La Biblia nunca escribió que fueran tres ni que fueran reyes. Sí que eran magos y que seguían la estrella de oriente. En ese punto cardinal, más allá de monarquías parlamentarias, en Grecia, Serbia y Turquía las imágenes de pabellones llenos de más de 15.000 espectadores enfervorecidos relucen los últimos años en el baloncesto europeo.
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Del Palacio salió Unicaja lastimado en su baloncesto y también en su orgullo. El Real Madrid, lanzado y obligado a estas alturas de temporada sin títulos, le había zarandeado hasta volverle irreconocible y le había dejado con un imposible por delante, un 2-0 en contra, una "montaña" para el campeón de Supercopa, Copa y Champions. Pidió respeto Ibon Navarro a los árbitros y se lo ganó en el Carpena, un triunfo, una reacción, de puro coraje, de sangre, corazón y hasta polémica final para evitar su adiós y el paso blanco por la vía rápida a la final, donde desde el sábado aguarda el Valencia Basket. [86-84: Narración y estadísticas]
Sumaba el Madrid 24 victorias de carrerilla en ACB y fue en Málaga donde le pararon los pies. Un Unicaja fiero, enrabietado, intratable casi de principio a fin. Porque ahí, en el fin, llegó lo insospechado. Tras una serie de fallos por ambos bandos, una contra con la que Musa se disponía a igualar por primera vez en muchos minutos el duelo y que acabó con palmeo de Garuba, el bosnio impactó con su codo en el rostro de Kendrick Perry. Tras la revisión, que no pudo por norma anular la canasta posterior, llegó la antideportiva y los dos tiros libres con los que Alberto Díaz cerró la angustia.
Una victoria de sangre (en los rostros de Perry y antes en el de Sima, tras codazo de Tavares, e incluso en el brazo de Campazzo), de polémicas con el arbitraje, de lesiones (la de Tyson Pérez en su tobillo) y de una tensión que engrandece una semifinal de la que se esperaba semejante temperatura. Alzó la voz Unicaja, que fraguó su resistencia en una primera mitad de puro rock and roll y en su aguante después a los intentos blancos de remontada, jugueteando con el abismo que se extendía ante los verdes.
Unicaja no iba a firmar la rendición así como así, sin al menos un ramalazo de rabia, una versión real de lo que ha sido y es. Con la losa del 2-0 pero con el orgullo intacto, los de Ibon Navarro afrontaron la tercera batalla, con el Carpena a reventar, como si no hubiera más allá. Con el baloncesto frenético que es su bandera, tiros rápidos, defensa agresiva, transiciones, rebote y descaro. Un ritmo inaguantable al que unieron la habilidad de no perder balones (sólo uno en toda la primera mitad), un cóctel explosivo que ni el Real Madrid supo contrarrestar entonces.
Tavares, en acción en el Carpena.Jorge ZapataEFE
Apenas los blancos aguantaron la salida en tromba. Cuando Alberto Díaz piso cancha el nivel de energía se elevó todavía más. Y Unicaja empezó a sobrevolar el Carpena, como si en vez de pies tuviera motores. Era un ataque con todo, una labor coral en la que sobresalían Kravish, Sima y Osetkowski, sin miedo a Tavares. Al descanso habían anotado todos los malagueños menos Kameron Taylor, precisamente su máximo anotador. Y ni los percances les apartaban de la misión.
Porque mediado el segundo cuarto, tras un espectacular mate, Tyson Pérez se torció de mala manera su tobillo izquierdo. Al poco, Perry cometió una falta antideportiva sobre Campazzo. Igual daba, la diferencia siguió elevándose, hasta el +19 tras una canasta a aro pasado de Barreiro. Ni siquiera los triples les eran necesarios. El Madrid, con sus pérdidas y su incapacidad para igualar la agresividad, achicaba agua como podía.
El rostro de Perry, tras el codazo de Musa.ACB Photo
Pero no estaba muerto. Un parcial tan suyo, de esos de entreactos, un 5-22 apoyado en una zona defensiva, fue el primer aviso blanco. Se recompuso Unicaja a lomos de Tyson Carter, volvió a tomar algo de aire con los triples de Osetkowski, pero no la suficiente distancia como para evitar una recta de meta de esas en las que el Madrid parece no conocer imposibles.
A falta de 1:23, tras otra canasta de Perry, caía por cinco (84-79). Llegó un triple fugaz de Hezonja tras tiempo muerto y la concatenación de errores, entre ellos una falta de ataque de Tavares que evitó la primera igualada. Y todo se iba a resolver en una revisión, valiente Perry en su defensa tras el fallo anterior, en jugarse el físico ante un Musa que sacó el codo a pasear.
Como si tener cerca a Sergio Scariolo fuera una bendición para Willy Hernangómez, toda la temporada en entredicho, tantas veces hasta fuera de la rotación y las cuentas de Joan Peñarroya, gigante ante el Mónaco en un partido a vida o muerte. Apostó el Barça por la rebelión, por no rendirse ante un rival que le había abrumado en los dos primeros envites. Y logró una victoria para seguir creyendo en esta temporada repleta de baches. [100-89: Narración y estadísticas]
Como en aquella semifinal del Eurobasket 2022, Willy fue un coloso ante Daniel Theis. Pero no sólo el pívot madrileño; a la tarea azulgrana se sumaron casi todos los disponibles, que no son tantos, en la rotación azulgrana. Un golpe en la mesa en el segundo cuarto y un ejercicio de resistencia después para forzar el cuarto encuentro de la serie, el viernes de nuevo en el Palau.
El Barça se había sentido golpeado en sus dos noches en la Gaston Medecin la semana pasada. Dos derrotas duras, amplias, dos batallas en las que hubo más que baloncesto. No sólo se trataba de mantener con vida la eliminatoria, también de saldar cuentas pendientes con un rival a veces demasiado agresivo, consciente de su superioridad física.
Pero el abismo era enorme para un equipo que, siguiendo la tradición de todo el curso, no iba a contar con Jan Vesely para este duelo en el que una derrota era el adiós a Europa, otro título más en el limbo. Y, sin embargo, también tradición, cuanto más herido, más amor propio muestra el colectivo de Peñarroya.
Tras los preámbulos del primer acto, con intercambio ofensivo y un Mike James poderoso, el Barça se desató en el segundo. Fue un huracán en el Palau, un tramo de 20-2 en el que el Mónaco se tambaleaba como un boxeador sonado. Willy Hernangómez dominaba ya la pintura (iba a acabar con su tope de valoración en Euroliga, 31), Abrines y Brizuela eran puñales, Joel Parra y Justin Anderson todo pujanza -para mayor alegría del seleccionador Scariolo, presente en primera fila como comentarista de Movistar-.
Satoransky intenta superar a Alpha Diallo.Enric FontcubertaEFE
Se disparó el Barça (44-29) y aguantó el tirón hasta el descanso, la reacción visitante con cuatro triples sin fallo de Alpha Diallo. Lo logró a base de acierto y dominio del rebote, velocidad y la inteligencia baloncestística que pedía Peñarroya en la previa para contrarrestar el poderío atlético de los de Vassilis Spanoulis.
Lo que iba a seguir a la vuelta, donde pujaba el Mónaco por meterse en la batalla, por inyectar algo de pavor en el Barça. Mike James enhebró 11 puntos de carrerilla, Okobo tampoco paró de anotar, pero enfrente estaba la resistencia, pese a la cuarta de Brizuela o el cansancio de Punter. Un triple sobre la bocina, desequilibrado, de Jabari Parker, otro de Joel Parra nada más comenzar el acto definitivo: todos se sumaban a la fiesta.
Que fue total cuando Willy, Jabari y Kevin Punter no temblaron en la recta de meta. Una merecida vida extra.