En Gdansk, una ciudad tomada por los daneses, y con el cansancio del milagro ante Noruega, la selección busca la final del Mundial ante un rival más que conocido
Denmark’s left back Mikkel lt;HIT gt;Hansen lt;/HIT gt; celebrates during the Men’s IHF World Handball Championship Group IV match between Egypt and Denmark in Malmo, Sweden on January 23, 2023. (Photo by Johan Nilsson/TT / TT NEWS AGENCY / AFP) / Sweden OUTJOHAN NILSSON/TTAFP
«Va a ser un partido especial, teníamos 5.000 entradas y hemos pedido 3.000 más», anunciaba un técnico de Dinamarca en el Mercure Posejdon de Gdansk, el hotel que compartió ayer con España antes de las semifinales de este viernes (18.00 horas, TDP). En Polonia, uno de los dos países sede de este Mundial, alucinaban en la previa con el poco público que mueve la selección -apenas un centenar de aficionados- y esperaban un desembarco de daneses nunca visto. «Hay muchos vuelos de Ryanair y Wizz Air y aquí la cerveza es 10 veces barata que allí», analizaba una encargada de la organización. Gdansk, a orillas del Báltico, es una ciudad de veraneo para los escandinavos y por eso, según comentaban taxistas y camareros, querían que Noruega venciera a España en cuartos de final para alcanzar la plena ocupación. No pudo ser.
El equipo de Jordi Ribera obró el milagro aunque este jueves éste pesaba. En el mismo hotel en el que los daneses paseaban livianos, los españoles se mostraban fatigados. Había sido muy difícil dormir después de tanta guerra, de tanta emoción, admitían algunos. Pero nadie descartaba repetir gesta.
Al fin y al cabo ya lo hicieron un año atrás. España y Dinamarca llevan toda la vida enfrentándose, pero en los últimos tiempos esa tendencia se ha exagerado. ¡Jugarán su cuarta semifinal en sólo tres años! En el Mundial de 2021 (33-35) y los Juegos Olímpicos de Tokio (23-27) venció Dinamarca, pero en el Europeo de 2022 lo hizo España (29-25). Como siempre, al menos desde aquella final del Mundial de 2013, el objetivo será frenar a Mikkel Hansen y derribar el muro de Niklas Landin en la portería, pero últimamente hay una amenaza incluso mayor: el joven lateral Mathias Gidsel, un portento.
«Son muy buenos, son los favoritos. Han ganado los últimos dos Mundiales y en este no han estado aún contra las cuerdas. Nuestro objetivo es apretarles para que noten la presión», anunciaba Joan Cañellas, quizá uno de los más frescos a sus 36 años. «Han tenido un campeonato fácil, con una buena rotación de todos los jugadores. Es muy importante para el partido que nosotros nos recuperemos bien», analizaba Jordi Ribera, que también departía sobre la otra semifinal, Francia contra Suecia (21.00 horas, TDP). Con el público en contra y muchos golpes en todo el cuerpo, España intentará lo imposible: repetir lo irrepetible.
En la pista, prudencia. En el banquillo, prudencia. En las gradas, en los despachos, en las taquillas, prudencia. Incluso en las calles, prudencia. Años atrás la zona alta de Barcelona recibía el abril con carteles de Rafa Nadal en las marquesinas, las vallas y las farolas. Llegaba el torneo Conde de Godó y Nadal no sólo era el favorito, era el dueño. Hasta 12 veces levantó el trofeo, sólo en Roland Garros celebró más éxitos. Pero este año, prudencia, prudencia, prudencia.
Por Pedralbes y Sarrià, allí donde la ciudad luce bonitos jardines, anchas avenidas y pisos enormes, esta vez la imagen Nadal está acompañada por fotos de Stefanos Tsitsipas, Casper Ruud, Andrey Rublev y, por supuesto, por Carlos Alcaraz pese a su baja de última hora. Para toparse con el hoy número 646 del ranking ATP hay que darse un buen paseo por Via Augusta arriba y abajo. Si el próximo domingo Nadal vuelve a proclamarse campeón en Barcelona quizá sea extraño su escasa presencia por la ciudad, pero el pasado miércoles, en su primer entrenamiento, pocos hubieran apostado que jugaría siquiera.
Aquel día Nadal dejó sensaciones contrapuestas en la pista que lleva su nombre. Entre obreros taladrando y martillando, montando los palcos VIP para el torneo, Nadal apareció más delgado que nunca, exhibió su derecha de siempre ante el sparring David Jordà -298 del mundo- y disfrutó del tenis, pero reclamó intimidad al público y a la prensa cuando le tocaba practicar su saque. Como mucho dejó que se vieran unos ejercicios de volea.
Enric FontcubertaEFE
Si el entorno de Nadal siempre fue hermético, estos días lo fue más. No hubo pistas sobre su estado más allá de las molestias abdominales reconocidas o de las palabras de su tío y ex entrenador, Toni Nadal, en un acto en Segovia: «Tiene molestias a la hora de sacar, con lo demás ningún problema». De hecho, de aquella primera sesión en Barcelona, Nadal salió lanzando un mensaje de cautela en Instagram que todavía planteaba más dudas sobre su participación en el Godó. «Importante decir que no quiero confirmar que jugaré, ojalá que sí», escribió el ganador de 22 Grand Slam en la red social.
La mejoría de Nadal
Pero en los días posteriores la percepción general cambió. El jueves se ejercitó con todo un Top 20 del ranking ATP, el argentino Sebastián Báez, y ya dejó ver su saque. El viernes siguió trabajando junto a Alejandro Davidovich y anteayer, el sábado, venció por 6-1 a Andrey Rublev, seis del mundo, en un set de práctica. El resultado fue anecdótico porque el ruso está hundido en una crisis anímica considerable desde su descalificación del ATP 500 de Dubai y apenas se esforzó. Pero el servicio de Nadal desató la euforia. Incluso hubo un ace que levantó una ovación entre el público presente en las pistas de entrenamiento del Real Club de Tenis de Barcelona, la mayoría adolescentes.
El periodista de RTVE Ignasi Rosell, con una posición cercana al banquillo, desvelaba que el propio tenista había reconocido su entusiasmo a sus entrenadores, Carlos Moyà, Marc López y Gustavo Marcaccio. «¡Cómo estoy sacando!», le habría dicho en consonancia con lo que se veía sobre la pista. Luego se marchó a comer con su mujer Mery y su hijo, Rafael, presentes en Barcelona y por la tarde fue la mano inocente del sorteo.
Rivales jóvenes, rivales complicados
Ofreció suerte para el resto, no para él. Más allá de pensar en quien se encontraría en las semifinales o en la final, sus rivales en las primeras rondas son jóvenes con motivación y dotes en la tierra batida. El primero, el italiano Flavio Cobolli, con quien se encontrará este martes (no antes de las 16.00 horas, Teledeporte), fue campeón de dobles en el Roland Garros junior de 2020 y el año pasado se metió en el cuadro final del Grand Slam parisino para enfrentarse a Carlos Alcaraz. El segundo, el hispano-uruguayo-australiano Alex de Miñaur, está a las puertas del Top 10 de la ATP y viene de ganar su segundo ATP 500 en Acapulco.
Y el tercero, posiblemente Arthur Fils, la mayor promesa del tenis francés, de sólo 19 años, está creciendo sobre arcilla de la mano de Sergi Bruguera, su entrenador desde el invierno. Los tres pueden ser adversarios ideales para adquirir ritmo de competición. Los tres pueden ser adversarios peligrosos por su talento y motivación.
En todo caso, como Nadal ha subrayado en todos los actos en los que ha participado, irá partido a partido. Si regresan los dolores en el abdomen no forzará para evitar un parón más largo. Su objetivo era, es y será competir en Roland Garros a partir del 20 de mayo, es decir, en poco más de un mes, y entre medias no hay nada fijo. Como en cualquier momento el español podría retirarse del Godó, en cualquier momento podría darse de baja del Mutua Madrid Open y del Masters 1000 de Roma.
Con Alcaraz entre interrogantes y el tenis español en crisis -en el Godó sólo juegan ocho locales y cuatro, Martín Landaluce, Dani Rincón, Roberto Bautista y Albert Ramos, han sido invitados por la organización-, en la Caja Mágica confían en que Nadal se mantenga sano esta semana para verle jugar la siguiente. Pero no hay nada seguro. Prudencia, prudencia, prudencia.