Enrique Llopis tras imponerse en la final del World Indoor Tour in Karlsruhe.Redes Sociales
El atletismo, en sus distintos escenarios y modalidades, no se detiene nunca. Empieza en primavera, alcanza la cumbre en verano y se reengancha en otoño e invierno con el campo a través, que enlaza con la pista cubierta. Ésta, cuando expira, le da la
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"La commedia è finita". El Giro dictó su sentencia definitiva, resumen de las parciales. A falta de la última etapa, un paseo, un desfile de honor, de Roma a Roma, la carrera coronó a Tadej Pogacar. Un jalón más en su camino tras la estela de Hinault y Merckx, sus modelos a imitar, sus referentes a perseguir.
Pogacar ganó su sexta etapa tras un trabajo de progresiva demolición de su equipo, el UAE, en una de las mayores demostraciones de potencia colectiva que cabe contemplar. Toda la etapa fue una intensa espera hasta el momento de afrontar la segunda ascensión al Monte Grappa, 18 kilómetros al 8% de media y picos del 15% y el 17%. Una subida tendida, que iba matando despacio, como un veneno paciente, ingerido a pequeñas dosis.
La escapada precoz del día corrió a cargo, bajo la lluvia, de Davide Ballerini y Lorenzo Germani. Se les unieron poco después nueve hombres, entre ellos Andrea Vendrame (el vencedor del viernes) Rubén Fernández y, en su enésima demostración de fuerza y ganas, Pelayo Sánchez. Hicieron camino hasta que, de pronto, abruptamente, se irguió ante ellos el Grappa. Para entonces ya lucía el sol.
En el grupo de delante y en el pelotón trasero, el coloso fue depurando la carrera, preparándola para el segundo y crucial asalto. Lo afrontaron en cabeza Pelayo, Jimmy Janssens y Giulio Pellizzari, que habían dejado a sus exhaustos compañeros de fatigas. La carrera empezó de nuevo cuando Janssens se rindió y Pelayo, que no se rinde nunca, no dio, sin embargo, más de sí. Pellizzari echó a volar, estableciendo una pugna entre él y el resto del mundo, representado por el UAE, que mantenía con la lengua fuera a los restos del pelotón.
Uno tras otro, los hombres de blanco se fueron inmolando al servicio del de rosa. Cuando Majka, el último escudero del rey, expiró, el ángel, el demonio esloveno desplegó, a 5,4 km. de la cumbre, sus alas, a la vez que las de Pellizzari, héroe de 20 años, empezaban a encoger.
Pogacar se lo tragó en cuatro pedaladas y lo abandonó a su suerte en tierra de nadie. Pero el chaval se agarró como una lapa al grupo de quienes peleaban por el podio, disputándose entre ellos los restos del manjar, mientras Pogacar cubría en imperial soledad los 30 km. que quedaban para la meta.
Este Giro ha sido el de un hombre aislado, acompañado solamente por su propia grandeza. Tras él, a un mundo de gestas y minutos, un bloque numeroso de corredores indefinidos. En cierto modo, calcinados por la luz del vencedor, no han existido.
El Comité Olímpico Internacional (COI) ha efectuado muchas votaciones en una. Y todas históricas. Ha votado uniformidad (49 sufragios, la mínima, pero suficiente, mayoría absoluta). Ha votado rapidez para dejar clara la dirección de la papeleta (elección en primera ronda). Ha votado juventud y, por lo tanto, futuro y estabilidad (Kirsty Coventry tiene 41 años y, antes de los 70, edad límite para el desempeño del cargo, podrá cumplir los ocho años de mandato, más, llegado el caso, una legal prórroga de cuatro).
Ha votado mujer, la primera en 131 años de historia. Mujer. No feminismo, en el sentido rabiosamente beligerante que le dan por aquí; y ya veremos si alguna de nuestras voces políticas más conspicuas al respecto, entre ellas la de la ministra de Deportes, se congratula del hecho. Seguramente no, porque Coventry es africana, sí, y ese aspecto se ha resaltado. De Zimbabue, por añadidura. Pero blanca y rubia en un país con el 98,8% de población negra. Así que, es probable que sea señalada como representante de la minoría privilegiada que mantiene en toda clase de precariedades al resto de la ciudadanía de su país. Además, de formación universitaria estadounidense, Coventry formará presumiblemente con Donald Trump, anfitrión en Los Angeles de los Juegos 2028, una entente cordial en un novedoso y turbulento contexto geopolítico.
El COI ha votado también excelencia deportiva individual en la natación, uno de los tres deportes reyes de los Juegos (Coventry, 1,80 de excepcional espaldista, reúne siete medallas olímpicas, dos de ellas de oro. Thomas Bach, el primer presidente campeón olímpico, fue oro en esgrima por equipos).
El COI ha votado, en definitiva, modernidad en una especie de consciente y loable inmolación. Si bien el organismo ya no es el cuerpo anquilosado, geriátrico y masculino de antaño, la elección de Coventry precipita los plazos que conducirán a los cambios. De algún modo, y con cierto retraso, porque los tiempos cambian a tenor de los acontecimientos y no de los calendarios, el siglo XXI olímpico empieza con esta presidencia revolucionaria que transforma, para reforzarlo, el olimpismo.
Coventry era la apuesta de Bach, el hombre que ha nombrado a más del 70% de miembros de la Asamblea y elevado en ella hasta el 44% el número de mujeres. Ése es su mayor legado. Actual y, a la vez, póstumo.
Olvidémonos de Eddy Merckx. La verdadera unidad actual de medida de Tadej Pogacar (26 años) es Bernard Hinault. Los tiempos son siempre distintos, ya se sabe. Pero de algún modo hay que establecer las comparaciones. Y, después de todo, el programa y el calendario son básicamente los mismos. Y todos los ciclistas, los de ahora y los de siempre, tienen un corazón, dos pulmones, dos piernas y deben dar pedales encima de la mejor bicicleta del momento.
Incluso así, es difícil llegar a conclusiones absolutas. Las relativas son admisibles como tabla de cálculo. Fechas por fechas, existen matices. Merckx nació en junio de 1945. La temporada de sus 26 años pillaba a caballo entre dos saltos temporales. Hinault es de noviembre de 1954. Hacía toda la campaña con la misma edad. Pogacar acaba de cumplir, el 21 de septiembre, 26 años. Es decir, ha hecho casi todo el curso con 25. Pero ya con los 26 ganó el Mundial, el Giro de Emilia y el Giro de Lombardía.
Por lo tanto, para no complicar en exceso el cotejo por unos meses más o menos, para concretar, pensemos en un Merckx de 26 años en 1971. En un Hinault de esa misma edad en 1981. Y en el Pogacar de 2024. Para centrar, acotándolas, las comparaciones debemos referirnos a las cumbres referenciales de las carreras ciclistas: las tres grandes rondas, los cinco Monumentos y el Mundial.
A sus 26 celebrados años, Pogacar lleva 88 triunfos, entre ellos hay cuatro grandes rondas, siete Monumentos y un Mundial. A esa edad, Hinault acumulaba 85 (tres menos que Pogacar), cinco grandes rondas (una más), cuatro Monumentos (tres menos) y un Mundial (empate). Trayectorias, en conjunto, parejas, homologables. Parece claro que Hinault es el hombre a batir por Pogacar en el futuro. Obviamente, no será fácil. Pero el esloveno se halla en disposición de superar las 10 grandes rondas del francés.
Pogacar y Eddie Merckx.MUNDO
No así en lo referente a Eddy Merckx, que a los 26 años había ganado, en la más comedida de las distintas estimaciones, 119 carreras, en las cuales figuraban cinco grandes rondas, 10 Monumentos y dos Mundiales. Acabará su trayectoria con 11 grandes rondas, 19 Monumentos y tres Mundiales.
Pogacar, por mucho que se apresure, no tiene tiempo material para superar semejante palmarés. Es verdad que ha hecho cosas inéditas, como ganar un Mundial escapándose a 100 kms. de la llegada y ganar en la misma temporada el Tour, el Giro, el Mundial y un par de Monumentos. Pero todos los grandes han protagonizado hazañas exclusivas. Hinault (dejemos aparte a Merckx), sin ir más lejos, otro gigante habitualmente solitario, ganó en Lieja en 1980 tras 80 kms. de escapada bajo un temporal de nieve y temperaturas bajo cero que hizo que llegasen a la meta sólo 21 hombres de los 174 que partieron. Dejó al segundo, Hennie Kuiper, a 9.24.
Merckx, critériums aparte, y arrollador en el campo amateur, obtuvo profesionalmente, según diversas fuentes que quizás añaden otro tipo de galardones e incluso el récord de la hora, 286 o 249 victorias. En la cifra más restrictiva, 220. Hinault, que es quien realmente nos incumbe, y por las mismas razones, 146 o 136. A Merckx, suprema jerarquía, ni siquiera se le acercan no sólo Hinault, sino los sprinters y/o los rodadores, que acumulan numerosos éxitos parciales en las pruebas por etapas o de un día. Ni Mario Cipollini, ni Roger de Vlaeminck, ni Rik van Looy, ni André Greipel, ni Alessando Petacchi, ni Freddy Maertens, ni Mark Cavendish. Ni, con virtudes complementarias, Sean Kelly, Francesco Moser, Laurent Jalabert o Giuseppe Saronni. Ni, entre nosotros, Alejandro Valverde.
Pogacar no está «en la estela de Merckx», sino en la de Hinault, que se interpone entre ambos. Es probable, pero no seguro, que Pogacar alcance a Hinault. Es prácticamente imposible que se eleve por encima de Merckx. Pese a ello, estamos ante un campeón no de época, sino de épocas. En averiguar cuáles son sus límites reside el mayor atractivo del ciclismo actual.