“No soy el jugador que era antes. Cuando era joven la adrenalina se me disparaba sobre la pista, mi vida dependía de cómo fuera cada partido. Ahora esas sensaciones han desaparecido y digamos que mi nivel ha bajado”, comentaba Stefanos Tsitsipas el pasado martes en una de las salas pequeñas del US Open, con sólo cuatro periodistas escuchando sus palabras. Acababa de perder en primera ronda del Grand Slam estadounidense, otra decepción, la enésima
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Cuentan que el domingo, justo después de vencer en cinco sets a Lorenzo Musetti en tercera ronda de Roland Garros, Novak Djokovic salió de las instalaciones del bosque de Boulogne poco antes de las seis de la mañana y llegó a su hotel cuando ya había amanecido en París. El caos organizativo del Grand Slam parisino le había llevado a jugar de madrugada y, sin descanso, entre partidos de tanta exigencia, le había expuesto al riesgo. Este lunes, 'crac'.
En octavos de final ante el argentino Francisco Cerundolo, el serbio sólo aguantó sano un set, se rompió al empezar el segundo y tuvo que sobrevivir cojeando para vencer otra vez en cinco tiempos por 6-1, 5-7, 3-6, 7-5 y 6-3.
BERTRAND GUAYAFP
Durante más de tres horas, Djokovic ofreció muestras de dolor en la parte anterior de la rodilla derecha, pidió ayudó a los fisioterapeutas en repetidas ocasiones, renunció a devolver varias dejadas, pero finalmente venció. Con uñas y dientes salvó su trono como vigente campeón y, a la vez, el número uno del ranking ATP. Todavía sostiene ese honor ante el empuje de Jannik Sinner.
A veces, veloz; a veces, roto
Los gestos de Djokovic en la pista central, a ratos inmóvil, fueron la mayor denuncia hacia la dirección del torneo, aunque él se extendió en protestas hacia el juez de silla por motivos diversos. "Me habéis fastidiado la rodilla. La tierra no está bien. Estoy resbalando todo el rato. Te digo que tenéis que limpiar los fondos más a menudo", reclamó el serbio a la árbitra, Aurelie Tourte, que le replicó que la arcilla no se podía barrer más. Era el inicio del segundo set.
Hasta entonces Djokovic parecía lanzado hacia una victoria plácida, una jornada tranquila. A partir de entonces, fue un ejercicio de resistencia muy propio, tantas veces visto. Durante mucho rato, parecía una alma en pena. Al final del encuentro volaba por la pista. "Las luces están muy fuertes y todavía es de día", se quejaba también Djokovic a Tourte, que ya no sabía qué contestar.
Djokovic reclama a la juez de silla, este lunes.EMMANUEL DUNANDAFP
A mediados del cuarto set, con un break en contra, Djokovic pasó su peor momento, dominado, derrotado. Cerúndolo llegó a las puertas de la mayor victoria de su carrera, de alcanzar por primera vez los cuartos de final de un Grand Slam, pero entonces dudó. Un par de fallos dieron vida a Djokovic y ya no hubo perdón. El serbio se volvió a convertir en un tenista salvaje, en el mito que es, y se llevó el encuentro sin dudarlo.
Cuando acabó el encuentro, en la habitual ronda de preguntas sobre la pista, Djokovic no quiso hablar de su dolencia, agradeció su ayuda al público de la Philippe Chatrier y se marchó con su enfado. Si los tenistas normalmente permiten tres o cuatro preguntas, él se fue tras la primera. No quería extenderse en su denuncia. Cojeando, con dolores, había sobrevivido a otra odisea de cinco sets y, esta vez sí, esta vez a una hora lógica, podía marcharse a descansar.
"Sabe bien", aseguraba y, la verdad, es que sí: sabía bien. Durante la atribulada celebración de su Open de Australia, Carlos Alcaraz ofreció champán a los periodistas desplazados a Melbourne y se permitió tomar un trago de una de las copas. "No bebo más, que esto es un non stop", comentaba en pleno trajín. Ser campeón de un Grand Slam es un duro trabajo. Desde que recibió la copa de manos del australiano Mark Edmondson -qué oportunidad perdida que no lo hiciera Rafa Nadal- hasta que se marchó a su hotel, Alcaraz anduvo arriba y abajo por el edificio Centerpiece del Melbourne Park.
Primero fue a la televisión australiana Nine, luego a Eurosport, más tarde a ESPN, a la sala de prensa escrita, frente a las cámaras de TNT británica, CCTV china, Sky Italia... Todo sin ni siquiera pasar por la ducha, todo sin ni siquiera disfrutar de la celebración. Más allá del abrazo con su equipo -especialmente con su entrenador, Samu López- al acabar la final ante Novak Djokovic, apenas pudo saltar un poco con ellos, hacerse unas fotos con cada uno y poco más. Melbourne está demasiado lejos para que sus amigos viajen hasta aquí -como sí hacen a París, Londres e incluso Nueva York- y esta vez le tocará esperar a aterrizar en Murcia para disfrutar de una merecida fiesta.
MARTIN KEEPAFP
"Con el tiempo he aprendido a parar después de ganar un Grand Slam y saborearlo. Quizá no veo todos los partidos, pero me pongo puntos, momentos concretos... Así me doy cuenta de que lo que he conseguido es muy complicado. Con el tiempo he visto que parar y disfrutar es la mejor manera de seguir trabajando e ir a por el siguiente título", reflexionaba Alcaraz en una reivindicación muy íntima.
En las semanas previas al primer Grand Slam de la temporada, su separación de Juan Carlos Ferrero generó polémica: fue criticado e incluso se puso en duda su capacidad. Todos esos comentarios los tenía guardados. En la ceremonia de entrega de trofeos ya habló de su "montaña rusa de emociones" durante el invierno y luego fue más allá: "Mucha gente habló sobre mí y puso en duda el nivel que podría ofrecer en este torneo. Cada año venía a Australia pensando en ganar, pero esta vez tenía más ambición todavía. He tenido que ser fuerte mentalmente para no escuchar a esa gente, para centrarme en mi juego, y ahora estoy contento porque he demostrado que se equivocaban".
Niega ser leyenda
Durante la rueda de prensa, el ya ganador de siete Grand Slam confesó que pronto se hará un nuevo tatuaje, esta vez un canguro "en una pierna", y que no cree que ahora le falte motivación. El Open de Australia era su gran objetivo de la temporada, pero ahora vendrán otros. "Me plantearé nuevos objetivos. De alguna manera mi cabeza ya está en Roland Garros. También me gustaría ganar algunos Masters 1000 por primera vez y completarlos todos. Y, obviamente, están las ATP Finals y la Copa Davis, que es un título que realmente quiero conseguir. No quiero dejar nada a nadie", confesaba, con la ambición por las nubes.
JOEL CARRETTEFE
Tanta que incluso rechazaba uno de los elogios de Novak Djokovic. Tras el partido, el serbio aseguró que Alcaraz ya era una "leyenda". Pero el propio Alcaraz lo negaba: "Entiendo que me llamen así por los siete Grand Slam o los 25 títulos que llevo. Hay gente que lo hace, pero una leyenda se forja durante mucho tiempo. No es cosa de tres o cuatro temporadas. Una leyenda tiene que ser un jugador que, año tras año, vaya a los torneos con la misma hambre, la misma energía y la misma ilusión".
«Yo también puedo ver similitudes, sí, sí», reconocía hace unos días Carlos Alcaraz, al tiempo que se defendía: «Pero no pensé en copiar a Novak [Djokovic], simplemente salió así».
Desde que llegó al circuito ATP, Alcaraz ha aprovechado cada pretemporada para perfeccionar su saque. Cuando celebró su primer Grand Slam en el US Open de 2022 se frenaba hasta dos veces antes de golpear; al año siguiente pasó a hacer únicamente una parada; y la temporada pasada adoptó un movimiento más fluido, sin pausas, muy directo. Fue un éxito. Más puntos ganados con el primer servicio -del 73% al 74%-, más aces por partido -de 3,9 a 4,8- y, más allá de los números, mayor confianza. En su triunfo en el último US Open sobre Jannik Sinner, por ejemplo, el saque fue su argumento más sólido.
Pero aun así, el pasado diciembre quiso introducir algún retoque de la mano de Samuel López. Los cambios de años anteriores le habían dado más potencia, pero también le habían restado fiabilidad. Cada vez tenía que recurrir más al segundo saque -el porcentaje de primeros cayó hasta el 63%- y esa tendencia podía llevarle a problemas en determinados encuentros. Ahí entró en juego Djokovic.
El mayor problema que Alcaraz tenía al sacar era el toss, es decir, el lanzamiento de la pelota al aire antes del impacto. Había días en los que subía recta y firme, pero en otros le bailaba y no encontraba la manera de controlarla. Por ello, en la Carlos Alcaraz Academy, López le propuso dos pequeñas variaciones como remedio. Ahora el número uno del mundo se prepara colocando la pelota sobre la raqueta para sentirla antes de propulsarla. Y, al hacerlo, ejerce la fuerza con delicadeza, con la muñeca hacia abajo en lugar de hacia arriba. Son dos detalles mínimos, pero llamativos: es lo que lleva haciendo Djokovic toda la vida. Ahora el saque de Alcaraz se parece al del serbio. Se parece mucho. Se parece muchísimo.
PAUL CROCKAFP
«En cuanto vi el saque de Carlos, le envié un mensaje diciendo: 'Debemos hablar sobre los derechos de autor'. Y el otro día, cuando llegamos aquí a Melbourne, le comenté que hay que empezar a hablar de royalties. Por cada ace que haga en el torneo, espero un homenaje. A ver si cumple el acuerdo», bromeaba Djokovic el lunes, después de que el propio Alcaraz admitiera «ver similitudes». «Hay golpes que no he cambiado nunca, pero siempre estoy mirando cómo mejorar mi saque. Prácticamente cada año he introducido algún detalle nuevo. Si me comparo con mi versión de hace cinco años, lo más diferente técnicamente es el saque, eso seguro», aseguraba este miércoles Alcaraz.
Una arma para este torneo
Un análisis certero de los efectos del cambio exige meses, pero en los dos partidos que ya ha disputado en el presente Grand Slam el español ha empezado a encontrar resultados. En el debut ante Adam Walton, su porcentaje de primeros se elevó hasta el 67% y apenas sufrió con el saque -aunque cedió un break en la única opción en contra-. Y este miércoles, frente a Yannick Hanfmann, su servicio le sostuvo en un primer set muy incómodo. Al final venció por 7-6(4), 6-3 y 6-2, y este viernes, en tercera ronda, se medirá a Corentin Moutet, un tenista extravagante que volverá a poner a prueba armas como su saque.
Ante Hanfmann quedó en evidencia que, después de dos meses de parón, el español todavía está en busca de ese no sé qué que te da la competición. Apareció nervioso, perjudicado por el cambio de horario -debutó de noche y esta vez jugaba al mediodía- y molesto por el fuerte viento que soplaba en Melbourne. En el primer set, un periodo que se alargó durante 78 minutos, empezó con problemas con su derecha que le llevaron a cometer varios errores no forzados y muy pronto se vio con un break en contra. El 1-3 en el marcador era una amenaza.
Hubo un buen tramo en el que no le salía nada. Si hacía un malabarismo con la raqueta, se le caía. Si jugueteaba con las pelotas, se le escapaban. Pero la rotura de su servicio por parte de Hanfmann le obligó a reaccionar con rapidez y, en el juego siguiente, todo empezó a funcionar.