En mitad del canal de Vaires-sur-Marne, un montón de hombres fortísimos sobre sus kayaks, nerviosos, casi temblando mirando a la pantalla. “¿Bronce, Marcus?¿Bronce?”, preguntaba el joven AdriándelRío y MarcusCooper, su compañero, el abanderado español en estos Juegos de París, evitaba la respuesta: “No sé, no sé, Adri”. El día anterior la foto finish había otorgado el bronce al C2-500 de JoanAntoniMoreno y DiegoDomínguez pero esta vez no pudo ser.
Cooper y Del Río acabaron cuartos en el K2-500 a sólo nueve centésimas del bronce, de la pareja australiana formada por Jean VanderWesthuyzen y TomGreen, e incluso a sólo 23 centésimas de la plata, del dúo húngaro formado por BenceNadas y SandorTotka, los vigentes plusmarquistas del mundo. Cooper estuvo muy cerca de completar un doblete de medallas, pero se le escapó al final por un suspiro.
“Joder, hemos estado cerca. Da la sensación de que, cuanto más cerca estás, más te duele, pero no es así. No es dolor lo que sentimos. Hemos competido muy bien, hemos seguido nuestra estrategia y hemos acabado cuartos, ya está. Nuestra idea era mantener nuestro ritmo, muy acoplados y luego ir superando a rivales a los que les afectara más el viento. Ha sido así, pero nos hemos quedado cerca al final”, analizaba Cooper, con sus tres medallas olímpicas: el oro de los Juegos de Río, la plata de los Juegos de Tokio y el bronce conseguido este jueves en el K4-500.
“Al acabar Adrián me preguntaba y yo ya me temía que habíamos sido cuartos. Pero bueno hasta que no vimos la pantalla no podíamos estar seguros. A veces en esas últimas palada, esos últimos metros, te metes, te metes, pipipipí, y acabas con la medalla”, añadía el piragüista de 29 años, que en esta cita olímpica había cambiado su papel.
Maestro y alumno
Cooper, que fue alumno de SaúlCraviotto, todavía compañero suyo en el K4-500, ahora es maestro de un Del Río que a sus 21 años también apunta a la gloria. Madrileño, formado en el Club de Piragüismo de Aranjuez, siempre estuvo entre los mejores juniors y juveniles, aunque hace no tanto dejó el piragüismo. En 2020, harto de que los resultados no salieran, abandonó el equipo junior y sus concentraciones para volver a su casa y empezar sus estudios de Psicología.
Del kayak no se puede vivir, sólo hacen muy pocos. Pero llegó la pandemia, se suspendieron las clases, y empezó a anhelar dar paladas. Después de pensarlo mucho volvió. Y en un par de años estaba compartiendo equipo con Cooper en el Centro de Alto Rendimiento de Trasona, en Asturias, y colgándose un bronce junto a él en el Mundial de Duisburgo 2023. En estos Juegos de Río se imaginaban juntos en el podio, pero al final, pese a la remontada, no pudo ser por nueve centésimas.
En la biografía de Carlos Alcaraz queda un capítulo por explicar. Su idilio con el tenis se ha narrado muchas veces: del niño que jugueteaba con la raqueta todo el día por las pistas de la Real Sociedad Club de Campo de Murcia al adolescente que asombró al mundo. Su ascenso siempre se narra directo, sin paradas, de la infancia al éxito. Pero no fue así. Durante unos meses, Alcaraz quiso dejar el tenis y dedicarse a otro deporte.
Lo recuerda Alfredo Sarriá, entrenador y coordinador de su club, ahora rebautizado como Carlos Alcaraz Academy: "Carlos tenía 13 años, cambió de categoría, se quedó sin grupo de entrenamiento y en muchas clases estaba solo. Estuvo una temporada así. Al mismo tiempo había empezado a jugar al fútbol sala, era el pichichi del equipo y los compañeros de la escuela le iban a animar. Recuerdo que decía: ‘Quiero dejar el tenis y pasarme al fútbol sala. Aquí ganó un punto, miro alrededor y no hay nadie. En el fútbol sala estoy con mis amigos’. Por suerte, su padre le animó a seguir y, bueno, el resto es historia".
Las dudas de adolescencia de Alcaraz hoy no son más que una anécdota, pero demuestran una máxima: necesita estar arropado. Más allá de lo tenístico, que revalide su título de Roland Garros, el Grand Slam en el que debuta este lunes ante Giulio Zeppieri, depende de que sienta el amor de los suyos. En un circuito repleto de jugadores que viven en Montecarlo o Dubai y viajan con sus entrenadores y, como mucho, sus parejas, Alcaraz todavía reside en El Palmar y moviliza a todo su entorno para los torneos.
Un paseo por Roma
Su hermano Álvaro es su sparring; su amigo íntimo Fran Rubio se ha incorporado este curso a su equipo como fisioterapeuta; sus padres no fallan en su palco; y en las gradas, siempre que pueden, animan sus colegas. Estuvieron muchos en Barcelona, donde fueron los más ruidosos, otros pocos en Montecarlo y estarán todos los que puedan en la Philippe Chatrier si todo va bien. En su entorno aseguran que su reivindicación en el documental de Netflix ‘A mi manera’ se entendió mal: no eran ganas de fiesta, eran ganas de seguir en su mundo. El tenis le exige una vida solitaria, pero él se resiste. Más importantes que las noches en Ibiza, eran las mañanas en el piso de sus padres, donde todavía duerme, aunque se ha comprado una casa cerca. "Nunca se sabe qué pasa en el futuro, pero a corto plazo es imposible que se vaya a vivir a otro sitio", comentan. La semana pasada en el Masters 1000 de Roma, de hecho, una de las cosas que más disfrutó Alcaraz fueron sus visitas al Coliseo y la Fontana di Trevi junto a dos amigos.
Roberto RamacciaEFE
"Los tenistas se acostumbran a viajar desde pequeños y algunos generan pronto un desapego, pero Carlos siempre ha necesitado ese vínculo con los suyos. Cuando estaba fuera, llamaba a familiares y amigos cada día. Tuvimos que trabajar su marcha a Villena para entrenar con Ferrero como una renuncia personal, aunque no dudó en hacerlo", analiza Josefina Cutillas, psicóloga deportiva de Alcaraz durante su adolescencia en Murcia, que añade: "Ha humanizado el deporte de élite. Tiene muchas cosas a su alcance, pero sabe que su felicidad no está en otro sitio que con su gente".
El mismo peluquero de siempre
Esta misma semana, Alcaraz ha pasado un par de días en El Palmar, lunes y martes, donde apenas tuvo tiempo de nada. Ni tan siquiera sacó un hueco para cortarse el pelo. En algunos hoteles caros en los que se hospeda e incluso en torneos como Wimbledon, el actual número dos del mundo cuenta con servicio de peluquería, pero él sigue recurriendo a un vecino, Víctor Martínez, al que conoce desde hace años. "No es mi cliente, es mi amigo. Voy a su casa a cortarle y también a sus hermanos Álvaro y Jaime. Iba a ir al Mutua de Madrid, pero como al final no jugó hubo que esperar. Por eso en Roma llevaba el pelo tan largo. Nos veremos cuando vuelva de París", cuenta Martínez que empezó con la estética masculina como hobby cuando trabajaba en El Pozo.
CHRISTOPHE PETIT TESSONEFE
"A veces le da por raparse y antes me pedía más degradados, pero en el tenis se llevan cortes más clásicos. En el fútbol es lo más normal, pero en el tenis queda agresivo", analiza quien ha podido ver en directo a Alcaraz en varias ocasiones, como en una Copa Davis. Cuando recibe visitas así, el tenista suele seguir una tradición: él pone las entradas, claro, pero también invita a la cena.
Carlitos, Carlico o Charly
"Carlos siempre va a jugar muy bien en Barcelona y en Madrid porque allí siempre tiene a muchos amigos en las gradas. En otros torneos es más difícil, en Roland Garros se intenta, pero escuchar a los suyos en casa le da un punto más de motivación. Sabe que piden permisos en el trabajo, que se pegan una paliza en coche, que se pagan el hotel y él responde", proclama Sarriá y concluye con una cuestión esencial que flota alrededor de Alcaraz y su gente: ¿Cómo le llaman?
De toda la vida, en su casa le han llamado Carlitos para diferenciarlo de su padre, pero últimamente los amigos le animan a base de gritos de "¡Vamos, Charly!". Por Carlitos responde -así todavía le reclaman muchos-, pero él mismo se autoproclama Charly cuando se anima en voz alta. "Lo de Charly se lo pusieron en Villena cuando se fue a entrenar con Ferrero y muchos amigos le llaman así ahora. En su casa siempre era Carlitos, o mejor dicho 'Carlico', que eso de Carlitos es muy fino para lo que hablamos nosotros en Murcia", concluye el coordinador de la Carlos Alcaraz Academy sobre el jugador que a partir de este lunes buscará su segundo Roland Garros consecutivo.
Una canasta, muchas canastas, y un rebote, y otro, ahora un tapón, y un triple e incluso hasta algún mate porque ya lleva dos esta temporada: Mariam Coulibaly está imparable. En la actual Liga Femenina es la máxima anotadora con muchísima diferencia -23,1 puntos-, la máxima reboteadora con mucha diferencia -10,5 rebotes- y casi siempre la mejor jugadora de la jornada. Si sigue igual, referente de un Joventut de Badalona en playoffs, este año no sólo será MVP, también superará los registros de estrellas como Sancho Lyttle o Astou Ndour. Pero pocos conocen la historia que calla entre felicitaciones y elogios. Hace apenas un año, Coulibaly, jugadora de 27 años nacida en Mali, había dejado el baloncesto y lloraba una dura pérdida personal.
¿Qué ocurrió?
Quería ser madre y decidí aparcar mi carrera un tiempo. Necesitaba un tratamiento de fertilidad, mi pareja vive en Mali y era complicado que viniera a España, así que decidimos hacerlo en Túnez. Allí es más sencillo y hay buenos centros médicos. Me quedé embarazada, pero al final no salió bien. Perdí al bebé. Me marché a Mali y, la verdad, durante un tiempo pensaba que no volvería a jugar. No quería.
El baloncesto era lo de menos.
La verdad es que sí. Además gané mucho peso, unos 30 kilos, y sabía que necesitaría mucho, mucho trabajo para volver a jugar. Pero después fue una manera de ocupar el tiempo. Allí en Mali empecé a entrenar con mis hermanos, a ir al gimnasio, a ponerme en forma, y en primavera me llamó Miqui [Miquel Calderón], que había sido mi entrenador en el Sant Adrià y ahora está conmigo en el Joventut. Me preguntó por cómo me encontraba y me dijo que la Penya necesitaba a una pivot si yo quería volver a jugar.
¿Ha cambiado como jugadora?
Ahora me noto mucho más fuerte. Siento que no me pueden parar, estoy poniendo toda mi fuerza en el baloncesto. Vine a España pronto, empecé la pretemporada un mes y medio antes que el resto y me centré mucho en mejorar mi juego. Después de lo que ocurrió, quiero ver hasta donde llega mi carrera. Mi familia me ayuda mucho, siento su apoyo en todo momento.
David RamírezAraba
Coulibaly, de Bamako, empezó a jugar a baloncesto siguiendo los pasos de su hermana mayor, Naignouma, ex del Spar Girona, y destacó por primera vez en el Mundial sub-17 de 2014, donde se enfrentó a la Estados Unidos de Katie Lou Samuelson. A los 18 años, a través del representante de su hermana, consiguió una prueba en el Spar Gran Canaria y así empezó una carrera en equipos modestos de la liga. Hace tres años, en el IDK Euskotren de San Sebastián debutó en playoff de la Liga Femenina y se asomó entre las mejor valoradas, pero fue entonces cuando decidió dejarlo para ser madre.
"Cuando llegué a los 30 lo volveré a intentar"
«Mi hermana Naignouma se había quedado embarazada y yo quería también quería ser madre, así que pensé que era el momento», recuerda en conversación con EL MUNDO en el centro de la pista del Palau Olímpic de Badalona, donde ahora es ídolo. El año pasado el Joventut logró por primera vez un ascenso a Liga Femenina y este curso Coulibaly -junto a su compatriota Gnere Dembele, también interior- ha hecho que el equipo se mantenga lejos del descenso, ahora mismo octavo en la clasificación. «Vienen a vernos muchas niñas y eso me gusta», admite.
David RamírezAraba
¿Cómo de aceptado está en Mali ser jugadora de baloncesto?
Ahora no hay problema. Cuando yo era niña había mucha gente que decía que no podía jugar, que era para los niños, pero ahora eso va desapareciendo. Yo tuve la suerte de que mis padres eran deportistas y querían que yo hiciera deporte. Además mi hermana me abrió el camino. Ahora ha fichado por el Cadí La Seu, vuelve después de ser madre, y tengo ganas de jugar contra ella [lo hará el próximo 19 de febrero]. Nunca hemos jugado en el mismo equipo, siempre hemos sido rivales.
¿Ya le han llamado clubes más grandes, incluso de Euroliga, para la próxima temporada?
Hay equipos interesados en mi futuro, pero quiero concentrarme en esta temporada. En verano ya veré. Ni yo me esperaba los números que estoy haciendo, ahora pienso que soy la mejor, pero no quiero precipitarme. Me gustaría jugar playoffs con el Joventut y que nos clasificamos para la Eurocup.
¿Y la selección española?
La verdad es que no sé cómo funciona ahora mismo. Cuando tenía 18 o 19 años y empezaba a jugar en Gran Canaria, pregunté si podía jugar con la selección española y me dijeron que no porque ya había disputado un Mundial sub-17 con Mali. Ahora no sé cómo está el reglamento, si es posible cambiar o no. Nadie me ha preguntado.
¿Le gustaría volver a intentar quedarse embaraza pronto?
Lo haré, sí. Cuando mi embarazo no salió adelante, mi familia me hizo ver que aún era muy joven y que podría volver a intentarlo más adelante. Ahora quiero centrarme en jugar, en mi carrera en el baloncesto, y cuando llegue a los 30 años lo volveré a intentar.
Hay días en los que dar un paso atrás es un acierto; el cementerio está lleno de valientes. Carlos Alcaraz lo entendió este martes ante un gigantesco Taylor Fritz, en su mejor versión de siempre: un tenista superlativo que le tumbó desde la defensa. Cuando su rival sacaba, él se alejaba de la pista hasta casi salir de la misma y así le obligaba a pensar. Empotrado contra las vallas del fondo, encontró el camino al éxito. Una arriesgada estrategia conservadora acabó en su victoria por 6-7(2), 7-5 y 6-3 en el segundo partido de la fase de grupos de las ATP Finals, y en su clasificación virtual para las semifinales del torneo.
El próximo jueves, si vence a Lorenzo Musetti, no sólo pasará como primero de grupo —y así presumiblemente evitará a Jannik Sinner—, sino que también se asegurará el número uno hasta final de año. El triunfo de Alcaraz fue una demostración de su versatilidad y de que, aunque los resultados no le han acompañado en superficies duras bajo techo, también puede ser campeón. ¿Hay que aguantar un bombardeo? Se aguanta.
Si este Fritz no le venció este martes, no le vencerá nunca. Si este Fritz no le venció este martes, sólo Sinner es candidato a hacerlo. Si este Fritz no le venció este martes, Alcaraz puede ganar la antigua Copa de Maestros todas las veces que haga falta. Siempre agresivo, divertido, jugón, su cambio de táctica a mitad de partido para ponerse a la defensiva debe considerarse una virtud. Otras veces se perdió en el intercambio de golpes, en la tozudez, en sus errores; esta vez, no. En las casi tres horas de juego hubo dos partes diferenciadas: cuando Alcaraz quiso mandar y cuando quiso ganar.
Ni un golpe sin respuesta
En el quinto juego del segundo set, con 2-2 en el marcador, cambió todo. Hasta ese momento Fritz había dominado con su derecha y Alcaraz andaba perdido. No le funcionaba la táctica de otros días ante el estadounidense, como en la reciente final del ATP 500 de Tokio. En ocasiones anteriores bastó con moverle, llevarle de un lado a otro, hacerle dejadas, marearle, pero este martes no era suficiente. Más rápido que nunca, Fritz llegaba a todo y, además, lo hacía con acierto. En la red no siempre tomaba la mejor decisión —su punto débil—, pero al final no fallaba.
Con sus golpes y su velocidad de piernas, era un rival de verdad, una amenaza auténtica. En el tie-break del primer set, de hecho, Alcaraz tuvo poco que hacer. Pero fue ahí, en ese quinto juego del segundo set, cuando decidió cambiar. Para evitar el break se tiró quince minutos en la pista, mientras Fritz solventaba el siguiente juego con cuatro saques demoledores. Y el español se echó atrás. Se acabó lo de jugar de tú a tú: poner tanto el cuerpo era una tontería.
Alcaraz le entregó la iniciativa a Fritz. Si quería derrotarle, tendría que hacerlo él, punto a punto, a base de ganadores. Con mucha confianza en su físico, el número uno decidió devolver todas las pelotas, pasar, pasar y volver a pasar; y así desmontó a su adversario. Con toda la pista para él, Fritz empezó a errar, a perder la confianza y, en definitiva, a perder.
"Estoy muy feliz, he sabido remontar y encontrar mi buen tenis. Ha habido un momento en el que estaba muy cansado y no sabía qué tenía que hacer. Taylor estaba sacando muy bien, jugando muy bien. Solo podía aprovechar las oportunidades que me daba. Ha sido un nivel alto, físicamente; y creo que la gente se ha divertido", resumió Alcaraz al final del encuentro, tan exhausto como orgulloso.