El 9 de noviembre de 2013, el actual número uno mundial publicó una foto con el mensaje que le salió en una galleta de la suerte y la frase: “Voy a ganar el masters!”.
Jon Rahm, con la chaqueta verde del Masters de Augusta.EFE
Casi 10 años antes de ganar el Masters de Augusta, Jon Rahm vaticino que algún día vestiría la chaqueta verde, gracias al mensaje de un papelito que venía con una galleta de la suerte.
“Tu talento será reconocido y recompensado adecuadamente“, fue el mensaje que recibió en el papelito que envolvía el dulce. En aquel momento, en noviembre de 2013, el día antes de cumplir 19 años -ahora tiene 28-, el actual número uno mundial publicó una foto con el mensaje en sus redes sociales y la frase: “Voy a ganar el masters!”.
Dicho y hecho, una década después el jugador de Barrika conquistaba el Masters de Augusta, su segundo major, se convertía en el cuarto español que gana el mítico trofeo tras tras Severiano Ballesteros, José María Olazábal y Sergio García.
Además, la victoria llegó el día en el que Severiano Ballesteros, el gran referente del golf español, hubiera cumplido 66 años, justo seis después del triunfo de Sergio García.
Imola, jueves 28 de abril de 1994, hora del almuerzo. Es un día espléndido, el sol pega fuerte sobre el circuito de Fórmula 1. Hace tanto calor que parece verano. Los mecánicos de los monoplazas trabajan sin descanso. Sudan incluso vistiendo camisetas ligeras.
El paddock aún duerme, estamos en la víspera de los entrenamientos libres y hay poca gente. Silencio. Ayrton Senna (34 años cumplidos en marzo) está ocupado atendiendo entrevistas. Se presta a la televisión y a los fans, dispuesto a intercambiar unas palabras con cualquiera que se le acerque. Lleva pantalones claros, una camisa azulada arremangada y no tiene puesta la -casi siempre presente- gorra con la inscripción "Nacional".
Parece sereno. Ha llegado a Italia sin su novia Adriane Galisteu (a quien llaman "las mejores curvas de Senna") -lo acompaña su hermano Leonardo- y tiene unas inmensas ganas de redimirse. En los primeros dos Grandes Premios de la temporada siempre ha conseguido la pole position, pero no ha terminado las carreras (retirada en Brasil y en Japón), mientras que un tal Michael Schumacher en su Benetton ha acumulado buenos puntos para el campeonato.
Así comienza el último fin de semana del piloto brasileño, tres veces campeón mundial. El último capítulo de una historia que en Netflix cuenta en la serie Senna, disponible desde el 29 de noviembre.
Imola, viernes 29 de abril de 1994, hora del almuerzo. El ruido de los monoplazas resuena en toda la ciudad. El circuito bulle de aficionados de todo el mundo y el día es extremadamente caluroso. Senna se queja tanto de la temperatura como del viento: tiene el monoplaza más rápido (el Williams que en 1993 coronó a Alain Prost como campeón del mundo) pero no puede controlarlo. El habitáculo es demasiado estrecho. Está incómodo. La aerodinámica presenta problemas: faltan las suspensiones activas que fueron determinantes el año anterior y que ahora están prohibidas por la FIA.
Está en el box cuando ve en los monitores el choque de un bólido contra una pila de neumáticos: el brasileño Rubens Barrichello, su protegido, desintegra el Jordan al chocar a 200 kilómetros por hora contra las barreras de la Variante Bassa. Un accidente espantoso. Barrichello sobrevive de milagro: tiene suerte y sale con una fractura del tabique nasal, una costilla fisurada, un brazo magullado y amnesia.
Senna ya no se muestra tan sereno. Habla con los periodistas sobre "condiciones extrañas", no solo por el calor anómalo. Ha dejado de sonreír. Alguien difunde el rumor de que preferiría no correr. ¿Verdadero o falso?
Imola, sábado 30 de abril de 1994, hora del almuerzo. Tests clasificatorios según la hora programada. Senna sabe que en la vuelta rápida tiene pocos rivales, aunque su Williams no es tan excepcional como el de 1993, huérfano de las "mágicas" suspensiones activas.
Todo transcurre sin problemas, el piloto de São Paulo conquista la pole position. Sin embargo, no hay nada que celebrar. El austriaco Roland Ratzenberger se estrella a 300 kilómetros por hora contra el muro de la curva Villeneuve. Muere. Senna entra en crisis. Llora detrás del box, inconsolable. Piensa que está solo, lejos de miradas indiscretas, libre para desahogarse, pero alguien lo observa. Está desesperado y furioso. Huye del paddock. Desaparece. No hay entrevistas. Los periodistas brasileños son los únicos que lo esperan pacientemente para una declaración. Pero él no quiere ver a nadie. "Nunca había pasado que nos ignorara a nosotros, los periodistas brasileños", dicen decepcionados. Mal presagio.
Anochece. Pasadas las 18:00 h, el box de Williams ya está cerrado. David Brown, el rubio ingeniero de pista de Senna, dice: "El coche está bien, no necesita modificaciones, hemos terminado de trabajar por hoy". Extraño. Porque en Ferrari todavía esperan el nuevo motor que llega desde Maranello, para montarlo durante la noche, mientras que en el equipo de Sir Frank el equipo se dispersa antes de la cena. ¿Había pasado esto antes? Quien sabe.
Primeras atenciones a Ayrton Senna tras sufrir un accidente mortal en Imola.E. M.
Imola, domingo 1 de mayo de 1994, hora del almuerzo. Los pilotos se preparan para el Gran Premio, a pesar de la muerte de Ratzenberger. No es costumbre cancelar las carreras por un luto. El show debe continuar. Se da la salida. Senna está a la cabeza, perseguido por Schumacher. En la séptima vuelta, a las 14:17 h, Ayrton se estrella a 200 kilómetros por hora contra el muro de Tamburello. No puede evitar el impacto porque la columna de dirección se ha roto. El choque con el cemento no es tan devastador, pero el destino interviene: un brazo de la suspensión vuela por el aire y, como una flecha puntiaguda, entra en el casco del piloto (entre la carcasa y la junta de goma), penetrando en el cráneo del genio. No hay mucho que hacer.
El helicóptero desciende sobre la pista. Aunque no tenía permiso para realizar esta maniobra, recoge a Senna y lo lleva al hospital de Bolonia, donde muere. Alguien ya se desespera en las gradas: sabe que el helicóptero no puede aterrizar en el circuito y, si ha violado el protocolo, algo ha ido muy mal. Sin embargo, el GP no se detiene, gana Schumi. El resto es historia.
Nadie diría que Pau Cubarsí (Estanyol, 2007) prácticamente acaba de cumplir los 17 años. Ahora mismo, es una promesa ya muy presente en la defensa del Barça. No sólo es capaz de medirse con solvencia a cualquier delantero rival, le saque los años o los centímetros que le saque, sino que también está atento en las coberturas y tiene un desplazamiento de balón envidiable. Se ha convertido en uno de los zagueros más fiables del equipo, pero el destino y los planes de Xavi le han privado de estrenarse aún en la Champions. Puede que sólo hasta este mismo martes. Por mucho que el técnico azulgrana no quiera dar pistas y que apostara por la dupla formada por Araujo e Íñigo Martínez en el Diego Armando Maradona, la vuelta de los cuartos de final ante el Nápoles puede ser, al fin, el escenario de su gran debut europeo.
«No daré pistas al rival, y no se lo he dicho a ellos tampoco. Juegue quien juegue, hay centrales de garantías para hacerlo bien», esgrimió en la previa un Xavi que recalcó su confianza en los jóvenes. «Hay que decirles que es una gran oportunidad y que hay que disfrutarla. Que con 16 o 17 años estén ahí, es espectacular. Sobre todo, se trata de ser positivos y competir», aseveró. Cubarsí, desde luego, tiene madera de campeón. Pero la madera hay que trabajarla con mimo para conseguir piezas de alto valor. Procede de toda una saga de carpinteros y eso, seguro, lo ha tenido muy claro desde siempre. Su primer club serio, con siete años, fue el Girona, pero en 2018 se incorporó ya a las filas del Barça, después de que un ojeador azulgrana quedara impresionado por su temple en la zaga. «Intento dar el máximo en cada acción, voy al 200% y me da igual quien tenga delante», señaló el joven central hace tan sólo unos días tras el contundente 4-0 al Getafe.
A lo largo de su meteórico paso por el fútbol base barcelonista, la impresión que ha dejado en sus técnicos ha sido casi unánime. Se trata de un jugador que disfruta defendiendo. Lo que para muchos es una cuestión de sacrificio, lo tiene grabado a fuego en su forma de ser y de jugar. De ahí que se haya afianzado a pasos agigantados en un equipo muy necesitado de reencontrarse con su solidez de antaño. Y Cubarsí, además de cerrar como pocos la puerta, también es capaz de buscar la mejor salida para el balón. «Es inteligente, sabe cuándo chocar y cuándo no y no ha perdido ni un duelo ante jugadores más fuertes. Es espectacular. La jerarquía que tiene, la pausa, la capacidad para generar desde atrás... No parece que tenga 17 años», insistió el técnico tras el apurado triunfo del pasado viernes frente al Mallorca.
La Premier
El último año ha sido todo un sueño para un Cubarsí que se confiesa culé desde niño. Y apelar a ese sentimiento, como ya se hizo también en el caso del ahora lesionado Gavi, ha sido hasta el momento el gran antídoto para evitar que hiciera las maletas antes de tiempo. Como en el pasado, la Premier ha intentado llevárselo. El recuerdo tanto de sus éxitos en el pasado con futbolistas como Cesc Fàbregas o Gerard Piqué, o más recientes, como en el caso de Eric García, hizo que muchos conjuntos ingleses trataran de echarle encima el guante. Entre ellos, cómo no, el Manchester City de Pep Guardiola. Pero el joven defensa se entrenó por primera vez con los mayores en abril del año pasado, viajó a Estados Unidos para llevar a cabo la pretemporada con el primer equipo y los cantos de sirena se alejaron.
Su debut oficial, no obstante, no se produjo hasta el pasado 18 de enero, en la Copa, frente a Unionistas. Desde entonces, su crecimiento ha sido imparable. «Como futbolista, a su edad, está haciendo un trabajo espectacular. A nivel personal, es muy accesible, siempre está abierto a mejorar. Sólo está al principio de su carrera, así que imaginaos cuánto puede mejorar todavía. Es un buen momento para que acumule muchos más minutos. Está en un estado de forma espectacular y tenemos que aprovecharnos de ello», sentenció este mismo lunes Marc-André ter Stegen.