Corre, corre. Y corre, corre. Y corre, corre. Y Carlos Alcaraz dijo: “Ya está, para”.
Cuando acabó su partido de cuartos de los Juegos Olímpicos de París con victoria sobre Tommy Paul por 6-3 y 7-6(7), se encerró en el gimnasio que hay en Roland Garros -en las plantas bajas de la Philippe Chatrier- y tardó casi dos horas en salir. Hasta ayer, después de cada triunfo olímpico, le tocaba ducharse rápido, fotografiarse con los fans que le esperaban e
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¿Quién ganó los 100 metros lisos en los Juegos de Tokio? ¿Y los 100 metros estilo libre? Sólo lo recordarán los aficionados muy aficionados y quienes estén armados de una memoria excepcional. El resto, nada. De Marcell Jacobs y Caeleb Dressel pocos se acuerdan. Los deportes más importantes de los Juegos Olímpicos, el atletismo y la natación, viven en una crisis de la que están intentando salir a base de sacudirse la tradición y modernizarse, pero es complicado. Más allá de inventos -cambios de formatos o de distancias- viven en el vacío que dejaron Usain Bolt y Michael Phelps, los mejores de la historia. Por eso estos Juegos de París serán tan importantes. Algo grande tiene que pasar, sí o sí.
Deben aparecer nuevos ídolos, nuevos polos de atracción para el público. De lo contrario, los años posteriores, hasta los Juegos de Los Ángeles 2028, se harán muy largos tanto en el tartán como en la piscina. Candidatos no sobran, aunque los hay, todos con algún pero.
En la pista está Noah Lyles que, en principio, lo tiene todo para brillar. Es estadounidense, tiene carisma y, sobre todo, es rápido: en el pasado Mundial ganó los 100 metros, los 200 y el relevo 4x100. ¿Qué problema tiene? Más allá de la sombra de Bolt, aún debe exhibirse en unos Juegos -en Tokio fracasó- y conectar con el público. A través del manga y los videojuegos puede llegar a las nuevas generaciones, pero su estilo fanfarrón, tan yankee, antes siquiera de alcanzar el éxito, le aleja de muchos aficionados. Hace unos meses realizó un tour por los late night de su país y se proclamó capaz de batir los récords de Bolt, pero eso no le sirvió para hacer un hueco en el star system. De hecho, él mismo se quejó de la atención que reciben los campeones de la NBA. Sólo una auténtica exhibición en París le convertiría en una estrella. Tiene, así, un problema.
¿Dónde está Popovici?
Un problema diametralmente opuesto al que tiene el máximo referente en el agua. Si Lyles es demasiado charlatán, David Popovici es demasiado reservado. En el Mundial de 2022, a los 17 años, lo ganó todo y atrajo la atención del mundo por varios motivos: un cuerpo hecho para la natación, más incluso que Phelps, una sonrisa inocente y muchos secretos. Criado en Bucarest, había rechazado múltiples ofertas para nadar en Estados Unidos y se mantenía fiel a su equipo de siempre. Además, apenas concedía entrevistas. «No queremos que nadie sueñe por él», comentaba su entrenador, Adrian Radulescu, en conversación con EL MUNDO. El silencio entonces era parte de su encanto, pero se le ha girado en contra. En el último Mundial falló y ahora es una incógnita para París, más tras la irrupción del chino Pan Zhanle, que le arrebató el récord mundial de los 100 libre.
John MunsonAP
Como Lyles, además, Popovici necesita a triunfar en París contra una competencia mediática brutal. Como ocurre desde los Juegos de Barcelona 1992, los ídolos de deportes que no necesitan el olimpismo, como el fútbol, el baloncesto o el tenis, coparán la mayor parte de la atención, más con el cartel que se espera. Con la presencia de Kylian Mbappé aún en el aire, el USA Team ya ha anunciado un equipo exagerado con LeBron James como líder -Curry, Durant, Embiid, Tatum, Davis...- y Novak Djokovic ha fijado el oro en París como su principal objetivo del curso. En los tres deportes puede haber otros nombres atractivos -Wembanyama, Nadal, Alcaraz, incluso Messi- por lo que las disciplinas puramente olímpicas deberán pelear mucho por hacerse un hueco.
La vuelta de Biles
El único asegurado lo tiene Simone Biles. Después de lo ocurrido en los Juegos de Tokio, de su baja por salud mental en plena competición, la gimnasta estadounidense será nuevamente la estrella femenina más brillante, más después de su regreso. Pese a sus casi dos años de ausencia, en el último Mundial ganó su sexto oro y clavó un salto hasta ahora reservado para hombres, por lo que en París todo es posible. De retirarse, nada. La historia la espera. Aunque, para evitar lo ocurrido hace tres años, ella lleva meses quitándose presión. En sus últimas apariciones siempre asegura que su objetivo es clasificarse y que incluso si no lo consigue estará feliz consigo misma. Demasiada humildad. Los Juegos la necesitan y ella necesita los Juegos.
En el resto de deportes se pueden nombrar centenares de grandes deportistas -el judoka Teddy Riner, la arquera An San...-, pero es difícil que salten a las portadas. Sólo el atletismo y la natación pueden y deben marcharse de París con nuevas estrellas en su firmamento. Tiene que pasar.
Unos meses antes de los Juegos Paralímpicos de Tokio, Teresa Perales (Zaragoza, 1975) afrontaba el desenlace de su trayectoria deportiva cuando se le salió el hombro izquierdo por un espasmo muscular. Tenía 45 años y con mucho esfuerzo se colgó una plata. Pero al volver de Japón a España, después de pasar incluso por la UCI, descubrió que sufría una nueva discapacidad. La neuropatía que a los 19 años le dejó sin movilidad en las piernas le provocaba esta vez una continua luxación en el brazo izquierdo y, sin solución en el quirófano o en rehabilitación, su vida cambió de nuevo.
Acostumbradísima a la silla de ruedas, nuevamente necesitaba ayuda en su rutina y tenía que reinventarse en la piscina, con el brazo derecho como único motor. Una solución era retirarse. Con 27 medallas en Juegos Paralímpicos, podía dejar la competición y disfrutar de los recuerdos acumulados después de tanto tiempo. Pero entonces no sería Perales. En lugar de eso luchó más que nunca para regresar y colgarse este sábado en París 2024 su medalla número 28, un bronce en los 50 metros espalda S2 que le igualaba al mito del agua, Michael Phelps. Horas después, este domingo, Perales atendía a EL MUNDO entre compromisos en la Villa.
¿Cómo se celebra una medalla cuando es la número 28?
Durmiendo a pierna suelta (Risas). Llegué supertarde de la piscina, después de atender a la prensa y de estar con la familia y dormí como hacía meses que no dormía. He celebrado muchas medallas, pero ninguna como ésta. Es la medalla más épica de mi vida, una medalla de película. La más especial por todo lo que significa. Estos últimos años, con más discapacidad, han sido muy difíciles de gestionar en mi cuerpo y, sobre todo, en mi cabeza.
¿Cómo lo hizo?
Centrándome mucho en lo que todavía podía hacer, en mi brazo derecho. Al principio me costó aceptar que era más dependiente, que necesitaba que alguien me ayudara a moverme o a vestirme. Pero luego empecé a trabajar para centrarme en lo que todavía tenía y no en lo que había perdido.
El proceso ya empezó en los Juegos Paralímpicos de Tokio.
Sí, allí estuve ingresada y, al volver, tuve que estar en la UCI en Madrid. La verdad es que estuve bastante malita, pero más o menos me recuperé. Pensaba que con la operación todo se quedaría en un susto y el brazo volvería a estar bien. Pero después de pasar por el quirófano volvió la espasticidad [espasmos causados por la hipertonía muscular que provoca la neuropatía] y ahora está siempre dislocado, luxado todo el tiempo. Por suerte, sólo me duele cuando se sale un poco más de la cuenta, pero yo misma me lo coloco.
Javier EtxezarretaEFE
¿Cómo ha conseguido nadar de nuevo sin movilidad en ese brazo?
No te voy a mentir, ahora es agotador. El brazo derecho tiene que hacer de timón, de empuje, lo tiene que hacer absolutamente todo. Tengo que estar enfocada cada segundo, concentrada en cada movimiento. No sabes la cantidad de veces que me he comido las corcheras en los entrenamientos. En la final, a mitad de piscina ya estaba agotadísima, pero pensaba sigue, sigue, sigue, pega otra brazada. Por suerte el techo de La Defense [la sede de la natación en París] es perfecto para la espalda y sabía en todo momento cuánto me quedaba. Al llegar, al tocar la pared, me bailaba todo, no sabía ni si realmente había conseguido medalla.
¿Sigue disfrutando de la natación?
Sí, sí, por supuesto. La adaptación a la nueva situación fue difícil y pasé por muchas cosas que tampoco voy a explicar. Pero el agua me ata a la vida. Siempre me ha dado libertad, en el agua mantengo mi dignidad, mi autonomía personal. Y además estoy rodeada de gente bonita que lo hace todo muy bonito.
¿De quién fue el primer abrazo al salir de la piscina tras la final?
De mi entrenador, Darío [Carreras]. Luego abracé a Justi, que es quien me ayuda en mi día a día. A mi doctora, Amaia Bilbao. A los fisios, a mis amigos y después a la reina Letizia, al resto de autoridades y, al final, a mi familia. Dejaron que mi marido, mi hijo y mi hermano bajaran a pie de la piscina y fue muy emocionante. Lloramos todos mucho.
Javier EtxezarretaEFE
La reina Letizia se emocionó mucho con su medalla.
Le gusta mucho el deporte y siempre ha estado tremendamente implicada en mi carrera. Es una persona que se informa mucho, por algo era periodista, y es muy inteligente. Me asombra siempre la memoria que tiene, me deja admirada. Se acuerda de cosas que he conseguido de las que ni yo me acuerdo.
Después de conseguir la medalla número 28, la más difícil de todas... ¿Ya lo ha logrado todo?
No, no, yo todavía no he puesto el broche a su carrera, si acaso el pin. Por lo menos seguiré un año más, hasta el Mundial del año que viene y luego ya veré qué hago. El otro día vi que en los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028 la natación se celebrará en un estadio de fútbol americano, que habrá 35.000 espectadores en las gradas, y pensé: 'Eso tengo que vivirlo'. Si mi cuerpo aguanta, quizá dispute otros Juegos.
En el precioso teatro de conferencias del All England Club, Cameron Norrie, el próximo rival de Carlos Alcaraz en Wimbledon, reconocía que el español le había servido de "inspiración" para cambiar su preparación. El británico llevaba toda la vida queriendo escaparse "un par de días" a Ibiza después de Roland Garros y nunca se había atrevido, pero cuando vio el documental del español en Netflix no dudó hacerlo. "Le dije a mi equipo: 'Quizá el método de Carlos funciona porque él va a Ibiza y después gana el título'. Fui directo desde París con un amigo y lo pasamos realmente bien. Cuando volví a entrenar me sentía realmente relajado", comentó Norrie y Alcaraz no rechazó el guante.
Para alejarse de las malas interpretaciones que ha habido de su documental, el actual número dos del mundo podría cambiar su discurso y esquivar cualquier pregunta que tenga que ver con Ibiza, pero entonces no sería como es. Diáfano y alegre contestó a su manera. "Muchos tenistas me han dicho que irán a Ibiza, quizá Ibiza me tenga que pagar una parte", bromeó y añadió: "Estoy contento de ayudar a otros jugadores, que todos estén contentos, que todos estén tranquilos".
En pleno debate sobre la salud mental de los deportistas, Alcaraz, que este domingo derrotó a Andrey Rublev en octavos y este martes se enfrentará a Norrie en cuartos, volvió a demostrar que le ha dado muchas vueltas al asunto. Pese a su edad y a la presión, ha alcanzado la madurez necesaria para saber que el éxito de verdad no nace únicamente de las victorias. "Hay veces en las que he dado importancia a cosas que no la tenían: a los resultados, a defender puntos del ranking ATP, a las expectativas de la gente. Ahora sé que para mí eso no es importante, que lo importante es cómo yo me sienta. Me costó darme cuenta de ello. Al final esto el tenis es sólo un juego y lo importante está fuera", valoró Alcaraz seguramente con las recientes palabras de Alexander Zverev en la cabeza.
Desde que llegó al profesionalismo, más en las últimas temporadas, el español siempre ha luchado por mantener su frescura mental y en cada ciudad tiene sus trucos. En París, los paseos por los parques y los restaurantes del centro. En Londres, el golf. Con el espectacular campo de Wimbledon a dos pasos de la casa que tiene alquilada, practica durante la mayoría de sus días de descanso y ya ha encontrado adversarios fijos. Uno de ellos es su entrenador, Juan Carlos Ferrero; otro, Andy Murray. Alcaraz y Murray, ambos doble campeones de Wimbledon, ya se han enfrentado tres veces en un duelo a 18 hoyos y su desempate llegó el sábado. Si en las dos primeras tarjetas hubo igualdad, en la tercera dominó el británico.
Después de su victoria contra Rublev, sobre la misma pista central de Wimbledon, preguntaron a Alcaraz por la derrota y él volvió a tirar de humor. "¿Te ha dicho Andy que hicieras esa pregunta?", cuestionó el español a su entrevistador cuando éste le sacó el tema del golf. "Tengo que admitir que Andy me ganó. Pero bueno quizá me dejé ganar un poco porque estaba en su casa", volvió con la guasa y finalizó con el mismo tono: "Me he enfrentado a él como jugador, como entrenador y ahora como golfista y quizá no lo vuelva a hacer nunca más".