“Frecce Tricolori”, las Flechas Tricolores son el equipo de vuelo acrobático, de exhibición, de la “Aeronautica Militare” italiana. El equivalente a nuestra Patrulla Águila. Es tentador denominar de ese modo a los sprinters del país. Y, actualmente, la flecha italiana por excelencia es Jonathan Milan, ganador de tres etapas en este Giro y uno de los rayos emergentes del ciclismo internacional.
Italia ha contado con excelentes sprinters. Recordamos
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Si se consulta el medallero global de los Mundiales acuáticos celebrados en Singapur, aparece España en octava posición con 12 recompensas (cuatro de oro, tres de plata y cinco de bronce). Pero todas ellas logradas en las disciplinas ajenas a la natación en línea: artística, waterpolo, saltos... En la natación pura, la reina de la piscina, no ha brillado metal alguno.
Dos finalistas, siete semifinalistas (Carmen Weiler, semifinalista por partida doble y finalista con el relevo mixto) y cinco récords de España (dos a cargo de Luca Hoek). El balance deja un sabor ambiguo. Muy pocos batieron su plusmarca personal o de la temporada. El equipo era muy joven, con una media de 20 años. Pero, en la natación, el imperio de la precocidad, ese dato no dice lo mismo que en otros deportes.
Las mujeres (Carmen Weiler, Estella Tonrath, Laura Cabanes, Emma Carrasco) han sido mayoría como semifinalistas frente a los hombres (Luca Hoek, Adrián Santos). Pero no han accedido a ninguna final individual, honor reservado a Carles Coll, reducidas a los relevos 4x100 libre mixto. Tampoco han batido ningún récord de España individual, constreñidas asimismo a los relevos. La herencia de Mireia Belmonte e incluso Melani Costa y alguna otra permanece en ese estado de provisionalidad que toda transición, corta o larga, comporta.
Asoma entre las corcheras una María Daza, que cumplirá 18 años este agosto y formó parte del finalista 4x100 libre mixto. Velocista, laureada internacionalmente en la categoría júnior. Con ella, Carmen Weiler (20 años), Estella Tonrath (18) y Laura Cabanes y Emma Carrasco, ambas de 19, parecen prestas a recoger el testigo. Pero aún el peso de nuestra natación descansa esencialmente en los hombros de los hombres.
Los consolidados
En los de los veteranos. Por consolidados, no por viejos. En Hugo González (26 años), campeón del mundo de 200 espalda y subcampeón en 100 en 2024. También sexto en París en los 100. En Carles Coll (23), campeón del mundo de 200 braza en piscina corta en 2023. Algo menos en Sergio de Celís (25), uno de los plusmarquistas en Singapur. Y, sobre todo, en la estimulante novedad de Luca Hoek.
González no viajó a Singapur. Realizó un flojo Campeonato de España, unos trials. Aparte de la relajación postolímpica, se encuentra en período de asentamiento -cambio de modos de vida y métodos de entrenamiento- después de abandonar Estados Unidos y establecerse en Tarrasa. En cuanto a Coll, llegó a la final de los 200 braza, en la que fue séptimo, tras batir un ya remoto récord de Melquíades Álvarez, de los tiempos del poliuretano. Es el espejo en el que se mira nuestro otro buen bracista, Nil Cadevall, de 19 años.
Y llegamos a Luca Hoek, reciente oro en el Europeo júnior en los 50 y 100 libre. Es el séptimo nadador de la historia que, a los 17 años, ha bajado de los 22 segundos en los 50. Aunque los campeones de natación son muy madrugadores, no todos lo son tanto. Esos 17 años están llenos de promesas. En Singapur batió dos veces el récord de España de los 100 libre. Ya tiene también el de los 50. Y quiere el de los 200 de César Castro.
De padre neerlandés y madre francesa, nació en Sant Pere de Ribes, a cinco kilómetros de Sitges. Y es más de Sitges que de cualquier otro sitio. Él y todos los demás afrontan un nuevo ciclo olímpico con diversas estaciones. La primera, el Europeo de París 2026.
Manolo el del bombo era, en la vida civil,Manuel Cáceres Artesero. Pero saltó a la fama y, por así decirlo, se ganó la posteridad con ese apelativo tan... ¿cómo definirlo?... berlanguiano, valleinclanesco, conmovedoramente esperpéntico.
Tan español en el sentido chusco y, por otra parte, profundamente serio de un carácter cada vez más ligado a un país que sociológicamente ya no existe.
Manolo era el superviviente y, en cierto modo, el único ejemplar de un tipo elemental de hincha, que dedica su vida a una causa secundaria, transformada en principal. Una misión tangencial, convertida en nuclear porque se ve cautivo de ella, una vez que se ve reconocido en sus términos por la gente. Una afición derivada en pasión y, más tarde, en obsesión. En una adicción de la que acabó siendo víctima.
La biografía de Manolo, como la de todo ser humano, se contiene en el fondo, a grandes rasgos, entre su nacimiento y su fallecimiento. Manolo nació en San Carlos del Valle (Ciudad Real) el 15 de enero de 1949 y ha muerto, en la Comunidad Valenciana este 1 de mayo de 2025.
Entre esas dos fechas, una peripecia personal, singular, resumida para sus compatriotas en un uniforme de La Roja, una boina y un bombo con el escudo nacional y una leyenda: "Manolo, el bombo de España".
Ha habido muchos "el... de España". Pero sólo un bombo, que significaba la ruidosa sencillez de una predisposición anímica colectiva, no traducida, por pudor, por vergüenza, a algo tan primario como el aporreamiento de un tambor de ese tamaño. Un latido inocente en su puerilidad y excesivo por ensordecedor en su manifestación.
Manolo caía simpático. Recogía el sentimiento general de apoyo al equipo y lo convertía en un acto simple y contundente que nadie más que él se atrevía a protagonizar. Encarnaba el alma fogosa de una afición que depositaba en él lo más primitivo de su aliento. Curiosamente, él no veía los partidos, dedicado a recorrer, sudoroso, enrojecido, las gradas atizándole al instrumento, vuelto de cara al público, entregado a tratar de que los demás se entregaran a su vez a la Selección. Sostenía, y quizás tenía razón, que más de un gol del equipo se debía a su persona.
Manolo el del Bombo, en la inauguración del mundial de 1982Zarco / Archivo Marca
Empezó a crearse y creerse un personaje que se le escapó de las manos desde sus primeros alientos a los equipos representativos de su lugar de residencia: Huesca, Zaragoza, Valencia... Llegar a la Selección fue algo aumentativo y natural. La causa suprema a la que dedicar una existencia llamada a la inanidad social y el anonimato.
Y ya no pudo escapar de su influencia, de su poder de atracción. Ya no pudo retroceder, aunque su devoción le costaba tiempo, dinero y amarguras. Siempre se quejó de que no recibía el apoyo oficial que merecía.
Quienes viajaban al encuentro de la Selección, periodistas y aficionados, le recuerdan arrastrando penosamente el bombo por el pasillo del avión, pidiendo educadamente perdón a los pasajeros por las molestias y colocando el artefacto, con la comprensiva ayuda de las azafatas, allá al fondo, donde no estorbara.
Asistió a 10 Mundiales. Su primer viaje para animar a la Selección fue a Chipre, en 1970. Su último partido, el 23 de marzo, en Mestalla, en el partido que sellaba en pase del equipo a la Final Four de la Nations League. En el mundial de España, en 1982, iba de sede en sede en autostop. Tenía un bar en Valencia, "Tu museo deportivo", junto a Mestalla. Entre gastos por reformas, cierre por la pandemia y otros azares, lo perdió casi todo y quedó en precaria situación económica. "Tendré que vender el bombo para comer", se lamentaba.
En cierto modo, representaba a la España futbolística no triunfal. Cuando el viento cambió, perdió protagonismo y, por así decirlo, "influencia". Ya no se le "necesitaba" tanto. Y ya era un personaje "quemado" en su propia intensidad ya sin contenido. No lo pasó bien casi nunca. Y bastante mal al final de su vida. Pero probablemente, si volviera a nacer, la repetiría. Después de todo, y estas líneas son una prueba, forma parte de la historia, no sólo futbolística, de España.
Quizás fue la presión de saberse el mejor y tener que demostrarlo en el instante cumbre. Quizás fue la responsabilidad de estar seguro de que millones de ojos estaban puestos en él en la convicción de que les proporcionaría un espectáculo inolvidable. Quizás... Pero IIia Malinin no ganó. Ni el oro, ni la plata, ni el bronce. Acabó en octava posición con una puntuación total de 264.49. Una conmoción en los Juegos. Una afrenta a los dioses del patinaje artístico. Ilia patinó peor que nunca cuando tenía que haberlo hecho mejor que siempre. O, al menos, como siempre. Le hubiera bastado.
El kazajo Mikhail Shaidorov no se lo creía. Era oro con 291.58 puntos. El japonés Yuma Kagiyama (280.06) tampoco. Era el máximo rival de Malinin. Y le había vencido. Era plata, sí, por delante de su compatriota Shun Sato, pero detrás de Shaidorov. Otra plata le hubiera satisfecho, pero no esa. Malinin se cayó dos veces, en un cuádruple lutz y en un cuádruple axel. Él, precisamente él, apodado El Dios de los Cuádruples. Nervioso, descentrado, aplastado por eso, por la presión, por la responsabilidad, es desde ahora mismo la gran decepción de los Juegos. Pero esto es deporte, y los deportistas, aunque se les otorguen alias divinos, son humanos. Muy humanos. Rabiosamente humanos.
Si el recinto hubiera sido el cuádruple (otro cuádruple) de grande, se habría llenado. Ilia Malinin concitaba desde el principio de estos Juegos la máxima expectación. Sólo las grandes estrellas del esquí (Lyndsey Vonn, Mikaela Shiffrin, Marco Odermatt) se le equiparaban. O, mejor, sólo él podía equipararse a las máximas estrellas del esquí. No Justificó la expectación con la actuación que se le presuponía en cuatro minutos de intensidad extrema y liviandad suprema. De dominio. De belleza. De alguien técnicamente impecable y artísticamente inspirado. Nada de eso ocurrió. Malinin, debutante en unos Juegos, sabe ahora lo que éstos implican de riesgo después de conocer lo que suponen de ilusión.
Ovación desordenada
Los patinadores salen por grupos. Cuatro grupos de seis participantes que aparecen en escena en sentido inverso a la clasificación en el programa corto. El grupo cuarto, "el de la muerte", que se asoma al fracaso. El de "la vida", que se inclina hacia el triunfo. Así que cuando Malinin, el último de los últimos, o sea, el primero de los primeros, saltó al hielo, ya en el calentamiento con sus compañeros de tanda, el público soltó su propia tensión con una especie de ovación desordenada, entre estruendosa y en sordina. Fue como si anticipara la definitiva y, a la vez, la reservara para el momento decisivo. La ovación final a un Ilia decepcionado hasta la mueca y abatido hasta las lágrimas, fue de comprensión, de conmiseración, de simpatía, de apoyo, de cualquier cosa que pueda ayudarle a superar este bache, este drama en el que se ha convertido su actuación en Cortina.
Malinin no hereda el trono de su compatriota Nathan Chen, el campeón en Pekín2022. También por equipos. Ver a un Chen ganar en China parece coherente. Y, aunque Nathan es un estadounidense de Salt Lake City, con un nombre perfectamente estadounidense en Utah o en cualquier otro estado, el apellido lo delata. En efecto, Chen es hijo de inmigrantes chinos. IIia, con otro apellido delator, lo es de uzbekos. He aquí que el moderno y triunfal patinaje artístico americano es de sangre asiática.
Malinin, abatido, a la espera de la decisión de los jueces.AFP
Chen tiene 26 años y no está oficialmente retirado, pero ha priorizado sus estudios de Medicina y anunció hace tiempo que no estaría en Cortina. Era, por muchas razones, el antecesor de Malinin. Le ha precedido en el récord mundial de puntos y en su reinado en los cuádruples. Estuvo imbatido desde 2018 a 2021. Malinin lo está desde 2023. Ahora ya no. Chen fue en 2017 el primer patinador en realizar cinco cuádruples diferentes (lutz, flip, loop, salchow y teeloop). Y, en 2022, el primero en realizar seis en el mismo programa. Se le apodó Quad King. El rey de los cuádruples. Pero Malinin ha realizado siete. Por eso se aupó en la jerarquía y se le conoce por Quad God. El dios de los cuádruples. Los reyes reinan en la tierra. Los dioses, en el cielo.
Malinin ha bajado a la tierra, al hielo, que iba a ser como una alfombra ardiente de triunfo y está más frío que nunca.