Finau, hizo cinco ‘birdies’ y concluyó con 260 golpes, tres de ventaja sobre Rahm, número uno del ránking mundial
Jon Rahm y Toni Finau este domingo en MéxicFrancisco GuascoEFE
El estadounidense Tony Finau firmó este domingo una tarjeta de 66 golpes para ganar el título en el México Open de la PGA, sexto de su carrera, delante del español Jon Rahm, reciente campeón del máster, en segundo lugar.
Finau, hizo cinco ‘birdies’ y concluyó con 260 golpes, tres de ventaja sobre Rahm, número uno del ránking mundial, quien este sábado entregó una espectacular tarjeta de 61, 10 bajo par, pero en la cuarta ronda no mostró el mismo rendimiento y no logró revalidar el título ganado en 2022.
“Rahm es el número uno del mundo y ganarle ha sido fabuloso; hasta el final no estuve seguro de la victoria”, dijo Finau, quien logró su segundo título de la temporada.
El argentino Emiliano Grillo tuvo una cuarta ronda de 65 golpes con la que saltó al quinto lugar y su compatriota Alejandro Tosti acabó décimo, luego de cumplir una buena jornada dominical, de 64 impactos.
El México Open se jugó de jueves a domingo con una bolsa de premios de 7,7 millones de dólares.
España ha acudido a 16 de los 22 Mundiales disputados, y ya casi podemos dar por seguro que se clasificará para el siguiente. De los que faltó, uno fue el primero de todos y lo hizo por voluntad propia. Una lástima, porque teníamos un gran equipo.
Ya conté la semana pasada en este espacio que Jules Rimet, con justicia deportiva y buena visión de futuro, decidió que el primer Mundial se jugara en Uruguay, doble campeona olímpica en París'24 y Amsterdam'28. Aquello se votó en el XVII Congreso de la FIFA, celebrado en 1929 en el imponente Salón del Consejo de Ciento de Barcelona. Junto a Uruguay llegaron como aspirantes Hungría, España e Italia, tras ceder Holanda y Suecia sus pretensiones previas en favor de la tercera. Curiosamente fue el conmovedor discurso del representante argentino lo que provocó un voto final unánime a favor de Uruguay. Pero pasado el calor de aquel emotivo alegato, los europeos empezaron a repasar inconvenientes. El principal, claro, la distancia.
Para España Uruguay era, sí, un país hermano, pero un hermano lejano y desconocido. Jugar allí suponía cruzar el océano, y aún rebullía en las cabezas la tragedia del Titanic (1912). Uruguay era visto como un país en el que una clase criolla minoritaria trataba con dificultad de instalar el modo de vida europeo en un mundo de epidemias, indios, bandidos, descendientes de esclavos y aventureros. Como hemisferio sur que era, se jugaría en invierno, con un tránsito desde el verano español (en realidad sería gradual, pues la travesía tomaba 15 días) que podría producir efectos desconocidos en los jugadores. El Mundial exigiría dos meses: medio para ir, uno para disputarlo y medio para volver. Para los pocos amateurs que aún quedaban, suponía solicitar un permiso extra en sus trabajos, o perderse unos exámenes. En el caso de los profesionales, y esto fue decisivo, sus clubes solían aprovechar el verano para jugar amistosos y recaudar ingresos extra con que pagarles.
Uruguay, feliz con sus dos títulos olímpicos y teniendo el campeonato como elemento central de las celebraciones por el centenario de su fundación, en 1830, hizo una oferta muy generosa: pasaje en barco gratis en primera clase para 20 miembros por delegación (entonces no hacía falta más) y alojamiento y comida en Montevideo durante todos los días que durase la competición y ocho más. También una dieta de dos pesos por persona durante la travesía y cuatro durante los días en tierra. El propio hijo del presidente, Juan Campisteguy, encabezaba el operativo.
España dijo no, por todos esos argumentos más uno de tono patriotero: a los añorantes del Imperio les parecía inapropiado sumarse a los festejos por la independencia de un territorio que había sido nuestro. Tampoco faltaron razonamientos temerosos: podíamos exponer nuestro futbol al ridículo. Uruguay y Argentina habían sido las finalistas de Amsterdam'28. El fútbol del Río de la Plata era temible y así se había comprobado en la gira de una selección vasca en 1922, con un fracaso que aún escocía.
Pero España era una selección muy buena, la mejor que habíamos tenido hasta la del periodo 2008-2012. Precisamente acababa de soltar un trueno en todo el mundo futbolístico, el 15 de mayo de 1929, al vencer en el viejo Metropolitano a la selección profesional de Inglaterra, que nunca antes había perdido en el continente. Los ingleses inventaron el fútbol, llevaban 40 años practicándolo cuando empezó a calar fuera y sacaban esa ventaja a todos. Los pross, como se les conocía, sólo tenían rival en su propia isla, Escocia. Por el continente se asomaban poco, displicentemente, goleaban y se volvían.
Aquí vinieron para cerrar una gira en la que apabullaron a Francia (1-4) y a Bélgica (1-5). España les enfrentó un equipo con varios nombres que han atravesado el tiempo: Zamora, Quesada, Quincoces; Prats, Marculeta, Peña; Lazcano, Goiburu, Gaspar Rubio, Padrón y Yurrita. Puedo recitarlos de memoria por tantas veces como se los escuché a mi padre, que presenció aquello con 16 años y lo tenía como la fecha más feliz de su adolescencia. España ganó 4-3 y los ingleses arguyeron luego en la prensa que les perjudicó el calor (se jugó a las 17.00 horas), la dureza del campo, la ausencia de Dixie Dean, al que no dejó viajar su club, el Everton, y los consejos que Míster Pentland, acreditado entrenador inglés que trabajaba en España, le había dado a José María Mateos, nuestro seleccionador. Así colocaban parte de nuestra victoria bajo patente inglesa. España dio una campanada similar a la que en 1953 daría Hungría con su 3-6 en Wembley, en el Partido del Siglo.
La selección inglesa, aquel 15 de mayo de 1929.ARCHIVO MARCA
Otro ejemplo de nuestra valía: un mes antes, los mismos que luego ganarían a Inglaterra, salvo Bienzobas en lugar de Padrón, batieron por 8-1 a Francia, que sí acudiría al Mundial, donde hizo un papel aceptable: ganó 4-1 a México y perdió por 1-0 ante Argentina y ante Chile. Sirva como referente para lo que pudiera haber hecho España en aquel campeonato.
Aquel partido de Zaragoza produjo una anécdota simpática. Poco antes España había ganado 5-0 a Portugal en Sevilla, los cinco antes del descanso, y el público se enfadó por la pasividad del equipo en el segundo tiempo. Entonces José María Mateos planteó un desafío al grupo: 100 pesetas por cabeza por la victoria y 50 más por cada gol de diferencia. A todos les pareció de perlas y salieron a golear con ahínco. Ya estaban 8-0 cerca del final del partido cuando Mateos se situó tras la portería de Zamora, que se puso a charlar con él, y entre bromas y veras le dijo: «Si me da cincuenta duros [250 pesetas] me dejo meter un gol. Salen ustedes ganando, porque así se ahorran sesenta duros [300 pesetas]». Estaban en esas cuando llegó un contraataque y mientras Zamora recuperaba la posición le cayó el 8-1. Luego hubo bronca en el vestuario, con todos reclamándole las 50 pesetas perdidas por cabeza.
En fin, que, anécdota aparte, España tenía equipo para haber pisado en Uruguay, pero nos quedamos. Al siguiente, Italia'34, sí nos apuntamos. Al ser el segundo y además en Europa, se inscribieron más de los 16 fijados para la competición, que se habría de desarrollar en octavos, cuartos, semifinal y final. Quisieron acudir justamente el doble, 32, así que hubo que hacer una eliminatoria previa. Se escogió, con buen sentido en aquellos tiempos de viajes todavía penosos, un criterio geográfico. Así que nos tocó enfrentarnos con Portugal.
Aquel doble choque fue la consagración de un grandioso delantero, el guipuzcoano Isidro Lángara, de carrera desdichadamente leve en España. El partido de ida fue en el viejo Chamartín, cuyo solar ocupaba parte de lo que hoy es el Bernabéu. Estuvo precedido por una concentración en El Escorial, algo inédito, prueba de la importancia que se dio al asunto. Hubo lleno de gala (24.000 espectadores), recaudación récord (150.000 pesetas) y presencia del mismísimo presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora. Se disputó el 11 de marzo, con llovizna, y el césped resbaladizo perjudicó a los portugueses, que aún jugaban mayoritariamente sobre tierra en su país. Aquello acabó en un espectacular 9-0, con cinco tantos de Lángara. La vuelta fue una semana más tarde, en el seco y pelado Lumiar de Lisboa.
Isidro Lángara, durante un calentamiento.ARCHIVO MARCA
No contaban los goles, cada victoria valía dos puntos, de modo que en caso de ganar Portugal habría desempate. Empezaron adelantándose los lusitanos en el minuto 8, pero Lángara replicó en el 13 y en el 25, dando una nueva victoria a España. Una vez en el Mundial, marcó el primer día dos a Brasil, eliminándola, y en cuartos cayó lesionado en el durísimo partido contra el anfitrión. Fue el gran archigoleador de nuestro fútbol. Por desgracia, sólo jugó en la selección de 1932 a 1936, dejando un imponente saldo de 17 goles en 12 partidos.
Nació en Pasajes, Guipúzcoa, aunque se crio en Andoain y jugó en el Tolosa, donde le descubrió el Oviedo, que le incorporó en Segunda en la 1930-1931. Al tercer año subió a Primera, con 59 goles suyos en 54 partidos. En sus tres temporadas en Primera hasta la guerra marcó 82 en 63 partidos. Obviamente, fue máximo goleador del campeonato las tres. La guerra le encontró de vacaciones en Andoain y tuvo un apretón tremendo. La Revolución de Asturias de 1934 le había pillado en la mili, como soldado tuvo que acudir a los disturbios y hasta se publicaron fotos suyas, de uniforme y con su casco, disparando a los mineros con el máuser tras un parapeto. Al producirse el golpe de Estado fue detenido e internado en el Bizcargui-Mendi, un barco prisión del que le rescató Eduardo Iturralde, abuelo del conocido ex árbitro. Le tuvo refugiado en el hostal-restaurante de una prima hasta que pudo enrolarse en la selección vasca que emprendió una gira por Europa y América a fin de recaudar fondos para la República.
En América, el grupo, cuyos resultados fueron espectaculares, se dispersó entre varios equipos. Él fue al San Lorenzo, donde tuvo un debut estrepitoso con cuatro goles al River Plate nada más bajarse del barco. Alfredo di Stéfano me contó que estuvo en aquel debut de la mano de su padre y que era capaz de identificarse entre la masa del graderío en una de las fotos lejanas que muestran al jugador celebrando uno de sus tantos. Jugó allí cuatro temporadas derrochando goles hasta que tras una gira del equipo por México le fichó el España para el estreno de la liga profesional mexicana.
En 1946 le pudo la nostalgia y atendió una llamada del Oviedo, que le ofreció 100.000 pesetas de ficha más 1.250 de sueldo, un gran contrato. Viajó en barco hasta Bilbao, y de allí en tren hacia Oviedo, pero se concentró tal multitud en la estación que le apearon en Colloto, a 10 kilómetros. Su regreso fue un trueno en la ciudad, que se colmó de hablillas sobre él y su novia abandonada, sobre si le había o no guardado ausencia. En su reaparición el Oviedo ganó 6-1 al Racing y él marcó cuatro, negando las primeras impresiones de los que le habían visto fondón, con grandes entradas y aire de señor mayor. En la primera Liga marcó 18 goles en 20 partidos e incluso fue convocado a la selección, aunque de suplente de Zarra. En la segunda, 35 años, se quedó en nueve partidos y cinco goles. Regresó a México y allí se quedó, con frecuentes viajes España, siempre con el mismo recorrido: Madrid-Oviedo-Andoain y vuelta. Cuando le atrapó el Alzheimer, en 1990, se asentó en casa de una sobrina, en Andoain. Murió en 1992.
Juan Ayuso acudió a la cima de San Valentino con gesto circunspecto, pero exhausto, el maillot blanco ya abrochado, las gafas en el casco, rendido a la evidencia y sin compañeros a la vista. A su lado, sólo Alfonso Eulalio, un ciclista portugués de segunda fila. Habían transcurrido 14:47 desde que Christian Scaroni y su compañero Lorenzo Fortunato entraran en meta agarrados de la mano, triunfantes, la primera victoria italiana del presente Giro. El gran hundimiento del español, tan inesperado que hasta ayer optaba a ganar la Corsa Rosa, se había producido un buen puñado de kilómetros atrás.
En Santa Bárbara, todavía más de 40 kilómetros por recorrer, perdió rueda, se abrió el maillot y se dejó llevar. Sólo su compañero Igor Arrieta, su hombre de confianza y amigo en el UAE Team Emirates, le socorrió durante algunos kilómetros. «No se sentía bien desde el comienzo, sufrió mucho con el clima frío. Se ha tenido que poner dos, tres chaquetas. Incluso perdió tiempo en un momento y luego en el puerto no pudo seguir a los rivales», fue la única explicación del día, en palabras de su director Mauro Gianetti, que después habló de la juventud (21 y 22 años) de sus dos candidatos, ayer derrotados en mayor y menor medida. En el círculo cercano del corredor hablaban de la falta de "feeling desde la salida", de que "no había piernas" ni tampoco "excusas".
Será recordado este martes dolomítico, ciclismo de antaño, de explosiones y ataques, de caídas y de valientes, que amaneció fresco y lluvioso en Piazzola sul Brenta y terminó soleado y caluroso 203 kilómetros y cuatro puertos más allá. El día de la revolución, del abandono de Primoz Roglic (que volvió a besar el asfalto y dijo basta, ya herido), del colapso sin precedentes de Ayuso (ya sin Mikel Landa ni Jai Hindley en carrera, cuatro de los llamados a copar el podio de Roma) y del renacimiento definitivo de Richard Carapaz, un fouri classe que busca, seis años después, sumar otro Giro a su palmarés.
«Todavía no he hablado con él. Por la mañana ya no tenía las mejores sensaciones. Pero es normal, están siendo días duros para él con las caídas. Lo hemos tratado de gestionar con el equipo, pero después no ha sido posible», concedía Isaac del Toro sobre su compañero, desvelada al fin la dicotomía del UAE, aunque ahora estén en un buen aprieto. Porque el mexicano salvó la maglia rosa, pero por tan poco (26 segundos con Simon Yates y 31 con Carapaz) y con sensaciones tan agónicas, que las tres etapas de montaña que restan pueden dar al traste con el plan de Matxin.
Fue una jornada apasionante, porque, más allá de la explosión de Ayuso y el adiós de Roglic, queda tanto por resolver. Hay terreno y hay igualdad (hasta Derek Gee opta, a 1:31 de Del Toro). «No me voy a rendir. En los últimos tiempos no había tenido la salud ni la suerte. He demostrado lo que he trabajado. Todo lo que me ha costado volver aquí y... lo he hecho una vez más. Hoy mismo tuve una caída, pero he tenido la motivación de levantarme y volverlo a intentar una y otra vez», desafió el ecuatoriano, que hoy, con el Mortirolo camino de Bormio, lo volverá a intentar.
Descartado el podio, el triunfo a por el que venía, queda por ver cómo se recupera Ayuso y cómo actúa hasta Roma si las fuerzas le acompañan (está 17º en la general, a 13:27 del primero). Si se dedica a ayudar a su compañero Del Toro o busca la gloria personal de intentar ganar su segunda etapa, a repetir la gloria de la séptima etapa en Tagliacozzo, donde todo parecía entonces tan propicio.
Sensaciones y caídas
Ya las señalas no habían sido las mejores en los días previos, todo del revés desde el mismo amanecer y su caída en Albania. El secretismo y los mensajes contradictorios en el UAE (el español no acudió a la rueda de prensa del pasado lunes, el día de descanso, tampoco habló ayer); casi siempre Ayuso demasiado atrás en carrera, como despistado, en las escaramuzas de las etapas anteriores; los puntos de sutura que le fueron retirados el mismo lunes, aunque todavía la tenía tapada, el dolor que estos le provocaban. «Isaac es el más fuerte, está de líder por méritos propios y defenderemos y ayudaremos para que se mantenga esta situación», pronunciaba Josean Fernández Matxin.
Incluso, en la ascensión ayer del segundo puerto, Candriai, Juan paró a orinar y a desprenderse de uno de los dos pares de guantes que llevaba para resguardarse del frío y, cuando se dio cuenta, estaba sólo (el Ineos tirando del pelotón, gesto no muy deportivo) y con un minuto de desventaja. Le ayudó a volver Jay Vine, pero ya soportó un esfuerzo inicial de una etapa que iba a acabar siendo un calvario.