque el papel de Laszlo está descrito con una ambigüedad calculada. Nos ocultan que ambos eran profesores y decidieron no escolarizar a sus hijas con cierto conocimiento de causa. También se esconde que las tres eran políglotas y que en su modesto apartamento no solo entraban entrenadores a todas horas. Era frecuente que aquel piso de Budapest acogiera a ajedrecistas de cualquier país. Además de generosidad y de una forma de compensar la prohibición de viajar con la que fueron castigadas por el régimen comunista de Hungría, ese contacto humano las ayudaba a mejorar su ajedrez y a practicar idiomas.

Entre los invitados, sobresale el gran campeón Bobby Fischer, quien pasó una buena temporada refugiado en su casa, cuando era perseguido por el gobierno de Estados Unidos. Son hechos más que relevantes, que tampoco aparecen citados en ‘La reina del ajedrez’.

La FIDE, en el limbo

Una de las omisiones más graves atañe a la FIDE. La película cuenta las amenazas del Gobierno húngaro a las Polgar, ametralladoras incluidas, pero no la complicidad de la Federación Internacional, que no dio amparo a aquellas niñas prodigio. Las chicas lograron cambiar la historia por su cuenta, sin ayuda institucional, al lograr el oro olímpico en Salónica cuando solo tenían 12, 15 y 19 años. De la Federación Internacional, de hecho, apenas vemos de refilón a su presidente, Florencio Campomanes (sin citarlo), en la inauguración de la Olimpiada.

Queda raro, porque la FIDE fue un enemigo recurrente de la familia, sobre todo cuando impidió que Susan Polgar participara en el ciclo por el Campeonato del Mundo masculino, pese a que fue la primera mujer en clasificarse. Esta injusticia histórica obligó a cambiar el reglamento, pero no fue la única. Todas las ajedrecistas del mundo, salvo Susan, fueron beneficiadas con una subida de puntos en la clasificación internacional; la húngara dominaba con demasiada holgura gracias a su gran «ventaja», jugar en competiciones masculinas.

No todos los olvidos van contra las hermanas. Para no empañar la épica de la victoria de Judit contra Kasparov (Moscú, 2002), no se explica que se produjo en una partida rápida y no en una de duración clásica. Fue un hito en la carrera de la jugadora que no era necesario exagerar.

Trampa en Linares

Se cuenta mejor, para desgracia de Kasparov, el episodio en el que el ruso cambió una jugada de caballo, en Linares, después de soltar su pieza durante una fracción de segundo. El campeón queda retratado, sobre todo porque tres décadas después sigue sin pedir perdón ni admitir los hechos del todo. «No creo que hiciera nada malo», dice aún, con lo socorrido que habría sido parafrasear la maradoniana «mano de Dios».

Frente a todos estos comportamientos perfectamente tachables, Judit Polgar se gana al público y hace perdonar todos estos olvidos con su arma infalible: una sonrisa sana y maravillosa, exenta de rencor. Es difícil oírla hablar mal incluso de las personas que peor la trataron. Siempre se tomó los obstáculos con deportividad, sabedora de que superarlos la haría aún más fuerte. Solo así se explica una carrera irrepetible.

kpd