Diego Simeone, técnico del Atlético.JESÚS DIGESEFE
El Atleti explota contra el favoritismo arbitral hacia el Madrid. Si negamos con bastante fundamento la imparcialidad en el fútbol, no habrá nadie en el Atleti que lo discuta. Ni en el Madrid que lo acepte. El Madrid se lamenta de que a Vinicius lo c
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Festín de clásicas de categoría World Tour. Luego de la Amstel Gold Race de este domingo, con la 74ª victoria de Remco Evenepoel, el miércoles llega la Flecha Valona. Y el próximo domingo espera la Lieja-Bastoña-Lieja, cuarto de los cinco Monumentos que el ciclismo nos regala y con los que se engalana.
En Lieja volveremos a ver a Tadej Pogacar, primero en San Remo y Flandes y segundo en Roubaix, propietario de 12 Monumentos, en la estela aún lejana de los 19 acaparados por Eddy Merckx. Si bien ahora mismo el referente próximo de Pogacar es, todavía, Bernard Hinault (cinco Tours, tres Giros, dos Vueltas y 136 triunfos en total), ya hace tiempo que glosamos las actuales hazañas del esloveno en función de las antiguas del belga, que pedalea en el horizonte. Se trata de una carrera de persecución, en un espacio por encima de las distancias y en un tiempo más allá de las épocas. Una caza emprendida en los Monumentos, en las grandes y medianas rondas, en la contabilidad total y parcial de las victorias y en la forma de lograrlas.
Para acercarse a Merckx, y no digamos para superarlo, es imprescindible empezar a ganar desde muy joven. Así ha hecho Pogacar, que saltó con acné al profesionalismo y ayudó más que nadie a abrir el ciclismo a una precocidad contractual y exitosa de sucesivos "teenagers" como Remco Evenepoel, Juan Ayuso y Paul Seixas, que llegaron a los triunfos de fuste antes de la veintena. O Isaac del Toro, otro mozalbete que ahora, a los 22 años, posee mejor palmarés que Pogacar a esa edad. Datos así sugieren sin afirmar. Para muestra de artista adolescente, Seixas se convirtió, con 19 años, en el corredor más joven en ganar una carrera World Tour por etapas al imponerse hace 10 días en la Itzulia. Desbancó en ese récord a Pogacar, ganador con 20 del Tour de California en 2019. Otros chavales procedentes de los equipos de desarrollo pisan también el World Tour en una especie de "Quinta del Biberón". Pensemos en Alessandro Pinarello y Jorgen Nordhagen, hoy con, respectivamente, 22 y 21 años, que nos han encantado en O Gran Camiño.
En medio del asombro y la admiración, y sabiendo que, en la vida, lo precoz conspira contra lo longevo y lo anticipatorio va en perjuicio de lo perdurable, la pregunta que se hace el ciclismo es cuánto y a qué altura durará la trayectoria de estos, digamos, prototipos que muestran hechuras de maestros a edades todavía de aprendices. Seguirán aprendiendo, qué duda cabe, pero han adelantado cursos y circulan por atajos que se abren ante sus ruedas.
También la pregunta se la formulan ellos mismos, desconocedores y curiosos de sus límites porque aún están descubriendo sus capacidades mientras las aprovechan. No existen precedentes de tanta cantidad temprana a tales niveles. Suponen una incógnita mayor que las habituales y una realidad distinta de la lógica. Dignos de estudio, son especímenes experimentales que hacen de cobayas a la vez que ofician de campeones.
El ciclismo evoluciona, transformándose, en todos los aspectos. Ellos lo reinventan.
Estalló la tragedia rota en llanto incontenible y gritos desgarradores. Llanto de dolor físico, exterior, y de dolor sentimental, interior. Gritos de rabia, de reproche contra el azar y de acusación contra el destino. Estalló la tragedia como estalla una bomba, como estalla una pena inconsolable que se desborda e inunda el corazón y el cerebro. Sobrecogidos, los miles de espectadores presentes cayeron en un silencio absoluto, y millones más en sus casas contemplando por televisión otro de esos tristes capítulos que hacen del deporte una metáfora de la vida. Muchos in situ y en sus domicilios se cubrían el rostro con las manos.
Se celebraba el descenso de los Juegos Olímpicos, la prueba reina del esquí alpino, la más rápida, la más espectacular, la más excitante, la más peligrosa. Y en ella, Lindsey Vonn, la más conocida, la más admirada, la más perseguida. Salía en el lugar número 13 de las participantes. Y, súbitamente, nada más arrancar, 12 segundos más tarde (¿o eran también 13?), probablemente a causa de sus ganas de triunfo y de recortar milésimas en cada movimiento, se enganchó con una puerta. Se desequilibró y voló ya con las alas quebradas. Y cayó rodando, botando, rebotando con todo el cuerpo, con toda el alma, sin control, como una muñeca de trapo, desarbolada, descoyuntada. Fue atendida largamente en la pista, convertida en una trampa, y evacuada, colgando en una camilla, en helicóptero, transformado en un vehículo deportivamente mortuorio.
Era el fin para la esquiadora, una de esas estrellas mediáticas que trascienden el deporte para alcanzar la altura de figura pública, de referente social. Especialmente en Estados Unidos, donde su popularidad se eleva a cotas hollywoodienses. Pero también en los países en los que el esquí y los esquiadores desatan pasiones. E incluso en aquellos en los que uno y otros interesan menos. Dotada de un innegable atractivo físico, complementario del talento deportivo, dos virtudes irresistibles para el público y la prensa, yacía sobre la helada y dura nieve, en la que sólo faltaba la sangre para completar una escena de una dureza atroz.
Prótesis de titanio
Era, sí, el final para ella no sólo de los Juegos Olímpicos, sino de toda una carrera reemprendida a los 40 años para, a los 41, reengancharse a una senda victoriosa, que había abandonado en 2019, obligada por todas las fracturas que había padecido. «Mi cuerpo está roto sin posibilidad de reparación», declaró. Se había roto en diferentes momentos el cruzado de la rodilla derecha, la tibia, el tobillo, el brazo, el menisco... El oro de Vancouver 2010 estuvo repleto de analgésicos. Pero, bueno, quizás no reparado, pero sí zurcido, remendado y sostenido por una voluntad tan fuerte como el titanio de la prótesis de la rodilla derecha, ese mismo cuerpo le había permitido esta temporada obtener, en ocho competiciones, siete podios, entre ellos dos victorias. Precisamente en Cortina, donde ha vencido en 12 ocasiones, se ha detenido su tiempo. Lindsey ya no volverá. This is the end.
Nacida Lindsey Kildow en Saint Paul (Minnesota) el 15 de octubre de 1984, mantiene, curiosamente, el apellido de Thomas Vonn, también esquiador, con quien estuvo casada entre 2007 y 2013. Cuando se la relacionó con Tiger Woods, formó una pareja de ensueño para quienes desean que los mitos se emparejen con los mitos, en una especie de divina decisión para con sus elegidos.
La conmoción producida por su accidente es equivalente a la admiración despertada por una figura que reúne todos los requisitos para ser considerada una moderna heroína, una mujer de, también, unas dimensiones literarias que se han incrementado con el cinematográfico dramatismo de su accidente. Su historial habla de tres medallas olímpicas (una de ellas de oro), de 84 victorias en la Copa el Mundo (y 143 podios), sólo por detrás de Mikaela Shiffrin (108) e Ingemar Stenmark (86). De cuatro clasificaciones generales de la Copa del Mundo, de ocho Globos de Cristal en descenso y cinco en supergigante. De los Premios Príncipe de Asturias y Laureus...
Vonn, trasladada en helicóptero al hospital de Treviso.AFP
Cuando pocos días antes del comienzo de los Juegos se rompía, en su novena competición del curso, el ligamento cruzado de la rodilla izquierda en el descenso de Crans Montana, añadió al nombre y al título un aura fatalista de burlona y definitiva tragedia. A su edad y en sus condiciones, ahí se acababa la historia. El presente se detenía de golpe para Lindsey y el futuro quedaba exento de cualquier tipo de incógnita. Ya no existía. Un epílogo innecesariamente cruel que cortaba de un modo excesivo, pero de indiscutible grandeza teatral, una carrera gloriosa, prolongada hasta lo inimaginable. Y, en cierto modo, magnificándola por su dimensión de doliente épica. Se entonaron los correspondientes réquiems, porque ninguna otra pieza musical podía serle aplicada a su persona.
Pero no era el fin. No, al menos, el que ella aceptaría. Pocas horas después del cataclismo, Lindsey desplegaba su seductora sonrisa y sostenía que «el sueño olímpico no se ha acabado para mí». Pero sí se ha acabado. Ahora sabemos que el sueño degeneró en pesadilla y que tenían razón quienes tildaron de locura el empeño. Pero fue una locura grandiosa en su desafío a la Medicina y a la razón.
Se la atendió en primera instancia en un hospital de Cortina y trasladada posteriormente a otro de Treviso, donde fue operada para estabilizar una fractura en la pierna izquierda. Se espera parte médico a mediodía.