Dos días atrás, Pablo Carreño se marchó del Bologna Fiere con el gesto torcido. España venció a República Checa y se clasificó para las semifinales de la Copa Davis, pero él se culpaba por su derrota, que obligó a la remontada. Por supuesto, podía perder contra un portento de 20 añitos como Jakub Mensik, pero no tenía que hacerlo como lo hizo. Con todo de cara, incluso un break a favor, se entregó a los nervios y cayó en demasiados errores. Este sábado se quitó la espina.
En el primer partido contra Alemania, Carreño venció a Jan-Lennard Struff por 6-4 y 7-6(6), y dejó al equipo a un paso de la undécima final de su historia. En los partidos que se disputan a continuación -el encuentro entre Jaume Munar y Alexander Zverev y el enfrentamiento de dobles-, España tiene ahora dos oportunidades para seguir soñando con una Ensaladera que, a principios de semana, con la lesión de Carlos Alcaraz, parecía imposible.
Ante Struff, Carreño hizo todo lo que había hecho ante Mensik, todo lo que lleva haciendo toda la vida, pero además afinó en los momentos decisivos. Frente a un rival de su generación -Struff tiene 35 años y Carreño, 34-, un rival al que conocía a la perfección, sabía que debía mantener la tranquilidad, Y eso hizo. El alemán es un tenista con un saque potente y una derecha peligrosa, pero carece de sentido táctico y de la paciencia necesaria.
Carreño debía mantener su saque, aguantar sus embestidas y esperar su momento. Y cumplió. En el primer set fue capaz de remontar un break en contra para imponerse, y en el segundo no se desesperó. Con 5-4 en el marcador, tuvo tres bolas de partido; Struff las salvó por centímetros -dos bolas a la línea- y el parcial llegó al tie-break. Ahí el español estuvo perdido. Llegó a verse con un 6-1 en contra y, aun así, fue capaz de rehacerse, salvar esas cinco bolas de set e imponerse ante un Struff que se marchó tembloroso de la pista.
Hace unos años Jonas Deichmann trabajaba como vendedor para una start-up alemana, Benify, cuando tuvo una revelación: ¿Por qué estar ocho horas al día sentado en una oficina de Múnich cuando podía estar ocho horas al día dando vueltas por el mundo sobre su bicicleta? Y dejó su puesto de trabajo. Y cambió de profesión. Hoy es aventurero. Vive de completar desafíos, de mostrarlo en medios de comunicación y redes sociales, de contarlo en libros y documentales y de explicarlo en conferencias. No hace otra cosa. Pedalea, nada o corre y lo enseña. ¿Un trabajo soñado?
«Tengo mis patrocinadores y sé cómo buscar fondos. Tampoco necesito mucho para vivir», explica Deichmann en conversación con EL MUNDO desde Múnich, donde vive y entrena unas 50 horas semanales entre desafíos. El último, que completó entre mayo y septiembre, fue acabar un Ironman al día durante 120 días consecutivos. Eso quiere decir, 3.800 metros nadando, 180 kilómetros en bici y un maratón a pie cada día. Siempre lo hacía en el recorrido oficial del challenge Roth alemán, una de las pruebas más famosas del mundo, y rodeado de amigos o seguidores que deseaban acompañarlo un rato.
«Fue realmente duro, lo más duro que he hecho nunca. Me exigía llevar un ritmo bastante alto para tener tiempo para descansar antes de volver a empezar al día siguiente», comenta el alemán, el gran especialista mundial en retos de ultradistancia, que sin dar detalles asegura que en 2025 irá más allá.
Aquella perrita en México
A sus 37 años, su cartel impresiona: en 2017, antes incluso de dejar su trabajo, pedaleó del Cabo da Roca, en Portugal, a Vladivostok, en la Rusia asiática; en 2018 cubrió en bicicleta el camino panamericano de Alaska a Ushuaia; al año siguiente viajó de Ciudad del Cabo al extremo norte de Noruega y vuelta a Ciudad del Cabo; y en 2021, después del descanso pandémico, se decidió a recorrer el mundo entero en más de 400 días haciendo triatlón. Primero nadó 450 kilómetros en el Adriático, luego pedaleó 21.000 kilómetros por toda Europa -incluida la costa mediterránea española- y finalmente corrió los 5.060 kilómetros que cruzan México de lado a lado. Allí vivió una de las experiencias de su vida: una perrita le empezó a seguir y él, apodado 'el Forrest Gump alemán' se hizo famoso en todo el país. «Era mi película favorita de niño así que me encantó ese mote. Me dejé la barba larga y me puse la gorra de Bubba Gump», recuerda.
¿Y qué hace cuando aparecen los dolores?
Algunas veces, pero en general me siento bien. Llevo muchos años haciendo deporte de resistencia y en cada gran proyecto noto como el cuerpo se adapta. Después de los primeros días ya coge el ritmo. Entreno mucho para cada reto y controlo mucho el ritmo. Nunca voy rápido.
¿De dónde saca tanta motivación?
La verdad es que eso nunca ha sido un problema para mí. Me siento muy afortunado de vivir tantas aventuras. Cuando tengo un mal día, una jornada con malas condiciones, soy optimista y pienso en los días buenos que vendrán.
Hasta 10.000 calorías al día
Nacido en Stuttgart y criado en un pueblecito de la Selva Negra alemana, Deichmann se graduó en Suecia en Administración y Dirección de Empresas (ADE) y luego hizo un master en Dinamarca antes de empezar a trabajar como comercial en su país y darse cuenta de que, en realidad, eso no era lo suyo.
«Mi abuelo ya fue un aventurero, cazaba serpientes en Guinea, y fue una gran influencia para mí. De pequeño yo hacía ciclismo y llegué a competir como cadete o junior, pero lo mío no era la velocidad, si no la resistencia. En mis tiempos de la universidad ya organizaba viajes por mi cuenta por los Alpes y descubrí lo mucho que disfrutaba», recuerda el alemán que para poder completar sus andanzas sigue una dieta basada en los carbohidratos de entre 7.000 y 10.000 calorías al día. «Básicamente como todo lo que puedo. En casa es relativamente fácil de hacerlo. También en lugares como España, donde recuerdo comer increíblemente bien. Pero en algunos países he pasado mucha hambre y he perdido mucho peso», finaliza Deichmann, el comercial que dejó la oficina para convertirse en aventurero a jornada completa.
«Sólo para confirmar a todos mis seguidores que me hice un trasplante de cabello. Me estaba quedando calvo a los 25, así que por qué no». Era 2011. La cirugía capilar justo se estaba popularizando y Wayne Rooney, estrella del Manchester United que acababa de llegar a la final de la Champions, admitió en Twitter que se había sometido a una intervención, que se había puesto pelo. Hubo cuatro bromas, claro. Pero parecía que se abría un camino: a partir de entonces cualquier deportista podía reconocer que había pasado por quirófano sin vergüenza. Ya no era el primero. Desde ese momento se iban a multiplicar las confesiones públicas, incluso los anuncios. Pero en la práctica no ha sido así. Muy pocos deportistas han dado el paso, pese a la oportunidad publicitaria que supone. Lo hizo Michel Salgado, por ejemplo, o Robbie Fowler, pocos más.
Mientras en los vestuarios es uno de los temas más habituales de conversación, el tabú sobre la calvicie y sus remedios se mantiene en público por varios motivos. Uno de ellos es cultural; siglos de chistes sobre calvos lo atestiguan. Pero otro es práctico: nunca se sabe si el trasplante puede fallar. LeBron James, quizá el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos, pasó dos veces por el quirófano, según los expertos -una en 2014 y otra en 2019-, y pese a ello esta temporada vuelve a lucir una notable pérdida. ¿Cómo puede ser que multimillonarios con todas las técnicas a su alcance tengan estos problemas?
«No tiene que ver con el dinero», asegura Luciano Montini, director médico y cirujano principal de la Clínica Keller, una de las más conocidas de Barcelona. «Esa misma pregunta se repite en la consulta. Muchos pacientes me preguntan por los casos de Rafa Nadal o del Cholo Simeone y me parece útil para explicar lo que puede ocurrir». «En primer lugar, muchos deportistas se hacen trasplantes de cabello muy jóvenes, con menos de 24 o 25 años, y en esos casos la evolución es más tórpida. El pelo trasplantado queda muy bien, queda para toda la vida, pero el problema es el otro pelo, que seguirá su curso natural y terminará cayéndose. Pero muchas veces el problema es otro: los tratamientos», cuenta Montini.
El miedo al antidopaje
En los procesos pre o posoperatorios se suelen utilizar tres sustancias que ayudan al mantenimiento del pelo no trasplantado -el pelo antiguo- y ninguna de las tres está prohibida por la Agencia Mundial Antidopaje. El minoxidil, posiblemente el más popular, nunca fue considerado dopaje, y la finasterida y la dutasterida están permitidas desde 2009. Sin beneficios propios, antes se creía que podían enmascarar el uso de esteroides, pero ya no es así. Pese a ello, la mayoría de deportistas no se atreven a tomar nada por miedo a una sanción. Casos como el de Yeray Álvarez, futbolista del Athletic, que cumple ahora diez meses de castigo, alertan del riesgo. Álvarez siempre ha mantenido que únicamente tomó un medicamento contra la caída del cabello de su pareja y que no sabía que contenía canrenona, una sustancia ilegal.
«Los deportistas que están en alta competición son muy, muy, muy cuidadosos con lo que toman y lo comprendo. Los fármacos que utilizamos no dan positivo, pero es verdad que algunos optan por no seguir el tratamiento. O también puede ser que no les funcione. Si implantamos las entradas y el paciente no hace tratamiento o no le funciona va a seguir perdiendo pelo en otras zonas», analiza Montini, que añade que el presupuesto del paciente no cambia esa máxima.
En las mejores clínicas de Madrid o Barcelona un deportista se puede gastar 15.000 o 20.000 euros porque puede pedir que le cierren el local para que nadie le vea u otras prebendas, pero la técnica del implante siempre será la misma. «Cada médico usa la que le parece mejor, pero el resultado final es comparable. Los tratamientos premium hay que darlos a todos los clientes», asegura Montini, que suele trabajar con este tipo de clientes en verano. Las operaciones capilares exigen un mínimo de quince días de parón y ciertas precauciones en los días posteriores, y los deportistas solo cuentan con ese tiempo en sus vacaciones. «Al final, son tratamientos muy populares entre deportistas y la amplia mayoría de casos son exitosos», finaliza el doctor.
Antonio se marchó al hostal con la camiseta de Carlos Alcaraz y la sonrisa del hombre más feliz del mundo. Él y sus colegas llegaron a Melbourne hace dos días desde Sidney, donde se buscan la vida, y desde entonces no han parado de seguir al número uno con sus cánticos futboleros. Cuando llega a un entrenamiento, cuando se va, cuando va al comedor, en pleno partido... Tan entregados están que, después de su victoria en cuartos de final del Open de Australia ante Alex de Miñaur (7-5, 6-2 y 6-1), Alcaraz les regaló su camiseta, una toalla, una muñequera y una pelota.
«Son espectaculares. Me han hecho mucha gracia. Sus cánticos son adictivos y me ayuda tener esa vibra cerca. No sé si vendrán a otros partidos, pero estaría encantado», dijo Alcaraz, que por entonces no sabía que Antonio y sus colegas ya habían comprado entradas para la final. «Me he vuelto loco, pero no podía perdérmelo», afirmaba a EL MUNDO el fan, que se gastó más de 600 euros en una entrada. Recuperará el dinero cuando vuelva a Sidney, «de repartidor de Uber, de camarero o de lo que sea; aquí pagan bien». Y Alcaraz lo agradecerá. Nada le gusta más que pasarlo bien y que los demás también lo pasen bien.
Ante De Miñaur disfrutó, y eso que era un partido para sufrir. El australiano propone el mejor tenis defensivo del circuito: no es un pegador, no busca el golpe ganador, pero lo devuelve todo y lo hace a toda velocidad para complicarle la vida a quien tenga enfrente. Ante él, Alcaraz podría haberse frustrado. En el primer set, cada vez que De Miñaur llegaba a una bola que parecía perdida, Alcaraz se reía, juguetón, mirando a su equipo. Tuvo que ganar los puntos una vez y otra, y otra vez, y lo hizo sin rechistar, incluso pasando un buen rato. Luego, en el segundo y tercer set, todo fue ya más sencillo.
«He estado trabajando mucho la concentración para no tener altibajos. Quizá ha sido lo que más he trabajado en los últimos tiempos. He hecho entrenamientos de dos horas y media o tres horas jugando con la misma intensidad cada punto», desvelaba el español, que el viernes se medirá a Alexander Zverev en sus primeras semifinales del Open de Australia. En la semana previa al inicio del torneo, ambos disputaron un set de entrenamiento y venció el alemán por 7-6 en más de una hora y media de sesión. La lección está aprendida. «Sé en lo que está trabajando. Quiere salir de su zona de confort, ser más agresivo, no tirar bolas fáciles. He visto sus entrenamientos, he visto sus partidos. Tengo claro cómo enfocar el partido», comentaba Alcaraz, confiado.
El mensaje a su hermano
Le preguntaron qué nota se daba en lo que va de torneo y respondió que «un 8,5»; una puntuación justa. Después de dos partidos con ciertos errores ante Adam Walton y Yannick Hanfmann, y del extraño duelo ante el artista Corentin Moutet, el número uno del mundo recuperó su versión más demoledora sobre superficie rápida frente a Tommy Paul y De Miñaur, y lo hizo a su manera. Al acabar el partido lanzó a su hermano Álvaro un mensaje a cámara que solo entenderán los muy tuiteros: «M.B.H.», «Método Blessed Hands», una broma recurrente de la cuenta @Alcatraz, y luego elogió a su familia.
Dita AlangkaraAP
«Es bueno tener a mi padre y a mi hermano conmigo. Mi equipo es la razón por la que juego bien. Era el sueño de mi padre cuando era jugador y lo vivimos juntos», dijo. Tan feliz estaba que no necesitó reivindicar nada. Su separación de su exentrenador Juan Carlos Ferrero sigue dando que hablar, más aún tras el anuncio del técnico de su paso al golf, y su clasificación para semifinales podría interpretarse como un alivio. Pero él no lo ve así. «He aprendido a no escuchar y a seguir el camino que creo correcto. Aunque hubiera perdido, tendría claro el camino a seguir. Estoy en semifinales y estoy contento por ello. Pero no es que me haya quitado presión de encima. Juego por mí, por mi equipo y por mi familia; no juego por el qué dirán».