Corre, corre. Y corre, corre. Y corre, corre. Y Carlos Alcaraz dijo: “Ya está, para”.
Cuando acabó su partido de cuartos de los Juegos Olímpicos de París con victoria sobre Tommy Paul por 6-3 y 7-6(7), se encerró en el gimnasio que hay en Roland Garros -en las plantas bajas de la Philippe Chatrier- y tardó casi dos horas en salir. Hasta ayer, después de cada triunfo olímpico, le tocaba ducharse rápido, fotografiarse con los fans que le esperaban e
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Aday Mara abre el marcador con un mate, luego baila ante su defensor para lucirse con un gancho y, más tarde, anota un triple en transición, su tercero de la temporada. Tiene 20 años. Mide 2,21 metros. Es una de las sensaciones del baloncesto universitario en Estados Unidos.
Este domingo, su equipo, los Michigan Wolverines, lograron su pase a la Final Four de la NCAA tras imponerse a los Tennessee Volunteers por 95-62, y el pívot se convirtió en el primer español en llegar a la fase final de la competición. No es un logro menor. El ecosistema universitario estadounidense mueve audiencias de cientos de millones de espectadores, genera ingresos de cientos de millones de dólares y es el mejor escaparate para llegar a la NBA. En los mocks del draft, es decir, en las páginas que prevén qué jugadores escogerá cada franquicia, ya aparece en primera ronda, incluso entre los 15 primeros puestos. Después de la Final Four, su posición solo puede mejorar.
De Zaragoza y formado en el Casademont Zaragoza, equipo con el que debutó en la ACB deslumbrando por una capacidad de pase y una visión de juego inusuales, en 2023 se marchó a UCLA, donde vivió una dura experiencia. Un entrenador que no le valoraba. Poco tiempo en pista. Mucha exigencia mental. «El golpe me lo llevé los primeros meses de competición. En ningún momento pensé en dejarlo, pero cuando me di cuenta de cuál era la realidad, me puse a ganarme los minutos y a trabajar duro», contaba a Gigantes.
El cambio a Michigan
Por eso pidió el traslado a Michigan, donde ha cambiado todo. Bajo la dirección de Dusty May ha encontrado un sistema que le encaja —mucho bloqueo indirecto, juego desde el poste y espacio para sus movimientos— y un vestuario que funciona. Esta temporada ha sido el primer jugador de Michigan en alcanzar los 100 tapones en un año, además de ser nombrado Jugador Defensivo del Año de la conferencia Big Ten.
MICHAEL REAVESGetty Images via AFP
En el encuentro ante Tennessee completó una actuación que explica por qué los Wolverines han llegado hasta aquí. Firmó 11 puntos, cuatro rebotes, dos tapones y un robo en 18 minutos de partido. Lastrado por las faltas, sus números pudieron ser mayores, pero su impacto fue clave. Junto a él jugadores como alero Yaxel Lendeborg, nacido en Puerto Rico, que también apunta a la NBA. «Es una pasada porque siempre ves a estos equipos llegando tan alto, y ser parte de ello y de la historia que estamos haciendo en Michigan es una experiencia increíble», dijo Mara en la previa.
En las semifinales de la NCAA, que se disputarán el próximo sábado en el Lucas Oil Stadium de Indianápolis, Michigan se medirá a los Arizona Wildcats. Es el rival más complicado que los Wolverines pueden encontrar en un torneo en el que, de momento, han arrasado. En sus cuatro partidos del March Madness han anotado 90 puntos o más, siendo el primer equipo que lo logra desde los Huskies de Connecticut en 1995.
El objetivo para Mara ya está declarado: ganar el torneo. Luego, el futuro ya dirá. «No voy a estar pensando en la NBA cuando tengo la oportunidad de estar disfrutando de un equipo con posibilidades de ganar el campeonato», aseguró el español.
Cuenta Juanjo López, traumatólogo y médico de Carlos Alcaraz, que hace unos años tocó fondo. Mucho estrés, poco ejercicio, mucho sueño... y al final la espalda crujió. «Sufrí una lumbalgia aguda, apenas podía moverme. Estábamos en el pueblo de mi mujer, embarazada de ocho meses, y tenía que ayudarme su abuela, la bisabuela de mis hijos. Entonces dije: 'Hasta aquí'. Pedí una excedencia de mi trabajo en la sanidad pública y cambié de hábitos: empecé a entrenar más, a cuidar mi alimentación, a descansar mejor», recuerda López que ahora publica un libro 'Hábitos para ser el número 1' (Espasa, 2024), donde ofrece consejos, recuerda su proceso de transformación y relata lo que vino después: ahora viaja con Alcaraz y está centrado en sus cuidados.
Si el tenista, que este martes se enfrenta a Stefanos Tsitsipas en cuartos de Roland Garros (no antes de las 20.15 horas, Eurosport), sufre algún dolor, ahí está López para ayudarle.
Trabajaba como traumatólogo infantil, experto en anomalías como el pie zambo, y ahora cuida de Alcaraz. ¿Cómo fue el cambio?
Muy progresivo. Cuando sólo era un niño, a los ocho años, le hice su primera revisión. Su padre era mi profesor de tenis, yo era residente de traumatología y venía al hospital [el Virgen de la Arrixaca de Murcia] para que lo valorara. Por supuesto no sabía que iba a ser tenista. A los 14 años, cuando logró sus primeros puntos ATP, pasé a ser parte de su equipo. Recuerdo que ya le hicimos unas plantillas para que su pisada fuera perfecta, que su desgaste físico fuera simétrico.
¿Sufrió Alcaraz en la adolescencia? Suele ser una época de dolores.
Es cierto, lo es, pero no, Carlos no sufrió dolores de crecimiento. Tan sólo recuerdo que pasó por una patología de rodilla habitual en adolescentes que se llama Osgood-Schlatter. Ocurre cuando el cartílago está todavía abierto y se inflama de forma episódica por culpa de la tracción repetida. Le obligó a parar un tiempo. Pero sobre los 16 años ya le cambió el cuerpo y con el trabajo de fuerza, se hizo el tenista que es. También le ayuda mucho la genética privilegiada que tiene. P. ¿Tuvo claro
¿Tuvo claro dejar su plaza en el hospital para empezar a viajar con Alcaraz?
No, no, no lo tuve claro. Siempre había querido trabajar en el ámbito del deporte, pero cuando haces una residencia en un hospital y obtienes una plaza, abandonar esa plaza es complicado. Pedí la excedencia antes de que Carlos ganara el US Open de 2022, fue una apuesta. Pero quería dar una medicina de calidad y cada vez me costaba más. En el hospital llegué a atender a 69 niños en un mismo día, así es imposible hacer buena medicina. Afectaba al paciente y me afecta a mi. De ahí vinieron mis problemas de espalda.
Un rival le lanza una dejada y Alcaraz corre a salvar la bola. ¿Cierra los ojos para no mirar?
Alguna vez sí. Sufro en cada carrera, la verdad. Si Carlos tiene una lesión me siento responsable. Pero hay cosas que no puedo controlar. Ni yo ni Carlos. Si se tuerce el tobillo sólo podemos tratarlo y que se recupere bien lo más rápido posible.
Rafa Nadal ha jugado infiltrado, Paula Badosa lo ha hecho este mismo Roland Garros. ¿Se puede ser profesional y no vivir con dolor?
Es difícil. Deporte profesional y dolor van cogidos de la mano. Pienso en la prótesis de cadera de Andy Murray y en cómo afectará a su vida. Por eso con Carlos pensamos en el corto plazo, pero también en el medio y el largo. Es importante que dispute este Roland Garros, pero también que esté sano para Wimbledon y los Juegos Olímpicos y que, cuando acabe su carrera, dentro de muchos años, pueda vivir con salud. Hay que tenerlo todo en cuenta.
¿Fue difícil tratar la reciente lesión en el antebrazo derecho de Alcaraz?
Fue un proceso duro, siempre es difícil. Cuando actúo yo es porque algo malo está pasando. Para mí el torneo ideal fue el último Open de Australia: no tuve que darle a Carlos ni un analgésico, no sufrió ningún problema. Hay que tener en cuenta que los jugadores tienen una serie de compromisos con los torneos y los sponsors y esos compromisos a veces chocan con su salud. Mi papel es mirar por la salud de Carlos.
Carlos ha confesado muchas veces que abusa del móvil, un mal de estos tiempos. En su libro explica cómo combatir esa adicción.
Precisamente Carlos está ahora leyendo mi libro, tratamos de instaurarle el hábito de la lectura porque es un gran remedio. Él sabe que el robo del tiempo es tremendo y que el descanso es básico para el rendimiento. Son cosas a mejorar. Lo ideal es dejar de tocar el móvil dos o tres horas antes de dormir, aunque para los jóvenes eso es muy difícil porque la vida fluye por esa vía. Además la dopamina que generan los vídeos causa adicción. Pero Carlos sabe que eso es negativo y está cambiando el hábito.
Todo el equipo de Alcaraz es una piña, siempre van juntos, siempre se animan. Es inhabitual en el circuito.
Totalmente. Con Carlos todo es muy familiar, muy sencillo, es un buen chico, es divertido y hace que creas en el proyecto. Todos en el equipo remamos en la misma dirección, se nota la unidad. Además, todos estamos cediendo muchas cosas a favor de Carlos. Echamos mucho de menos a la familia, nos perdemos cosas en casa y estar juntos nos ayuda.
Cuentan que usted de joven se asomó al tenis profesional.
No, no, fui cabeza de ratón. Gané algún torneo a nivel de club, simplemente. En cuanto jugué dos previas de torneos future me dieron por todos los lados. Me lo pusieron fácil, me enviaron a estudiar.
«Me ha encantado escribir este libro. Espero que con el paso del tiempo todo se relativice y pueda decir más verdades», promete Juanjo Brau en su conversación con EL MUNDO.
¡Ay!, los fisioterapeutas. Nadie en el vestuario de un equipo sabe más que los fisioterapeutas -están con los jugadores cuando falta el entrenador y viceversa- y sin embargo nadie cuenta menos. Boca cerrada. Son una tumba. Sin embargo, con los años, algunos de ellos se abren a narrar lo vivido o, como mínimo, parte de ello. Después de salir del club, Brau, fisioterapeuta del Barcelona de Pep Guardiola, publica ahora su libro Lo que el fútbol no ve (Magazzini Salani) y en él desliza intimidades de aquella época dorada del club azulgrana. Por ejemplo, cuando tuvo que viajar a Costa Rica para asegurarse de que Leo Messi no jugara ni un minuto con Argentina en un amistoso. O cuando compró un pastel para obligar a Carles Puyol a celebrar un cumpleaños que el capitán había cancelado por un empate ante el Recreativo.
Asegura en el libro que en aquella época no hubo ninguna lucha de egos. Es difícil de creer.
De verdad que fue así. Por eso lo ganamos todo. Un equipo con peleas en el vestuario no gana nada. Había dos factores clave: todos asumían que Leo era el número uno y la mayoría venían de la base. Habían subido juntos y se conocían de sobra. Luego todo era más fácil porque aunque llegaran jugadores, como llegó Neymar, todos sabían a lo que venían.
Con esa generación, la de Messi o Piqué, comenzó en el fútbol base.
Después de Barcelona 1992 empecé a trabajar con la selección de waterpolo y de natación, pero cuando me llamó el Barça no lo dudé. Necesitaban un fisio para el fútbol base, porque entonces no había ninguno, y Guardiola, que me conoce porque somos del mismo pueblo, Santpedor, me recomendó. Recuerdo cuando llegó Messi, por ejemplo.
¿Qué recuerda?
Que toda la ropa le quedaba grande. Era muy pequeño, pero también muy robusto. Ya tenía una consistencia brutal en el tren inferior, no lo movías cuando cubría el balón. Y luego tenía un talento de la hostia, una capacidad cognitiva única. Veía el fútbol en cámara lenta, entre el estímulo y la respuesta no había tiempo. Veía lo que los demás jugadores no veían.
¿Por qué en el fútbol hay tanto secretismo con las lesiones?
No siempre es culpa del club. Un jugador puede pedir que no se hable de él y nadie debe hacerlo. El código deontológico ya lo establece: los datos médicos son propiedad del paciente. Cuando hay muchas bajas en un equipo siempre se culpa a médicos o fisioterapeutas y se montan teorías, pero las lesiones son multifactoriales. Es muy difícil establecer un motivo único de casos distintos. Lo que hay que analizar con más profundidad es cuando hay recaídas repetidas de lo mismo; ahí sí hay que buscar una causa.
¿Cuántas veces una sesión de gimnasio con el fisioterapeuta ocultaba una fiesta previa?
Se ha magnificado tanto al futbolista que no le aceptamos muchas cosas. Los jugadores no dejan de ser chavales jóvenes y algunos salen más que otros. Decir que un jugador se quedaba en el gimnasio era una manera de no dar cierta información, pero tampoco era tan relevante. Al día siguiente entrenaba y ya.
¿Cuál fue el jugador más fuerte físicamente con el que trabajó?
Te voy a sorprender: Piqué. Hacía bandera de no pisar el gimnasio, pero era una bestia físicamente. Luego Puyol era todo ímpetu, el punto de honor, lo máximo. Y también Mascherano, Luis Suárez, Eto'o... He tenido bastantes jugadores fuertes.
¿Por qué se marchó del Barça?
Vino Xavi [Hernández] con su equipo y me dijo que éramos incompatibles. Mis dos últimos años en el club fueron muy caóticos [las etapas de Setién y Koeman] y tuve que asumir más responsabilidades de las que me tocaban. El problema era que veía lo que iba a pasar, veía que habría lesiones, y no tenía herramientas para evitarlo, no me escuchaban. Eso te pasa factura. Salí y me liberé.
¿A qué se dedica ahora?
Sigo viendo jugadores de manera externa. Tengo una clínica en Manresa, junto con el doctor [Jordi] Puigdellívol, traumatólogo del Barça de básquet. Doy conferencias y clases.