Rafa Nadal podría acabar, a principios de julio, jugando en Hamburgo, Gstaad o Bastad, o la semana siguiente, en Umag o Kitzbuhel. Construir un calendario con rivales de nivel ahora mismo es complicado, pero después de su derrota este lunes ante Alexander Zverev, el ganador de 22 Grand Slam lo tiene claro. «Quiero jugar los Juegos Olímpicos aquí y después ya veré si sigo», aseguró y así contestó a la pregunta: ¿Y ahora qué?
Una percepción ambicio
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«¡Vinga, ara a rematar!», le gritaba Samu López a Carlos Alcaraz en uno de sus partidos de las últimas ATP Finals de Turín en noviembre. El mensaje era lógico, habitual, esperable... pero no así el idioma. ¿Por qué le hablaba en catalán? Cosas suyas. «Es una broma interna que tenemos Samu y yo. Me hace reír y ahí es cuando mejor saco mi tenis», comentaba entonces el número uno, sin desvelar más.
En los meses anteriores, la pareja ya había demostrado complicidad en múltiples ocasiones, como cuando Alcaraz celebró sus victorias en el Trofeo Conde de Godó simulando que surfeaba, porque precisamente eso, «surfear sobre la pista», era lo que pedía López. Luego, el mes siguiente, concretamente el 17 de diciembre, la sintonía entre ambos fue parte primordial de un anuncio sorpresa: Alcaraz rompía con su entrenador de siempre, Juan Carlos Ferrero, y se quedaba con los consejos de Samu López, hasta entonces su técnico ayudante, siempre en un segundo plano.
Mucho se ha escrito y hablado sobre el divorcio, pero todas las fuentes consultadas coinciden en que se ha infravalorado el papel de López. Su presencia en prácticamente todos los torneos de la temporada pasada, su adaptación a Alcaraz e incluso su carácter fueron esenciales para que el entorno del tenista pudiera negociar a la baja el nuevo contrato de Ferrero. Si las conversaciones iban mal, como ocurrió, estaba López.
Dita AlangkaraAP
No había dudas de que sería el primer entrenador, y él tampoco dudó cuando recibió la oferta. De hecho, fuentes cercanas al jugador aseguran que no se llamó a ningún otro técnico, que no se contratará a nadie más «como mínimo esta temporada» y que, el día que se anunció la ruptura con Ferrero, se declinó amablemente el ofrecimiento de hasta seis entrenadores con un palmarés superior al de López. De la supuesta llamada a Andy Murray, publicada en algunos medios, nadie sabe nada.
Con un preparador de perfil bajo, un currante del tenis como López, Alcaraz sabe que pone el cuerpo ante las críticas si no gana el Open de Australia, que empieza mañana con su debut ante el local Adam Walton (11.00 horas, HBO Max y Eurosport), pero apenas le importa.
Una relación horizontal
«Para mí todo está prácticamente igual. Obviamente ha cambiado el entrenador principal y cada uno tiene sus pensamientos y su forma de trabajar, pero yo ya venía trabajando con Samu desde el año pasado. Que sea segundo o primero no quiere decir que haya cambiado su manera de entrenar, de aportar sus opiniones o de hacer las cosas. Nos conocemos muy bien, así que no ha cambiado nada en mi rutina de entrenamientos», contaba en la madrugada de ayer el número uno del mundo sobre su entrenador, que ha descubierto en su banquillo una presencia muy cercana.
Pese a que López es diez años mayor que Ferrero, la conexión entre entrenador y jugador ahora es más horizontal, más animosa, incluso más divertida. Ferrero era una figura paternal de las de antes, severo pese al éxito de su pupilo. En el pasado US Open criticaba el uso del teléfono móvil por parte de Alcaraz ante los periodistas españoles presentes en Nueva York, aunque éste, con Instagram o sin él, estaba a unas horas de ganar su sexto Grand Slam. López, en cambio, no entra en esos terrenos.
JOEL CARRETTEFE
Cuando se incorporó al grupo, Alcaraz ya era una figura mundial y sus tareas se limitan a lo que ocurre en la pista. Sobre sus hábitos, sus vacaciones o sus intereses, nada que opinar. En el estricto sentido técnico, por ejemplo, esta pretemporada ha vuelto a introducir una pequeña modificación en el saque del número uno.
Lo ha hecho en Murcia, en la Carlos Alcaraz Academy, de donde no saldrá el tenista en sus escasos días en casa. Se acabaron sus viajes a Villena para prepararse con Ferrero. De ahora en adelante será López quien se desplazará y, con él, el resto del equipo. Porque, pese a la ruptura, ni uno solo de los miembros habituales de su grupo ha abandonado a Alcaraz, y eso también es relevante.
El apoyo del equipo
Samu López, el fisioterapeuta Juanjo Moreno y el preparador físico Alberto Lladó proceden de la Ferrero Academy y viven en los alrededores de Villena, pero seguirán trabajando con el número uno. Les une un proyecto profesional y un contrato laboral, por supuesto, pero también un vínculo personal. «Otro tenista, con otro carácter, hubiera perdido a medio equipo o hasta se hubiera quedado solo. Dice mucho del trato que da Carlos», analizan en su entorno, donde siempre se valora su carácter. Su alegría le ha ayudado a seguir arropado y es una de sus armas para lo que viene.
Porque, tan relajado como habitúa, Alcaraz encara estas semanas un desafío histórico. Si vence en Melbourne por primera vez, será el jugador más joven en ganar los cuatro Grand Slam con notable diferencia. Lo conseguiría un año y medio antes que Rafa Nadal, por ejemplo, pero cinco antes que Roger Federer o seis antes que Novak Djokovic. Los últimos partidos no sirven para valorar su estado de forma -su último encuentro fue hace dos meses-, pero por delante apenas observa amenazas.
En tercera ronda asoma Sebastian Korda como relativo peligro; en cuarta, Tommy Paul o Alejandro Davidovich podrían exigirle; y rumbo a una nueva final contra Jannik Sinner, sólo se entiende como obstáculo a Alexander Zverev, verdugo el año pasado y posible adversario en semifinales. Hasta ahora, Alcaraz nunca ha llegado a esa fase -cayó en cuartos de final en 2024 y 2025-, pero esta temporada el objetivo va mucho más allá. Lo hará después de haber soltado la mano de Ferrero, pero igual de acompañado que antes.
Cuesta todavía mirar las fotos de aquel día y no fijarse en la cara del pobre Nicolas Mahut que, después de once horas y seis minutos de juego, acabó derrotado, mareado y desorientado. Tanto, que cuando le pusieron un micrófono delante dijo: «Hemos jugado el mejor partido de todos los tiempos en el mejor torneo del mundo». No había ironía en sus palabras, mucho menos comedia. Acababa de perder el partido más largo de la historia del tenis ante el estadounidense John Isner, sabía que sería recordado toda la vida por ello e intentaba darle un sentido. No lo tenía.
En la primera ronda de Wimbledon 2010, el duelo entre Isner y el francés Mahut terminó con un 6-4, 3-6, 6-7(7), 7-6(3) y 70-68, en un eterno intercambio de saques y golpetazos. Tanto uno como otro pasaron a los libros: para lo bueno y para lo malo.
Más de quince años después, Mahut se retiró este miércoles definitivamente del tenis en el Masters 1000 de París, y lo primero que le recordaron fue aquel partido interminable. «Fue un momento doloroso, pero ahora es uno de mis recuerdos más preciados de mi carrera, inevitablemente. Al principio, me molestó mucho porque estaba cansado de ser el perdedor guapo. Ahora disfruto hablando de ese partido. Ya no me importa que mi carrera esté asociada a una derrota. De alguna manera, yo también gané», explicó en rueda de prensa después de recibir un homenaje de la organización y de su patrocinador de siempre, Lacoste.
En aquel 2010, durante varias semanas, el galo evitó preguntas sobre su encuentro de récord e incluso rechazó patrocinios y regalos, como el viaje a las islas Mauricio «para descansar» que le ofreció la agencia de viajes Club Med. Sin embargo, al año siguiente escribió un libro sobre aquella experiencia, Le match de ma vie, sin traducción al castellano.
Éxito en los dobles
La falta de definición en aquel partido, en realidad, era el mejor resumen de sus virtudes y sus defectos. Isner no podía contrarrestar su saque y su volea, como Mahut tampoco tenía argumentos para hacer lo propio. Por eso, la trayectoria del francés en individuales quedó reducida a cuatro títulos ATP 250 sobre hierba -tres de ellos en 's-Hertogenbosch- y a un puesto 37 como mejor clasificación mundial. Nunca alcanzó los octavos de final de un Grand Slam ni de un Masters 1000, y toda su gloria se concentró en su carrera como doblista.
Desde sus inicios, algo poco común, disputó las grandes citas en pareja -habitualmente junto a su compatriota Pierre-Hugues Herbert-, con quien ganó cinco Grand Slam, alcanzó el número uno del mundo y colaboró en la conquista de la Copa Davis para Francia en 2017 junto a Tsonga o Gasquet.
«Ganar Grand Slams es de mis mejores recuerdos. Eso es lo que recordaré. Más allá de los títulos y los trofeos que pueda tener, también es, en definitiva, todo lo que me permitió alcanzarlos: las dudas, los cuestionamientos, los errores que cometí. Eso es, en definitiva, lo que me ha enriquecido. Mi carrera ha sido rica en ese sentido», comentaba Mahut, que decidió ser tenista después de ver a Leconte y Forget levantar la Copa Davis de 1991 ante los Estados Unidos de Sampras y Agassi. De alguna manera, él también pasó a la historia del tenis. Aunque fuera con una derrota.