El ciclismo femenino español ya tiene a su reina, un prodigio como no se recordaba. Su irrupción en la elite este 2026, con la victoria en la Flecha Valona, se ha visto confirmada en la más mítica de todas las ascensiones. En el Angliru, Paula Blasi ha dejado una hazaña imperecedera para conquistar la Vuelta a España.
Lo celebró con los brazos en alto y las lágrimas en el rostro. Era una victoria sin serlo, a apenas 23 segundos de la suiza Petra Stiasny. Porque Paula se sabía historia: acababa de poner su nombre en el palmarés de la ronda española, la primera que conquista una ciclista nacional. Había dejado hacía mucho, incluso antes de encarar la Cueña de les Cabres, sus rivales por la general, Anna Van der Breggen y Marion Blunel, habían cedido ante su poderío. A sus 23 años, la de Espluges de Llobregat, sólo dos años después de pasar del duatlón al ciclismo, conquista una gran ronda.
Paula es la sensación del pelotón femenino y una de las figuras ya del deporte nacional. Hace un año subió del filial al primer equipo del UAE y su cierre de 2025 ya prometía: cuarta en el Tour de Romandía, sexta en el Tour de L’Avenir… y campeona de Europa de ciclismo en ruta sub-23.
Aunque quizá nadie esperaba este boom: el pasado 19 de abril se graduó en la Amstel Gold Race (una prueba a la que acudió llegó a última hora por las bajas en su equipo y con el objetivo de trabajar para sus compañeras) y días después acababa tercera de la Flecha Valona y quinta en su primer Monumento, la Lieja-Bastogne-Lieja. A la Vuelta acudía con una mezcla de osadía y prudencia. Y fue el viernes, segunda en la durísima ascensión a Les Praeres, cuando se comprobó con opciones de la gesta.
Realizada en un escenario único. En el Angliru y sus rampas imposibles, Blasi se fue a por la cima con todo. Con su pedalear potente, casi siempre sentada, a falta de tres kilómetros era cabeza de carrera, con un rosario de rivales por detrás. Sólo la remontada de la menuda suiza Stiasny pudo con ella. Pero la corredora del Human Powered Health no era rival por la general. Blasi lo sabía y así lo celebró en la meta. Segunda, había remontado los 18 segundos de desventaja con la neerlandesa Van der Breggen. También conquistó la general de la Montaña.
Era noche europea grande en el Palacio. De esas en las que poco importan los precedentes. Se trata de ganar, convencer y convencerse. Ante un rival directísimo como el Armani de Mirotic, de Messina y también del ovacionado, "uno de los nuestros", Fabien Causeur. Y el Real Madrid respondió con contundencia. Se desprendió de parte de sus incertidumbres y miró, al fin, a los ojos de la Euroliga. Brillaron los que deben y el contundente triunfo, el tercero seguido en Europa, dispara las expectativas. [96-89: Narración y estadísticas]
Mucho camino le resta a los blancos, este viernes sin ir más lejos en Belgrado contra el Estrella Roja, allá donde concretar las sensaciones. Donde soñar incluso con evitar el play-in, con ser temidos otra vez en los cruces. Ya nada importará el arduo camino hasta aquí. Con Tavares volviendo a ser gigante (19 puntos, siete rebotes en 20 minutos en pista), con el carácter único de Campazzo, los puntos de los 'Brates', el despertar de Garuba y Feliz, la eternidad de Llull. Todo eso lo sufrió el Milán, que se dejó parte de sus opciones aunque un triple de Mirotic sobre la bocina le salvó el basket-average (85-76 ganó en la primera vuelta). Su calendario es propicio.
Serán jornadas de cuentas y miradas a otras canchas. Pero también de sondearse a uno mismo, a esas "frustraciones" que reconocía Chus Mateo y de las que hubo poco rastro ante el Milan. Siempre por delante, respondiendo a cada intento de meterse en el partido de los italianos y sólo titubeando en un desenlace en el que se dejó una ventaja que puede echar de menos después.
Contrastó el aplauso sentido y largo a Causeur en su retorno al Palacio, con la pitada de siempre a Mirotic, otro ex. Eso marcó los prolegómenos, aunque luego pronto quedó olvidado con la gran puesta en escena del Madrid, tal y como demandaba la ocasión. Cuando mire atrás, quizá sea este martes de marzo el partido más trascendental de la temporada. Los blancos se dejaron de historias y de dudas. Fueron un ciclón, prologando ese éxtasis que fue el acto final en el Carpena. Si allí asestó 39 puntos, en el Palacio el Milán se llevó 31 (y eso que el triple desde su propio campo de Andrés Feliz estaba fuera de tiempo).
Garuba-Mirotic
Tuvo mucho que ver Usman Garuba. Al fin. El de Azuqueca está siendo todo lo que se espera de él cuando decidió volver de la NBA. La intensidad, la versatilidad, el carácter. Desde el quinteto inicial, con Deck al tres (le está costando al argentino ser el que es), secó a Mirotic, que en toda la primera mitad apenas fue capaz de meter dos tiros libres. Y además aportó ocho puntos para corroborar el absoluto dominio blanco de la pintura. Un abuso que se tradujo en una distancia de 15 puntos (24-9).
El Madrid de Tavares y Garuba era insondable para Messina. Su equipo intentó reaccionar en el segundo acto, cuando los Brates lideraban la segunda unidad blanca. Le costó al Madrid tres minutos anotar su primera canasta, pero el Armani seguía lejos. Y eso que llegaron sus tres primeros triples (es el equipo con mejor porcentaje de la competición). Las dos últimas posesiones pudieron haberlo cambiado todo. Pero falló Mannion y Llull, con cuatro segundos por jugar y arrancando desde campo propio, acertó con una de sus mandarinas. Para júbilo de las tribunas, que cuando la agarra el balear ya sabe que es apuesta casi segura. Vibra como ante la embestida de un toro. De haberse ido por debajo de 10 a 13 arriba, para un Madrid que reservó muchos minutos a Tavares.
Llull celebra su triple antes del descanso.Juanjo MartínEFE
A la vuelta pareció el Madrid decidido a sentenciarlo, 17 de ventaja (58-41) y todo cuesta abajo. Y sin embargo, la noche tenía trampa. Por las propias desconexiones y por el despertar de Mirotic. Primero fue un 0-9 en un abrir y cerrar de ojos y luego un error de concentración clamoroso de Garuba, para estropear casi todo lo anterior. Esa cabecita, ese ímpetu mal encauzado, le llevó a empujar a Mirotic tras una falta. La antideportiva le mandó al banquillo y liberó al hispano-montenegrino. Encadenó nueve puntos seguidos, robos, tapones y asistencias. El Armani estaba en el duelo.
Pero era noche europea grande. Y Campazzo lo sabía. No están siendo sus mejores semanas, pero él es el líder. A su espalda el equipo y otra vez el colchón. Y todos implicados en un triunfo clave, el que le hace soñar con los playoffs e incluso con esa Final Four.
Al Milán ya no le quedaba respuesta. Apenas salvar el basket-average. Y el Madrid estaba con el subidón de haber funcionado su respuesta, los mecanismos de antaño, el dominio de la pintura, el baloncesto al galope y hasta el acierto. Pero los blancos se enfriaron, Brooks emergió con un par de triples y aunque un palmeo de Tavares pareció definitivo, Mirotic acertó después para el mal menor.
Pocas veces comprobó el baloncesto español semejante sorpresa, un equipo que despedazara todos los pronósticos como lo hizo durante un fin de semana mágico el Hozono Global Jairis, un equipo ya para la historia. Las murcianas de Alcantarilla alzaron su primera Copa de la Reina. Ocurrió en el Príncipe Felipe de Zaragoza y por el camino completó imposibles: eliminó, una a una, a las tres favoritas.
La última, este domingo en la gran final de la Copa de la Reina, donde no le temblaron las piernas a las jugadoras de Bernat Canut. Ante la experiencia del Perfumerías Avenida, energía, entusiasmo y la calidad de Aina Ayuso y Lou López-Senechal. Una extraordinaria vuelta de vestuarios (parcial de 19-2 de salida), fue demasiado para las salmantinas (67-59). El milagro, pese al intenso sufrimiento final, estaba servido.
El Jairis se plantó en Zaragoza eliminando en cuartos al Valencia Basket, el gran favorito, líder de la Liga Femenina. Toda una declaración de intenciones para quien exploraba por primera vez el torneo, un club que ascendió a la máxima categoría del baloncesto nacional en 2022 y que la temporada pasada ya acabó en quinta posición.
En semifinales elevó la puja tumbando a otro de los candidatos, el Spar Girona, al que derrotó en la prórroga. Y en la final aguardaba el equipo más copero del basket español, 10 títulos en 18 finales.
Aina Ayuso, tras caer contra el público, durante la final de Copa.Javier CebolladaEFE
No fue obstáculo. Y eso que la primera parte fue complicada, con los dos finalistas sin chispa ofensiva, fallando y fallando (25-23). Un triple sobre la bocina del descanso de Lou López fue lo que cambió todo.
Porque llevó a las murcianas con un subidón moral al descanso y de él regresaron en tromba. Una defensa agresiva y electricidad en las transiciones, con López y Ayuso encendidas. Trituraron al equipo de Ana Montañana, que no sabía cómo detener el ciclón. El parcial fue de 19-2 (22-2 con el triple de antes del descanso) y sólo la experiencia y el temple de Silvia Domínguez lo puso fin.
Las jugadoras del Jairis levantan el título de Copa de la Reina.Javier CebolladaEFE
La final no había escrito su última página, porque el Perfumerías Avenida estuvo a punto de protagonizar una remontada antológica. De perder por 20 (50-30) a arrimarse a un punto mediado el cuarto final (56-55). Ahí, en esa crisis, supo el Jairis resistir. Se encomendó a Lou López-Senechal, que asestó dos triples para el recuerdo. Especialmente el segundo, sobre la bocina de la posesión, para sentenciar el título. La méxicana acabó con 27 puntos para éxtasis e historia de Alcantarilla, aunque el MVP del torneo fue para la catalana Ayuso (13 puntos, nueve rebotes, siete asistencias y tres robos en la final).
En la meta de la medieval Carcassonne, Tadej Pogacar entró sonriente y feliz tras conocer que Tim Wellens -no sólo su gregario, también uno de sus más cercanos en el UAE Emirates- había conseguido una extraordinaria victoria en solitario tras atacar antes del descenso (aunque Quinn Simmons, uno de sus compañeros de fuga, le acusara de haberse ayudado del rebufo de una moto para abrir hueco). El belga no fue el único, sin embargo, que entró con los brazos arriba. La anécdota de la jornada la protagonizó todo un veterano, para escarnio francés. Julian Alaphilippe, día para olvidar, festejó con rabia lo que no era.
"Por desgracia, mi radio no funcionaba después de la caída. Intenté hacer el mejor sprint y, como un idiota, levanté las manos mientras había otros delante (Campenaerts había sido segundo). Podría haber terminado mejor, pero también podría haberme ido a casa, así que no pasa nada", confesó Loulou, ídolo de masas en el Tour.
La cosa había empezado realmente torcida para el del Tudor, que al poco de salir desde Muret se vio implicado en una caída en la que se le dislocó el hombro derecho. Sentado con las piernas cruzadas en mitad de la carretera, aturdido, fue atendido por el equipo médico y al poco regresó al pelotón. Según admitió después, él mismo había colocado su articulación: "Recordé lo que me habían hecho en el hospital y logré recomponerlo".
Alaphilippe, tras su caída.LOIC VENANCEAFP
"Hizo un clic fuerte y todo volvió a la normalidad. Después, fue una contrarreloj para remontar". Julian siguió batallando como de costumbre y logró meterse en la numerosísima fuga que hizo camino. Después se quedó cortado y, finalmente, ya en los últimos kilómetros, enlazaron con el grupo en el que iban los españoles Carlos Rodríguez e Iván Romeo. Alaphilippe pensó que nadie más había por delante y, sin radio, nadie le avisó. Esprintó con su infinita clase y superó a un ojiplático Van Aert y a su compatriota Axel Laurence. Y alzó los brazos con rabia. Pensaba que había conseguido su séptima victoria de etapa en el Tour, menudo broche a sus 33 años. Pero no.
No es el primer ciclista al que le ocurre algo parecido. Ni siquiera a él mismo, que ya en 2020 levantó los brazos en la Lieja-Bastoña-Lieja, sin darse cuenta de que Primoz Roglic le había superado en la línea de meta.