Brignone, en plena competición.GUILLAUME HORCAJUELOEFE
No sabemos si a Giorgia Meloni, que nos recuerda a Meg Ryan, pero más rellenita, le gusta o no el esquí. En cualquier caso, como primera ministra de Italia, habrá celebrado dos alegrías de oro. La de Federica Brignone (combinada) y la de Marta Bassin
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Martín Monroy (Montevideo, 36), que acaba de publicar "Trampantojo. Notas de un futbolista", pasó de ver con su padre el fútbol en las gradas a vivir de ello como profesional en Primera División de Uruguay. Exfutbolista de clubs como el Albion FC, Sud América (IASA) o el Rocha Fútbol Club, a día de hoy, definiría este deporte como duro: "Hoy lo vivo con 36, con problemas en mis rodillas. Si hay humedad, ya lo detecto, por tener operaciones en las rodillas. Tengo que convivir con eso cada día. Conlleva mucha disciplina. Te acostumbras a jugar con dolor, a sentarte en el sillón y no tener tranquila la tarde porque te duele".
El uruguayo tiene buenos recuerdos del fútbol. "No me imagino no siendo futbolista", explica. Pero, a su vez, también sufrió las consecuencias de formar parte de este mundillo tan exigente. Monroy empezó a ganar dinero a los 13 años por lo que para él era "un juego" pero, una vez le pasó esto, dejó de verlo como ese hobbie que era, pasando a vivir la parte fea del fútbol. Su infancia, su adolescencia, cambió.
"Mis amigos estaban entrando en la universidad y yo abriendo una cuenta en el banco con mi madre. Mis amigos no tenían dinero en bolsillo y yo me estaba comprando un coche y ahora ellos ya tienen su casa, su dinero y soy yo el que no tiene un duro, ¿viste? Iba a contramano de mis amigos, como que vivía en un universo paralelo. Cuando ellos disfrutaban de su vida los fines de semana, yo era cuando más concentrado tenía que estar", explica.
La parte que no le gusta del fútbol es "la hipocresía, la falsedad, la expectativa" y explica que, para llegar a poder vivir del fútbol, se necesitan muchas cosas, como suerte. "La suerte en el fútbol existe y hay que decirla cuando se gana. Cuando se pierde, se dice que no hubo suerte. Si te lesionas a los 18, la carrera ya empieza diferente. Entonces suerte necesitas", comenta el uruguayo. Además de este factor, otros que ve claves son la disciplina, la constancia y la inteligencia: "Hay que saber cómo pasarla, saber los movimientos de los rivales, de los compañeros... Hay que analizar un montón de cosas para estar jugando". Un montón de factores entre los que Martín resalta uno: el amor. "Vos vas a llevar una vida que vas a necesitar compartir cosas. Vas a estar a contramano y te va a doler el cuerpo", comenta.
Martín Monroy en el Albion FC, en el año 2017.Damián Pintos
Pese a toda esta parte más negra del deporte con más éxito en nuestro país, hay algo claro, y es que el fútbol engancha. Sea a aficionados o a jugadores profesionales, tiene algo que crea verdadera pasión. Es el deporte más practicado y el que más ingresos genera. Martín ve esta realidad: "Hay algo no palpable. Cada fin de semana esto se reinicia".
Otra característica que tiene este deporte es su corta duración: el fútbol como oficio tiene fecha de caducidad, porque "es una exigencia muy grande tanto física, fisiológica como mental. Son pruebas constantes, no para nunca", comenta.
El uruguayo define su carrera como la de un "futbolista mediocre, un futbolista profesional que se desarrolló durante 9 años, con picos de rendimiento muy grandes y también con momentos en los que entendí que había muchas cosas más que no dependían del futbolista".
Pero su vida no se queda en esto, sino que ahora Martín Monroy ha explorado otro ámbito completamente diferente: el de la escritura. Acaba de publicar su primer libro titulado "Trampantojo. Notas de un futbolista", que gira en torno a diferentes historias sobre aquello que siempre le ha fascinado.
Su interés por la escritura viene desde que era niño, no es algo reciente. Siendo pequeño él ya escuchaba la radio al irse a dormir, y es algo que le encantaba, porque se iba al mundo que le estaban contando. Además, ahí se dio cuenta de que "para llegar a hablar bien o poder contar una historia, tenía que leer".
Martín ha colaborado con periódicos como La Voz de Ibiza, además de con otros medios y revistas. Actualmente también trabaja como comentarista, haciendo transmisiones para un canal llamado SCS Play. Ya tiene en mente su segundo libro y explica que la experiencia con el primero fue "una maravilla, una experiencia completamente nueva, y un proceso paciente, muy trabajado".
El logro que persigue con este primer libro es "que sea leído o compartido y genere una pregunta, con que pase eso, yo ya estoy feliz. Porque quien haga preguntas va a buscar una respuesta, que puede generar otra pregunta, y así entrar en un mundo infinito y precioso. Tiene como objetivo que nos sigamos haciendo preguntas", concluye.
Un minuto le bastó al Oviedo para desnudar a un Valencia obtuso, que solo jugó a ráfagas, sin acierto, ni de penalti, y con falta de mucha calle. Como si fuera el recién ascendido. Se le escaparon entre los dedos tres puntos por errores groseros defendiendo un balón parado, del que se aprovechó Ilic, y permitiendo la carrera a la espalda de la defensa del veterano Salomón Rondón. Dos zarpazos que provocaron los pitos de una afición desesperada. [Narración y estadísticas: 1-2]
Se relamió Mestalla cuando, en solo cuatro minutos, su equipo tomó ventaja con un picotazo de muchos quilates. Danjuma, de media bolea, cazó un centro que el diablillo Luis Rioja se sacó dentro la línea de fondo bregando con la defensa carbayona. Apenas había pasado el balón por las botas valencianistas, pero el brillo de su estrella auguraba una noche plácida, despejada como el cielo tras la tormenta. En la grada se frotaron las manos cuando otra vez el neerlandés, esta vez asistido por Gayà al primer palo, forzó a Aarón a mantener con vida al Oviedo. Sin embargo, las expectativas murieron muy rápido. El Valencia ya no volvió a tener una ocasión clara antes del descanso.
Si bien es cierto que el Oviedo no encontró balón en los primeros 15 minutos, condenado a perseguir sombras, también lo es que poco a poco se acercó al área de Agirrezabala y, sobre todo, fue capaz en su pelea hombre a hombre, de ganar todos los duelos a un Valencia que parecía desbravado tras el gol. No se encontraban los de Corberán, dubitativos e incapaces de dar un paso al frente que les devolviera el control.
Así, entre los remates de Federico Viñas y hasta del lateral Lucas, comenzó en runrún en Mestalla, que poco tardaron en convertirse en pitos. Demasiada debilidad estaba mostrando el Valencia, que solo se estiró una vez más con una carrera por la orilla izquierda de Danjuma para sentar a Hassan y a Lucas sin que su centro encontrara rematador. Tanto creció el Oviedo que fue Paunovic quien se echó las manos a la cabeza cuando Colombatto forzó a Agirrezabala en la mejor ocasión para los asturianos al filo del descanso.
Como si no hubieran pasado por vestuarios, el partido regresó con el mismo guion. El Oviedo se volcaba buscando el empate y encontrando la manera de provocar que todo el estadio se desesperara con los errores que iban acumulando sus jugadores. El banquillo lo detectó y rompió esa dinámica reforzándose. En el centro del campo con Pepelu y en la banda con Diego López, además de Lucas Beltrán para apretar en ataque. El Valencia volvió a dominar a su antojo, sin prisas... y con poca claridad. Al Oviedo le quedó un centro-chut cruzado en exceso de Brekalo. Justo lo mismo que hizo Danjuma cuando Diego López lo dejó mano a mano con Aarón.
Errores groseros
Que no iba a ser una noche cómoda para los valencianistas quedó claro cuando hasta Danjuma falló desde el punto de penalti. El VAR avisó a De Burgos de un codazo en el cuello a Diakhaby y el neerlandés le pidió a Pepelu, con el balón agarrado, ser él quien se plantase ante Aarón, que le adivinó el lanzamiento en el minuto 74. El Valencia solo tenía que agarrarse y defender su marcador ante un equipo que había marcado dos goles en siete partidos, pero no lo hizo. Lo peor acababa de empezar. En un minuto, el Oviedo se metió los tres puntos en el bolsillo.
Fue primero Ilic en el que, tras un saque de esquina que Rondón cabeceó para meterlo en el área pequeña, cazó de rebote el mal despeje de Santamaría para empatar el duelo. Al marcador le dieron la vuelta los asturianos robándole la pelota a Gayà -desde entonces pitado- por intentar un mano a mano en el lateral de su área sin que De Burgos viera falta. La pérdida provoca que el Oviedo lance una contra perfecta para que su veterano delantero venezolano se fajara con Tàrrega y tumbara al Valencia.