El serbio logra su tercer trofeo de la temporada antes de viajar al torneo de Astaná, en Kazajistán, donde le espera el español y número uno del mundo
Novak Djokovic besa el trofeo logrado en Tel Aviv.ARIEL SCHALITAP
El serbio Novak Djokovic, sin grandes problemas y como apuntaban los pronósticos, se impuso al croata Marin Cilic por 6-3 y 6-4 para lograr el título en Tel Aviv, el tercero que consigue en lo que va de año tras el Masters 1.000 de Roma y Wimbledon.
Djokovic tardó una hora y 34 minutos en sellar su primera victoria del ejercicio en pista dura y elevar a 89 el total de trofeos en su carrera.
Sin perder su saque en todo el partido y con momentos brillantes en su juego, Djokovic elevó la abismal diferencia con el croata en los enfrentamientos entre ambos. Era el vigésimo primer duelo y el ex número uno del mundo venció por decimonovena vez.
No dio opción en ningún caso a Cilic, segundo favorito, que sigue sin ganar un título en este 2022. Su últimos éxitos fueron el pasado año, en San Petersburgo y Stuttgart.
Con su tercer trofeo de la temporada bajo el brazo, Djokovic acude ahora al torneo de Astana, en Kazajistán, desde este año de categoría 500. Se encontrará allí con el número uno del mundo, el español Carlos Alcaraz, el ruso Daniil Medvedev y el griego Stefanos Tsitsipas, entre otros
A simple vista ya se advierten algunos cambios. Desde que empezó el Open de Australia, Carlos Alcaraz saca algo más suelto, su movimiento es ligeramente distinto, parece que lo hace más fácil. Pero el análisis mecánico descubre una infinidad de variaciones. Muchos tenistas nunca cambian la mecánica del servicio que aprendieron de niños o sólo lo hacen por obligación, por culpa de problemas físicos, como hizo Rafa Nadal en el tramo final de su car
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"Sabe bien", aseguraba y, la verdad, es que sí: sabía bien. Durante la atribulada celebración de su Open de Australia, Carlos Alcaraz ofreció champán a los periodistas desplazados a Melbourne y se permitió tomar un trago de una de las copas. "No bebo más, que esto es un non stop", comentaba en pleno trajín. Ser campeón de un Grand Slam es un duro trabajo. Desde que recibió la copa de manos del australiano Mark Edmondson -qué oportunidad perdida que no lo hiciera Rafa Nadal- hasta que se marchó a su hotel, Alcaraz anduvo arriba y abajo por el edificio Centerpiece del Melbourne Park.
Primero fue a la televisión australiana Nine, luego a Eurosport, más tarde a ESPN, a la sala de prensa escrita, frente a las cámaras de TNT británica, CCTV china, Sky Italia... Todo sin ni siquiera pasar por la ducha, todo sin ni siquiera disfrutar de la celebración. Más allá del abrazo con su equipo -especialmente con su entrenador, Samu López- al acabar la final ante Novak Djokovic, apenas pudo saltar un poco con ellos, hacerse unas fotos con cada uno y poco más. Melbourne está demasiado lejos para que sus amigos viajen hasta aquí -como sí hacen a París, Londres e incluso Nueva York- y esta vez le tocará esperar a aterrizar en Murcia para disfrutar de una merecida fiesta.
MARTIN KEEPAFP
"Con el tiempo he aprendido a parar después de ganar un Grand Slam y saborearlo. Quizá no veo todos los partidos, pero me pongo puntos, momentos concretos... Así me doy cuenta de que lo que he conseguido es muy complicado. Con el tiempo he visto que parar y disfrutar es la mejor manera de seguir trabajando e ir a por el siguiente título", reflexionaba Alcaraz en una reivindicación muy íntima.
En las semanas previas al primer Grand Slam de la temporada, su separación de Juan Carlos Ferrero generó polémica: fue criticado e incluso se puso en duda su capacidad. Todos esos comentarios los tenía guardados. En la ceremonia de entrega de trofeos ya habló de su "montaña rusa de emociones" durante el invierno y luego fue más allá: "Mucha gente habló sobre mí y puso en duda el nivel que podría ofrecer en este torneo. Cada año venía a Australia pensando en ganar, pero esta vez tenía más ambición todavía. He tenido que ser fuerte mentalmente para no escuchar a esa gente, para centrarme en mi juego, y ahora estoy contento porque he demostrado que se equivocaban".
Niega ser leyenda
Durante la rueda de prensa, el ya ganador de siete Grand Slam confesó que pronto se hará un nuevo tatuaje, esta vez un canguro "en una pierna", y que no cree que ahora le falte motivación. El Open de Australia era su gran objetivo de la temporada, pero ahora vendrán otros. "Me plantearé nuevos objetivos. De alguna manera mi cabeza ya está en Roland Garros. También me gustaría ganar algunos Masters 1000 por primera vez y completarlos todos. Y, obviamente, están las ATP Finals y la Copa Davis, que es un título que realmente quiero conseguir. No quiero dejar nada a nadie", confesaba, con la ambición por las nubes.
JOEL CARRETTEFE
Tanta que incluso rechazaba uno de los elogios de Novak Djokovic. Tras el partido, el serbio aseguró que Alcaraz ya era una "leyenda". Pero el propio Alcaraz lo negaba: "Entiendo que me llamen así por los siete Grand Slam o los 25 títulos que llevo. Hay gente que lo hace, pero una leyenda se forja durante mucho tiempo. No es cosa de tres o cuatro temporadas. Una leyenda tiene que ser un jugador que, año tras año, vaya a los torneos con la misma hambre, la misma energía y la misma ilusión".
Queda por ver si habrá sido la última de las 13 presencias de Novak Djokovic en Madrid, el campeón de 2011, 2016 y 2019. El ex número 1 del mundo y ganador de 24 títulos del Grand Slam ve cómo encanece sin remedio su raqueta en el que puede ser el año de su adiós al circuito. A los 37, recién llegado de caer de entrada en Montecarlo, también se despidió sin apenas rechistar en la Caja Mágica, que le tributó el homenaje propio del único superviviente del añorado Big Three.
Djokovic ya había anunciado en su regreso Madrid que no tenía grandes expectativas. A diferencia de otras ocasiones, en las que recibió el trato del taimado oponente de las estrellas locales, ya fuera, en su momento, Rafael Nadal, o Carlos Alcaraz, esta vez la grada supo interpretar que podía estar ante el adiós del mejor jugador de siempre.
Matteo Arnaldi, 44º, 23 años, aprovechó las oportunidades que poco a poco le fue brindando un Nole corto de juego, físico y actitud y se impuso por 6-3 y 6-4, en una hora y 41 minutos. Prueba evidente de lo poco que esperaba de sí el de Belgrado fue la nula beligerancia gestual, las escasas muestras de enfado ante sus errores, como las dos dobles faltas consecutivas con las que entregó el primer parcial.
Lejos de sí mismo
Aún con argumentos para alcanzar las semifinales del Abierto de Australia después de vencer a Alcaraz o de quedarse a una victoria de su título número cien al presentarse en la final de Miami, lo cierto es que Djokovic, ahora número cinco del mundo, es un tenista desfigurado en relación con el que llegó a gobernar la competición como ningún otro.
Le quedan arrebatos del viejo Nole, como el que reclamaba el apoyo del público mediado el segundo set, tras acercarse a una rotura que le pudo situar 4-2 y saque. Resistió Arnaldi en un juego que se revelaba determinante para el desenlace. Honores también para el italiano, cuyo serio y eficaz trabajo merece ser puesto en valor.
Cerrado ya el debate sobre el mejor tenista de siempre, ya con el oro olímpico que se le negó durante tanto tiempo y certificó frente a Alcaraz en el que es hasta ahora su último título, Djokovic parece seguir en activo sólo en busca de ese 25º Grand Slam, con el que pasaría también por delante de Margaret Court, logro que ahora mismo se antoja harto improbable.
Tuvo un arranque de orgullo tras perder su saque en el séptimo juego del segundo parcial, con tres bolas de break para reabrir el partido. Se esfumaron las tres. Y con ellas su fugaz paso por Madrid, que acompañó su marcha con una estremecedora ovación, con el torrente de aplausos discutidos durante tanto tiempo.