Un cliente entra en la administración de lotería número 16 de Santa Cruz de Tenerife y agradece: tenía una pensión pequeña, una pensión mínima, apenas llegaba a finales de mes, pero acaba de cobrar 200.000 euros de un décimo comprado allí y sus problemas económicos han desaparecido. Al otro lado del mostrador, a Javier Hernández se le saltan las lágrimas. «Fue muy bonito. Habíamos dado otros premios, pero este año tres agraciados del Niño vinieron a darnos las gracias y nos emocionamos todos», cuenta quien sabe perfectamente qué es luchar con pocos recursos. Durante años lo hizo en el agua.
Antes de ser lotero, Hernández fue regatista y de los buenos. En la clase láser llegó a colgarse un bronce en el Mundial de 2008 y fue olímpico en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 -decimocuarto- y Londres 2012 -decimosegundo-. Fue miembro de una de las generaciones doradas de la vela española, junto a Iker Martínez, Xabier Fernández, Fernando Echavarri o Antón Paz. Pero su palmarés se cuenta ahora en premios: lleva tres años consecutivos repartiendo en Navidad, dos veces en el Gordo y la última, en el Niño. Su administración vendió seis boletos del 06703 agraciado, por lo que repartió 1.200.000 euros.
- ¿Dar premios multiplica los clientes después?
- Es buena publicidad. Todas las administraciones ofrecemos el mismo producto, décimos de lotería, así que la suerte marca el negocio. Antes de Navidad intentamos vender el máximo número posible de décimos para que haya premios y venga más gente. Y luego confiamos en el chicharro, nuestra mascota. Es un pez azul, pequeño, humilde y abundante en las costas canarias, Nos representa. Tenemos una figura de bronce en el mostrador que nos ayuda.
“Todo se me puso cuesta arriba”
La historia de cómo un regatista olímpico acabó vendiendo lotería sigue el camino tortuoso de las vidas que no salen según el plan. A los 28 años, después de los Juegos de Londres 2012, Hernández todavía pensaba en seguir, en llegar a Río 2016 o incluso a Tokio 2020, pero el dinero empezó a escasear. «Acabé undécimo y tenía beca ADO, pero no me daba para mucho», cuenta.
«Por culpa de la crisis de la construcción de 2008, la Federación Española de Vela había reducido mucho las ayudas para viajar y competir y todo se me empezó a poner cuesta arriba. En la vela hay que seguir el circuito mundial, ir de regata en regata, costear desplazamientos, material, entrenamientos… Y no me llegaba», recuerda Hernández que, además, en aquella época perdió a su padre. La motivación por seguir en competición y buscar su medalla olímpica se convirtió en otra cosa.
- ¿Cómo nace la administración?
- Fue una oportunidad. Era de un familiar lejano y se puso un poco a tiro. Pensé mucho en si dar el paso o no, me decidí y le pagué la licencia. Entendí que no podía seguir viviendo de la vela y tenía que empezar a labrarme un futuro. De 2012 a 2014 intenté compaginar la administración con los entrenamientos, pero era imposible.
Entrenador de Santa Lucía o El Savaldor
Hoy, más de una década después, la administración de la calle Bethencourt Alfonso funciona y Hernández todavía está detrás del mostrador casi cada día. «En Navidad estoy muy al público y durante el año suelen ponerme una hora o dos al día. Algunos clientes me reconocen de cuando hacía vela y me piden que les elija yo el número porque me ven como un tipo con suerte», explica Hernández, que nunca se alejó del todo del mar.
Cuando dejó de competir, sus propios rivales le llamaron. Había estudiado INEF y tenía criterio técnico. Empezó entrenando a uno, luego a otro, y sin buscarlo construyó una segunda carrera como entrenador freelance de países pequeños sin estructura federativa propia como Santa Lucía, El Salvador, Trinidad y Tobago, Corea del Sur o Montenegro.
«Llevo tres Juegos Olímpicos de entrenador de los que eran mis rivales, pero ya me voy retirando también. Tengo tres hijos y viajo lo justo. El año pasado solo fui a tres competiciones, ya no quiero hacer el circuito completo», asegura quien ya no vive pensando en el verano y sus regatas. Ahora su competición se disputa en Navidad, cuando planta la figura de bronce del chicharro en el escaparate y espera a que surja la magia. De momento lleva triunfando tres años.





