Álvaro Morata fue dueño de un partido oscuro, pero completísimo. Poco antes de que Luis de la Fuente lo sacara del campo, se tiró al suelo para cortar un contragolpe de Koundé que hubiera cogido en inferioridad a España. El capitán, uno de los jugadores que más kilómetros corre en cada partido, se fue al banquillo, derrengado, en el minuto 75.
El delantero vivió, pues, el último cuarto de hora en el banquillo, sin las espinilleras, y preso de los nervios, como todos. Cuando el árbitro pitó el final, comenzó la celebración y, en mitad de ella, uno de los miembros de seguridad del propio equipo español, que trataba de impedir que un espontáneo que había saltado al campo llegase a los jugadores, se le cayó encima. El hombre, que perseguía al espontáneo, se resbaló y dobló de mala manera la rodilla derecha del capitán de la selección.
Enseguida se llevó la mano a la pierna con evidentes gestos de dolor. Cojeando, David Raya se interesó por su estado, pero no parecía haber consuelo para Morata, cuyo estado de salud es de momento una incógnita. Los médicos le estaban haciendo una primera valoración en el propio vestuario del Allianz mientras sus compañeros se acercaban a preocuparse por él.
“Creemos que no es nada, pero vamos a esperar. Ha sido un golpe y creemos que no va a ser nada, pero mañana veremos”, dijo después el seleccionador, Luis de la Fuente.
África es un continente tan pasional como peculiar y eso se reflejó en una loca final de la Copa África en que Senegal fue capaz de romper el guion que daba ganador al anfitrión Marruecos incluso con un penalti polémico señalado por el VAR en el último suspiro del tiempo reglamentario. En sus botas tuvo Brahim Díaz la posibilidad de hacer campeones a los alauitas desde el punto del penalti, pero su decisión de lanzar 'a lo panenka' acabó con el balón en las manos de Edouard Mendy y dando una vida extra a Senegal que el jugador del Villarreal Pape Gueye convirtió en la victoria en la prórroga.
La final se agitó de manera explosiva por dos decisiones arbitrales tan polémicas que llevaron a Senegal a retirarse a su vestuario. Fue primero un gol anulado por una falta previa de Seck a Hakimi que señaló el colegiado congoleño Ngambo un tanto exagerada. Después, Brahim cayó en el área por un agarrón de Diouf que tampoco pareció suficiente, ni siquiera para el árbitro hasta que vio la jugada en el VAR y señaló penalti. Esa decisión servía en bandeja la ocasión a Marruecos de ganar la Copa África y eso incendió el banquillo de Senegal. Pape Thiaw mandó a sus jugadores retirarse del campo en una decisión histórica.
La Federación de Senegal ya había denunciado en un comunicado las maniobras lo que consideraba maniobras turbias de Marruecos: falta de seguridad para sus jugadores, hoteles de peor nivel, impedimentos para asignarles campos de entrenamiento en Rabat... y el penalti fue la gota que colmó el vaso. En el 90+9, tras discusiones con el árbitro y entre banquillos, solo Mané se quedó en el campo, pidiendo a sus compañeros que volvieran. Como si fuera el único que creía en que el cancerbero del Chelsea podía parar ese penalti y mantenerlos vivos.
Los jugadores de Senegal se retiran al vestuario.AFP
Brahim, que había generado esa oportunidad histórica, le pidió el balón a En-Nesyri y, ante el portero del Chelsea y con todo Marruecos conteniendo la respiración, se jugó un lanzamiento 'a lo panenka' que, mansamente, atrapó el guardameta. De la gloria al infierno.
Tan noqueada quedó Marruecos que ya no pudo alzarse. El peso de llevar a la espalda la ilusión de todo un país que había esperado 50 años para volver a ganar una Copa África les pudo. La condición de anfitrión y la de favorito fueron emociones que se sumaron a la incomodidad que les creó Senegal desde el arranque. De hecho, en el minuto 5 respiraron de alivio cuando Bono salvó el remate de Pape Gueye a bocajarro en un saque de esquina. El ex guardameta del Sevilla, que ya fue héroe en las semifinales atajando dos penaltis a Nigeria, volvió a aparecer para sostener a su equipo, al que le costaba estirarse.
Senegal sabía que si tenía la pelota y el control del juego dejaba a los alauitas sin su mejor baza: las transiciones rápidas. En eso se esforzó, como también lo hizo el lateral zurdo del West Ham, Diouf, en parar a Brahim Díaz. A quien apuntaba a ser MVP de esta Copa África y también Bota de Oro, le costó entrar en juego porque el balón nunca lo tenían sus compañeros.
Cierto es que ese dominio senegalés se veía atrapado en muchos momentos en la tela de araña que tejió Regragui con Saibari, El Aynaoui y El Khannous. Sus robos tenían un destinatario claro: Abde. En el ala izquierda donde habían detectado una debilidad porque Pape Thiaw no había tenido más remedio que hacer debutar al joven central de Niza Antoine Mendy. Abde, pillo, intentó buscarle las cosquillas pero toda la zaga de los leones de Teranga acudía en su auxilio.
Necesitaba Marruecos que apareciera Brahim para encontrar a El Kaabi, incluso que Hakimi se proyectara, aunque bastante tenía con sujetar a Sadio Mané. Senegal parecía más cómodo, tanto que pasada la media hora Ndiaye le cogió la espalda a Mazraoui, como si de un Everton-City se tratara, y se plantó para librar un mano a mano con Bono que, de nuevo, ganó el portero. Si la selección marroquí seguía viva, se lo debía a él, porque era incapaz de gobernar la final y empujar a que se jugada en campo senegales.
Al filo del descanso se estiraron los dos equipos y pisaron más las áreas con menos miedos. Marruecos, a latigazos, otra vez con Abde, que puso un centro al punto de penalti que se le escapó al central del Marsella Aguerd. La respuesta, esta vez, fue una transición de Senegal, con Jackson en la frontal del área descargando a Mané en la banda izquierda para que buscara disparo. No es ya el jugador decisivo que asombró en el Liverpool, pero le queda magia. Ya en el añadido, Ndiaye volvió a intimidar, pero esta vez el tiro flojo desde la frontal de Camara hizo contener la respiración al público, más por reiteración que por el peligro que representaba.
Tras el descanso, el duelo se abrió algo más y la primera ocasión la tuvo Marruecos con una asistencia de El Khannous entre los centrales para El Kaabi, que intentó armar un zurdazo ante Mendy que le salió desviado. Se habían engrasado y otra recuperación de Brahim volvió a poner en problemas a Senegal. Trazó una diagonal y asistió a El Kaabi, pero rebañó Sarr y, aunque su rechazo lo cazó Abde, su remate no pudo encontrar puerta. Se lanzaban los anfitriones a solventar el partido en la media hora que tenían por delante.
El parón por la herida sangrante que sufrió el pivote marroquí de la Roma, El Aynaoiu, animó a los seleccionadores a mover sus banquillos en los últimos 15 minutos. Thiaw buscó la veteranía de Seck y Ismaila Sarr y el colmillo de la jovencísima estrella del PSG Mbaye. No tardó en retrucar Regragui mandando al campo a Tarhghaline y al ex sevillista En-Nesyri.
Había dos opciones: ser conversador y no perder la Copa en los últimos minutos o buscar ser campeón antes de que el colegiado congoleño Ngambo pitara el final. La lesión de Masina noqueó a Marruecos, y de eso se aprovechó Senegal, que encadenó dos jugadas de gol. La primera, un disparo cruzado de Mbaye, la salvó de nuevo Bono. La segunda acabó en el fondo de la portería pero, con mucha polémica, la anuló el árbitro por falta previa de Seck a Hakimi que Senegal protestó.
El jugador del Villarreal Pape Gueye celebra el gol que marcó.AFP
Sin embargo, el capítulo más polémico llegó ya con el tiempo cumplido. En el noveno minuto del largo añadido, y tras avisar el VAR, Ngambo señaló un penalti por agarrón de Diouf para derribar a Brahim. Las protestas de los senegales, que acusaban al madridista de exagerar ante el contacto, apenas se escuchaban ante un estadio enloquecido.
El fallo de Brahim fue un golpe emocional tan fuerte que sacó a los marroquís del partido y, a los cinco minutos de arrancar la prórroga, un zurdazo de Pape Gueye puso en ventaja a Senegal. Contra todo pronóstico, a los leones de Teranga la polémica les había dado alas. Solo reaccionó Marruecos en el 104 con un cabezazo de En-Nesyri a centro de Abde, pero fue Cherif quien, a puerta vacía, falló lo que hubiera sido la sentencia de los senegales.
Para crecer en el fútbol no es necesario echarse en brazos de grandes accionistas, locales o extranjeros. También hay quienes resisten y pelean por mantener un modelo en el que los aficionados, los socios, sigan teniendo todo el control. Y no, no son el Real Madrid, el FC Barcelona, el Athletic u Osasuna, sino clubes más modestos que ascienden desde las categorías de barro buscando plantarse en las profesionales. Puede que el camino sea más largo, pero también más satisfactorio. Unionistas de Salamanca es el ejemplo que ha llegado más alto.
Nació en 2013 tras la desaparición de la histórica Unión Deportiva Salamanca y ha ido creciendo guiado por una gestión eficiente y el apoyo de una masa social con un enorme sentimiento de pertenencia que quedó huérfana. «Es fruto de aquel trauma, de ver que nuestro equipo se liquidaba, que intentamos salvarlo, pero el dueño sólo miró por sus intereses. Entonces entendimos que un equipo no podía depender del capricho de una persona», cuenta Roberto Pescador, hoy presidente pero miembro de la directiva desde la fundación.
En ese intento de rescatar a su club optaron primero por la vía más habitual: buscar otro comprador que hiciera frente a las deudas. Contactaron con un empresario británico, directivo de la empresa del entonces presidente del Newcastle, Mike Ashley, dispuesto a invertir un millón de libras. «Pero Pepe Hidalgo ya tenía otros planes y dejó que el equipo fuera a liquidación», recuerda. Ese golpe -«unido a la rebeldía de la juventud», reconoce-, les llevó a fundar Unionistas. «Sin empezar a competir teníamos 1.000 socios. Tras el primer año superamos los 2.000. Hubo que ganarse la confianza pero los resultados se iban dando», explica Pescador. Aún recuerda los rumores a los que se enfrentaron: «Que si nos íbamos a quedar el dinero de los abonos, que si nos estábamos haciendo de oro... Esos eran los continuos comentarios al principio y los entiendo, porque la mayoría de gente se acerca al fútbol para eso».
Se disiparon conforme se iban encadenando ascensos hasta llegar a Primera RFEF, donde están consolidados, con las cuentas saneadas y siendo protagonistas en la Copa del Rey. Recibieron al Real Madrid en 2020 y en la pasada edición, eliminaron al Villarreal, y se plantaron en octavos de final ante el Barça. «Es cierto que nos hemos creado un nombre y que estos resultados llevan a mirar más allá y han dado a conocer nuestra filosofía», admite con orgullo.
Por eso no han faltado ofertas de compra. «Cada temporada hay llamadas de inversores para comprar el club. Y todos reciben la misma respuesta: no se vende. Estamos abiertos a inversiones, pero sin ceder nunca el control, que estará siempre en manos de los socios a través de una directiva a la que fiscalizan. Aquí nadie tiene acciones y todo se decide en asambleas», advierte.
Unionistas crece sin prisas, con dos millones de ingresos y un gasto de medio en la plantilla frente a gigantes como el Deportivo que superaba los cinco, pero no descartan llegar a Segunda. ¿Se puede llegar con esta estructura horizontal y democrática? «Creo que es posible. Sólo tendríamos que profesionalizar un poco más la estructura del club, pero en cuanto a decisiones, seríamos como el Athletic o el Osasuna».
Adiós a las Sociedades anónimas y un consejero de la afición
La actual Ley del Deporte aprobada en diciembre de 2022 recoge dos reclamaciones que protegen a los aficionados frente al régimen de Sociedades Anónimas Deportivas.
La primera es que ya no es obligatorio transformarse en empresa para jugar competiciones profesionales, sino que se podrá hacer bajo la forma jurídica de club deportivo.
La segunda, recogida en el artículo 71, es que en los consejos de las SAD debe haber «al menos un consejero independiente que deberá velar especialmente por los intereses de los abonados y aficionados». Especifica la ley que no debe verse «condicionado por relaciones con la sociedad o su grupo, sus accionistas significativos o sus directivos».