Alemania-Serbia, ¿sopitas o buen vino? La duda ofende

Alemania-Serbia, ¿sopitas o buen vino? La duda ofende

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Pesic, durante el Mundial.FRANCIS R. MALASIGEFE

La duda siempre nos asalta: ¿Svetislav Pesic es así porque después de muchos años de victorias en su profesión se lo puede permitir, o en realidad ha ido ganando (casi) siempre… porque siempre fue así? Con ese lenguaje propio que convierte sus tiempos muertos en un ‘haiku’ (poema breve japonés), según los definió Piti Hurtado, y a punto de los 75 años, “edad de sopitas y buen vino” -como decía mi abuela materna nacida en el centro del mapa de la incorrección política-, se ha dado el homenaje de jugar otra Final de un Mundial de Baloncesto, 21 años después de su triunfo en Indianápolis 2002. Y lo ha hecho, además, con una selección Serbia a la cual han renunciado tres jugadores capitales a priori para cualquier tipo de aventura con final feliz: nada menos que el jugador más valioso de la NBA en la actualidad, Nikola Jokic, el jugador más determinante de la Euroliga hace un año, Vasilje Micic, y una de las estrellas de la competición europea, el alero del Barcelona Nikola Kalinic.

Enfrente espera la vieja Alemania, clasificada por vez primera para un partido de este calibre. Un equipo moldeado por otro sesentón, Gordon Herbert, sin un gran Nowitzki sobre el apoyarse, y al parecer medio peleado con Dennis Schröder durante algún momento del campeonato.

¿Y cómo han llegado estos dos equipos hasta aquí, si partían con opciones muy limitadas? Hay algo que no ha dependido por supuesto de ellos. El prestigio del Mundial de Baloncesto no es el de los Juegos Olímpicos, y la ausencia de los mejores jugadores del planeta NBA, abre bastante los pronósticos. Pero todo lo demás, que es mucho, lleva el sello de dos tipos más sabios incluso por viejos, que por entrenadores de baloncesto.

Esta inesperada final nos la imaginamos, por tanto, como una que mezclará siempre el tablero de ajedrez con la cancha, que logrará que los equipos salgan del vestuario con un reverencial respeto por el proyecto que tienen delante, sin una sola posibilidad de creerse a priori mejores que nadie; entendiendo que con un baloncesto pleno de físico y talento no suele ser suficiente cuando el cerebro no está a la altura del reto. Otro viejo europeo, Zeljko Obradovic, nos dejaba el resumen del estilo de estos señores sobre una cancha, incrustado en el ADN del Baloncesto Europeo: “El partido es del entrenador durante 38 minutos, pero los últimos dos estás siempre en manos del talento de tus jugadores”. Estos estudiosos de un deporte individual que sólo se puede ganar en equipo, según dejó dicho el viejo Pepu Hernández, campeón con España en 2006, han traído a sus jugadores hasta aquí, con un mensaje muy evidente. A quién le apetece una sopita con buen vino, cuando seguimos convenciendo a chavales como Schroder o Bogdanovic para que sigan poniendo en marcha nuestra idea de baloncesto de siempre.

kpd