El ex futbolista británico Danny Murphy, de 47 años, ha desvelado que se volvió adicto a la cocaína cuando finalizó su carrera como jugador.
El ex internacional inglés conquistó con el Liverpool una FA Cup, una Copa de la Liga y una Uefa, se retiró en 2013 tras haber pasado por el Charlton, el Tottenham, el Fulham y el Blackburn Rovers.
Murphy se ha convertido en comentarista de televisión y trabaja para BBC Sport y otros medios.
“Cuando juegas al fútbol, la adrenalina te mantiene con visión de futuro y energía, pero cuando no hay fútbol los problemas se vuelven enorme”, asegura Murphy en el podcast de Ben Heath.
“Tuve un hechizo con la cocaína y fumé marihuana“, afirma el ex jugador, que reconoce haber sido adicto a esa droga. “Durante un tiempo lo fui. Llegué al punto de pensar que no podía hacer cosas sin ella. Lo cual era una tontería, por supuesto que podía”, continúa, según recoge la BBC.
“Al principio lo manejas, puedes hacerlo una vez a la semana, dos veces a la semana, incluso un tercer día adicional. Con el tiempo, se acumula y se apodera de ti”, confiesa Murphy.
El comentarista admite que recibió terapia para solucionar sus problemas y que después de un año “en un mundo de dolor” tras retirarse, sintió un “deseo de ser mejor que no tenía antes”.
Los insultos "racistas" y "gravemente vejatorios" que Vinicius recibió de forma reiterada en el estadio palmesano de Son Moix, proferidos desde la grada por un joven aficionado mallorquín de 22 años, "afectaron a su integridad y a su dignidad". Y por tanto constituyeron delito.
Además, y a pesar de las coartadas iniciales que esgrimió el autor de los insultos, fueron dirigidos contra el jugador del Real Madrid "por motivo del color de su piel negro". Y no por su actuación dentro del terreno de juego, como llegó a alegar el acusado, que le llamó "puto mono" en varias ocasiones a gritos, siendo sus improperios captados por las cámaras de televisión y luego ampliamente difundidos.
Así lo concluye de forma literal y expresa la sentencia recién dictada por el Juzgado de Instrucción número 3 de Palma que condena al autor de los insultos racistas, S. E., a una pena de un año de prisión.
Para saber más
La resolución judicial, a la que ha tenido acceso EL MUNDO, castiga al autor de los insultos por dos delitos contra la integridad moral con el agravante de motivación racista. No le impone indemnización, ya que el jugador de fútbol renunció expresamente a ella.
La magistrada Carmen Caminals no sólo le condena por los hechos cometidos el 5 de febrero de 2023 contra el extremo del club de fútbol madrileño durante el partido que el equipo merengue disputó contra el RCD Mallorca, que colaboró desde el primer momento con las autoridades policiales.
Sino que también le condena por la actitud reincidente del mismo sujeto, que apenas trece días después, el 18 de febrero, en otro partido de Liga, insultó también al jugador del Villarreal Samu Chukweze, al que llamó "negro de mierda" y "puto negro" y contra el que realizó "gestos racistas", según considera acreditado la sentencia.
El joven, que no tenía antecedentes antideportivos, se derrumbó en su declaración judicial, mostrándose arrepentido y envió incluso una carta al jugador del Real Madrid pidiendo disculpas. Cuando declaró ante la juez llegó a decir que siente admiración hacia el futbolista brasileño y negó ser racista, atribuyéndolo al contexto del estadio.
La pena de cárcel no implica cumplimiento obligatorio al ser el castigo menor de dos años. La propia sentencia, que es ya firme y no será recurrida, recoge la suspensión de la condena siempre que el acusado no se aproxime a menos de 50 metros de un estadio durante tres años y "realice un curso en materia de igualdad y no discriminación".
Hubo otras desconexiones, pero ahora, en estos precisos momentos, el peligro para Carlos Alcaraz es alto. De repente, adiós. La mente del español salió de la Philippe Chatrier, concedió un set a su rival en segunda ronda de Roland Garros, el holandés Jesper de Jong, y le colocó ante una posible eliminación. ¿Por qué? Imposible de adivinar, incluso de analizar. Pero en encuentros posteriores tendrá que evitar que vuelva a ocurrir. Porque Alcaraz regresó al partido y ganó por 6-3, 6-4, 2-6 y 6-2 en poco más de tres horas, pero se quedó con malas sensaciones. De una victoria plácida, agradable, incluso reparadora a una victoria rara.
En tercera ronda, ante el vencedor del duelo entre Sebastian Korda y Soon-Woo Kwon, el ahora tercer clasificado del ranking ATP deberá resolver si fue sólo un despiste o una rémora para su futuro. Su celebración al acabar lo decía todo: un resoplido y un brazo al aire tímido, mucho más tímido que de costumbre.
Y esto que hasta ese momento, hasta esa ruptura, la jornada había sido realmente buena para él. Especialmente para su derecha. Si en primera ronda ante el peculiar J.J. Wolf, Alcaraz tiró de inteligencia y oficio para golpear al máximo sólo "unas cuantas bolas", como admitió al finalizar, ante De Jong soltó valiente el drive. Volvió a sacudir la bola, a empujarla, a acelerarla, a empotrarla contra el muro del rival a toda velocidad. Dos meses después de la aparición del dolor, el español parece haberlo olvidado. Ahora es cuestión de volver a coger ritmo.
"Si no estás concentrado..."
Con las facultades recobradas, a Alcaraz se le notaron las semanas de inactividad, la falta incluso de entrenamientos. Si algo falló, falló la puntería. Está fresco, agresivo en el saque, acertado con el revés, pero la bola se le suele marchar unos centímetros más allá. Antes de su desconexión ya había cometido más errores no forzados de lo normal (acabó con 47, por 35 winners), principalmente con su drive, asunto peliagudo. Como ante Wolf, perdió su primer servicio y remató rápido el primer set, pero en el segundo set tuvo que sudar. Con 4-4 en el marcador, salvó una opción de rotura y pareció encarrilar su pase. Luego llegó su salida del partido y su necesario regreso.
De Jong también mereció mérito. Procedente del torneo clasificatorio, con un ranking muy bajo -es el 176 del mundo-, el holandés demostró un nivel muy superior al que la lista le otorga. ¿Cómo es posible que sólo haya ganado dos partidos ATP en su vida y uno fuera el pasado domingo? Su juego es interesante y su golpeo, potente. De alguna manera, De Jong ofreció un tenis parecido al tenis de Alcaraz, aunque sin su velocidad y sus recursos.
Con su derecha dominó muchos puntos y fue capaz de castigar al español con sus dejadas. "Ha estado mejor en las dejadas que yo", reconoció a Alcaraz que agradeció al público francés su apoyo para "olvidar ese tercer set". "Si no estás concentrado en cada set, en cada juego, en cada punto cualquiera puede hacerte daño", concluyó el español antes de marcharse. El próximo viernes, en tercera ronda, deberá revelar si lo ocurrido fue un accidente o una autentico motivo de preocupación.
Su último Grand Slam (Roland Garros 2022) lo firmó con 36 años, una edad no sólo prohibitiva para cualquier tenista, sino para los más grandes de la historia. Para entonces, Rafa Nadal ya sólo competía por la eternidad. Este jueves 10 de octubre de 2024 se cierra la puerta definitivamente para alguien cuya fiereza competitiva y constancia en el trabajo guardan evidentes semejanzas con las de Michael Jordan, Muhammad Ali, Eddy Merckx o Michael Phelps, abocados por diferentes razones a un adiós más temprano. En el olimpo de los grandes deportistas de la historia está él. Sin duda.
Mucho se ha escrito sobre los rituales de Nadal con las botellas de agua, la cinta del pelo o las líneas de la pista. Una conducta, al borde del trastorno obsesivo compulsivo, que le emparenta con Michael Jordan, acostumbrado a repetir, casi enfermizamente, el mismo patrón. Un café antes de vestirse, un chicle, sus shorts de North Carolina por debajo de los calzones, la milimétrica alineación de los cordones de sus zapatillas, siempre nuevas cada noche, las protecciones en el codo y el gemelo izquierdo... Y el grito de guerra, tras salir el último a la pista: "What time is it? Game time!" Con la victoria resuelta, solía disfrutar del último cuarto desde el banquillo, con hielo en las rodillas.
Vídeo completo de Rafa Nadal anunciando retirada del tenis profesional
"Su cabeza era como una biblioteca infinita de imágenes, momentos y jugadas. Recordaba cada acción y cómo había respondido a ella. Sabía cómo prepararse para lo que le esperaba", proclamó Tim Grover, su preparador físico, como si hablara del tenista de Manacor. Y lo que aguardaba a Jordan en la temporada de su adiós suponía un desafío superlativo. Las lesiones de Scottie Pippen y Steve Kerr le obligaron a disputar una media de 39 minutos durante 103 partidos. En febrero de 1998 había cumplido 35 años.
No se puede entender ese último tiro en el Delta Center, para el sexto anillo, sin las miles de horas junto a Grover, que se personaba en su mansión de Highland Park, entre las cinco y las siete de la mañana. "A veces, cuando llegaba, él ya había empezado y yo miraba el reloj, como si me hubiese equivocado de hora", contaba el fisio. Jordan le había dado un mes de prueba y su relación duró 15 años. "Cuando se retiró, me dijo: 'Si vuelvo a verte por mi barrio, te pego un tiro".
Ali: "Lo odio, pero lo soporto"
Al volante de un destartalado coche, Gene Kilroy y Bundini Brown recorrían las colinas de Deer Lake (Pensilvania) insuflando ánimo a un campeón en horas bajas. Era el verano de 1978 y Muhammad Ali sudaba la gota gorda para eliminar esas bolsas de grasa que tanto llamaron la atención en febrero, durante su pelea ante Leon Spinks. "Me arde el pecho, tengo la garganta seca, siento que me voy a desmayar. Mi cuerpo me pide que pare, pero me obligo a seguir corriendo. Me duele todo. Lo odio, pero lo soporto porque sé que tengo que sufrir. Sólo unas semanas más de dolor para vivir bien el resto de mi vida", admitió The Greatest. Quería acabar con aquel desconocido que, con las apuestas 15-1, le había arrebatado sus cinturones del Consejo y la Asociación Mundial.
La pésima preparación de Ali en Miami Beach había desencadenado una de las derrotas más sonadas en la historia del boxeo. Rodeado de un séquito de aduladores, el coloso que mandó a la a lona a Sonny Liston, George Foreman o Joe Frazier ni siquiera pudo completar una decena de sesiones ante sparrings.
Así que Kilroy y Brown, bajo la supervisión de Angelo Dundee, decidieron regresar al centro de entrenamiento de Deer Lake. Y la disciplina de antaño dio fruto a Ali, que el 15 de septiembre, con 36 años y nueve meses, se tomaría la revancha ante Spinks en Nueva Orleans. Su última victoria como profesional. Porque como él mismo supo después, jamás debió subir al ring en 1980 ante Larry Holmes, ni un año más tarde frente a Trevor Berbick.
Merckx: "Quise seguir, de forma desmedida"
El 19 de julio de 1977 muchos aficionados aún se preguntaban por qué ni un solo corredor francés figuraba entre los positivos por dopaje del Tour. Mientras, Jacques Goddet, director de carrera, reiteraba sus críticas contra el pelotón, que le había obsequiado con dos semanas de lo más tediosas. Después de 16 etapas, sólo 49 segundos separaban a los cuatro primeros de la general. Mientras, Eddy Merckx aguardaba su turno a 3:02.
Era el séptimo Tour de El Caníbal, a quien Raphaël Geminiani había convencido para liderar el equipo Fiat. Su última oportunidad de romper el récord de Jacques Anquetil, tras la maldita caída dos años antes en Valloire. Una doble fractura de mandíbula, una llegada a París alimentándose a base de papillas de arroz. "Insistí en seguir, de forma desmedida, pero hubo consecuencias para mi cuerpo durante el tramo final de mi carrera", confesaría después.
Sin embargo, bajo un calor del infierno en Chamonix, Merckx sigue confiando en sus fuerzas ante Bernard Thévenet, vigente campeón. Acaba de cumplir 32 años y ni siquiera parece importarle su intoxicación alimentaria, ni esos litros de agua ingeridos la víspera para orinar en el control antidopaje. Pero las más de seis horas camino de Alpe d'Huez supondrán el mayor suplicio de su vida. "Aún hoy me pregunto cómo conseguí alcanzar la cima del Glandon. Tuve que cambiar las ruedas dos veces, sólo por ver si conseguía mejorar algo, pero en el descenso vomité. Jamás sufrí tanto", relató años más tarde. Cuando cruza la meta, a 13:51 de Hennie Kuiper, el neerlandés ya ha recibido su trofeo como vencedor de la etapa.
La agonía de Phelps
Bob Bowman, el entrenador con quien mantuvo una relación de amor-odio desde los 11 años, le describía como un "tipo solitario", con una asombrosa capacidad de concentración durante los entrenamientos y un corazón "extraordinariamente bondadoso" con los niños que se le acercaban después de cada sesión. Al fin y al cabo, Michael Phelps veía en los chavales el cariño que siempre faltó en su infancia, marcada por un trastorno de hiperactividad.
Su obsesiva preparación a las órdenes de Bowman, con siete horas de trabajo diario, sumada a una genética sin igual, propulsaron a Phelps a la cima del olimpismo. 28 medallas, 23 de ellas de oro, en cuatro Juegos. Ningún dominio tan soberbio como el mostrado en los 200 metros estilos, la prueba que engloba velocidad, resistencia y técnica, con cuatro oros entre 2004 y 2016.
Sin embargo, la disciplina espartana se hizo trizas tras su segundo adiós, en Río de Janeiro, con apenas 31 años. "Cuando nadaba, la piscina era mi válvula de escape. Canalizaba toda la rabia acumulada y la usaba como motivación. Pero ahora ese escape ha desaparecido". Ahí se vio Phelps ante el reverso tenebroso del deporte, con las crisis de ansiedad y los intentos de suicidio.