Los Seahawks de Seattle han destrozado este domingo a los New England Patriots logrando la segunda Super Bowl de su historia. Un partido soñado para el equipo de Mike Macdonald, que dominó desde el primer minuto al último. Que reivindicó su papel de favorito, tras haber sido el mejor conjunto durante toda la temporada. Que anuló completamente a la estrella rival, el jovencísimo quaterback Drake Maye, superado, anulado, desesperado. Que impuso su ritmo, su defensa, un ataque machacón. Que consumó, 11 años después, una venganza servida más que fría, tras la derrota dolorosísima en la final de 2015.
El partido, jugado en California, nunca estuvo en disputa, y el resultado final, 29 a 13, ni siquiera hace del todo justicia. Pudo ser peor, mucho peor, por la extraordinaria defensa de los ganadores, una de las exhibiciones más importantes de las últimas décadas. Los Patriots, sin ideas, sin brazo, sin piernas ni estrategia, no lograron anotar hasta el último cuarto. Hasta el tercero sólo había logrado completar ocho pases, tantos como despejes. Maye recibió seis placajes, una cifra demoledora para una estrella emergente que se quedó esta semana sólo a un voto de ser nombrado MVP de la NFL. Por no hablar de tres pérdidas de balón, la última de las cuales fue interceptada por Uchenna Nwosu para el touchdown que redondeó la masacre.
Los Patriots sólo tuvieron un destello en todo el partido, un touchdown en el último cuarto para intentar recortar distancias y soñar con un milagro que nunca estuvo cerca. Que nunca merecieron. Seattle fue mejor en todo. En el planteamiento, en la ejecución, en las ganas, en el espíritu. Sin necesidad de que su quaterback, Sam Darnold, una cenicienta que ha llevado a su equipo a la gloria después de una carrera plagada de decepciones, traspasos, cortes y desprecios, brillara demasiado.
No fue un partido vistoso, ni de los que crean aficionados nuevos, quizás, en busca de pases largo, jugadas legendarias, carreras imposibles. Sí fue uno para gourmets, para los que disfrutan con lo más profundo de este deporte: el análisis, la táctica, las miles de horas de estudio, preparación y combinación de diagramas. Un trabajo fino que no deja momentos precisos de belleza o épica, que no deja héroes ni villanos obvios. Pero que será estudiado durante décadas por los expertos.
Fue una victoria de equipo, de sistema, de planteamiento. De una defensa espectacular, liderada por xxxxxxxx, el merecido MVP del partido. Habitualmente los premios son para los lanzadores, los receptores, los corredores. Pero de vez en cuando, incluso cuando el marcado no ha sido escaso, el reconocimiento llega a los que batallan cada posesión.
Los Seahawks arrancaron haciendo daño enseguida, en el primer minuto. Con una ráfaga de carreras y un inesperado pase de más de 30 yardas que los colocó enseguida en distancias de anotación. Sin sobresaltos, metieron la primera patada y los primeros tres puntos en menos de cuatro minutos. No hubo fallos de la defensa, sino un acierto del ataque y fue suficiente. No marcó el ritmo del primer cuarto pero sí el resultado y la tendencia de lo que vendría después.
Los Patriots, escasos en el ataque desde los playoffs, respondieron de forma conservadora, protegiendo a su joven quaterback estrella, optando una y otra vez por carreras y pases corto por la izquierda. Salió bien dos veces, hasta que un sack, un placaje, lo derribó y generó las primeras dudas, y los primeros agujeros, en el muro defensivo. Antes de que acabara el cuarto, un segundo sack para un equipo que ha defendido bien la temporada, pero que en tres partidos de play off permitió que su estrella fuera derribado 15 veces. Después llegaron cuatro más en una noche desastrosa que tardará en ser olvidada.
La misma tónica marcó los siguientes 15 minutos, y los demás. Los puntos llegaron primero poco a poco, en cuatro patadas sin que los de Nueva Inglaterra, el equipo que más Super Bowl tiene, la franquicia más exitosa y temida de toda la historia, aparecieran. Estaban perdidos, desanimados, imprecisos. Incapaces no ya de anotar, sino de acercarse lo suficiente como para soñar con una patada lejana. Después ya llegó la masacre, la humillación. Una batería de errores, debilidades y exposiciones en toda la defensa que permitieron un festival de sus rivales.











