Claudio Ranieri, que llevó al Leicester City a ganar la Premier League en 2016, ha anunciado su retirada del fútbol a los 72 años. El último partido del italiano como entrenador fue la derrota del Cagliari en casa por 3-2 ante la Fiorentina el jueves, donde recibió una gran ovación de los aficionados en el Sardegna Arena, así como una guardia de honor de sus jugadores.
“Todo tiene un principio y un final. Es justo: cerrar el círculo de esta manera, donde había empezado, es algo con lo que soñaba y el sueño era maravilloso”, declaró el jueves a la prensa Ranieri, que ya dirigió al Cagliari en 1988. El italiano, que ha dirigido a varios equipos de la Serie A, entre ellos la Juventus, el AS Roma y el Inter de Milán, es conocido sobre todo por haber llevado al Leicester a conquistar el título de la Premier League.
También dirigió al Chelsea, al Fulham y al Watford en la Premier League, así como al Valencia y al Atlético de Madrid en LaLiga española. “La suerte no te cae encima, hay que buscarla. Yo fui un hombre con suerte: quería ser futbolista y lo conseguí. Luego, a los 30 años, intenté entender si entendía de fútbol, lo intenté y lo conseguí”, dijo Ranieri.
“Como futbolista no fui un gran campeón, pero como entrenador me divertí mucho. Para mí fue un honor estar en el mundo del fútbol”, concluyó.
No fue España, no hubo rastro en Bercy del coraje ni del baloncesto de la selección, no se pareció en nada a lo cosechado en la primera fase de Lille. Allí soñaron las de Miguel Méndez, cada batalla una victoria para acabar muriendo en un cruce trampa. Bélgica, de principio a fin con su juego alegre, con su poderío, acabó con el sueño en cuartos de final (66-79).
Tantas veces los precedentes son un engaño. La campeona de Europa había escapado de un infierno en el Pierre Mauroy. Perdió con Alemania y con EEUU y fue rescatada por el basket average, por una canasta final para ganar por 27, lo que necesitaba, a Japón. Esos sufrimientos fueron su acicate. Porque enfrente venía un rival conocido, la España que había sido capaz de sufrir y tumbar a China, a Puerto Rico, a Serbia. La misma de la final continental de hace un año. Que se sentía segura de sí misma pero que no se encontró en París, desenfocada y pronto desquiciada. Ni la garra le valió esta vez.
No se puede exigir a este equipo que fue capaz en Río de ganar una plata olímpica hace ocho años. De aquellos cielos no queda tanto, aunque nadie pueda discutir su empeño, su competitividad. Golpeada por el camino la selección, con bajas insustituibles como la de Raquel Carrera o Silvia Domínguez, dice adiós en el mismo peldaño que en Tokio, entre las ocho mejores del mundo. En la hora de la verdad, le faltó el día bueno, la puntería (desesperantes los porcentajes), el rebote y la fogosidad que es su seña de identidad.
Leo Rodríguez, ante Antonia Delaere, en el Bercy Arena de París.ARIS MESSINISAFP
La primera parte devino en tiroteo y eso ya no fue buena señal. España estaba avisada, pero en 45 segundos, Emma Meesseman ya había clavado dos triples como espinas en la piel del rival. Al acierto belga se unía la falta de dureza de las de Miguel Méndez, algo realmente extraño en un colectivo que brega con cualquiera. La primera falta de la selección (y fue en ataque de Queralt Casas) no llegó hasta el minuto 13.
Y aún así, refugiada en el talento de Megan Gustafson, España, también suelta desde el perímetro con Maite Cazorla aún en esos amaneceres, seguía en la batalla y hasta se iba a poner por delante con un triple de la pívot de Wisconsin (29-26). Pero fue justo ahí donde iba a llegar un colapso definitivo. Descansó Megan y todo se quebró repentinamente.
Con un baloncesto veloz y frenético, las de Rachid Meziane aceleraron sin mirar atrás. A Messeman se unió Kyara Linskens, dominando la pintura con su corpachón, subiendo en volandas a las campeonas de Europa, que asestaron un parcial de 3-18 que dejó tiritando a la selección. Volvió Megan y se intentó recomponer un equipo de repente petrificado, pero al descanso la desventaja era preocupante (37-48).
Porque las cosas no mejoraron a la vuelta, España sin encontrarse a sí misma, cada vez más desesperada, enredada en la tela de araña belga, en las travesuras de Vanloo. Regresó del descanso con otro parcial durísimo (2-11), para una desventaja que se disparó hasta los 22 (41-63). No había fórmula para anotar con soltura y Bélgica era un rival completamente crecido.
Las canastas no quisieron a España en Bercy. Ni aún derrotada era capaz de acertar, con balones que hacían todo tipo de arabescos hasta acabar siendo escupidos por el aro. Faltó temple y confianza. El intento de arreón final apenas inquietó a las belgas, que se las verán en semifinales con el ganador del Alemania-Francia.
El brasileño Dani Alves, ex lateral del FC Barcelona, se ha convertido en uno de los propietarios de un club de Portugal, el Sporting São João de Ver, que actualmente milita en la tercera división del país luso.
La entrada de Alves en el São João de Ver fue oficializada por el propio club en un comunicado compartido en la red social Facebook, en el que destacaron que el ex jugador del Barça "aporta visión global, mentalidad ganadora y ambición".
"Un nombre que lleva consigo una de las trayectorias más exitosas del fútbol mundial se cruza ahora con un club de profundas raíces, hecho de trabajo, resiliencia y pasión. Dos historias distintas que se unen con un propósito común: transformar el potencial en grandeza", escribió el club.
"Esta unión simboliza más que un cambio estructural. Representa el encuentro entre la experiencia de quien conquistó el mundo y el alma de un club que nunca dejó de creer", continuó el mensaje, acompañado de unas imágenes donde se puede ver al brasileño vistiendo la camiseta del conjunto.
Dani Alves, de 42 años, entra como accionista del club de la localidad portuguesa de Santa Maria da Feira tras haber sido absuelto el pasado mes de marzo por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) del delito de violación de una joven en Barcelona.
El ex internacional brasileño pasó catorce meses en prisión preventiva y fue condenado a cuatro años y medio de cárcel, pero el TSJC revocó por considerar que no hay pruebas de la agresión y que el testimonio de la denunciante no es "fiable".