No carbura el nuevo Real Madrid. No se encuentra a sí mismo; sin la fluidez y la concentración suficiente para competir. El comienzo de temporada está siendo un camino de obstáculos para Chus Mateo, las mismas derrotas (4) que victorias y sin saber lo que es imponerse a un rival a domicilio. Si el jueves en el Wizink ante el Partizan hubo algún brote verde, en Miribilla, vuelta a las andadas.
Perdió el Real Madrid, como en la jornada inaugural en Coruña ante el recién ascendido Leyma. Como en Múnich en Euroliga. Lastrado por su espantosa primera mitad, 12 abajo al descanso ante un Surne Bilbao crecido. Reaccionó en la segunda parte y por momentos pareció que iba a lograr evitar el tropiezo. “Ha habido momentos en que nos sacaban del campo”, confesó Jaume Ponsarnau de un vendaval liderado por Gaby Deck, 23 puntos tras el descanso.
Pero el Madrid no logró culminar la remontada y el acto final fue una pesadilla. Los hombres de negro se vinieron arriba con un juego coral y entusiasta en el que destacó Kristian Kullamae (18 puntos), pero también Marvin Jones en la pintura (ante un otra vez flojísimo Tavares) y el ímpetu de Thijs de Ridder, un joven belga más que interesante.
A falta de 3:30 vencían los de Ponsarnau por siete y aunque Campazzo y Deck intentaron el imposible, no hubo manera. “Hay que aprender”, protestó Chus Mateo, que no pudo contar ni con Andrés Feliz ni con Usman Garuba, dos de los nuevos.
Empieza a notarse el nerviosismo en un equipo que ha visto cómo por primera vez en siete años se le escapaba la Supercopa y que, con tres jornadas de Liga Endesa disputadas, tiene más derrotas que victorias. En el descanso, el siempre sincero Mario Hezonja pronunció una crítica contra su entrenador en los micrófonos de Movistar. “En defensa hemos empezado bien, pero luego… jugamos muchos, se nos cambia el ritmo y es muy difícil para la gente nueva, para que aprendan y cojamos química”, dijo. “Vamos a tener que sudar muchísimo esta temporada para ganar algo si no lo hacemos bien ahora”, se sinceró el croata.
En rueda de prensa, Mateo, calmado y analítico, quitó hierro al asunto, aunque con un mensaje para su alero. “Lo que tratamos siempre es de estar juntos y entiendo que es en un momento determinado de frustración. Las cosas que tengamos que hablar, las hablamos nosotros. No nos gusta airear si es una critica a nadie”, admitió.
A los blancos les aguarda una semana complicada, con doble cita en Euroliga. El martes visita el Buesa Arena ante un Baskonia de Pablo Laso también con muchas dudas en este inicio de curso. Y el jueves recibe nada menos que al campeón de Europa, el Panathinaikos, en la reedición de la última final de Berlín. Cierra el domingo recibiendo al Basquet Girona en el WiZink.
No se podrá olvidar la Vuelta a España de 2025. Con el paso del tiempo, tal vez a alguien le cueste recordar que fue Jonas Vingegaard quien, sin alardes, puso su nombre en el palmarés. Pero lo que quedará para siempre será lo extradeportivo, el boicot por las protestas propalestinas, los incidentes, el no final en las calles de Madrid jaleado y aplaudido por el propio Gobierno español, el podio clandestino en el garaje de un hotel. Los rescoldos de todo eso marcan también la edición 81, presentada este miércoles en la Salle des Étoiles del Sporting Club de Montecarlo, con la presencia del Príncipe Alberto II de Mónaco. La Vuelta del glamour que partirá el 22 de agosto desde el Principado.
Porque la Vuelta 2026 debió ser la que amaneciera en la Costa Azul y se cerrara, después de años de anhelos, en las Islas Canarias. El Teide como colofón. Impresionante e histórico. Todo un reclamo también para las figuras que no lo será. Porque la política volvió a hacer de las suyas en el deporte. Con todo atado y unas horas antes de que el propio equipo Israel-Premier Tech desapareciera del mapa ciclista (con el nacimiento del NSN Cycling Team de Andrés Iniesta), el Cabildo de Gran Canaria -gobernado por Nueva Canarias con el apoyo del PSOE- dinamitó el proyecto... por la presencia del equipo israelí.
Roto (o pospuesto) hace un mes el sueño de tantos años de Javier Guillén, la organización se puso manos a la obra para reinventarse. Para buscar un final atractivo y distinto al habitual de Madrid. Porque el fin de semana del 12-13 de septiembre está previsto que en la capital se dispute, por primera vez, el Gran Premio de Fórmula 1. La Vuelta, por tanto, que partirá desde el Casino de Montecarlo, acabará por primera vez en su historia en Granada, a la vera de la Alhambra, la octava ciudad (segunda andaluza) en coronar al ganador, la primera que no es la capital ni Santiago de Compostela desde 1986.
En Mónaco, con una contrarreloj de 9,6 kilómetros por las calles en las que transcurre el mítico circuito de Fórmula 1 (imitando la Gran Depart del Tour de Francia de 2009, que después ganaría Alberto Contador), amanecerá una ronda española -la tercera vez consecutiva en el extranjero tras Lisboa 2024 y el Piamonte 2025- que transitará por cuatro países y que se presume de ser una de las más duras de los últimos tiempos: más de 58.000 metros de desnivel positivo, como nunca. Una carrera que atravesará Francia y se adentra después en Andorra, ya un clásico, con una jornada tan breve como brutal (se antoja decisiva), una secuencia de 104 kilómetros con Port d'Envalira, Beixalis, Coll d'Ordino y Alto de la Comella. La Vuelta irá descendiendo después por la costa mediterránea hasta Andalucía, aunque también visita Castilla la Mancha y una novedosa etapa en la Sierra de Albacete con final en Elche de la Sierra.
No visitará la Vuelta por primera vez en años Asturias o Galicia, pero sí tendrá puertos se sobra conocidos. Valdelinares, Aitana, Calar Alto (después de subir Velefique), La Pandera, Peñas Blancas... y también otros inéditos. Como el tramo de 3,5 kilómetros de camino de tierra hacia El Bartolo, a 16 de la meta en Castellón (etapa 6). O el Collado del Alguacil en la penúltima y brutal jornada, ocho kilómetros de ascensión con tramos de hasta el 20%, que coronan una etapa desde Sierra Nevada, con doble paso por el Alto de Hazallanas y más de 5.000 metros de desnivel acumulado.
La Vuelta 2026 también propondrá su buena dosis de contrarreloj. Y larga para lo que viene siendo habitual. Además de la inaugural en las calles de Mónaco, 32,5 kilómetros entre el Puerto de Santa María y Jerez de la Frontera. Todo cabe, menos Canarias (desde 1988 no viaja allí), en «una de las ediciones más difíciles de la historia de La Vuelta», en palabras de su diseñador, Fernando Escartín. A la espera de las figuras, de los grandes nombres que irán definiendo su calendario según éxitos, caídas o victorias, y por qué no, de un Tadej Pogacar que no ha cerrado la puerta a su regreso. En el acto -presentado por Pedro Delgado-, ayer presentes estuvieron leyendas del renombre de Chris Froome, Peter Sagan, Fabio Aru, Nicolas Roche o Michael Matthews.
Que Bolonia sea el principio de un buen final. Eso pedía Chus Mateo, el sentir general de un Real Madrid permanentemente enredado esta temporada, en una búsqueda de sí mismo que parece como escapar de un laberinto imposible. La primera de las seis finales fue un ejercicio de seriedad y defensa y, por brevísimos momentos, buen baloncesto ante la Virtus. Un trampolín desde el que impulsarse, del que huir de la "frustración" y la "ansiedad" reconocidas. [67-80: Narración y estadísticas]
Hacía dos meses que los blancos no ganaban a domicilio en la Euroliga (cuatro derrotas), hacía más que no se sentían tan dominadores. No se reencontraron con el triple (otra vez porcentajes impropios, cinco de 20), pero tampoco lo necesitaron. Fueron de más a menos y su relajación en la segunda mitad no hizo peligrar en ningún momento un triunfo coral, burocrático y sin héroes.
Apoyado en un amanecer contundente, como un puñetazo en el sofá. Con Dzanan Musa eléctrico e incontenible y secundarios como Usman Garuba, Andrés Feliz y Serge Ibaka aportando lo que se espera de ellos. Poco pero intenso. Bien es cierto que enfrente estaba una Virtus golpeada por las bajas (Clyburn, Pajola, Belinelli) y las derrotas (seis de carrerilla), penúltimo y desahucidado en Europa.
Se rindieron pronto los de Dusko Ivanovic, como si no les alcanzara la motivación para aguantar el ritmo rival. Ayudó al Madrid que Musa acertara con el primer triple. Resultaron determinantes la calma y la circulación con la que se desempeñó en ataque, con Campazzo a los mandos y sin alardes. Garuba dominando la pintura y, desde el banquillo, el empuje de Feliz para aumentar más y más una ventaja que llegó a los 19 puntos en el segundo cuarto (29-48).
Garuba
No había ambiente ni espíritu de remontada en el Virtus Segafredo Arena. Garuba, buscando su mejor momento desde su vuelta de la NBA, aumentó la distancia (35-57, esa fue la máxima) y aunque los italianos, con Tucker, Morgan y un par de triples intentaron animarse, no encontraron resquicio. Apenas un toque de atención para no bajar la intensidad. Y eso que Bruno Fernando deambuló errático, la peor noticia sin duda para Chus Mateo.
La pena fue que la segunda mitad fue bastante pobre y eso no ayudó en la necesidad de confianza que necesita el Madrid. Mezcla de falta de competitividad y de desacierto. Del amor propio de Shengelia y la falta de alegría blanca. Era como si todos estuvieran deseando acabar.
Era, eso sí, una noche para no fallar. Ni siquiera para dudar. Una derrota en Bolonia no sólo hubiera alimentado todas las dudas, hubiera dejado en una misión casi imposible el camino del Madrid. Ahora sigue estando complicadísimo, hasta para el objetivo de mínimos de estar en el play in. Las siguientes dos estaciones son en el Palacio, ante uno de los casi eliminados, el Asvel, la semana que viene y frente al Milan (que este jueves ganó en Belgrado al Estrella Roja), rival directísimo, la siguiente.
«Que nazca algo del caos que sembré», escribió ella misma cuando transitaba por el abismo. Sandra Piñeiro (Boiro, 1996) rememora sus nubes negras con una franqueza que pone los pelos de punta. El lado tenebroso del deporte, el que no se quiere ver pero ahí está. La anorexia adueñándose por completo de una remera de elite, ganadora por dos veces de la Bandera de la Concha con el Club Orio Arraunketa Elkartea. «Poco a poco, estaba matándome, me iba consumiendo», recuerda ahora, ya todo superado, de vuelta a sus 70 kilos (llegó a bajar de 50), al apetito, y con tantos horizontes, retos que le devuelven a la vida. El pasado 21 de abril completó el IRONMAN 70.3 de Valencia y a mediados de julio afrontará el más difícil todavía, la distancia completa (3,8 kilómetros de natación, 180 de ciclismo y un maratón) en Vitoria.
Sandra es pura vitalidad, pero ahí está su historia como lección, como ejemplo y como aviso. Cuando pidió ayuda y escapó de sus propia mente, resurgió la salud, la física y especialmente la mental, y sus ganas de todo. Probó crossfit, hizo carreras de montaña, aprendió a escalar -«cuatromiles, tresmiles, todos los Pirineos me los conozco de pe a pá...»- y ahora le apasiona el triatlón. También se ha empeñado en ayudar a los demás, en visibilizar un tabú que en su caso estuvo a punto de arruinarlo todo. Además de trabajar como entrenadora y readaptadora en San Sebastián, colabora con la Fundación Juntos e Invulnerables, para que los niños no tengan que atravesar por lo que ella pasó.
Sandra relata su historia no tan lejana en EL MUNDO, como muestra de hasta donde puede llevar la mente cuando todo se enturbia. Sus inicios en el remo en Galicia, en el club Cabo de Cruz su Boiro natal, «la primera y única chica», ya con ese «punto obsesivo por el deporte» que lo ponía incluso por delante de los estudios. De ahí a Riveira y pronto «el sueño de venir a remar al País Vasco, que era como jugar la Champions League en fútbol. Ganar la Concha, ganar la Liga... las competiciones más importantes en el mundo de las traineras», aunque ya entonces había brotado algo peligroso dentro de ella.
Piñeiro, en la carrera del IRONMAN 70.3 de Valencia, en abril.@ironmanspainMUNDO
«El problema psicológico con la comida venía de más atrás. Yo era una niña que se refugió en el deporte, encontré ahí un punto de paz y de control dentro del descontrol que tenía, de la mala gestión emocional de problemas en casa. Nació una relación tóxica: me gustaba, me hacía feliz, pero había algo que no era sano con él. Eso es lo que más me costó ver», se inculpa, aunque admite que a los 10 años ya la habían subido a una báscula y enciende la crítica hacia esos entrenadores, sobre todo en deportes minoritarios, «que hacen de Dios, sin conocimientos ni capacidades, jugando con la salud de las personas». Cuando dio el gran salto y fue fichada por Orio, donde pudo compatibilizar con sus estudios y prácticas de la carrera de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte, la «obsesión fue a más». «En mi cabeza ya no había otra cosa que no fuese entrenamiento y restricción de comida. No comer, cada vez tenía que pesar menos. Menor peso, mayor rendimiento...», detalla.
Y llegó el infierno. «Normalizar cosas que no son normales». Y mejor escucharla despacio.
«Evitaba los eventos sociales, salir a cenar, porque sabía que iba a haber comida. Medía siempre las calorías a los alimentos, todo tenía que ser verde. Pensaba que entrenar más era sinónimo de rendimiento: cuanto más sufres, más te castigas, mejor. Es una rueda en la que te aíslas de tu entorno y cada vez estás más encerrado con esa voz obsesiva de tu cabeza. y encuentras una satisfacción, porque piensas que estás ganando con esa fuerza de voluntad la batalla a tu cabeza. Y te empoderas. Dices, qué fuerte soy, lo que soy capaz de hacer. Estás atentando contra tu salud, pero te cuesta verlo de forma racional».
Sandra Piñeiro, en San Sebastián.Jose Ignacio UnanueAraba
«Si sabía que había pesaje, vomitaba. Pensaba 'me da igual comer hoy, porque vomito y ya está'. Me dolían las manos de vomitar, me hacía heridas. Todavía tengo las cicatrices en los nudillos. Ves que tus compañeras también normalizan esas conductas. Estar dos días sin comer. Crees que tienes el control. Pero en realidad es la voz que tienes en tu cabeza la que te está obligando a hacerlo».
«Tenía miedo a toda la comida, al arroz, la pasta.. Pesaba la fruta y me comía la más pequeña, la que menos azúcar tenía... Nivel muy obsesivo. Lo único que veía comer bien era lechuga y tomate. Unos garbanzos, arroz con pollo... era inconcebible».
Piñeiro, durante la bici del IRONMAN 70.3 de Valencia, en abril.@ironmanspainMUNDO
«Hubo episodios duros. Hay uno que fue bastante fastidiado [Resopla]. Ahí ya llevaba sin comer unos días... Vomitaba agua. Estás tan obsesionada que hasta el peso del líquido tienes que expulsarlo. No quieres nada que pese dentro de tu cuerpo. Llegas a vomitar hasta 10 veces en un día. Estaba desnutrida, me levantaba de la cama y me temblaban las piernas. No sé ni cómo llegaba a entrenar, iba como un esqueleto, un muerto andante».
Sandra, que en 2019 se hizo viral en un episodio en plena competición que recuerda con mucho cariño -se le rompió el remo y, tras el pánico, siguió balanceándose con sus compañeras para mantener el ritmo hasta acabar ganando aquella regata-, tocó fondo. «Te planteas el querer morir. Es un sufrimiento y un dolor tan grande que no quieres estar», admite. Pero fue capaz de ir en busca de auxilio, en la Asociación de Anorexia y Bulimia de Gipuzkoa. Conoció a su psicóloga y «empezó el proceso con mi entrenador, mi médico y mi nutricionista, un trabajo sinérgico». Y hasta escribió un libro, 'Remando en la oscuridad', con las anotaciones que tenía en su diario del tiempo de recuperación. Una herramienta que su psicóloga le aconsejó que, si lo daba a conocer, podría ayudar a mucha gente, porque «es una enfermedad tabú, de la que cuesta hablar y pedir ayuda. Hay miedo a sentirte juzgado».
«Todo eso ocurrió en mi último año de remo, en 2021. Tuve que parar unos meses, había bajado tanto la masa muscular que tenía riesgo de fallo cardíaco», se sincera. Se retiró y aprendió a hacer «todo lo que siempre me ha apetecido, desde una forma saludable y de ocio». Completar un Ironman, con el lema de su Fundación en el pecho, es también una forma de darle visibilidad a la importancia de la salud mental. Porque Sandra aún sigue teniendo sus «días malos», pero ahora ya posee las «herramientas» para no volver a eso que ella llama «mundo requeteoscuro».