Demasiados permisos, falta de experiencia, edades avanzadas y empresas ‘lowcost’: el combo que ha llevado a la peor temporada de la historia en el techo del planeta. “La mayoría de muertes podrían haberse evitado”
Los cuerpos de los escaladores indios tras ser recuperados del Monte Everest por los rescatistas en Katmandú, Nepal, en 2017.NIRANJAN SHRESTHAAP
Apenas llevan una semana juntos en los Juegos de París, pero alrededor de Carlos Alcaraz y Rafa Nadal hay un ambiente familiar cercanísimo, agradable, feliz. Antes de los partidos, en las instalaciones de Roland Garros, Nadal juguetea con su hijo Rafa mientras Alcaraz lo hace con su hermano pequeño Jaime. Les rodean los padres de uno y del otro, que charlan entre ellos y los entrenadores se entrecruzan; son un equipo. Carlos Moyà, técnico de Nada
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«No se lo dije yo a mi madre... ¿Cómo se lo iba a decir? Se lo expliqué por teléfono a mi hermana mayor y le pedí que me ayudara con mi madre. Pero no me hizo caso. Dos minutos después de colgar, mi madre ya me llamaba y me estuvo gritando durante una hora. Yo no podía ni hablar, tenía que aguantar el teléfono a un metro. Fue un momento bastante duro».
Abrirse paso entre defensas que pesan más de 100 kilos puede ser difícil, pero más difícil es explicarle a tu madre que tu novia se ha quedado embarazada cuando tienes 17 años. Ahora, a los 34 años, Bundee Aki, emblema de Irlanda, afronta un nuevo Seis Naciones como aquel que ha perdido el miedo. Lo peor ya pasó. Si hubo un tiempo en el que el porvenir escondía la felicidad, ahora sólo tiene que disfrutar mientras juega al rugby.
Los motivos de su retirada
El deporte que un día abandonó; tuvo que hacerlo. De padres samoanos y formado en los suburbios de Auckland, en Nueva Zelanda, Aki siempre había destacado con un balón ovalado entre manos y de adolescente incluso había conseguido un sitio en el filial de un equipo de Inglaterra y una beca para estudiar en la Truro School, un centro privadísimo de Cornualles. «Mi familia viene de un entorno muy pobre, en mi casa nunca tuvimos mucho, así que tenía que aprovechar la oportunidad. Estaba decidido a ser profesional», recordaba a Irish Independent, donde ensalzaba la vida pija inglesa, incluso las empanadas de carne del comedor. Pero esa oportunidad no era la suya.
A las pocas semanas de llegar, su novia neozelandesa, Kayla, le llamó para decirle que estaba embarazada y, después de aguantar la reprimenda de su madre, se preparó para ser padre: dejó Inglaterra, dejó el rugby y buscó empleo de vuelta a Auckland. A los 18 años y padre de una niña recién nacida, Armani-Jade, trabajaba como cajero en una oficina del banco Westpac y el deporte profesional parecía más que olvidado.
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Suerte tuvo de su amigo Tim Nanai-Williams, también samoano, vecino suyo, que le sacó de casa y le animó a jugar en un equipo de rugby-7. Aki había engordado hasta más allá de los 110 kilos y, según Nanai-Williams, «sólo se dedicaba a abrir cervezas». Pero empezó a entrenar, a ponerse en forma, a barrer con todos sus rivales, a marcar ensayos. Y a los 20 años le llamó Tana Umaga, ex capitán de los All Blacks, entonces entrenador de los Counties Manakau, un club de Auckland, para saber si quería recuperar sus sueños. ¿Qué hacer?
La polémica por su nacionalización
«Estaba en una encrucijada porque me ofrecían un sueldo, pero no estaba garantizado. Quizá sólo duraba una temporada. Me ayudó mucho que mi jefa en el banco, Kalo, la directora de la oficina, me animara a jugar y me asegurara que, si no funcionaba, podía volver a mi puesto», rememora Aki, que nunca más ha vuelto a actualizar cartillas. Pronto llamó la atención de los Chiefs, uno de los mejores equipos de Nueva Zelanda, y a los 24 años regresó a Europa de la mano del Connacht irlandés.
No era el mejor equipo de la Pro 12, la liga que engloba a los clubes de Irlanda, Escocia, Gales e Italia ,y le ofrecían casa en Oranmore, un pueblo de apenas 5.000 habitantes cerca de Galway, pero le daba igual. Acababa de nacer su segunda hija, Adrianna, y quería establecerse ya. Así se hizo con la titularidad en el Connacht, ganó la Pro 12 de la temporada siguiente e incluso se convirtió irlandés, pese a la controversia en el país.
«Convocarle para la selección está mal moralmente, le quita el sitio a jugadores nacidos y criados en Irlanda», proclamaba el ex internacional Neil Francis, uno de sus detractores. «Hay gente que no está contenta, pero yo trabajo duro para la selección», respondió Aki. Desde que juega con Irlanda, ha ganado tres ediciones del Seis Naciones, incluidas las dos últimas, y ahora busca la cuarta. Lo peor, claramente, ya pasó.
Nora Cornell sale disparada de una rampa de 50 metros y da una vuelta, y dos, y tres antes de aterrizar con su snowboard sobre la nieve. Luego vienen los aplausos y la puntuación del jurado. Atrás queda el miedo a lo que pasará allí arriba, en el aire, donde una imperfección te lleva directa al hospital.
«Hay que convivir con ello. Antes de cada salto practico mucho con un airbag, que es una colchoneta enorme donde caigo, y no lo ejecuto hasta que estoy segura de que voy a caer de pie. Pero igualmente sientes miedo, todo el mundo lo hace, es parte de mi deporte», comenta a sus 20 años la especialista española en Big Air y Slopestyle que competirá en los Juegos Olímpicos de invierno de Milán-Cortina d'Ampezzo que empiezan el viernes.
A algunos pasos de las mejores en la Copa del Mundo, en principio no peleará por las medallas, pero en su especialidad nunca se sabe porque todo está en manos de los jueces. Todo. «Es totalmente subjetivo, queda todo a su criterio. No es como la gimnasia o el patinaje artístico. Antes se trataba de dar vueltas como una peonza y ahora valoran también otras cosas, como los diferentes ejes. Pero a veces piensas que los has hecho super bien y te dan una puntuación super baja», reconoce Cornell.
Su vida en Maui
¿Cómo empezó en eso de saltar por una rampa gigantesca?
Mi camino es un poco raro. Empecé con el skate cuando era muy pequeña en Girona, me mudé unos años a Estados Unidos con mi familia y llegué a competir. Pero al volver a España, mis padres me llevaban a La Molina los fines de semana y me aficioné al snow. Como se parecía al skate se me dio bien rápido. Y probé varias disciplinas, como el boardercross, pero siempre preferí mucho la adrenalina del Big Air y el Slopestyle.
¿Por qué se mudó con su familia a Estados Unidos?
Estuvimos unos años viviendo en Maui, una isla de Hawai. Mis padres trabajaban en verano, tenían negocios en la Costa Brava, y el resto del año nos íbamos allí. Les gustaba el windsurf y así yo aprendía inglés y la cultura de allí.
¿Al volver a España no quiso competir en skate?
Lo hice durante un tiempo. Tenía unos 10 años y no había chicas; competía con los chicos. Recuerdo que en mi primera competición en España hice podio junto a dos chicos de 20 años. Y yo ahí con mis 1,20 metros. Pero todavía era muy pequeña y no quise seguir. Me gustaba ir al skatepark a patinar, no a entrenar y dejé de disfrutarlo. Además el suelo estaba muy duro al caerme.
Huesos rotos
Pese a sus inicios tardíos en el snow, Cornell destacó pronto. Con 14 años, en 2020, debutó en una competición de la Federación Internacional de esquí y snow (FIS) y ganó. Al año siguiente ya estaba entre las mejores en el Mundial junior y en 2024 aparecía por primera vez en la Copa del Mundo. Su mejor puesto ha sido decimonovena, pero todo se andará. De momento disfruta, como todas. Como en el skate o el surf, en el snow las competiciones son relajadas: todas se ríen, todas se animan, todas se lo gozan.
«Es un deporte pequeñito, somos pocas, y viajamos por el mundo juntas. Nos perdemos las amistades de instituto o de universidad, pero tenemos a nuestras amigas en las pistas. Además divertirse es clave en el deporte. No lo hacemos obligadas, nos lo pasamos bien», cuenta la española, aunque también hay sus malos momentos.
Su carrera es corta, pero la lista de huesos rotos ya es larga: «El húmero, el radio, el cúbito, dedos...». El año pasado, a final de temporada, Cornell sufrió una caída y acabó ingresada con un neumotórax, la rotura de un pulgar y la sospecha de que podía ser algo todavía más grave.
Los médicos temían que tuviera afectada alguna vértebra así que le pincharon fentanilo para que no se moviera. No funcionó y recibió una segunda dosis. Al final fue peor el remedio que la enfermedad. «Tuve una mala reacción, hubo complicaciones. No lo recuerdo muy bien porque estaba medio inconsciente. Por suerte estaba en el hospital, estaba controlada y se quedó en el susto», recuerda Cornell antes de su debut olímpico.