El torneo del caos: guerra, redadas migratorias y lío geopolítico

El torneo del caos: guerra, redadas migratorias y lío geopolítico

Los Mundiales de fútbol nunca han sido ajenos a las grandes polémicas. En 1978 se disputó en Argentina durante la dictadura. En 1986, México, todavía con el recuerdo de la matanza de la Plaza de las Tres Culturas durante los JJOO de 1968, organizó el torneo después de que Colombia renunciara y tras un devastador terremoto que dejó miles de muertos. El de Italia llegó cuando estaba a punto de reventar el escándalo de Tangentopoli, el mayor entramado de corrupción de la democracia, y con la siempre amenazante presencia de la Mafia. El Mundial de Rusia arrancó precedido de una tormenta de críticas y denuncias por la peor crisis de derechos humanos en el país desde la era soviética, según Human Rights Watch, y una enorme presión sobre periodistas, activistas y opositores. Mucho antes de que el balón empezara a rodar en Qatar, The Guardian estimó que al menos 6.500 trabajadores extranjeros, provenientes principalmente de India, Pakistán, Nepal, Bangladesh y Sri Lanka, habían muerto durante las obras para terminar a tiempo las infraestructuras del torneo. Por no hablar de la discriminación contra mujeres o el colectivo LGBTQ, las censuras y el evidente esfuerzo de blanquear a un régimen autoritario a cambio de millones.

Para saber más

El Mundial de Estados Unidos llega también cargado de muchas sombras, polémicas, denuncias y miedos. El Mundial del caos, geopolítico especialmente, pero no sólo. Presentado por los organizadores como un instrumento de unión global, pero que corre el riesgo de acabar como el escaparate indeseado de las fracturas del sistema internacional y de los límites del deporte como instrumento de poder blando. Torneos anteriores, incluso en lugares problemáticos, aprovecharon un contexto de globalización relativamente estable y cierto optimismo. Entonces parecía que el mundo avanzaba siempre hacia una mayor integración: más comercio, más movilidad, más intercambios culturales. El Mundial, como los Juegos Olímpicos, encajaba perfectamente en esa visión de la globalización. Ese mundo es el mundo de ayer.

Este torneo coincide con una fase de puro desorden global, con creciente rivalidad y desconfianza entre potencias grandes y medianas, polarización política, dudas sobre la democracia y el cuestionamiento del orden internacional liberal por el país que más hizo por darle la forma actual tras la Segunda Guerra Mundial. Con tres países anfitriones con tres realidades distintas y unas relaciones más que delicadas, dependientes del humor cambiante de la Casa Blanca.

La cita está marcada por conflictos armados, fricciones diplomáticas y un escenario internacional completamente inestable que condiciona el torneo mucho más allá de lo estrictamente deportivo. Pero también y sobre todo por los caprichos de Donald Trump, la drástica política migratoria de la Administración, el temor de aficionados extranjeros a tapones en los controles fronterizos, la restricción de visados y las posibles actuaciones del temido ICE en las proximidades de los estadios.

La tercera Guerra del Golfo, en pausa pero no terminada, es el caso más extremo, dado que la participación de la selección iraní será logísticamente un gran problema. Pero el caos que ha disparado el precio de la gasolina y los viajes no se detiene en Teherán. El conflicto involucra directamente al menos a cuatro participantes: EEUU, Irán, Arabia Saudí y Qatar, después de que ya varias selecciones quedaran fuera por cuestiones extradeportivas. Rusia por la guerra en Ucrania, Pakistán y el Congo por sanciones administrativas, y Eritrea, que se retiró en la clasificación por miedo a que sus jugadores pidieran asilo en partidos fuera de casa.

Trump

En los últimos 18 meses, Trump ha bombardeado siete países, ha lanzado el mayor despliegue militar en Oriente Próximo desde la invasión de Irak y la mayor operación naval en el Caribe desde la toma de Granada. Ha matado a decenas de personas, muchas sin identificar o simples pescadores, en ataques a lanchas en el Caribe acusándolos de tráfico de droga. Aprovechando el dispositivo, capturó a Nicolás Maduro en Caracas y forzó un cambio en el régimen.

Ahora amenaza a Cuba, asfixiada sin acceso a combustible; ha puesto en la diana a dirigentes como Gustavo Petro en Colombia o Lula en Brasil, apoyando a su oposición y aprobando sanciones. Rescató a su aliado Javier Milei diciendo que habría dinero para Argentina, pero sólo si ganaban las elecciones sus amigos. Y tiene a la CIA operando en México contra los cárteles. Además, sigue atacando a Europa y la OTAN o esgrime la posibilidad de una anexión de Canadá. Sin olvidar una posible toma por la fuerza del Canal de Panamá o de Groenlandia. «Es de Dinamarca… por ahora», ha dicho el secretario de Estado, Marco Rubio.

La hostilidad de Washington hacia sus aliados y vecinos es el hecho diferencial de este mandato y el paraguas para entender una cita con muchas dudas y menos entusiasmo que las anteriores. Los turistas son bienvenidos, pero también examinados con lupa. Cuatro países cuyos equipos se han clasificado para el Mundial están sujetos a las prohibiciones de viaje de Trump: Haití e Irán de forma total, y Costa de Marfil y Senegal de forma parcial. Los aficionados de estos países no podrán asistir a los partidos en EEUU a menos que sean residentes o tengan doble nacionalidad con otros países que no figuren en la lista negra.

ICE

Las principales centrales sindicales, que representan a miles de trabajadores de hostelería y servicios del estadio donde se disputarán los partidos de Los Ángeles, han lanzado la campaña No ICE in the Cup amenazado con ir a la huelga si no reciben garantías de que no habrá operaciones migratorias durante el torneo. En Dallas, el grupo de derechos civiles El Movimiento DFW ha repartido miles de kits de defensa con información sobre cómo obtener asesoramiento legal gratuito en caso de que se produzcan redadas. Más de 120 organizaciones de la sociedad civil han lanzado al mismo tiempo una advertencia coordinada a los cinco millones de potenciales turistas y aficionados avisando de las «graves violaciones de derechos» y la más que posible «negación arbitraria de entrada y el riesgo de arresto, detención y/o deportación».

El Gobierno quiere un evento exitoso, y ha bajado sensiblemente la retórica y los dispositivos en los últimos meses, pero desde enero de 2025 ha normalizado las detenciones arbitrarias y las presiones sobre viajeros. Empezando por la aplicación más severa de la norma que permite a cualquier funcionario exigir a los visitantes que les den acceso completo a sus teléfonos móviles. Los extranjeros puedes negarse a la petición, pero entonces son deportados tras pasar horas encerrados.

Pero hay mucho más al margen de lo geopolítico y lo migratorio. Por ejemplo, las dudas sobre la asistencia en los estadios, por los precios elevados de las entradas. Las quejas por lo que se denuncia como una maniobra de la organización para inflar su coste se han multiplicado al ver cómo miles de opciones van apareciendo poco a poco a un precio muy inferior. Lo mismo ocurre con los hoteles, después de que la FIFA bloqueara cientos de miles de habitaciones y sólo ahora las esté liberando.

Ataques extremistas

El Gobierno estadounidense ha destinado casi 900 millones de dólares para los nueve estados anfitriones para que refuercen la ciberseguridad, los dispositivos de emergencias, la seguridad y la protección contra drones en las 11 ciudades sede. Informes de inteligencia de funcionarios estadounidenses y de la FIFA, obtenidos por Reuters en marzo, advertían que «el potencial de ataques extremistas contra los juegos, los eventos para aficionados o la infraestructura de transporte, así como de disturbios civiles, había aumentado por las tensiones de la política migratoria de Trump y la guerra en Irán». Sin mencionar siquiera a los cárteles en México.

La popularidad del fútbol ha aumentado en Estados Unidos desde 1994, pero sigue a años luz del resto de grandes deportes en dinero, público y cobertura. El Mundial es un evento importante, pero secundario, al que se le está prestando una atención discreta más allá del universo latino.

Una encuesta reciente de Pew Research señaló que el 66% de los estadounidenses afirmaba que probablemente no seguiría el Mundial, mientras que el 28% decía que era probable que lo hiciera. Datos de YouGov dicen algo parecido: el 54% de los norteamericanos no está en absoluto interesado en el Mundial y un 59% decía que no tenía previsto ver ningún partido.

Los dos precedentes más cercanos son la Copa América, disputada aquí hace dos veranos, y el Mundial de Clubes de 2025. El último funcionó bien, pero a nadie se le han olvidado los gravísimos incidentes de la final entre Argentina y Colombia en el Hard Rock Stadium de Miami en julio de 2024, cuando miles de aficionados intentaron entrar al estadio sin entrada o con tickets falsos, retrasando el inicio del partido más de una hora. Tras los incidentes, que sí llenaron los telediarios, hubo investigaciones internas y revisiones de los protocolos de seguridad, pero no han desaparecido las dudas sobre la capacidad de organizar el Mundial.

La última vez que Trump le dedicó tiempo de verdad fue el pasado 5 de diciembre. Se ha visto numerosas veces con Gianni Infantino, ha respondido recientemente preguntas sobre el precio de las entradas, pero casi de pasada. En diciembre, sin embargo, se volcó. Ese día, la FIFA organizó el sorteo para establecer los grupos, y lo hizo en el Kennedy Center de Washington. O mejor dicho, en el Trump-Kennedy Center, convertido en el último año en uno más de los intentos del presidente estadounidense de colonizar las instituciones. Ese día, el fútbol no fue el protagonista. Trump, como siempre, acaparó la atención y su amigo Infantino parecía encantado con ello. El presidente eclipsó a los líderes de Canadá y México, Mark Carney y Claudia Sheinbaum, respectivamente. Ahora, todos los ojos vuelven a estar pendientes de la Casa Blanca. El Mundial del caos. El Mundial de Trump.

kpd