Se impuso a la española por 6-4 y 6-4 y disputará por primera vez los cuartos de final del torneo
Badosa, en un momento del partido ante Sakkari.chema MoyaEFE
La aventura de Paula Badosa concluyó en el Mutua ante una sólida y agresiva Maria Sakkari, que la desalojó en octavos de final por un doble 6-4, en una hora y 27 minutos. La griega gobernó el partido durante la primera pelota ante una rival que no pudo convertir ninguna de sus tres opciones de rotura y estuvo muy por debajo del gran nivel demostrado en la ronda anterior, cuando arrolló a Coco Gauff.
Sakkari, novena en el escalafón, tenía muy claro su plan, que pasaba por tomar la iniciativa en cuanto tuviera oportunidad y evitar que se prolongasen demasiado los intercambios. Obtuvo su primera recompensa con la rotura en el séptimo juego. Badosa no acertaba con el saque, lo cual la condicionaba. Ambas venían de partidos distintos. La española consiguió un triunfo convincente ante Gauff, sexta del mundo, en lo que supuso su segundo éxito ante una top 10 esta temporada, tras imponerse a Daria Kasatkina, octava, en Stuttgart. La griega tuvo que remontar ante Rebeka Masarova en un partido duro.
Servicio y derecha
Sakkari se llevó el primer parcial, consecuencia lógica de su mejor juego, de la facilidad con la que abría pista y dominaba con su derecha. Con un sólo título en su carrera, el logrado sobre la tierra de Rabat en 2019, la ateniense es, no obstante, una jugadora combativa y que exhibe regularidad, con dos semifinales del Grand Slam en sus piernas.
El break inicial en el segundo set acentúo las complicaciones para Badosa, 42ª, apagada, sin chispa, sometida al vigor de su oponente, que no cedía en la determinación mostrada para lograr la segunda victoria en los tres cruces entre ambas, el primero en arcilla. Esa brecha fue suficiente para Sakkari, quien caminó firme hacia el triunfo y se medirá en cuartos con la rumana Irina-Camelia Begu.
A la hora de glosar la carrera de Rafel Nadal, que este jueves anunció su retirada del tenis el mes próximo en las Finales de Copa Davis, me resulta inevitable evocar nuestra primera conversación. Fue el 15 de agosto de 2004, tras dejar sobre la tierra de Sopot la huella prístina de una carrera difícilmente homologable, que registró, con el decimocuarto Roland Garros, el último de sus 92 títulos 18 años más tarde. En aquella charla, a través del teléfono, surgía la voz tenue de un muchacho que, como explicó en el vídeo testamentario de su adiós, estaba lejos de imaginar el viaje que iba a trazar en la historia del deporte.
No por esperada, desde que su cuerpo se negó a obedecer su apetito de insaciable competidor, deja de estremecer una noticia capaz de imponerse en las cabeceras de todos los diarios e informativos, de arrinconar por unas horas el impacto del fragor de las guerras y la tormenta política de su país. Se marcha uno de los más grandes deportistas de siempre, cuyos logros, entre los que se encuentran nada menos que 22 títulos de Grand Slam, cinco Copas Davis, 209 semanas como número 1, un oro olímpico individual y otro en dobles, trascienden el puro valor del éxito y estarán siempre unidos a la forma de lograrlos.
Porque la figura de Nadal está asociada a un espíritu incombustible, a ese never say die que le acompañó también en la vocación de un cierto espíritu nietzschiano por su afán de reescribir un eteno retorno. Fueron muchas las ocasiones con motivos suficientes para firmar la rendición, y desde muy pronto, con la temprana aparición, a los 19 años, de los problemas endémicos en el escafoides del pie izquierdo que amenazaron con cortar el seco el majestuoso vuelo de su raqueta.
Pero el jugador al que ya hace tiempo echamos de menos, resignados al azote contumaz de los percances físicos que sólo le han permitido disputar 19 partidos esta temporada y únicamente tres el pasado año, se reveló capaz de abrirse paso una y otra vez, de reivindicar su nombre frente al empuje de las nuevas generaciones y de mantenerlo vivo en esa pugna irrepetible con Roger Federer, que le precedió a la hora de dejar caer la hoja roja, hace ya dos cursos, y con Novak Djokovic, aún en danza, agotando las últimas reservas de su combustible.
Nunca el tenis disfrutó de tres protagonistas tan ilustres conviviendo en un mismo y largo período, prolongado durante casi cuatro lustros, algo que proyecta aún más lejos su legado. Nadal fue el primero en cuestionar la rapsodia de Federer, de discutir con sus propias armas su reinado. Lo hizo ya derrotándole por sorpresa en el Masters 1000 de Miami, en 2003, y llevándole al límite en la final de ese mismo torneo un año después, y proclamó en voz muy alta, meses más tarde, superándole en las semifinales de Roland Garros, en la antesala de la primera de sus copas de los mosqueteros, que este juego entraba en una nueva era.
Lin Cheon, una foto del Big Three, Djokovic, Federer y Nadal.Lin CheongAP
Nadal y Federer caminaron de la mano, separados por la red pero juntos a la hora de enviar un mensaje de profundo calado en su exclusiva narrativa, que incorporaba, al lado del hermoso contraste de personalidades y estilos, los principios de una sana disputa puramente deportiva que alcanzó los 40 partidos. En ella se detuvieron escritores como David Foster Wallace, autor de El tenis como experiencia religiosa (Ramdom House), donde, sin disimular su fascinación por Federer, a quien dedicó el libro, recoge la capacidad de retroalimentación que siempre hubo entre ambos.
Resulta difícil contar la historia de Nadal sin la figura del estilista suizo, como fue inevitable acudir a su némesis a la hora de enfrentarse al también delicado ejercicio de despedir al ocho veces campeón de Wimbledon. También allí, precisamente allí, aconteció uno de los episodios medulares en la historia del zurdo, que es simultáneamente parte de la mejor historia del tenis. En una final, la de 2008, con la impronta de Alfred Hitchcock, sacudida por los azares de la climatología británica, interrumpida y dilatada hasta que la noche insinuó seriamente su aplazamiento, Nadal puso fin a la autocracia de Federer en su territorio sagrado y se convirtió en el primer español capaz de ganar el torneo en el cuadro masculino desde que lo hiciera Manolo Santana. Aquel partido fue considerado entonces como el mejor de siempre. Y diría que tal catalogación mantiene aún toda su vigencia.
Si Santana, a quien tampoco nunca terminaremos de decir adiós, puso al tenis español en el mapa, Nadal trascendió todas las categorías fronterizas. El chico que se inició bajo la estoica tutela de su tío Toni, cuyo nombre aparece en lustrosas versales en la construcción de todos sus logros, como un aparente especialista sobre tierra batida, devino en un profesional capaz de reinventarse para imponer su discurso en todas las superficies.
No sólo ganaría en dos ocasiones sobre el pasto del All England Club, sino que su constante deseo de aprendizaje y superación le llevarían también a tomar el poder en cuatro ocasiones en el Abierto de Estados Unidos y otras dos en el Abierto de Australia, la última de ellas, en 2022, en una plasmación catedralicia de su ardor y resiliencia, levantando un partido imposible a Daniil Medvedev cuando acababa de regresar de otro de sus largos períodos recluido en el arcén. Forma, junto a Donald Budge, Roy Emerson, Fred Perry, Rod Laver, Andre Agassi, Roger Federer y Novak Djokovic, la ilustre nómina de quienes han logrado inscribir su nombre como campeones de los cuatro grandes.
Amor por la Davis
Ese permanente viaje de ida y vuelta sólo ha sido posible gracias al amor y la pasión por aquello que aún seguirá haciendo hasta que ponga el definitivo cierre en Málaga, precisamente en la Copa Davis, en la competición que le alumbró como un entonces insospechado líder. Hace dos décadas, en Sevilla, frente al Estados Unidos liderado por Andy Roddick, con la valentía y complicidad del equipo de capitanes formado por José Perlas, Jordi Arrese y Juan Avendaño, Nadal transgredió el guion para llevar a España a la conquista de su segunda Ensaladera, aunando voluntades junto a Carlos Moyà, el hombre que tomó el relevo de Toni en su rincón.
Su carácter inspirador tuvo un efecto inmediato en nuestro tenis, al frente de jugadores tan importantes como David Ferrer, que será su último capitán, Feliciano López, Roberto Bautista, Fernando Verdasco o Pablo Carreño, todos ellos nutridos por cualidades de las que no sólo adolecía el tenis sino el deporte español en su globalidad. Sin Nadal sería difícil entender un fenómeno como el de Carlos Alcaraz, tan distinto en su manera de desenvolverse en la pista, tan parecido a la hora de interpretar la esencia del juego. Pronto vio en él a alguien armado para tomar su relevo, incluso antes de someterle en su primer enfrentamiento, en Madrid, el día que el murciano ingresó en la mayoría de edad.
Nadal tocó de lleno el corazón de los aficionados de todo el mundo como ahora, con su propia singularidad, lo hace Carlos Alcaraz. Pudimos disfrutarles juntos en los Juegos de París, después de que el mallorquín recibiese el emocionante homenaje de la ciudad y el recinto donde luce su efigie como uno de los portadores de la antorcha olímpica. Aún nos queda un postrero disfrute a partir del 19 de noviembre, con su hasta ahora negada alianza en la Copa Davis, escenario elegido por Nadal para su último baile, quien sabe si para clausurar el formidable relato con un desenlace tan brillante como aquel que le dio comienzo.
Fue una opinión mayoritaria tras la madrugada del pasado 20 de noviembre: la despedida de Rafael Nadal no había estado a la altura del homenajeado. El acto organizado por la Federación Internacional de Tenis (ITF) fue deslucido, frío, a deshora, sin demasiada gente en la grada del Martín Carpena, improvisado por las circunstancias de una derrota que la que casi nadie contaba. Novak Djokovic, junto a Roger Federer el gran adversario a lo largo de más de tres lustros, se sumó en una entrevista en la web Tennis Majors a la opinión dominante.
"No conozco los detalles exactos de cómo se imaginaron la ceremonia, pero sé que el plan era hacerla después de las semifinales. Si España pasaba, Murray y yo teníamos previsto ir, porque por agenda no pudimos acudir a la eliminatoria de cuartos. Pero éramos unos fijos para semifinales", explicó. Se contaba con él, como con Federer, que anticipó su adiós en las redes sociales en la mañana del partido frente a Botic Van de Zandsluch, y otros ilustres, entre los que se manejaban nombres como el de Tiger Woods, con quien Nadal mantiene una estrecha relación.
"Desafortunadamente, resultó como resultó. ¿Se pudo hacer algo más? No lo sé. Vi el vídeo de la ceremonia y no sé si Rafa quizás no quería hacer demasiado ruido para no molestar a otros equipos. No lo sé, pero me siento mal por no haber estado allí", prosiguió Djokovic, que venció esta martes al estadounidense Nishesh Basavareddy por 4-6, 6-3, 6-4 y 6-2 en la primera ronda del Abierto de Australia.
Muy cerca del adiós
Único jugador en activo de la santísima trinidad del tenis, el serbio, que busca su decimoprimer título en Melbourne, el que sería su vigésimoquinto título del Grand Slam, puede estar, a sus 37 años, ante la última temporada de su carrera. Federer se diseñó una despedida a lo grande en la Laver Cup, pero su último partido oficial fue una grosera derrota en los cuartos de final de Wimbledon 2021, el torneo donde salió ocho veces campeón: Hubert Hurkacz le venció 6-3, 7-6 (4) y 6-0. Nadal se quedó lejos del homenaje soñado. Nadie sabe lo que reservará el destino para Nole.
"Estuvimos juntos en la cancha en Riad, aquel fue un momento agradable.Lo vi jugar en Roland Garros, nos enfrentamos luego en los Juegos Olímpicos. La ceremonia, si quieres mi opinión, no se hizo como es debido. Quizá el propio Rafa no estaba seguro de si jugaría o no, de si podía jugar más, y entonces quizá ya era demasiado tarde para hacer algo más importante. No lo sé, la verdad", agregó sobre el acto de despedida de Nadal tras la eliminación de España ante Países Bajos en los cuartos de la Copa Davis.