El día de la inauguración del Mundial, el 23 de julio, cumplió 40 años Aaron Peirsol. Compartió generación con Michael Phelps y Ryan Lochte, ambos de 38. Los tres constituyeron, entre 2000 y 2016, una especie de Santísima Trinidad de la natación esta
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Tadej Pogacar continuó engrandeciendo su figura y rindiendo homenaje al ciclismo obteniendo, en el boloñés Giro de Emilia, su victoria número 87 y la 24ª de la temporada. Una menos que, en 2005, Alessandro Petacchi, "sólo" un sprinter, sin ánimo de ofender, récord de lo que llevamos de siglo. En su estreno con el jersey arcoíris, al que también honró de modo sumo,Poggy ofreció al mundo su enésima demostración de poderío y ambición con un triunfo que nadie discutió, al que nadie osó oponerse, del que nadie podía dudar.
Esta vez, "modestamente", Tadej no atacó a falta de 100 kms. para la llegada, sino a 37. Pero donde podía y debía hacer daño. En la primera de las cuatro subidas al Santuario de San Luca (1,8 kms. al 11% de pendiente media y una máxima del 19%), demarró, como de costumbre, sin levantarse del sillín, a pura potencia sin descomponer el gesto ni desbaratar la postura. Y se acabó la carrera. "Finito". Cuando puso pies en polvorosa, estaban a su lado o a su espalda, Evenepoel, Roglic, Mas, Tiberi, Pidcock, Yates, Woods, Jorgenson, Healy, Gaudu y compañía. Dio igual. Ellos sabían que, en esa subida, tarde o temprano, atacaría el esloveno. ¿Y qué? Bajaron la cabeza, doblaron la rodilla y se dedicaron a tratar de ser segundos.
Pogacar, segundo a su vez en 2022 tras Enric Mas y en 2023 tras Roglic en sus dos anteriores participaciones, ataca desde tan lejos que los demás no se atreven a seguirle. Ni lo intentan, aunque sólo fuera para salvar la cara. Temen una humillación que, de todas formas, se produce. Tal vez si Poggy arrancara desde más cerca, tratarían de resistirse porque aún les durarían las energías. Pero a esas distancias asumen la convicción de que aguantarle la rueda es una tarea destinada al fracaso. Así que para qué esforzarse. Eso se llama impotencia física e inferioridad psicológica. No importa la longitud o la dureza del trazado, Pogacar vuela; otros, los mejores, andan. El resto repta.
Llovía, pero el arcoíris no desteñía. Había niebla, pero la figura de Pogacar no se desdibujaba. Sólo una caída podía privarle de la victoria. No se cayó, porque, además, Pogacar no se cae nunca, o poco menos. Fue aumentando paulatinamente la ventaja. Después de él, a, prácticamente dos minutos, llegaron, para hacer podio, Tom Pidcock y Davide Piganzoli, con Enric Mas en octavo lugar.
Quien diga que Poggy ha matado la emoción en el ciclismo, no tiene razón. Para empezar, ni siquiera el esloveno puede ganar todas las carreras. Para seguir, la incertidumbre queda sometida a la admiración. ¿Desde cuándo las exhibiciones de un campeón excepcional, se llame como se llame, son aburridas? ¿Desde cuándo no se disfruta del placer de ver elevarse hasta el divino cielo de la bicicleta a un humano designado para la inmortalidad deportiva? En otros deportes individuales, ¿aburría Usain Bolt? ¿Aburría Michael Phelps?
Pogacar correrá todavía, completando el tríptico lombardo, los Tres Valles Varesinos (martes) y el Giro de Lombardia, el Quinto Monumento (sábado). Su victoria en San Luca hace la número 78 del UAE esta temporada. Su figura grandiosa contribuye al éxito colectivo del equipo. No quedan ya palabras para exaltar las hazañas de este muchacho de 26 recientes años. Pero habrá que inventarlas. Esto no ha acabado ni aquí ni aún.
Tadej Pogacar, a cuyo alrededor ha gravitado la entera temporada, cerró la suya con su quinto triunfo consecutivo en el Giro di Lombardia. Nadie ha sometido de ese modo a la reina otoñal de los Monumentos. Coppi también la sedujo cinco veces, pero no seguidas. Asimismo, nadie ha hecho podio en una misma campaña en los cinco Monumentos. Pogajar ganó el Tour de Flandes y la Lieja-Bastoña-Lieja, y fue segundo en la París-Roubaix y tercero en la Milán-San Remo. Lombardia ha sido su vigésima victoria del año y la 108 de su carrera. Y su décimo monumento.
Cuando compite, Pogacar ofrece algo muy parecido a una certeza que comienza por una frecuencia, prosigue con una costumbre y desemboca en una rutina. La carrera discurría con una cierta apacibilidad, en el sentido de que no ofrecía altibajos o sobresaltos, como si aguardara a que el esloveno tomase la iniciativa dónde y cómo decidiera. El UAE controlaba con Pogacar a rebufo.
Una escapada desde la mismísima salida con 14 hombres (Simmons, Matthews, Bilbao, Ganna, Vervaeke...) se había ido desgastando y perdiendo efectivos en el curso del trayecto de 241 kms., con 4.500 metros de desnivel, a lo largo de las sucesivas cotas, cortas y duras: Madonna del Ghisallo, Roncola, Berbenno... Entre unas y otras había también muritos, muretes y toboganes. Un infierno en un paraíso otoñal de bosques verdes, ocres, amarillos y rojos.
El UAE (Novak, Majka, en su última carrera profesional, Yates, Vine, Sivakov, Del Toro) seguía controlando, con Pogacar, abrigado tras su gente. En la Crocetta, Quinn Simmons, que había sido el alma de la fuga, iniciándola y sosteniéndola, dejó a sus compañeros. Y entonces la carrera se organizó con Simmons, bigotudo, patilludo, melenudo, campeón de Estados Unidos, "hippy" tardío, con el maillot recamado de estrellas, haciendo todo lo posible para que, cuando atacase Tadej, dispusiera de alguna ventaja que le concediese alguna oportunidad.
No la tuvo con todavía por delante la Zambla Alta (9,8 kms. al 3,3% de porcentaje medio) y La Ganda (9,6 al 7,1). Por detrás, Majka se entregaba a morir. Y moría. Lo reemplazaba Vine en el martirio. Y se inmolaba. Landa, que galleaba, humillaba de golpe la cresta. Y Roglic. Y Alaphilippe. Y Bernal. Y Pidcock. Y Carapaz (que se iría al suelo luego)... Quedaron aislados en vanguardia Pogacar, Evenepoel, Del Toro, Storer y los 19 años recién cumplidos de Seixas.
Y, de pronto, ¿dónde? Qué más da. ¿Subiendo o bajando? Es lo mismo. ¿En recta o en curva?. No importa. Súbitamente, donde fuera, estalló la tempestad de un solo hombre. Del único hombre posible. De un solo trueno. De un solo rayo. De Tadej Pogacar. Quedaban 36,6 kms. para la llegada. Pogi aceleró con esa su brutal suavidad. Evenepoel, que, escarmentado, ya ha aprendido todas las lecciones, ni lo intentó. Se hubiera abrasado a cambio de nada, a costa de gastar inútilmente unas energías que iba a necesitar más tarde.
Pogacar, por delante de Evenepoel, durante la prueba.MARCO BERTORELLOAFP
...Y todo había acabado antes de acabar. Pogacar volaba, ángel con alas blancas: casco blanco, culote blanco, calcetines blancos, zapatillas blancas, bicicleta blanca y jersey blanco pintado de arcoíris como adorno colorista del cielo impoluto de toda victoria. Pogacar gana por aplastamiento con una sonrisa que endulza el esfuerzo y lo infantiliza.
Evenepoel, coloso secundario, fue otra vez segundo. Lo celebró. Ya que vencerle es una quimera, escoltar a Pogacar es un privilegio. Michael Storer fue un tercero doblemente feliz.